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14 min
Espiral oscura (3)
Terror |
07.03.18
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Sinopsis

Las siguientes páginas narran los acontecimientos que me llevaron a cometer el terrible crimen del que pronto tendréis noticias. Mi única intención es que se conozca la verdad, que no soy un monstruo, si no una víctima de algún poder más allá de mi entendimiento. Sé que no puedo esperar vuestro perdón pero aún así os lo imploro, pues sé que si un solo alma me otorga la absolución, la mía podrá salvarse.

Parte 1: http://www.tusrelatos.com/relatos/la-espiral-oscura

Parte 2: http://www.tusrelatos.com/relatos/la-espiral-oscura-2

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He vivido en esta ciudad durante toda mi vida, así que sabía perfectamente cómo y donde encontrar gatos callejeros. Compré algunas latas de comida que olían a rayos y esperé en el coche hasta que el frío de la madrugada vació las calles de los últimos transeuntes. Cuando me sentí segura conduje hasta un polígono abandonado en las afueras y destapé todas las latas, los pobres animales estaban acostumbrados al contacto humano y no tardaron en aparecer. Esta vez había tenido la precaución de vestirme con un grueso jersey de cuello alto que impediría los arañazos y había planeado la situación en mi mente hasta el último detalle. Me ahorraré la descripción, pero no fue tan desagradable como la última vez. Lo hice de la manera más indolora posible, lo prometo. Después abandoné el lugar dejando allí la comida como una pequeña ofrenda.

Volví a mi casa pero no dormí en mi cama, me repugnaba lo que acababa de hacer y me aterrorizaba la idea de volver a acostarme en ella. Pasé gran parte de la noche haciendo búsquedas que me llevaban a páginas de ocultismo y temática paranormal, sin encontrar nada que pudiera darle una explicación a mi situación o, para ser sinceros, que pareciese mínimamente lógico o racional. Finalmente me quedé dormida en aquella mesa que consideraba ya mi segundo lecho, descansando sin sueños gracias al sacrificio que acababa de ofrecer.

Los días siguientes se sucedieron sin novedad. Al principio me encontraba bien, dándole vueltas a mi situación de la manera más racional posible, tratando de encontrar una solución que no involucrara ningún tipo de ayuda externa, tratando de no poner a nadie en peligro. Pero por mucho que mi mente se encontrara más calmada en aquel momento, el terror del aquel sueño no me había abandonado, lo cierto es que no me abandonaría nunca.

A medida que se acercaba el fatídico día que marcaría el fin del tiempo señalado, una semana, mi nerviosismo aumentaba. Empezó a invadirme la paranoia, mensajeaba a mis padres todos los días, a veces más de una vez al día, controlándome a duras penas para evitar que notasen algo extaño. Me parecía ver sombras que me vigilaban detrás de cada esquina y cada puerta entreabierta, recordándome el amargo trato que había cerrado de forma involuntaria y sin elección posible. A medida que me convencíade que mi situación no se debía a mi propia locura, sino al capricho de algún ser que escapa a mi entendimiento, una sensación de profunda injusticia y desesperanza se iba instalando en mi corazón.

Supongo que aquellas emociones fueron demasiado para mí, me encerré aún más en mi misma, no ante los demás, a quienes hacía ya tiempo que había dejado de lado, si no ante mi propio yo, que empequeñecía poco a poco, escondiéndose en algún rincón oscuro de mi alma. Cuando acabé con la vida del siguiente animal no experimenté ningún sentimiento, ni siquiera me torturé con el pensamiento de que estaba haciendo algo espantoso o de que estaba cayendo sin remedio en el terrible pozo de la demencia. Con el tiempo el miedo que me atenazaba se convirtió en un rumor sordo, una sensación permanente de inseguridad que se trasladó a todas las facetas de mi vida, no tenía pánico de nada, pero todo me atemorizaba: que me descubrieran, el ser, su horrible mascota, la espantosa amenaza que me había mostrado. Cada conversación apenas percibida cuando entraba a una habitación trataba sobre mí, cada mirada estaba cargada de reproche, todo lo que leía era una alusión indirecta a mi comportamiento.

También a eso me acostumbré. Presa en mi propia existencia, la rutina se instaló en mi vida: trabajar, matar, dormir, repetir. Incluso volví a mi cama aunque, en un arranque de pueril esperanza, trasladé de lugar todos los muebles de mi cuarto, pensando que al menos así no recordaría con tanta vividez los acontecimientos de aquella maldita noche.

Note el lector que en aquel momento mi estado mental era deplorable. Incluso las noches en las que lograba dormir sin sueños las sombras que se escurrían por el final de mi visión mantenían su incesante vigilancia. Y debo insistir en que me encontraba convencida de mi injusto castigo por un ser superior a mí en todos los sentidos. Debe entenderse esto, debe comprenderse de la manera más inequívoca posible, porque a medida que llegamos a la inevitable conclusión de mi relato el arrepentimiento hace que las manos me tiemblen y mi alma flaquee. Pero debo seguir escribiendo, debo hacerlo para que mi familia y aquellos a quienes una vez llamé amigos no guarden junto al recuerdo de mi nombre la espantosa imagen que la prensa describió con tan morbosa nitidez.

El momento en el que matar dejó de funcionar no fue diferente a los anteriores. Después del rutinario sacrificio, que tenía lugar en las calles, pues no me quedaban tiendas a las que acudir en busca de animales, volví a mi casa con una sensación de fría resignación instalada en mis adentros. Me preparé para dormir en mi cama saboreando aquel breve momento de satisfacción, no por haber matado, lo cual no me causaba ningún placer, si no debido a la certeza de que esa noche dormiría en paz sin la sombra creciente del próximo sacrificio acechando en cada esquina. Incluso en los peores momentos, los seres humanos somos capaces de encontrar una pequeña luz entre las tinieblas. Lástima que aquella se extinguiese tan rápidamente.

Tan pronto como quedé dormida fui arrastrada a un infierno de infinitos espantos. No vale la pena describir esas pesadillas, que no fueron si no un recuerdo de las que me acecharon al prinicipio de mi desgraciado viaje a los más infectos parajes del alma humana. Cuando desperté con el corazón enloquecido de terror, huí de mi habitación y caí de rodillas en el suelo de la cocina, llorando y suplicando a todos los dioses de los que alguna vez había oído hablar que me libraran de mi terrible condena. Fue en vano, nadie apareció ante mí para tenderme una mano hacia la esperanza, ni hubo ningún sonido o señal mínima que pudiera interpretar como una respuesta a mis oraciones, solo el infinito silencio de la noche sin luna, roto por el rítmico golpear de mi frente contra el suelo. Fue en aquel instante cuando comprendí que no existe ningún salvador, que lo que se pregona en las iglesias no son más que cuentos infantiles creados con la intención de salvaguardar nuestras almas de los terrores invisibles que habitan el mundo junto a nosotros.

Y si mi desesperación fue tan grande en aquel momento, es porque sabía que no existía animal irracional superior a un gato que yo pudiera ofrecer en sacrificio, el siguiente escalón era ya la vida humana. Si quería seguir viviendo, debía segar una vida humana.

No soy un monstruo, una cosa es acabar con la existencia de animales inferiores que de todos modos no tienen la capacidad de valorar su propia vida. La defienden, sí, pero debido únicamente al instinto que les hace funcionar. En el fondo son como máquinas biológicas, máquinas que imitan la vida, por eso los usamos para comer, para vestirnos, incluso para satisfacer necesidades más elevadas como el ocio o el amor. La empatía puede engañarnos para hacerles ver como semejantes, pero no es más que una ilusión creada por una mente superior capaz de alterar la realidad misma. Una cosa es acabar con la existencia de una de esas máquinas biológicas, pero no soy un monstruo, acabar con una vida humana es un pecado para el que no existe redención.

Me negué. Una fuerza desconocida surgió de mi interior, quizá el miedo cristalizado en ira, quizá el odio que había acumulado durante los últimos meses. Declaré ante quienes estuvieran observando que jamás, bajo ninguna circunstancia, acabaría con la vida de un ser humano. No importaba con qué me amenazaran, no importaba lo que me hicieran, que no pudiera volver a dormir, que las pesadillas me acecharan hasta acabar con el último jirón de mi cordura. Ni siquiera me convertiría en una asesina para salvar la vida de mis propios padres, sé que ellos no lo querrían así.

Mi voluntad duró un tiempo. Incluso sin poder dormir, acechada por aquellos inmundos sueños, me mantuve estoica durante un tiempo. Pasaba la mayor parte del día fuera de mi casa, paseando por las calles de la ciudad o bebiendo café en establecimientos que no puedo recordar. Algunas veces dormía en hoteles, incapaz de traspasar el umbral de mi propia puerta, pero allí las pesadillas eran incluso peores y huía avergonzada cuando despertaba entre gritos mientras un empleado preocupado golpeaba mi puerta.

Algunas noches compraba más de esa pestilente comida para gatos que me había permitido matar al primero de ellos y me sentaba en la oscuridad de algún polígono industrial perdido, observando como las pequeñas criaturas comían con fruición, reflexionando sobre la diferencia entre un animal y un ser humano. Ni siquiera me daba cuenta de que estaba empezando a relativizar el valor de la vida humana, preparándome para cometer el acto atroz que me lleva a escribir estas líneas. Ya no dormía, es importante recordar esto, pues quiero que esta confesión sirva para que alguno de ustedes me comprenda y me perdone, sé que el perdón de una sola persona será suficiente para salvar mi alma, no quiero añadir el peso del juicio de mis semejantes a mi condena.

La falta de sueño y las pesadillas hacían estragos en mi voluntad y mi mente, hacía tiempo que me había desconectado de mi antiguo yo. Lo único que quedaba de mi humanidad era esa obstinada negativa a matar a un ser humano, pero incluso eso se diluía lentamente entre mis dedos.

A veces me sorprendía fantaseando sobre quien podría ser mi víctima, quizá un vagabundo, fácil de encontrar en un lugar apartado y probablemente sin una familia que le echara de menos. O quizá un anciano, alguien que se encontrara ya en el ocaso de su existencia y no hiciera si no esperar la muerte ¿qué diferencia había al fin y al cabo si esa muerte llegaba por mi mano?. O tal vez un malvado, alguien cuya desaparición hiciera bien al mundo y el peso de cuyo asesinato cayera liviano sobre mi alma. Empecé a mirar a mi alrededor valorando a quienes se cruzaban conmigo. Mi jefe era arrogante, pero ese no es un pecado que mereciera la pena capital, uno de mis compañeros era un idiota rematado, machista y racista, su desaparición no haría daño alguno, más bien al contrario, pero tenía tres hijos y su mujer no trabajaba. Sabía que uno de mis vecinos estaba deprimido e incluso había intetando suicidarse en el pasado ¿no le estaría haciendo un favor si acababa con su vida? Pero estaba demasiado cerca de mí, la policía no tadaría en atar cabos.

Sentía una presión constante bajo mis ojos y mi mirada se tornó odiosa. Empecé a odiarlos a todos, a todos los seres de este mundo, animales, humanos y lo demás, sin distinción. Me preguntaba por qué matar era un delito, si hay tanta gente prescindible en el mundo, gente que hace el mal, vagos que no quieren trabajar o que trabajan, pero cuyo empleo podría hacer de forma mucho más eficiente una máquina. Personas sin ambición o sin voluntad de vivir ¿qué importaban sus vidas después de todo?

Hasta que, al final, me rompí. Fue como suele ocurrir, debido a un acontecimiento fortuito que en otras circunstancias no habría tenido la mayor importancia. Mi teléfono emitió el sonido que me avisaba de un nuevo mensaje mientras entraba en casa, después de otro largo día evitando ese momento. No se trataba más que una fotografía que alguien había subido después de mucho tiempo y en la que me habían etiquetado. Hacía tanto que no actualizaba ni revisaba mis redes social que ya ni siquiera recordaba el sonido que acompaña a las nuevas notificaciones.

Se trataba de una imagen tomada durante la última nochevieja, hacía apenas seis meses. Me mostraba posando de manera estúpida con un gorro de fiesta y una botella de champán barato en la mano, embutida en un brillante vestido que había comprado para la ocasión, cuando esas cosas me parecían importantes. Miré la imagen durante un rato, hasta que los recuerdos de aquella noche se tornaron más nítidos que el mundo real, después alcé los ojos y observé el rostro que se reflejaba en el espejo.

Apenas me reconocí. Los cambios habían sucedido de forma gradual y no les había prestado atención hasta ese momento. Había perdido tanto peso que mis mejillas, que antes redondeaban mi cara dándome un aspecto más joven, se habían hundido hasta revelar unos pómulos cuya existencia ni siquiera había sospechado. Los ojos que me devolvían la mirada ya no se encontraban llenos de vida, si no cansados y rodeados de un círculo oscuro que me daba un aspecto enfermizo. Y mi pelo... mi brillante y hermoso cabello negro que en otro tiempo había sido mi orgullo, que había cuidado con mimo aplicándole productos casi fuera de mis posibilades, se encontraba ahora ralo y lacio, sujeto en una coleta que apenas disimulaba las calvas que aquí y allá salpicaban mi cráneo. Con manos temblorosas, desaté la goma que lo sujetaba y observé como caía sin vida a ambos lados de mi rostro.

Como en un sueño, cogí las tijeras de la cocina y volviendo al espejo comencé a cortar mechones hasta que la desmejorada melena yació junto a mis pies. Me miré durante largo rato, observando como las facciones de mi rostro se desfiguraban en formas extrañas y poco naturales, contemplando como crecía la sombra oscura que atisbaba tras mi mirada, una sombra que se extendió tomando primero mis cuencas, luego mi frente, creciendo hasta convertirme en una mancha oscura, una sombra apenas humana.

Puede que no exista justificación alguna para mis actos, pero mi voluntad se había quebrado por completo. Todo lo que he escrito hasta ahora no es si no el registro de los acontecimientos que me han llevado hasta este punto, deben ser comprendidos, deben ser perdonados. No soy un monstruo, no lo soy. He sido arrastrada hasta aquí sin otro propósito que el de complacer los repulsivos apetitos de aquel ser maldito.

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  • El sol negro se alzó desde el oeste, oscureciendo la luz que inundaba el mundo. Las farolas se apagaron gradualmente, ya no era necesario que esparcieran unas ligeras tinieblas que apenas podían combatir la claridad. Poco a poco las calles se fueron llenando de espantosas criaturas que reptaban desde los nidos en los que habían dormido durante la clara noche. La jornada comenzó como cualquier otra, se dirigieron a sus empleos o escuelas. Algunas, extrañas, permanecían aún en sus lechos, pues amaban la luz y preferían dormir durante el día.

    Matías se despertó con el familiar y poco agradable sonido del despertador, lo apagó con una mano lacia y se sentó en la cama, imponiéndose con gran esfuerzo a los ritmos naturales de su cuerpo.

    Yo crecí en uno de esos lugares. Un lugar viejo, tan ideal para la vida que atrapó a los primeros humanos que pusieron un pie en él como una araña atrapa a una mosca en su telaraña. Montañas pobladas de bosques que se elevan a ambos lados del río que, con el pasar de los eones, las ha erosionado. Tierra fértil, protección y caza. ¿Qué más puede pedir una tribu de nómadas cansados, hartos ya de deambular por caminos aún sin trazar?

    El espectáculo era desolador y el superviviente formaba parte de él. Caminaba sin prisa a través de las calles vacías de vida esquivando los cadáveres incorruptos de sus semejantes, que a falta de bacterias que les sirvieran de Caronte se momificaban lententamente al aire libre, descubriendo macabras sonrisas, más acentuadas en unos, apenas visibles en otros, dependiendo de cuanto tiempo llevaran muertos.

    Las siguientes páginas narran los acontecimientos que me llevaron a cometer el terrible crimen del que pronto tendréis noticias. Mi única intención es que se conozca la verdad, que no soy un monstruo, si no una víctima de algún poder más allá de mi entendimiento. Sé que no puedo esperar vuestro perdón pero aún así os lo imploro, pues sé que si un solo alma me otorga la absolución, la mía podrá salvarse.

    Las siguientes páginas narran los acontecimientos que me llevaron a cometer el terrible crimen del que pronto tendréis noticias. Mi única intención es que se conozca la verdad, que no soy un monstruo, si no una víctima de algún poder más allá de mi entendimiento. Sé que no puedo esperar vuestro perdón pero aún así os lo imploro, pues sé que si un solo alma me otorga la absolución, la mía podrá salvarse.

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