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6 min
Espantapájaros
Suspense |
11.02.17
  • 4
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  • 1795
Sinopsis

Relato con el que participé en el primer duelo del Torneo de Escritores con el título "el hilo rojo del destino".

                                 EL HILO ROJO DEL DESTINO

 

Lawrence McQueen, más conocido como “Larry, el Flaco”, nunca hubiera esperado encontrar una gasolinera en aquel remoto paraje a decenas de millas de cualquier vestigio de civilización.

A juzgar por la maleza más que incipiente de su parte frontal y los letreros desvaídos, diríase que la vetusta instalación había plantado allí sus reales unas cuantas décadas atrás.

 Larry, “el Flaco”, jamás hubiera sospechado, además, que hallaría una persona al cargo de aquel negocio, ruinoso a todas luces, esperando con infinita paciencia a que alguien se extraviara en ese rincón de Texas dejado de la mano de Dios.

Por otra parte, eso de persona o ser humano era relativo. El tipo que acudió solícito al encuentro de Larry y su Range Rover, recordaba más bien a un singular espantapájaros.

Lucía una increíble mata de pelo rojo que parecía haber sido el escenario reciente de una encarnizada pelea de gatos. Emergía ésta como una cascada alborotada por debajo de las alas de un aparatoso sombrero de paja que a duras penas lograba cubrir el cráter de aquella especie de volcán desmelenado. Una gruesa camisa de franela amarrada en la cintura a la manera de un fraile, caía sobre un viejísimo pantalón de pana a media pantorrilla.

—¿Llenamos el tanque, caballero?

Larry respingó. Se sorprendió de que el espantapájaros supiera hablar.

—¿Qué?—titubeó, desconcertado.

Luego, se echó a reír al reparar en lo absurdo de la situación. El empleado pelirrojo se quedó mirándolo con expresión malhumorada.

—¿Qué demonios le hace tanta gracia, amigo?—sus ojos refulgieron bajo las tupidas cejas, a juego con la espesa pelambrera—Si me lo cuenta, a lo mejor nos podemos reír juntos—añadió mientras permanecía muy quieto.

—Perdone, no pretendía ofenderlo—se apresuró a replicar un acongojado Lawrence—es que usted me ha recordado a un amigo mío, muy gracioso.

Desde luego, improvisar nunca había sido el fuerte de Larry. Sin embargo, el sorprendente pelirrojo pareció aceptar de buen grado su peregrina declaración. Su rostro de duende iracundo mutó en payaso bueno mientras procedía a llenar el depósito.

Cuando Larry extrajo la cartera, el espantapájaros volvió a sorprenderle.

—Guarde eso, por favor, invita la casa.

Larry trató de insistir, pero el empleado se mantuvo firme.

—He dicho que no, y es que no—su tono de voz no admitía réplica—¿Acaso le sobra el dinero, amigo?

Larry desistió en su afán, le dio las gracias y se despidió.

—Oiga, oiga, no tan deprisa, amigo, no tan deprisa—el pelirrojo se interpuso en su camino—no quiero su dinero, pero sí necesito que me haga un pequeño favor.

El extraño individuo se tocó su llamativo sombrero de paja.

—¿No tendrá por ahí un trozo de lana roja para sujetar mi sombrero? Es que se me cae todo el tiempo, ¿sabe?, y eso es molesto, amigo, eso es terriblemente molesto.

—¿Lana roja, dice?—consiguió articular Larry—Pues no, lo siento. No la tengo, ni roja ni de otro color…

—Necesito lana, lana roja—recalcó impaciente—Y la necesito ahora—añadió mientras agarraba, furioso, el sombrero con ambas manos y trataba, en vano, de encasquetarlo mejor.

A Larry le recordó un niño caprichoso en plena rabieta.

Rápidamente, se introdujo en el coche, arrancó y se dispuso a largarse de allí cagando leches. Aquel tipo estaba peor que una regadera.

El espantapájaros, moviéndose a una velocidad prodigiosa, ocupó el lugar del copiloto.

Antes de que Larry atinara a reaccionar, el hombre se quitó el sombrero con gesto solemne y lo sujetó contra su pecho. En su cara de duendecillo gruñón se dibujó de pronto una mueca de absoluta tristeza. Luego, le habló a Larry por última vez, y su voz sonó profundamente abatida, al tiempo que el rictus desolado se acentuaba en su cansado rostro.

—Tenga cuidado con el hilo rojo, amigo. Es la señal de la muerte.

Cerca de media hora y unos 40 km. después, circulando de nuevo por la autopista, de regreso al mundo civilizado, Larry reparó en que el extraordinario personaje había olvidado su sombrero. Si no fuera por aquel contundente detalle, habría jurado que acababa de despertar de una perturbadora pesadilla.

En ese momento sonó el móvil conectado al GPS.

—Larry, por fin, ¿dónde estabas?—la voz de su esposa Mary sonaba levemente irritada—llevo llamándote toda la mañana.

—Me perdí, nena. Tomé una ruta equivocada. Pero ya estoy en el buen camino, a pocos km. de casa.

—Tommy actúa hoy en el Festival del cole, dentro de una hora escasa. He tenido que salir a la carrera a comprarle una cosa para su disfraz. Así, de repente, se le ocurrió que le hacía mucha falta. Bueno, adiós amor, tengo muchas ganas de verte.—Mary se despidió con un sonoro beso.

—Adiós, preciosa, tantas como yo a ti. Y el beso, mejor en vivo—remató Larry, añorando los carnosos labios de su esposa.

Luego se esforzó, sin éxito, en recordar la obra de teatro que debía representar su hijo

Unos 10 minutos más tarde, enfilaba la larga avenida que conducía a su hogar. A lo lejos, a la altura de su chalet, divisó un corrillo de gente ocupando el paso de cebra que permitía cruzar hasta la mercería de enfrente.

Segundos después, se encontraba contemplando el cuerpo inmóvil de su esposa que yacía en medio de un gran charco de sangre, víctima de un brutal atropello.

Sonámbulo, reparó en la bolsa de la mercería que aún aferraba la mano inerte de Mary. Entre las finas asas, asomaba una gruesa madeja de lana roja.

En ese momento se hizo la luz en el cerebro de Larry. La obra de Tommy era “El Mago de Oz”… y también supo con absoluta certeza cuál de los tres personajes masculinos tenía que interpretar su hijo.

En sus oídos resonó una voz, aterradoramente familiar.

“Puede apostar lo que quiera a que el sombrero se le va a caer. Y eso es molesto, amigo, eso es terriblemente molesto.”

Después, la luz se apagó y todo fue negrura.

 

                                                   FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

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