cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

27 min
Espigas de trigo
Drama |
30.04.15
  • 4
  • 5
  • 2508
Sinopsis

Una madre y una hija llegan a una casa victoriana

Solo me restaba una última lectura al manuscrito de mi novela antes de entregársela a mi editor. Después del éxito de la primera que publiqué cinco años antes, el temor a no estar a la altura de lo que se esperaba de mí se había convertido en una obsesión. El pánico me llevaba a leer y releer el enésimo borrador para corregir una palabra, una coma... Cada noche permanecía levantada esgrimiendo el lapicero rojo y no me acostaba antes de que el reloj del salón anunciase las cinco de la mañana. A las nueve ya estaba en pie, con mi primer café del día y un zumo de naranja, encendiendo el ordenador aún caliente, dispuesta a pulir las aristas de mi estilo. Desde muy niña, siempre fui muy perfeccionista; pocas veces me daba por satisfecha con el trabajo realizado.  

Agotada por tan ardua tarea, una mañana en la que el sol nos obsequió con su mejor sonrisa, decidí darme el día libre y salir a disfrutar del placer de no hacer nada más que dejarme llevar por el impulso del momento. Caminé por las calles animadas por alegres paseantes que, contagiados del buen humor de aquel día de principios de junio, iban y venían por las aceras llenándolas con sus risas y sus charlas. Me tomé un helado en la terraza de la esquina y seguí caminando sin rumbo fijo. Estuve tentada a comprarle unos globos de colores a un niño que no desviaba la vista del ramillete que sostenía un vendedor ambulante; pero el miedo a asustar a sus padres hizo que sólo me atreviese a guiñarle el ojo al sorprendido muchachuelo. Ya pasaba el mediodía cuando, un poco mareada por el bullicio después de tantos meses sin apenas salir de casa, entré en la pequeña librería que me gustaba frecuentar por estar en un tranquilo callejón por el que solo transitaba el silencio de la soledad y algún que otro caminante medio extraviado. La librera, que me conocía desde hacía años, ya me tenía preparado un paquete con las últimas novedades editoriales. No pude resistirme a una nueva edición de "Middlemach", la novela de George Eliot que más me había cautivado de jovencita y que terminé regalando a mi prima Cristina para no caer en la tentación de releerla por décima vez. Con mi cargamento de prometedoras historias, regresé a casa y, tras prepararme un refresco, me senté en la terraza lista para dejarme seducir por los cinco libros que había comprado.
 
Enseguida llamó mi atención la portada de uno de ellos. En ella aparecía un paisaje al atardecer. Una montaña por la que buscaba su escondite el sol, una carretera desierta que bajaba a un valle, serpenteando por la ladera hasta perderse en el lomo del libro, los árboles que se recortaban diminutos por la falda de la montaña; todo en la fotografía estaba bañado por la luz ambarina del crepúsculo. Y en primer plano, la silueta de una mujer a contraluz. Esbelta, cimbreante. Pese a no distinguirse sus facciones, la imaginaba mirando desafiante a la cámara, retándola a adivinar su inconfesable secreto. Azuzada por tal desafío, comencé a leer el primer capítulo y no salí de las páginas de la novela hasta que horas después tropecé con el punto final.

Cuando cerré el libro, estaba desolada. Ambientada en una ciudad del norte de Europa, contaba una historia casi idéntica a la que estaba a punto de entregar a mi editora. Recorrí sus hojas con mis dedos deteniéndome aquí y allá en párrafos que leía al azar. Cuanto más me adentraba en sus páginas, más me convencía de que no podía entregar mi libro como lo había concebido dos años antes. El trabajo de tantos y tantos días de angustia, de tantas y tantas noches de insomnio, no podía ser entregado al público sin arriesgarme a ser acusada de plagio. Al borde de la desesperación, llamé a Myra, mi editora, y en medio de la más absoluta confusión, balbucí más que le conté lo sucedido. Una hora más tarde, subía la escalera que conducía a mi apartamento dispuesta a apagar el fuego que estaba a punto de consumir mi trabajo. Pasamos varios días analizando ambas historias y, aunque finalmente llegamos a la conclusión de que no eran similares, sí tenían los suficientes puntos en común para que, si tal era su antojo, un crítico avezado pudiera hacerme pasar un mal rato.

Llevada por el arrebato del momento, le propuse tirar mi novela a la papelera y volver a empezar con otra historia diferente. Pero mi editora, más fría y racional que yo, me sugirió una idea mejor. Me dio las llaves de un chalé que tenía a las afueras de un pueblo burgalés para que dedicase todo el tiempo preciso a la recomposición de mi libro sin que el ajetreo de la ciudad estorbase mi trabajo. Según dijo, desde que sus hijos se hicieron mayores, apenas si iba a la casa alguna que otra semana en otoño para abrirla y que respirase un poco después de meses de estar deshabitada. No me me demoré más de unos días en los que tuve que hacer unas gestiones administrativas y una mañana salí en mi coche hacia el chalé que me daría cobijo en los siguientes siete meses. 

He de decir que, aunque Myra me previno del carácter grandioso de la casa, no esperaba encontrar la mansión con la que me topé al llegar a mi destino. Se trataba de un chalé de dos plantas cuyo estilo señorial parecía desentonar con los campos de trigo que rodeaban el terreno en el que estaba asentado. La fachada de ladrillo oscuro, apenas se vislumbraba entre la yedra que le daba abrigo. La casa estaba coronada con un tejado abuhardillado de pizarra pespunteado con una escayola del color de la cáscara de huevo y apenas mostraba las ventanas que, con las persianas cerradas, le daban la apariencia de una anciana dama apaciblemente dormida en medio del jardín en estado salvaje que la circundaba. Se accedía a la entrada principal por una escalinata que terminaba en un porche que mostraba un aire desolado tras el frío invierno. Al entrar al vestíbulo, una escalera me condujo a las habitaciones de la segunda planta. Elegí para mí la más pequeña y menos pretenciosa, pero desde las que se divisaba unas preciosas vistas del jardín. Dediqué toda la tarde a explorar cada rincón del que sería mi hogar en los próximos meses, olvidándome del discurrir del tiempo ante el asombro que me causaban aquellas estancias que parecían salidas de una novela victoriana. Y, como me había dicho Myra, en la buhardilla encontré el estudio de mis sueños: una biblioteca forrada de libros de arriba abajo con una amplia mesa en el centro en la que coloqué mi portátil. Allí pensaba instalarme a reescribir mi novela.

Al día siguiente, bajé al pueblo a comprar los alimentos que me hacían falta para enfrentarme a la semana. En la tienda de ultramarinos, la única que había en la pequeña población, vi un cartel en el que una señora se ofrecía para ocuparse de las tareas domésticas. Aunque no había previsto contratar a nadie, anoté su teléfono pensando que me vendría bien un poco de ayuda para tener en orden la gran casa de Myra. La llamé nada más salir de la tienda y me cité con ella en el café que había en la plaza del pueblo. En un primer vistazo, me pareció mucho mayor que yo, que entonces rondaba los cuarenta. Vestía de negro y la expresión de su cara, grave y adusta, también parecía estar de luto. Llevaba de la mano a una niña de unos ocho años que tomé por su nieta, pero que, según me me dijo más tarde, se trataba de su hija. Cuando se sentó frente a mí en una de las mesas del café, pude ver que se trataba de una mujer más joven que yo, de apenas treinta y cinco o treinta y seis años. Casi no me contó nada de sí misma sino que era viuda y se alojaba en la posada. Al despedirse, me dijo que se llamaba Gema y su hija, Rebeca. Poco más pude averiguar después. Cuando le pregunté al mozo del café, solo pudo informarme de que se trataba de una forastera que apenas llevaba unos meses en el pueblo. Y pese a no saber apenas nada de ella, decidí llevarme por la intuición y otorgarle mi confianza.

Llegaba cada día a la casa muy de mañana, casi con el alba; y eso que en aquel principio del estío el sol era madrugador. Venía con la niña de su mano, que entraba por el vestíbulo con el asombro pintado en su cara, cual princesa que descubre las maravillas de un castillo encantado.

—¡¡Oh, mamá!! ¡Mira qué lámpara! —exclamaba Rebeca llena de admiración, mientras se tapaba la boca con sus manos —. Parecen gotas de lluvia. 

Y señalaba la araña que, desde el techo, presidía la entrada de la casa. 

El rostro de Gema, que, cuando hablaba conmigo, no abandonaba su gesto seco y severo, se llenaba de luz cuando se dirigía a su hija. Sus ojos desbordaban de alborozo y una sonrisa tímida, casi adolescente, asomaba a sus labios. Aquella alegría, que surgía como una bengala, se esfumaba con la misma celeridad que había aparecido si yo intervenía con alguna palabra. 

Enseguida se dirigían a la cocina y, sin necesidad de que yo, pésima ama de casa, les dijese nada, Gema emprendía la tarea de transformar aquellas cuatro paredes en un hogar. Pronto la casa se llenaba de aromas exquisitos que tentaban el paladar: dulces bizcochos, crujientes tostadas, café recién hecho, guisos deliciosos... Se abrían puertas y ventanas, se descorrían las gruesas cortinas de terciopelo y se dejaban volar los visillos acariciados por la brisa que entraba desde el jardín. En pocos días, la casa estornudó todo el polvo que guardaba en su interior y dejó su aire dormilón por la alegría que le contagió la voz cantarina de la pequeña. Hacía muchos años que me había acostumbrado a vivir sola; ni siquiera un gato o un perro perturbaban mis ansias de libertad. Mas aquella bulliciosa compañía, lejos de molestarme, me alegraba la mañana incitándome a emprender mi tarea matutina con ilusión.

Los primeros días, Rebeca apenas salía de la cocina. Cuando a mediodía entraba a hacerme un café, la veía sentada en la gran mesa de madera refregada dibujando princesas o desentrañando los secretos de unos cuentos, sus primeros libros: muy concentrada, con la cabeza ladeada, la punta de la lengua asomando por la comisura de los labios y la trenza dorada, cual espiga de trigo, colgándole por la espalda. Si me sentaba a su lado, se erguía en la silla y adoptaba una postura formal y modosa, como, me dijo ingenuamente, le había enseñado su madre, y respondía muy seriamente a mis preguntas: esas tan tontas que solemos hacer los adultos que no estamos acostumbrados a tratar con niños. Poco a poco, fue cogiendo confianza en la casa. Revoloteaba alrededor de su madre en su ir y venir por las distintas estancias parloteando mil y una historias que Gema escuchaba casi con reverencia. Cada puerta que se abría ante ella, era la entrada a un mundo maravilloso; detrás de una cómoda, vislumbraba a una familia de duendes; una caja de marfil escondía las alhajas de una princesa secuestrada por un malvado dragón y la sombra de la rama de un roble golpeando el cristal de la ventana no era sino el espectro de un alma en pena que vagaba por la casa en busca de su enamorado. A veces era la voz de Gema la que se oía, contándole historias improvisadas sobre las habitaciones en las que iban entrando. Me sorprendía cómo se transformaba la voz de la madre cuando hablaba con Rebeca. Al dirigirse a mí o a las personas que, como el cartero, llamaban a nuestra puerta, empleaba un tono monótono, vacío de sentimientos; pero con su hija su voz adquiría todos los matices del amor y la ternura. Yo solo al cabo de muchas semanas logré arrancarle a la adusta mujer alguna sonrisa y conseguí que su expresión perdiese esa rigidez que tanto me intrigaba. 

Un día Rebeca se atrevió a subir a la buhardilla, desafiando la prohibición de su madre. Tal vez la sedujo la fascinación de adentrarse en terreno vedado; tal vez su fantasía infantil la empujó a descubrir algún misterioso secreto. Abrió la puerta sigilosamente, como si temiese despertar de su sueño a algún terrorífico monstruo. Mas cuando entró en la habitación, la decepción se pintó en su rostro. Mi despacho no tenía nada de misterioso. Pese a ser la habitación más acogedora de la casa, era la única decorada siguiendo un estilo funcional y moderno. Me acerqué a ella, la tomé de la mano, como había visto hacer a su madre, y la conduje junto a la estantería de libros infantiles. Engolosiné su mirada con las láminas de un viejo volumen de cuentos de H. C. Andersen ilustrado por Edmund Dulac, que, conociendo a Myra, casi puedo asegurar que había encontrado en alguna polvorienta almoneda escondida en alguna callejuela desconocida. Pese a tratarse de dibujos de más de un siglo de antigüedad, Rebeca quedó fascinada por la expresividad de los personajes del cuentista danés. Miraba embelesada a la Sirenita y a La Reina de las Nieves como quien descubre el más valioso tesoro. Saqué de la librería otros cuentos infantiles, muchos actuales, pero a ninguno prestó atención sino al que parecía venido de otros tiempos. Pasó  la mañana en silencio, bebiendo, más que leyendo, las palabras que se guardaban entre las tapas del viejo libro. Y al día siguiente, volvió; y al otro, y al otro. Leía uno o dos cuentos y, a media mañana, bajábamos al jardín y, mientras paseábamos por los caminos de grava, me contaba las historias que había leído sazonándolas con episodios nacidos de su fantasía.

Gema, lejos de sentirse celosa por la amistad que había nacido entre nosotras, se mostraba orgullosa del talento de su niña y me miraba complacida de que yo hubiese sabido apreciarlo. A nadie le extrañará que una madre presuma de su hija, pero el sentimiento de Gema rozaba en ocasiones la adoración.

El verano transcurría sin que nos diéramos cuenta de ello. Acabé pidiéndole a Gema que se quedasen a dormir en la casa pues, al no tener coche, tenían una caminata de cinco quilómetros de ida y vuelta hasta el pueblo, y el riesgo a una insolación era muy elevado a las cuatro y media de la tarde, hora en que la madre finalizaba su jornada de trabajo. Poco a poco, no diré que formamos una familia, pero sí surgió entre nosotras algo muy parecido a la amistad. Sacamos al jardín los muebles de mimbre que guardaba Myra en una caseta y, después de cenar, permanecíamos hasta largas horas de la noche contándonos nuestras cosas mientras la bóveda celeste se cuajaba de estrellas. Bueno, he de decir que confidencias hubo, mas solo por mi parte, pues Gema no me contó sino que se había casado con un hombre bueno que, al poco de nacer Rebeca, falleció en un accidente de tráfico.

En aquella vida apacible, nada ni nadie nos puso sobre aviso de lo que sucedió unos días antes de la llegada del invierno. Hasta ese momento, lo único que parecía ir mal era mi novela, que se había estancado en un punto y, por más que le dedicaba horas y horas, no parecía querer avanzar. En septiembre, Rebeca empezó a asistir a la escuela del pueblo. La llevaba cada mañana en mi coche antes de dirigirme a la tienda de ultramarinos con la lista de la compra que había confeccionado Gema. Por la tarde, regresaba al pueblo a recogerla tras su jornada escolar. Pese a mis temores y los de su madre, a Rebeca le encantó el colegio. En pocos días se hizo amiga de un niño y dos niñas que, si no tenían su desbordante fantasía, disfrutaban con las historias que inventaba para ellos.

Se podía decir que éramos felices en aquellos días que empezábamos a hacer planes para la Navidad. Por eso, les iba a decir antes, si alguien me hubiese prevenido de lo que iba a ocurrir una fría mañana de mediados de diciembre, no lo hubiera creído.

Debía de ser cerca del mediodía cuando llamaron a la puerta. Todavía doy gracias al cielo porque Rebeca estuviese a esas horas en el colegio y no fuese testigo de lo sucedido. Fui yo la que abrí después de que el timbre sonase de forma insistente tres veces. En el umbral encontré una pareja de policías nacionales que, dijeron, iban a detener a una mujer llamada Concepción Izquierdo acusada del secuestro de un bebé hacía ocho años. Pero antes de poder decirles que no conocía a nadie con ese nombre, uno de los policías ya había puesto las esposas a la madre de Rebeca y la empujaba suavemente hacia el coche patrulla. Intenté disuadirlos, insistir en que estaban cometiendo un error, pero ninguno de los dos agentes parecía verme ni oírme. Sin poder decirle una palabra de aliento, vi a Gema andar vacilante por el camino de grava con el pánico asomándose a sus ojos.

Cuando se fueron, me apresuré a subir a mi coche para seguirlos, convencida aún de que podía hacer algo para deshacer el malentendido. Mas, al llegar a la comisaría, ni siquiera me dejaron permanecer a su lado. Llamé a un amigo mío abogado penalista para que acudiera en nuestra ayuda, pero dijo no poder ocuparse entonces. Me dio el teléfono de tres colegas suyos, no sé si para compensarme de su negativa, y tras varios intentos, logre que uno de ellos accediera a escucharme. Que Dios me perdone si soy injusta, pero, después, he pensado muchas veces que si hubiesen sabido la repercusión que tuvo “el caso del bebé”, como lo llamaba la prensa, tal vez se hubieran apresurado a ocuparse de la defensa de Gema.

Hasta las tres de la tarde no me acordé de Rebeca, tal era mi aturdimiento. Me dirigí presurosa al colegio para recogerla, con la angustia de no saber lo que le iba a contar. Pero, cuando llegué, su maestra me dijo que se la habían llevado unos policías: quién sabe si no fueron los mismos que detuvieron a su madre.

Durante días, intenté verlas, pero no me lo permitieron. A la niña la habían ingresado en un centro de acogida de la Comunidad de Madrid hasta que se decidiera si la devolvían o no a su familia de origen. Lo que logré saber de Gema me lo contó la abogada que finalmente contraté para que la defendiera. Poca cosa, he de decir, porque se negaba a hablar. Ni siquiera después de entregarle una nota escrita por mí en la que le pedía que confiase en la letrada, salió de su mutismo. Cuando al fin conseguí hacerle una visita, tampoco me contó nada. Me tomó las manos asiéndolas fuertemente y, con lágrimas en los ojos, decía una y otra vez:

—Que me devuelvan a mi niña, por favor. Que me devuelvan a Rebeca.

Frente a lo que suele ser habitual en la justicia, la instrucción finalizó pocos meses después y en menos de un año fue juzgada. Pese a no confesar nada, tampoco negó ninguna de las acusaciones que le hicieron, por lo que fue condenada a diez años de prisión por delito de secuestro.

Tardé mucho tiempo en comprender lo ocurrido, pese a que durante meses y meses miles de historias sobre Gema y Rebeca llenaron las páginas de los periódicos. En la televisión no hubo programa de actualidad ni tertulia sensacionalista que no diera su versión de lo ocurrido. A cual más disparatada, he de decir. Casi ninguna cierta; pocas se acercaban a la verdad. Expertos en todas las ciencias sociales diseccionaban la personalidad de la "supuesta secuestradora", como la llamaban, sin haberla visto ni oído. Todo el mundo daba una explicación lógica pese a no saber nada. Y fue su abogada la que, gracias a su tesón, consiguió reconstruir la triste historia de mi querida amiga Gema.

Concepción, que tal era su nombre, nació en una familia de pequeños labradores en un pueblo de Andalucía. Siendo muy jovencita, se enamoró de un aparcero recién llegado a los campos donde trabajaban sus hermanos que le prometió el paraíso en la tierra si le entregaba su amor. Mas, cuando ella le dijo que esperaba un hijo suyo, la abandonó a su suerte. Los padres de la joven, temiendo la maledicencia de la gente del pueblo, la echaron de casa y ella partió hacia Madrid donde trabajó como empleada del hogar en varias casas. 

La imagino callada pero diligente, yendo de un sitio a otro llevando con la dignidad de una princesa la pesadez de su estado. Allí donde iba se ganaba el aprecio a los pocos días. Era cariñosa con los pequeños, amable con los mayores. Una fría mañana de diciembre, dio a luz una preciosa niña: Rebeca la llamó. El amor a su hija sobrepasaba hasta tal punto los sentimientos albergados hasta entonces en su corazón que durante meses se sintió dichosa, pese a la dureza de la vida en la capital. Pero, una mañana, al ir a levantar a la niña para llevarla a la guardería, vio que no respiraba. Muerte súbita, dijeron los médicos; muerta de frío, dijeron las vecinas. Pero Concepción no entendía nada. Intentó aferrarse al cuerpecito dormido del bebé y, cuando se lo llevaron, su mente se cubrió de tinieblas. Dejó de ir a trabajar y pasaba los días vagando por las calles. En el barrio en el que vivía se decía que había enloquecido. Los niños huían de su mirada extraviada y los mayores murmuraban a su paso. Mas siempre había alguien que se compadecía de su triste destino y le llevaba a la puerta de su casa un poco de comida y algo de dinero para pagar el alquiler de su hogar. No salió de su estupor hasta un año después. Se vistió de negro y, aunque no la abandonó la tristeza, pareció volver a la vida. 

Hasta que un día, Concepción desapareció y nadie volvió a saber de ella.

Tres años después del nacimiento de la pequeña Rebeca, una mujer vestida de negro entró en la sala de maternidad de un hospital. Estuvo toda la mañana ante la cuna de una recién nacida y, en un descuido de las enfermeras, desapareció con la niña en sus brazos. Durante años, Gema, pues ya se había convertido en Gema, se escondió de la gente. Llegaba a un pueblo y buscaba una casa donde trabajar: una casa donde la permitieran tener cerca a la niña. No se atrevía a separarse de la pequeña, no fuese a ocurrirle alguna desgracia. Pese a ser apreciada allí donde estuvo, no permanecía en un mismo lugar más de unos meses. Hasta que un día, muy de mañana, salía sigilosa de la habitación en la que se alojaba, con su hija en brazos y el hatillo de sus escasas pertenencias, y no se la volvía a ver más. No pensaba parar en su eterna huída de la gente, pero una mañana llegó a la casa que me dejó Myra y creyó haber encontrado un hogar.

Después del juicio, se convenció de que ya no vería más a la niña de su corazón. Yo intentaba, sin lograrlo, darle ánimos todas las semanas cuando me acercaba a la cárcel a visitarla. Gema siempre me recibía con la alegría pintada en sus ojos. Pasaba la hora haciéndome hablar de Rebeca, de su prodigiosa inteligencia y su desbordante imaginación. Por unos minutos, parecía olvidar su triste destino y un destello de dicha iluminaba la pupila de sus ojos. Pero, según pasaban los meses, veía cómo su salud se iba deteriorando. En cada visita, la encontraba más consumida, como una vela que va apagándose poco a poco. Hasta su voz, antes grave y potente, no era más que un hilo en el que iba enhebrando sus cada vez menos frecuentes palabras.

Angustiada por su estado, contraté a un detective privado para que buscase a Rebeca. Quería que Gema la viera aunque solo fuera una vez para que recobrase las ganas de vivir. Estaba segura de que la niña seguía albergando en el fondo de su corazón algo del amor que le profesaba cuando las conocí. Mas, mientras fue menor de edad, sus padres se negaron a acceder a mis ruegos. Hoy en día, cuando ya han pasado tantos años de aquello, comprendo que no quisieran más que protegerla, evitar sumirla en la confusión. Que para ellos, Gema no era sino un criminal que les había causado mucho dolor. Pero entonces yo solo veía el sufrimiento de una madre por la pérdida de su hija. Cuando Rebeca cumplió la mayoría de edad, le envié una carta en la que pretendía despertar en ella los recuerdos de los meses que vivimos en la gran casa de Myra, pero la misiva me fue devuelta sin abrir. Aquel fue mi último intento.

Una mañana meses antes de cumplirse la condena, me llamaron de la prisión. El corazón de Gema, cansado de esperar una visita que nunca llegó, se detuvo para siempre. Al cementerio solo la acompañamos sus padres, ya ancianos, y yo.

Mi historia está llegando al final. Debo decir que nunca llegué a terminar la novela que me llevó a Gema y Rebeca. No podía leer las palabras que había escrito sin evocar los meses que pasé en la casa de Myra; los momentos que viví con la alegre niña mientras su madre se afanaba por hacer que todo a nuestro alrededor estuviera perfecto para hacernos la existencia más agradable. Así que acabé abandonando la que iba a ser mi obra maestra. Durante años parecía que las musas no querían saber nada de mí. Ninguno de las novelas que empecé llegaba a buen puerto; las dejaba a medio terminar esperando encontrar algún día una historia capaz de conmover a los lectores. Hasta hace cosa de un año, la inspiración no volvió a tocarme con sus pródigos dedos. Una mañana me senté ante la pantalla del ordenador sin tener una idea clara de lo que iba a escribir. Mis dedos acariciaron las teclas formando palabras que, enlazadas a otras palabras, fueron formando oraciones. Estaba como en estado de trance. Mi estudio se llenó de imágenes: una casa victoriana, una mujer con un misterioso secreto, una niña con los cabellos rubios como los trigales que rodeaban la casa... Y no paré de escribir hasta seis meses después cuando le entregué mi segunda novela a Myra.

Hace unas semanas, me acerqué al cementerio a llevarle unas flores a Gema. Suelo ir con frecuencia. Me siento sobre la hierba que rodea su sepultura y quiebro el silencio que me rodea con las historias que le cuento a mi amiga. En mis visitas, no me suelo encontrar más que con un anciano que perdió a su esposa hace muchos años. Apenas nos saludamos con un gesto cuando nos vemos, pues nunca hemos intercambiado más de dos o tres palabras de cortesía. En mi última visita salía por la puerta de acceso al cementerio en el momento en que yo entraba. Caminaba entre los sepulcros mientras iba pensando en alguna nadería cuando vi a una desconocida arrodillada a los pies de la tumba de Gema. En el camposanto no se oía más que el susurro del viento entre las hojas de los árboles y el murmullo de una cancioncilla infantil que no había oído en mucho tiempo. Me oculté, para no ser vista, tras un panteón sin apenas atreverme a respirar. Desde el lugar donde me encontraba no podía distinguir las facciones de la joven que le cantaba en voz baja a Gema, mas no necesitaba que nadie me dijese de quién se trataba. Permaneció unos minutos más antes de levantarse para dirigirse a la salida. Pasó a mi lado sin verme. Bella, joven y esbelta, sus cabellos eran dorados. En sus manos llevaba un libro que, pese a no ver las letras que encabezaban su portada, conocía bien su título: “Espigas de trigo”. 

 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

Tienda

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta