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17 min
ESPERANZA
Varios |
26.02.16
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Sinopsis

Decidid vosotros

 

ESPERANZA

 

 

 

El día amaneció de granito y carboncillo, metiendo a hurtadillas una falsa luz de nieve en la habitación del hombre más fuerte del mundo. Los párpados heridos se abrieron de golpe, incivilizados y toscos, y despertó a la conciencia de un nuevo fracaso, de un nuevo amanecer.

 

Sin mirar dos veces el cuerpo laxo y joven que dormía a su lado, el hombre se levantó y encendió un cigarro. Desnudo y solo, como lo estamos todos, se asomó a la terraza. Los edificios eran troqueles en cartón rugoso, el sol sombra de pizarra, los escasos coches luciérnagas sin constelación estable. Otra mierda de día.

Sonríe, cabrón.

 

 

Ya en la cocina, preparó tortitas con mermelada para dos. Unos pasos juveniles y decididos le advirtieron de la presencia de ella, quien quiera que fuese, a su espalda. El cuerpo desnudo se abrazó a su armadura desnuda, acariciándole el pecho y provocando una inmediata y potente erección.

 

El hombre se dio la vuelta, probando aquellos labios ansiosos de los que se había hartado la noche anterior, y que sin embargo no llegaron a saciarle. El cuerpo de ella respondió de forma animal, instintiva, y los pezones erectos rasgaron su pecho, cosquilleando en la cicatriz que había sobre su corazón. Retiró la sartén del fuego sin dejar de mirarla, de besarla, de acariciar sus nalgas prietas y temblorosas, mientras ella reía y correspondía a sus caricias masajeando el palpitante pene con más entusiasmo que experiencia. Ella tiró con demasiada fuerza, apartando la piel del glande y arrancando una mueca de los labios de él. Ni siquiera se dio cuenta, y el Hombre supo por qué. No le importaba.

 

Agarrándola por las nalgas, el Hombre introdujo levemente su dedo corazón en el ano de la mujer, penetrándola mientras la alzaba en vilo. Estaba deseando terminar con aquello.

 

 

Ella se fue poco después. Quizás porque ya tenía todo lo que quería, o quizás porque alguien la esperaba en alguna otra cama, en algún otro sofá, en alguna otra cocina que no olería a café frío ni a soledad caliente.

 

O tal vez porque, cuando ella, como se llamase, le preguntó cómo quería el café, él se limitó a responder ”Siempre lo tomo solo”.

 

 

Cuando estuvo solo entró en su habitación. Se puso unos vaqueros, que le arrancaron una nueva mueca al rozar con su áspera tela el sensibilizado miembro, y unas zapatillas deportivas, terminando con una camisa negra y arrugada que yacía sobre la alfombra. Abrió el cajón de la mesilla, lleno de paquetes de tabaco, y guardó uno en el bolsillo del pecho de la camisa. Dudó durante unos instantes, con la mirada perdida en las profundidades del cajón, y después cogió una caja de preservativos. La agitó junto a su oído, escuchando el trac-trac de pequeños objetos duros en su interior. Arqueando las cejas, como a sabiendas de que antes o después se arrepentiría de hacerlo, abrió la caja y sacó de su interior uno de los pedazos de corazón que guardaba allí, guardándolo entre los pliegues de la cicatriz de su pecho. Sin pensárselo demasiado, porque pensar es el mejor método para no actuar, salió a la calle bajo la inclemente luz de pizarra y sol muerto.

 

 

ESPERANZA, FE

 

 

En el centro de la ciudad, el parque tenía un aspecto tan anacrónico y falso como para hacer temer al hombre que, cualquier día, la lluvia borrase el verde de las hojas descubriendo un bosque de cartón piedra debajo. Lo atravesó fumando un cigarrillo, intentando paliar los efectos nocivos del aire puro.

 

Caminaba relajado, con pasos largos y elásticos, como quien no va a ninguna parte y ha perdido la prisa por llegar allí. Un sol infecto se colaba entre las hojas y permitía a los últimos mosquitos del año mantener a raya a la muerte un días más, alimentándose en las pieles aún descubiertas de niños juguetones y chillones. Al hombre le parecía bien. Niños y mosquitos debían aprender que el sufrimiento está siempre ahí, sobrevolándonos con su zumbón y furtivo planeo. Desgraciadamente, se dijo, los niños tendrán más tiempo para aprenderlo.

 

Una pelotita roja con pentágonos negros rodó hasta sus pies, y el Hombre la recogió, buscando a su alrededor el origen del atentado. Una pequeña, de poco más de un metro de largo. Él nunca supo juzgar la edad de los niños a primera vista, -ni le interesó a segunda- le miraba con la misma sonrisa de un piano, todo alternado en teclas blancas y negras y con un brillo esperanzado en los ojos, extendiendo los brazos para que él le devolviese la pelotita de los cojones. Sentado en un banco, un padre incompetente envuelto en las rayas de su camisa leía el periódico y miraba al hombre, con esa sonrisa estúpida que parece patrimonio exclusivo de quienes han condenado a la perpetua a una nueva vida en un mundo de mierda, y aún se creen muy listos por ello. Una tripilla rellena de autocomplacencia desbordaba el cinturón de piel, y su sonrisa hacía vibrar levemente la papada, como la tripa de una bandurria mal tocada. El Hombre más fuerte del mundo despreció de inmediato a aquél estereotipo de idiota.

 

Sacó una navaja de resorte del bolsillo del vaquero, la abrió y se permitió un segundo de disfrute ante la mutación súbita de aquél sapo, convertido de pronto en renacuajo, antes de destripar la pelotita roja de los cojones con un rápido arco de la cheira.

 

Clavó sus ojos en los de Mister Papi, bebiendo del miedo y la furia del tipo. Guardó la navaja y dejó la pelotita en el suelo, vamos, Mister Papi, ven por ella si hay huevos, mientras Mister Papi buscaba con la mirada alguien que le ayudase, que salvase a su hija, su periódico y el status quo convencional, establecido, aceptado. El Hombre apostaría ballenas contra sardinas a que ese no era su orden de prioridades.

 

Se alejó tranquilo, con su paso elástico de condenado a la vida, saboreando el llanto de la niña y el furioso siseo de Mistar Papi tratando de acallarla, de hacerla pasar desapercibida ante el peligro, como una gacela estúpida que se oculta tras un arbusto, olvidando que los predadores saben olfatear.

 

Siguió adelante, consolado en la idea de que la niña olvidaría pronto lo ocurrido, en cuanto un nuevo juguete sustituyese a la pelotita roja de los cojones, mientras que aquél imbécil a rayas estaría asustado por meses, o tal vez por el tiempo suficiente como para proteger a su hija de alguno de los ataques que la vida le lanzaría.

 

Problema de ellos.

 

Tú sonríe, cabrón.

 

 

Sacó del bolsillo una sonrisa amable y arrugada, que adquirió tiempo atrás en una tienda de artículos de melancolía, y que tenía casi sin estrenar.

 

Se paró en un banco ocupado por dos ancianos que hablaban de mus y mujeres, y que tenían pinta de no haber envidado desde la década pasada, y se sentó para alisar la gastada sonrisa sobre la madera del banco.

 

Después de ponérsela y darle las buenas tardes a aquellos dos sabios de parque, se puso en pie y continuó su camino.

 

Llegó al kiosco unos minutos después, colocándose la sonrisa con cuidado. En el kiosco trabajaba ella, la chica por la que había suspirado cuando aún era capaz de suspirar un poco. Era casi rubensiana, si Rubens se hubiera sentido algo menos atraído por las grasas polisaturadas; rellenita, cremosa, hermosa, toda ojos verdes y carne blanca, curva, prieta, formada, dulce, ansiosa.

 

Y había sido suya.

 

Se conocieron en el kiosco, donde él compraba el periódico todos los días para intentar anclar su fracaso en una rutina estable, de la misma forma que tomaba la primera cerveza en el mismo bar, comía en el mismo restaurante grasiento y dormía en distintas camas. Era una forma de ser, como la forma de ser de su ciudad era troquel de mierda en el horizonte y soledad para los padres que lloran por las pelotitas de sus hijas.

 

Ella había estudiado magisterio, y siempre estaba a punto de ponerse a estudiar para las oposiciones a profesora; él había aprobado sus oposiciones a fracasado casi sin estudiar, y se ayudaron mutuamente a seguir igual, como si importase.

 

Estuvieron juntos durante unos meses, en la relación más duradera, sincera y apasionada que él recordaba en, por lo menos, los últimos dos años. Las cosas rodaron bien, pero los coches también ruedan bien pese a tener el maletero lleno de cadáveres, y al final el muerto salió a la luz, cuando una noche, envalentonada por la trinchera que le proporcionaban las velas en la mesa y el ejército de parejas inconscientes de lo que las esperaba que les rodeaba, ella le pidió que se fuesen a vivir juntos.

 

La relación acabó esa misma noche. Ella le dijo que era incapaz de reunir el valor suficiente como para hacerlo. Él, víctima de un chantaje emocional, buscó en su cuenta corriente ese valor, pero el cajero le advirtió de que, sintiéndolo mucho, había gastado todos sus fondos en no suicidarse al anochecer, y se lo habían financiado en cómodos plazos durante los próximos seis fracasos.

 

Siguieron viéndose, día a día, en el mismo kiosco, y ella se convirtió en algo parecido a una amiga. Por eso seguía comprando el periódico, que luego arrojaba a una papelera camino del mismo bar de siempre, ignorando las noticias de siempre, los males de siempre, el odio de siempre.

 

Se acercó al kiosco, decidido a pedirle una segunda oportunidad, a entregarle una copia de las llaves, a invertir sus números rojos en algo, en alguien.

Ella estaba fuera, colocando las revistas en la cuerda de tender la ropa que rodeaba el kiosco, y le miró al acercarse. Su sonrisa estaba bien puesta, pero ella no sonrió al verle. Y a él le pareció lógico. No había cambiado lo suficiente para ser él mismo.

 

Fingiendo que tosía, se quitó la sonrisa de la cara y pidió el periódico. Pagó con un billete demasiado grande, del tamaño de su orgullo, y guardó la vuelta en el bolsillo en que llevaba el trozo de corazón. Toda la calderilla junta. Con una despedida cordial, sin mirar atrás, siguió andando hacia cualquier parte.

 

 

PUTA

 

 

El Hombre más fuerte del mundo conocía a la puta. No sabía cuál era su nombre, ni jamás había gozado de su amor arrendado, pero conocía de vista a casi todos los que vivían en su barrio y los alrededores.

 

Ella hacía la calle entre Constitución y Libertad, lo que parecía toda una declaración de principios. En ocasiones, si la cosa iba para metesaca apresurado, llevaba al cliente al parque de la esquina, y el hombre, asomado a la ventana, la había visto entrar allí, perdiéndose entre los arbustos para que luego el cliente se perdiese en su matojo.

 

El hombre respetaba a las putas, quizás más que a cualquier otro gremio. Después de todo, pensaba, el amor de una puta es el más sincero del mundo; siempre sabes cuánto puede darte y cuánto debes entregar a cambio. Es un amor con fecha de caducidad conocida y, por tanto, no hay nada que temer.

 

Sin embargo, cuando cruzó la puerta del bar y la vio, al fondo de la barra, leyendo desgracias en el diario y tomando un café largo y amargo como su puta vida, no le pareció una puta. Vestía con sencilla elegancia. Sus ojos, que tanto habían visto y tanto se habían cerrado, estaban ribeteados con una leve línea oscura y una sombra ocre, casi teja. Los labios, algo más claros, eran gruesos, carnosos, sin resultar excesivos. Exudaban tal sensualidad que incluso la taza de café temblaba al acercarse.

 

El Hombre más fuerte del bar se sentó, tomando un par de taburetes como distancia de seguridad, y clavó sus ojos en el camarero, tratando de ignorar el contundente pecho de la puta treintañera, hermosa y dura.

 

Pero ella estaba en su día libre y él estaba allí; como un mecánico que aprovecha el fin de semana para limpiar y revisar su propio coche, la puta tenía ganas de pasarlo bien, simplemente disfrutar. Y el Hombre tenía su atractivo, vestido con su traje sport de melancolía y falacia.

 

Una hora después de entrar en el bar, el Hombre se encontró sentado junto a la puta en una mesa, tomando un bloody mary tras otro y escuchando el relato de su vida. O lo que quiera que ella le contase, pues él tan sólo mantenía los oídos atentos mientras se perdía en las arrugas cansadas de sus retinas.

 

Acabaron en casa de la puta, y eso desconcertó aún más al hombre. No deseaba, simplemente, aliviar sus instintos, sudar una noche más en los brazos de una desconocida que no haría preguntas o apuntar una nueva muesca en su cinturón. Deseaba estar con esa mujer, hablar con esa mujer, penetrar a esa mujer con la lentitud de una luna que se esconde, con la fuerza de un viento que despierta, con el entusiasmo de un niño en su primera visita al mar.

 

Ella sabía lo que hacía; era lo que siempre tuvo que hacer para seguir adelante, para llenar otro plato de comida y otro día de desesperanza. Pero aquella tarde y aquella noche sólo hizo lo que deseó hacer.

 

Marcó el ritmo desde el primer momento, y el Hombre, que tantas veces se había prostituido para olvidarse de todo, se dejó llevar, encantado como el bailarín que descubre a un maestro.

 

Ella lamió su cuerpo desnudo, humedeciendo su alma rota con boca ansiosa, recorriendo el extremo de su pene enhiesto con los labios entreabiertos, sacando apenas la lengua como una serpiente que amenaza a su presa, disfrutando de los escalofríos involuntarios que enervaban el cuerpo del hombre. Aún vestida con unas leves braguitas, se colocó a horcajadas sobre él, tocando con el interior de los muslos el miembro erecto, acariciándolo con sus piernas, cerrándolas y abriéndolas para que él notase la presión, mientras sus manos expertas se perdían, tímidas por primera vez en años, entre el pelo canoso de telarañas de él.

 

Y el hombre disfrutó, se permitió soñar y sentir y lamer y pensar y morder sus pezones de color canela y creer y morder su lengua y gemir de verdad, como gimen las putas enamoradas. Y cuando no pudo resistir más arrancó sus bragas con manos ansiosas, temblorosas como pájaros atrapados por un niño, torpes como las de un bebe, trémulas como la vibración del pecho de ella, atrapada entre la risa y el éxtasis, deseosa de él, de su carne, del corazón que tal vez se ocultaba bajo la cicatriz siempre fresca del pecho.

 

Y él penetró en su hendidura de rosa y azúcar, y ella introdujo su lengua en su cicatriz de crisantemo y ajenjo, y ambos sintieron el amargo dulzor de otra vida rota, el temblor de quien todo lo da cuando ya no le queda nada, y sintieron que comprendían.

 

Se miraron a los ojos, negándose a cerrarlos mientras sus almas dejaban atrás sus cuerpos. El entró centímetro a centímetro, provocando cada jadeo, sonriendo ante el tacto, repentinamente enervado, de aquella puta, de aquella mujer. Ella se encorvó, doblando la espalda, ofreciendo toda la profundidad de su coño caliente y de su espíritu ardiente, y no hubo más mundo alrededor.

 

 

Despertó como despiertan los animales salvajes, de golpe, consciente en un segundo. Ella dormía casi sobre él, agotada, exhausta y plena. Era hermosa incluso bajo la luz cruda de pizarra y hollín que el amanecer filtraba por la ventana abierta. Acarició su pelo sin que sus manos le pidieran permiso para hacerlo, y ella se entrelazó con él en sueños, suspirando. La sonrisa borró las brumas del amanecer. Él se deslizó lentamente fuera de la cama, aspirando con fuerza aquél amanecer que atrapó enseguida en la bruma portátil de su cigarrillo.

 

Sus manos buscaron de nuevo aquél pelo largo de puta, pero arqueó los labios mostrando unos dientes que amenazaban sin decir nada, y sus manos comprendieron el mensaje, retrocediendo.

 

Querría haber hablado con ella, tomar un café juntos, seguir adelante otro segundo de esos que merecen la pena, otro momento de esos que te hacen sentir valiente. Pero ella también habría querido, lo sabía por las horas que pasaron tras hacer el amor, conversando con la madrugada.

 

Y él no tenía nada más que ofrecer que la nada.

 

Decidió matar sus esperanzas antes de que ella las viese y decidiera regarlas con oportunidades nuevas. Le debía eso, al menos.

 

Se vistió con el mismo cuidado con que un fantasma calza su sabana cada nueva luna, y rebuscó en su cartera unos billetes que necesitaba para comer otro día, dejándolos sobre la mesilla de noche. Sin duda, la mujer lo tomaría como un insulto, la mujer le odiaría, la mujer le despreciaría y podría volver a ser la puta que él no merecía.

 

Desde la ventana abierta llegó una ráfaga de aire ofendido, frío y viscoso, que arrojó de un manotazo los billetes al suelo, ocultándoles de los ojos de ella. El hombre se enfureció con el viento, pero esa era una batalla perdida. Recuperó los billetes y registró sus bolsillos hasta encontrar lo que buscaba. Permitiéndose un último suspiro, sacó el trozo de corazón que aún guardaba y lo puso en la mesilla, sobre los billetes. Demasiado preñado de penas, pesado de huesos rotos para moverlo, el viento se retiró por la ventana abierta.

 

El hombre más fuerte del mundo se puso su sonrisa arrugada y rota, sonríe, cabrón, mientras recorría el pasillo y cruzaba la puerta, sintiendo que los pliegues le mancaban en el rictus serio de la verdadera boca, y que los labios, aún llenos del sabor salado y acre del sexo de ella, buscaban una lengua que los lamiese y calmase sus ganas de hablar de nada y de todo.

 

Estaba a punto de cerrar la puerta cuando se dio cuenta de que ni siquiera conocía su nombre. Se detuvo, como si aquello importara, y vio un pequeño montón de cartas sobre un elegante cenicero rectangular. Entre las facturas, las misivas de una familia lejana que la creía peluquera en la gran ciudad y la publicidad que sólo la pereza mantenía sobre el cenicero, él cogió una carta al azar, y vio en el espacio reservado al nombre del destinatario lo que deseaba saber.

 

Leyó su nombre con la boca pequeña para que los gritos no viesen el hueco, y sonrió de nuevo antes de marcharse al ver cómo se llamaba.

 

Caridad.

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