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9 min
Esos tacones azules 2
Suspense |
31.01.13
  • 5
  • 4
  • 2040
Sinopsis

-No, no, no…¡NO! –grité.

 

-No, no, no…¡NO! –grité.

Y sí, se habían cerrado las puertas del tren delante de mía. Frente a mi un señor mirándome somnoliento, con un reflejo de compasión en los ojos. Entre ambos mi reflejo en el cristal amarillento de esas malditas murallas que se interponían en llegar al examen a tiempo.

Por culpa de esa barrera metálica tan frágil, de ese traspiés tan tonto al bajar la cuesta del parque, por culpa de ese señor que me preguntó la hora, del vecino que me quitó el ascensor y maldita la hora en la que no me sonó el despertador. Un segundo más y estaría subida a ese vagón,  pero estaba ahí,  frente a mi reflejo burlón, señalándome, riéndose de mis jadeos, completamente despeinada, sola en aquel frío andén.

Los pasajeros distraídos con mi patetismo en ambos pisos del tren, espectáculo gratuito para aquellos a los que les alcanzaba la vista verme desertada. Montados en ese monstruo de hierro que me había dejado en tierra. Y lo peor era que ahí seguía, ridiculizándome, en las vías, parado, parecía reírse de mí, de mi desgracia y mi mala suerte. Seguía jadeando, cada vez más fuerte. La agitación de mi respiración ya no tenía que ver con el cansancio. El señor bostezaba y el reflejo mostraba una chica que se encolerizaba por momentos. Apreté los puños y solté un bufido.

¡El tren seguía en el andén y yo a dos palmos de él, impotente, rabiosa, pegada a esos adoquines, retenida injustamente por el destino!. Y eso es lo que no podía soportar: la dependencia de esa fuerza injusta. Volví en sí y actué de la única forma que pude:

-¡Joder! –grité al aire pegándole un puñetazo a la puerta. El golpe sono con un estruendo rompiendo el silencio de la estación y por dentro del vagón debió de hacerlo también pues el señor pareció atragantarse con su bostezo del sobresalto.

El dolor me tranquilizó o distrajo el menos. Me había destrozado los nudillos, me quemaba el frío mezclado con las puntadas de mis nudillos fragmentados. Aún me latían las sienes por la ira y la mano por el golpe. Me despegué del suelo, y me dí la vuelta, frotándome la mano. Entonces oí el tren calentando el motor y abandonando el andén.

-Bah, solté, ya me daba igual.

 

La voz del hombre del tiempo me recordó lo especialmente fría que iba a ser la mañana. Metí las manos en los bolsillos e intenté esconder lo máximo mi cabeza en el cuello del abrigo. Mi aliento cálido acumulándose en su tejido. Algo reconfortada aceleré el paso sin rumbo hacía el casco antiguo de la ciudad.

La soledad de las calles, los comercios cerrados, la gente durmiendo o atascando las autopistas en sus coches. Aceleré el paso, sin preocuparme de los semáforos, dándoles la libertad de cerrarse y abrirse a su antojo. Cruzaba sin mirar, por donde fuera. Rápido, autómata. Nada, dejándome llevar por mis pies, abstraída y pensando solo en sentir de mis pómulos el gratificante frescor de la brisa más que helada. Miré al cielo cada vez más dorado y menos sangrante, la bruma por la cercanía al río cubría con un manto de misterio el centro antiguo de Alcalá. Dirigí la mirada a las cúpulas de las iglesias, centrándome en las cigüeñas acurrucadas en sus nidos que comenzaban a desperezarse entre ellas removiéndose las plumas.

 

No pude evitar caer rendida a las suplicas de mis párpados, cerré los ojos pero continué mi camino. No sabía a donde me dirigían mis pies. Seguía caminando, a ciegas, escuchando la serenata de las cigüeñas más madrugadoras picoteando las tejas, el motor de un coche distraído, algún que otro pitido de un conductor molesto en mis cruces libertinos, pasos inquietos  cruzándose conmigo.

Giré a la derecha, y luego a la izquierda, continué recto, los pájaros comenzaron a trinar, al compás del tamborileo de las cigüeñas. Y la brisa húmeda volvió a susurrarme. Esta vez lo entendí: “respira…” Mis pies se detuvieron. Alargué mi cuello y obedecí. El aire me abrazó y la brisa se transformó en viento.

Mis pulmones inspiraron el polvo de hielo de la bruma con fuerza. No pude evitar toser y con ello despertar a las campanas de la catedral de los Santos Niños que se unieron a la canción de los inquilinos de su tejado. Me rasqué la nariz, no la sentía.

Y entonces, abrí los ojos, a la par del maitines.

Estaba en medio de la Plaza Mayor, que de pronto se silenció, dándole paso al solista. Nada a parte de la última Suite del Pájaro de Fuego de Igor Stravinsky, me había erizado así la piel. Sonreí al reconocer su Valls, su instrumento: el tempo de sus pasos, el timbre de sus tacones resonando a lo lejos en Adaggio. Mi mirada siguió su música que brillaba a en la acera de mi izquierda, su figura acompañada por unos destellos azules se adentraba por una calle. La sinfonía inacabada, recobró el sentido completo cuando mi nariz congelada despertó con el beso cálido de los pétalos de rosa. Su perfume…Me aventuré a hacer una arriesgada aparición en esa obra maestra. Mi risa en tono risueño y aliviado se propagó por el lugar como un trinar ligero. El ultimo movimiento, la armonía de todas sus piezas, al compás de la estrella principal, única y majestuosa.

Destinada a completar la obra, a reencontrarnos: era mi turno, no habría más fuerza que la de mi voluntad en mi meta enfermiza de encontrar la respuesta. Hoy era el día.

 

Comencé a seguirla, decidida a tomar su rumbo y sus pasos hasta el final. A una distancia prudencial para no espantarla, sin poder apartar la mirada de sus pies, sin poder disimular la sonrisa de mi rostro. Nadie era testigo de mis actos, solo los participes de la canción eran cómplices de mi ruta. La dama giró por una callejuela estrecha. Hice lo propio y me detuve en la esquina. La mujer se había parado a la vuelta frente un portón, pintado de rojo. La mayor parte de la pintura se había descorchado hacía tiempo, se veía el oxido intrépido alimentándose de la puerta semidesnuda y de los grabados decorativos que la bordeaban. Observé con atención el edificio que sostenía la puerta. Aunque era antiguo, la altura era considerable, y era indudable que estaba abandonado. Las ventanas estaban tapiadas con maderos, cristales resquebrajados o rotos por vándalos y piedras. La pared mantenía un recuerdo de color ocre, marcada con huellas de cal y humedades.

Ella seguía frente a la puerta. Rebuscaba algo en su bolso. Sacó algo de él: era un carmín rojo. Se retocó los labios, de pronto detuvo el movimiento sutil de su mano, era sutil pero suficientemente perceptible que algo la había sobresaltado, estaba tensa. Me asomé un poco más para fijarme en lo que tenía en sus manos.

Con el corazón en un puño, e infinita rapidez, me escondí tras la esquina apoyando todo mi cuerpo en la pared, en un intento de fundirme con ella. Comencé a hiperventilar. Me habían encontrado, esos ojos azul eléctrico me habían visto en el reflejo de su espejo de mano.

-Tú-Dijo una voz potente y fría a mi lado.

Con un movimiento repentino giré la cabeza. De nuevo ese azul eléctrico, muy cerca una daga en mi pecho, una fuerte migraña, una pesadilla o un sueño. Su gesto de irá me recordaba al mío de esa mañana. El odio en sus ojos era un veneno, se veía que estaba deseando engancharme del cuello o rajarme con el espejo, pero era una dama de principio a fin, y solo me asesinó con elegancia, con su mirada, cada vez más cerca. Yo estremecida y aturdida me dejaba escurrir por la pared. Arropada por el calor que desprendían sus pieles, el aire había dejado de correr entre nosotras, cada vez más cerca la una de la otra, frente a frente, agachada, a su altura, su perfume consumiendo el oxigeno que nos rodeaba y mi fuerza vital. Tenía las manos entumecidas, un hormigueo recorría los dedos de mis pies, el pánico mezclado con la incertidumbre, su presencia, su cercanía imponente un yugo cosido a mi espalda, me empujaba cada vez más hacía el suelo. El timbre de su voz, martilleaba mi cabeza, no había escapatoria a la tortura de su mirada, la ponzoña de su perfume, me estaba matando. Quise chillar, no pude me había robado la voz. Abrí los ojos al máximo, aterrorizada al ver aparecer en su rostro una sonrisa de malicia, entonces me apartó con delicadeza el pelo arremolinado de mi cara, acercó aún si cabía su rostro, y me besó con ternura en los labios.

Mi cuerpo desfalleció en el acto, mi corazón dejó de latir, y todo comenzó a volverse negro. Un dulce sueño, excitada, hechizada y postrada a sus pies relamiéndome por el cóctel perfecto de la carne de sus labios húmedos bañados en dulce carmín rojo escarlata y adornado con la guinda de la visión cada vez más borrosa de sus zapatos azules, destellos de mar que me acompañaron hasta que perdí completamente el conocimiento.

 

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  • Un relato repleto de sensaciones que mantiene con gran ritmo narrativo la tensión hasta alcanzar el inesperado final. Me ha gustado mucho.
    Escribe tus comentarios...Tremenda la segunda parte, Diría casi cinematográfica en sus escenas, pero es un error que cometemos cuando lo que setrata es una buena composición literaria que sabe atraparnos en el embrujo de sus frases. Pero si es cierto que las tres escenas tienen esa capacidad de evocar imagenes, primero la de la estación, luego de la plaza mecida en notas del pájaro de fuego y finalmente la del encuentro, llena de misterio y seductora en ese beso final, que nos hace esperar con expectación la continuación. Es un texto trabajado con filigrana dentro de una narración potente. Danos más de estos.
    Una historia preciosa, cargada de imágenes y con un final inesperado. Muy muy buena. Enhorabuena.
    Katia este relato me confirma en mi opinión de que eres una de las mejores escritoras de estos lares. Qué belleza poética tienen tus descripciones! Qué estupendo ritmo tiene tu narración! Qué imágenes tan vivas pones frente a los ojos de la imaginación! Disfruté el escrito
  • Desapareció mi musa, desaparecí yo. Intentaré terminar lo que dejé a medias. Quizás este es el mejor momento para reencontrarme con ella, mientras pueda escaparme a ratos del infierno, quizás para evadirme y puede que esta vez sea la última que pueda huir del fuego. Un beso escritores, hola mi musa

    -No, no, no…¡NO! –grité.

    Era una mujer de los cincuenta, de unos sesenta años, que una mañana de invierno conocí por casualidad.

    Me ha dado por escribir esta vez para variar algo de poesía y no he podido evitar acordarme de Roald Dahl y sus "Cuentos en verso para niños perversos", una obra genial muy cortita y divertida, picaresca con trazas de rebeldía. Espero que esta no os resulte demasiado ñoña, y sino, por favor castigarme con severidad con vuestras valoraciones por haceros pasar un mal trago. Un saludo queridos míos

    .

    ¿Crear o escribir? Al final solo es arte, ¿verdad mi querido Wilde?

    .

    Sigo esperando que ocurra

    ¿Y si mezclamos una noche de fiesta con demasiado alcohol? Algo así sin contar la resaca de la mañana siguiente.

    .

  • 21
  • 4.54
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Mi nuevo nombre fue repudiado y ensombrecido por uno horriblemente común. Es hora de sacar a este engendro a la luz.Soy incapaz de expresarme hablando. Pero escribir es otro mundo.

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