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14 min
Espejismo
Amor |
24.08.14
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Sinopsis

¿Quién es la mujer que amas?

José Sánchez no es un buen nombre para abrirse camino en Cambridge, así que, tras mi divorcio de Joan, dejé mi trabajo como profesor y regresé dispuesto a volver a empezar.

 

Después de doce años, encontré una España muy diferente a la que había dejado en mi juventud o, tal vez, era yo el que había cambiado. Me sorprendió gratamente la animación social y cultural que se vivía en las calles madrileñas: no había semana o, incluso día, que no se estrenase un musical, una obra de teatro; se inaugurase una exposición o se abriese una tienda que días después no se pusiese de moda. El siglo veintiuno estaba naciendo y yo comenzaba un capítulo nuevo de mi vida.

 

Viví este ambiente tan acorde con mi ánimo optimista de entonces en medio de la más vanguardista de Madrid: en pleno barrio de Chueca, adonde me fui a vivir y en el que abrí una librería, “El Caminante”. Durante varios años, me fui haciendo un hueco en el barrio. Organizaba veladas literarias con autores noveles, concursos de cuentos infantiles, de relatos; dejaba un rincón a los cuentacuentos para que los sábados se encontrasen con niños ansiosos de aventuras, mientras sus padres brujuleaban por la librería. Cada vez se congregaba más gente entre los anaqueles. Por ello, antes de que se cumpliera el año de mi regreso de Inglaterra, tuve que contratar a Lucía, una joven estudiante de Filología Hispánica, para que me ayudase a atender a los clientes que entraban y salían por la puerta del “Caminante”.

 

Y cuando más estaba disfrutando de la vida que me brindaba este rincón de Madrid, me sorprendieron unos ojos verdes.

 

En una de las fiestas que tuvo lugar en un pub para celebrar la victoria de Zapatero en las elecciones de dos mil cuatro, la vi por primera vez. Al principio fue como una visión fugaz, apenas un momento en el que apareció entre el gentío que entraba y salía de la fiesta. Me llamó la atención su larga melena rubia con tintes rojizos y su dulce mirada, tan parecida a la Venus de Botticelli. La busqué en vano entre los invitados, que me requerían con conversaciones a las que no podía o no quería atender. Pregunté a varios amigos sobre su identidad; nadie supo darme cuenta de ella. Contra mi costumbre, no abandoné la fiesta hasta casi el amanecer de aquel sábado veinte de marzo, con la esperanza frustrada de verla.

 

Los meses siguientes pasaron entre la rutina de la librería. En una de las veladas de poesía que organizaba los jueves por la noche, apareció acompañando a un escritor octogenario que acudía con frecuencia a escuchar y comentar los versos de otros. Se sentaron al fondo, pues aquel jueves de junio había mucha gente. Ella le dirigía frases al oído, pero él la apartaba con fastidio, como si le enfadase que no le dejara escuchar los poemas. Cansada, al fin, de que no la hiciese caso, sacó de su gran bolso de tela un cuaderno de dibujo y se puso a garabatear con un lápiz de carboncillo, supongo que haciendo esbozos de los que la rodeaban. 

 

Aquella noche no supe de qué se habló en la tertulia que siempre se organizaba después de la lectura, atento como estaba a la mujer vestida de blanco y calzada con unas zapatillas de ballet. Ella no parecía que le importase lo que ocurría a su alrededor, mientras el lápiz no dejaba de deslizarse por el papel. De vez en cuando levantaba la vista del dibujo y paseaba la mirada por encima de la gente como buscando la inspiración más allá de aquel pequeño recinto. En dos o tres ocasiones su mirada se cruzó con la mía, pero enseguida la desviaba, como si la hubiesen pillado en una mala acción. Intenté acercarme a ella, pero me lo impidió el público congregado en mi tienda, que aquella noche era especialmente numeroso: se encontraban los amigos de dos poetas rivales que habían acudido a jalear a su protegido y a abuchear a su adversario. Tuve que acudir a separar a dos treintañeros que estaban iniciando una pelea y, cuando volví a mi sitio, ella ya no estaba. 

 

Otro día la vi de lejos en un concierto de música clásica al que acudí con mi hermana en el Auditorio. Me pareció que su mirada me buscaba, pero cuando intentaba sorprenderla, sus ojos corrían hacía otra parte. Tampoco aquella noche logré hablar con ella. 

 

Me estaba convirtiendo en un personaje de novela decimonónica, no sé si de Wilkie Collins o de algún otro del romanticismo. Empecé a hacer mis pesquisas para averiguar quién era. Lo que empezó siendo un entretenimiento acabó casi en obsesión. Localicé al poeta octogenario que la trajo a mi librería; sólo supo decirme que se llamaba Marina, que trabajaba por su cuenta diseñando catálogos para galerías de arte. La había invitado a disfrutar de una velada literaria, la celebrada en mi librería, después de conocerla en casa de unos amigos. Apenas la había visto en otras dos ocasiones. 

 

Supe más tarde, por la dueña de una de las galerías del barrio, que solía frecuentar un local de la calle Claudio Coello en el que tocaban música de jazz. Acudí varias noches con la esperanza de verla y un viernes la encontré allí, acompañada de un grupo de gente. Como siempre, iba vestida con ropa vaporosa, de colores claros. Conseguí hacerme el encontradizo y presentarme. Sus amigos se fueron pronto pero ella, como quien no quiere la cosa, se quedó conmigo hasta bien entrada la noche, hablando de todo y de nada, bebiéndonos el uno al otro con la mirada. Y quedamos vernos al día siguiente, y al otro, y al otro.

 

Durante seis meses, nos veíamos todos los días cuando cerraba la librería. Como si quisiese continuar la novela de misterio que un día concebí para ella, al llegar las once de la noche, me besaba en los labios y luego partía, sin darme ninguna razón de su despedida. En más de una ocasión, tras haber pasado una tarde de pasión en mi casa, se levantaba repentinamente y me dejaba sin una palabra hasta el día siguiente. Me di pronto cuenta que ella lo sabía todo de mí y yo apenas conocía su nombre, profesión y que tenía un hijo de nueve años. Intentaba sonsacarla, unas veces con palabras melosas y otras, fingiéndome enfadado, pero sólo conseguía evasivas entre sus musicales risas. Me volvía loco: cada vez estaba más enamorado.

 

Y un día, desapareció. Habíamos quedado en una terraza de la Castellana a las siete de la tarde y no acudió. La llamaba al teléfono móvil, pero no estaba operativo. Mi desazón, mi miedo a que le hubiese ocurrido algo, iba en aumento. A mi alrededor, las parejas iban y venían, se sentaban en las mesas, tomaban su consumición y dejaban paso a otras, mientras las agujas de mi reloj se volvían locas, unas veces corriendo y otras yendo tan lentas que parecían que fuesen a pararse. Por fin, aguanté mi ansiedad y las ganas de quedarme toda la noche por si aparecía y me fui. Vagué toda la noche, inquieto, por las calles cercanas al Palacio Real, rumiando mil y una razones que explicaran su ausencia y ajeno a todo lo que me rodeaba. Al amanecer, entré en mi salón y me quedé dormido en el sofá, mientras recibía la visita de delirantes pesadillas.

 

Al día siguiente, me acerqué a su casa en su busca. Llamé con insistencia al timbre de la puerta y nadie me abrió. Preso del nerviosismo, de pensamientos angustiosos, no tuve paciencia para esperar el ascensor y bajé corriendo las escaleras hasta la portería, donde el conserje del edificio me dijo que había dejado el apartamento tres días antes, aunque no me supo decir dónde. Durante días, semanas, meses, la estuve buscando sin dar con ella. Pregunté a gente con la que tenía alguna relación, en galerías de arte donde solía trabajar, en los locales nocturnos a los que tanto le gustaba ir. Tampoco conseguí que me dieran noticia de ella. 

 

Creí morir. Perdí el interés por cuanto me rodeaba. Iba de una casa a otra, de mis hermanos y amigos, sin apenas enterarme de donde estaba. Si no hubiese sido por Lucía, la joven que me ayudaba en la librería, me hubiera arruinado. 

 

Poco a poco mi vida fue adquiriendo un ritmo normal. A los dos años, conocí a Susana, la pintora con la que me casé. Desde que empezamos a salir, descubrimos que teníamos todo en común. Ella era un libro abierto que nada escondía; lo contrario de Marina, a la que una parte de mí seguía echando de menos, mientras otra dudaba de que todo no hubiese sido más que un producto de mi loca imaginación.

 

Veintisiete de abril, mi cumpleaños. Cincuenta años, una cifra para celebrarla. Aprovechando que era sábado, había invitado a comer a mis hermanos y sobrinos al Filandón, un restaurante de la carretera del Pardo que se estaba poniendo de moda. Nos dieron una mesa grande en el comedor principal para las catorce personas que éramos. Mis sobrinos más pequeños, los hijos de mi hermano Guillermo y su segunda mujer, un niño y una niña de siete y once años, no dejaban de alborotar, por lo que pedí pan de cristal para que fueran comiendo algo mientras nos traían la comida.

 

Estábamos hablando con animación, cuando entró en el comedor un hombre de unos cincuenta y muchos años precedido de una mujer alta y elegante. Al principio no la reconocí. Ya no llevaba vestidos vaporosos de tonos claros ni zapatillas de ballet, sino un traje sastre de color tabaco, camisa beige de seda y zapatos de ante de alto tacón en color calabaza. Sus largos cabellos rubios habían dado paso a una media melena cuidadosamente peinada. Ya no era la Venus de Botticelli, sino una mujer distinguida de unos cuarenta años.

 

Desde el momento en que la vi, ya no pude atender a la conversación, sintiéndome ajeno a la alegría que reinaba en mi mesa. Estuve dudando si acercarme a saludarla o dejar pasar el momento para que la realidad no empañase el recuerdo. La seguí cuando la vi levantarse para ir a los lavabos. Cuando llegó al piso de arriba, la abordé. Me miró con sus ojos miopes, como buscando en su memoria hasta que me encontró entre sus recuerdos y me sonrió. Me dijo que estaba con su marido, el padre de aquel hijo del que alguna vez me había hablado, entonces un niño de apenas nueve años, que ya se había convertido en un joven de diecisiete. Habían ido a celebrar su vigésimo aniversario de matrimonio, muy cerca de la iglesia del Pardo en la que se casaron. Debió ver la sorpresa pintada en mi rostro; me acarició la cara y me besó la mejilla. Cuando vi que se quería marchar, la retuve asiéndola del brazo. Quería que me explicase lo que había ocurrido ocho años antes. Pero ella tenía prisa por regresar a su mesa. Al fin conseguí una cita para tomar un té al día siguiente en una tetería cercana a mi casa.

 

Salí después de comer, dándole a Susana una excusa tan tonta que supe que no me creyó, pero entonces no me importó, tal era mi impaciencia. Después de matar el tiempo en un paseo, acudí a las cinco, media hora antes de la prevista. Pedí un té con limón para engañar la espera, pero mi nerviosismo me impulsaba a salir a la calle a fumar un cigarrillo tras otro. Llegó veinte minutos más tarde de lo que habíamos quedado. Venía con un vestido blanco, vaporoso. Por un momento pensé que era mi Marina la que venía hacia mí, pero su porte era distinto. Nada más sentarse, me dijo que no tenía mucho tiempo, que tenía que irse en seguida. No estaba tranquila. Le daba vueltas a un anillo con un zafiro y miraba a su alrededor como si no quisiese encontrarse con mis ojos. Cuando comenzó a hablar, lo hizo con voz queda, alargando las sílabas como si estuviese leyendo ante un auditorio.

 

—Me casé muy joven, nada más terminar Bellas Artes. Mi marido era quince años mayor que yo, un arquitecto de mucho prestigio, amigo de unos amigos de mis padres. Lo conocí en una cena que dieron mis padres no recuerdo bien con qué motivo. Desde el primer momento, me sentí fascinada. Era alto, apuesto y gran conversador. Había viajado por medio mundo, leído casi todo lo que se había escrito y tenía relación con gente muy variopinta del arte y la cultura. Como digo, me fascinó. Los primeros años de nuestro matrimonio los dedicamos a divertirnos. Le acompañaba en sus viajes, íbamos a fiestas, a estrenos de cine, teatro... Empecé a trabajar por mi cuenta, haciendo los catálogos para galeristas amigos nuestros, sin prisas, para no perder el contacto con lo que más me gustaba, la pintura.

 

”A los tres años de casada, me quedé embarazada. Nos cogió de sorpresa; no lo teníamos previsto, pero supimos adaptarnos a las exigencias de Miguel, nuestro hijo. A partir de entonces, viajábamos con menos frecuencia y dejamos de salir por las noches. Mi trabajo me daba libertad para organizar los horarios a los ritmos de un bebé. Mi vida, poco a poco, se fue estrechando. Ya no veía a la gente con la que antes me relacionaba, sola en casa, con mi hijo, con mis fotos de pinturas, sin apenas ver a mi marido que seguía viajando como antes, más según mi apreciación. 

 

Y a los nueve años, hice crack, después de pasar por una depresión. Me había perdido a mí misma, no sabía quién era y me fui, dejé mi casa, a mi marido y a mi hijo. Quería vivir a los treinta lo que no había vivido a los veinte años. Alquilé un apartamento y le dije a mi esposo que no me buscase, que yo ya iría a visitarlos. Busqué antiguas amistades de mis tiempos de estudiantes y empecé a vivir la noche. Cuando te conocí, sólo quería una aventura. Me hiciste sentir que aún era joven y deseable. Gracias a ti, me sentí protagonista de una novela romántica. Pero siempre supe que aquello sólo era un paréntesis, que mi sitio era mi casa, mi familia. Cuando regresé, retomé la vida donde la había dejado. Mi marido y mi hijo me estaban esperando y volví a ser la que siempre había sido.

 

Cuando terminó de hablar, cogió su bolso, se levantó y se fue, sin esperar mi respuesta. Pensé seguirla, pero me detuvo pensar que la Marina que yo había amado nunca había existido, que llevaba años persiguiendo una ilusión. Pero, ¿acaso enamorarse no es perseguir una ilusión?

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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