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12 min
Espiral oscura (4)
Terror |
13.03.18
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Sinopsis

Las siguientes páginas narran los acontecimientos que me llevaron a cometer el terrible crimen del que pronto tendréis noticias. Mi única intención es que se conozca la verdad, que no soy un monstruo, si no una víctima de algún poder más allá de mi entendimiento. Sé que no puedo esperar vuestro perdón pero aún así os lo imploro, pues sé que si un solo alma me otorga la absolución, la mía podrá salvarse.

Y así, finalmente lo hice. Elegir la víctima resulto más sencillo de lo que esperaba, como si la certeza de quién debía ser hubiese sido implantada en mi mente por una voluntad ajena a la mía propia. Sabía que la madre de uno de mis conocidos estaba gravemente enferma y no le quedaba mucho tiempo de vida. En el pasado habíamos tenido una relación muy cercana, tanto que incluso me había confiado una llave de repuesto de su hogar. Mirando atrás, me arrepiento casi tanto de haber traicionado su confianza como de lo que hice después.

En mi locura, creí que incluso le estaba haciendo un favor. ¿Qué sentido tiene sufrir durante meses por una enfermedad terminal cuyo desenlace es inevitable? Ninguno, pensaba yo. Hay muchos que pelean por el derecho a una muerte digna, estaba segura de que aquella venerable señora elegiría ejercer ese derecho si tuviese la oportunidad. No hay nada de malo en lo que pretendo hacer, me decía, de esta manera su muerte tendrá sentido, su muerte me dará la vida.

Ojalá hubiera tenido acceso a algún tipo de droga que, inyectada por sorpresa, acabase con mi víctima de forma limpia e indolora. Pero no soy médico ni farmacéutico y estaba demasiado desquiciada para intentar conseguirla en el mercado negro, así que simplemente cogí el cuchillo de carnicero que había comprado para acabar con mis anteriores sacrificios y, tomando la llave que mi amigo me había confiado sin sospechar las terribles consecuencias de su acto, me dirigí a su casa esa misma noche.

Decidí no conducir, pues es muy sencillo identificar un vehículo. El paseo fue largo, pero me permitió trazar un plan que en aquel momento se me antojaba perfecto, estaba segura de que encontraría a la mujer dormida o si no, al menos en cama. Antes de perder el contacto con mi amigo me había hablado del deterioro en la movilidad que la enfermedad le había causado, a estas alturas sería incluso peor.

El reloj electrónico de una farmacia me indicó que eran las tres de la mañana cuando llegué a mi destino. Estaba decidida, ni siquiera pensaba en el crimen que estaba a punto de cometer, solo en la recompensa que vendría después, en la larga noche de descanso que me esperaba cuando volviese a mi hogar. Abrí la puerta del portal y subí las escaleras con sigilo, intentado evitar la reververación propia de esos lugares. Ella vivía en el tercer piso, en la puerta derecha, lo recordaba bien. El corazón comenzó a latirme con fuerza cuando introduje la llave en la cerradura y abrí la antigua pero resistente puerta de seguridad. La casa estaba en silencio, iluminada solamente por la luz de las farolas que se filtraba desde la calle. Cerré con cuidado y, aferrando el cuchillo con fuerza, caminé lentamente hasta el dormitorio de la anciana.

Fue fácil. Las cajas de medicamentos que se encontraban cuidadosamente dispuestas sobre el tocador me indicaban que dormía más profundamente de lo que el sueño normal puede alcanzar. Me coloqué junto a ella y la observé en silencio durante un rato. Me pareció irónico que, pese a su edad y su enfermedad, aún tuviera mejor aspecto que yo. Sentí la necesidad de decir algo o recitar algún tipo de oración, pero las palabras no acudían a mis labios así que, valorando a ojo la posición del corazón de la mujer, alcé el cuchillo y lo clavé en la carne tan profundamente como pude.

Desgraciadamente, como he dicho antes, no soy médico. O quizá no fue la falta de conocimiento si no la penumbra lo que me hizo errar en mi valoración. La mujer abrió los ojos de golpe y emitió un penetrante chillido que se cortó súbitamente cuando la sangre que inundaba sus pulmones subió hasta su garganta y le hizo toser un líquido rojo. Me asusté. Aferrando el cuchillo con ambas manos, lo alcé de nuevo y lo clavé una vez más en su pecho. Tampoco esta vez acerté en su corazón y la mujer se debatió inútilmente mientras se ahogaba en su propia sangre.

Supongo que debí intuirlo o al menos pensar en la posibilidad, pero lo cierto es que no se me pasó por la mente hasta que sentí como unos pasos apresurados se dirigían al dormitorio y la puerta se abría de golpe. Mi amigo estaba allí, seguramente se había mudado con su madre para cuidarla en su hora final. Miró a la mujer, que emitía sonidos gorgoteantes y se aferraba la garganta con las manos, no se dio cuenta de mi presencia hasta que se abalanzó junto a su cama tratando de ayudarla.

Al principio no me reconoció, solo emitió un sonido rasgado y arremetió contra mi, pero yo había tenido suficiente tiempo para reponerme de la sorpresa y estaba preparada. Ya no era el instinto asesino ni mi voluntad quebrada la que actuaba, si no el simple y natural deseo de sobrevivir, sabía que me mataría si conseguía dominarme o arrebatarme el cuchillo. Y no había llegado tan lejos para morir así.

Por suerte para mí el dolor y la ira le cegaron de tal manera que solo tuve que colocar el cuchillo en posición horizontal para que su propio impulso le hiciese clavarse el arma en el estómago hasta la empuñadura. El dolor le desconcertó durante un momento, el tiempo suficiente para permitirme clavarselo unas cuantas veces más. No sé cuantas veces lo apuñalé, solo quería que cayera, solo quería sobrevivir. Finalmente soltó la presa con la que había aferrado mis brazos y cayó al suelo con las manos sobre el estómago, emitiendo débiles sollozos.

No soy un monstruo. Un sentimiento de profunda tristeza me invadió cuando me di cuenta de lo que había hecho, me incliné junto a él con lágrimas en los ojos y le acaricié el cabello, pidiéndole perdón. Él abrió mucho los ojos y pronunció mi nombre débilmente, con sorpresa. Sé que morir por una herida en el abdomen requiere mucho más tiempo de lo que normalmente nos muestran en el cine o la televisión, lo había visto con mis propios ojos. Me pareció que dejarle agonizar durante horas sería cruel y supondría un peligro para mí, así que agarrándole el cabello eché su cabezá hacia atrás y clavé la hoja en su garganta. Se revolvió durante lo que me pareció una eternidad, aunque seguramente solo fueron unos cuantos segundos y, finalmente, se quedó quieto.

Una vez completada mi tarea, sentí como el cansancio hacía mella en mí. Me levanté lentamente y vi como la sangre de la anciana, que ya había muerto, se extendía empapando las blancas sábanas. Salí de la habitación como un zombi y me dirigí al cuarto de baño. Estaba totalmente cubierta de sangre, aunque fueran más de las tres de la mañana, no podía salir así a la calle. Así que me duché en aquella casa donde acababa de cometer un doble asesinato, me vestí con algunas ropas que encontré en la habitación de mi amigo y guardé las mías en una bolsa de plástico que tiré en un contenedor de camino a casa.

Cuando llegué, me tiré sobre la cama y dormí durante el resto de la noche y la mañana que la siguió.

Y eso nos lleva al momento presente, hace unas horas que desperté y he estado escribiendo esto desde entonces. No he ido a trabajar, sé que es sospechoso, pero ya no me importa. Ya nada tiene sentido para mí. Con la mente más tranquila y a la luz de un nuevo día, me di cuenta de que había dejado numerosas pistas en la escena del crimen. La historia ha salido en la televisión nacional y sé que la policía no tardará en encontrarme. Ni siquiera tenía la esperanza de terminar este manuscrito, pero supongo que todo es parte del plan de ese diabólico ser, quizá le place que deje mi historia por escrito, sabiendo que jamás me creerán. Y aunque lo hicieran, eso no cambiaría mis actos. He cometido un asesinato, soy una asesina. Lo soy.

He estado reflexionando, no sé si merezco el perdón, aunque espero que alguien me lo otorgue. Solo hay una salida a esta situación, ojalá se me hubiera ocurrido antes, ojalá lo hubiera hecho antes de... pero ya no importa, lo hecho, hecho está y me toca pagar por ello con lo mismo que he arrebatado a tantas criaturas, mi vida. Tengo todo preparado, enviaré esta carta a todos mis contactos y dejaré una copia impresa en la mesa de la cocina para la policía. Sé que vendrán a buscarme pronto, pero solo encontrarán mi cádaver.

Ojalá hubiese sido más fuerte, ojalá hubiese sido más valiente, pero supongo que por eso fui la elegida. Nunca tuve opción, desde el mismo día en que nací el universo forjaba para mí esta trampa macabra que no podía acabar más que con mi muerte. Era mi destino, mi papel en esta función, pero es hora de que caiga el telón y mi alma ocupe su lugar en el infierno al que pertenece, pues sé que aunque el cielo exista, no es para mí.

 

Por favor, perdonadme.

 

 

EPÍLOGO

 

No puedo si no reír. Si esto es alguna especie de broma retorcida, creo que por fin le encuentro la gracia.

Los médicos me han dado papel y bolígrafo, al parecer han leído mi confesión y creen que escribir puede ayudarme a superar mi psicosis. Han intentado convencerme de que estoy enferma, el diagnóstico ha sido esquizofrenia paranoide aguda, seguida de un montón de términos explicativos que no recuerdo y no me interesan.

La policía llegó poco después de que cortase mis venas con el mismo cuchillo que tantas vidas había segado, me parecío poético que hiciera lo mismo conmigo. Al parecer ese tipo de suicidio tiene un índice de fracaso bastante alto. Si lo hubiese sabido antes, me hubiese cortado el cuello.

Creo que le caigo bien al psiquiatra, cree que con esfuerzo puedo llegar a tener una vida normal, incluso después de lo que hecho. Al parecer mi negativa inicial a acabar con una vida humana y mis reitaradas súplicas por perdón muestran que no estoy completamente perdida. Ha estado intentando combatir mis miedos, convenciéndome de que las criaturas sobrenaturales no existen y todo ha sido un producto de mi imaginación, intentando convencerme de que ha pasado mucho más de una semana y aún puedo dormir sin pesadillas, gracias a la medicación. Deseaba tanto creerle... la perspectiva de que todo estuviese dentro de mi mente es mucho mejor que la alternativa.

Ha pasado un año desde que cometí aquel acto atroz. Ni siquiera me llevaron a juicio, la carta fue suficiente para probar que no estaba en mis cabales. He vivido en hospitales desde entonces, primero el que salvó mi vida, después un psiquiátrico de alta seguridad, ahora me encuentro en uno mucho más agradable, con un gran jardín por el que me gusta pasear. Aunque la mayoría de los pacientes están demasiado locos como para entablar conversación he hecho unos cuantos amigos. La vida parecía ir bien, las cosas parecían tranquilas.

Pero anoche tuve una pesadilla. El médico dice que debo haberlo imaginado porque mi medicación hace imposible que sueñe. Le di la razón. Qué importa ya. Sé que este breve paréntesis solo se ha debido a las dos almas que le regalé al ser. Las pesadillas volverán pronto y las medidas de seguridad de este edificio hacen imposible que pueda quitarme la vida. No soy un monstruo, solo quiero morir. No merezco este jardín, ni estos compañeros, ni la sensación de paz que me ha acompañado el último año, solo quiero pagar por lo que hecho, pagar por mis pecados, merezco terribles tormentos, merezco el infierno.

Sé que volveré a hacerlo, mi voluntad volverá a quebrarse y no hay nada que pueda hacer al respecto. Yo no he elegido esto. Cuando empiece a matar a los pacientes volverán a llevarme al psiquiátrico de alta seguridad o quizá me pongan una camisa de fuerza. Nadie puede ayudarme, la muerte es la única respuesta.

Y quizá no tenga nada con lo que poder suicidarme, pero aún tengo mis manos. No necesito nada más.

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  • El sol negro se alzó desde el oeste, oscureciendo la luz que inundaba el mundo. Las farolas se apagaron gradualmente, ya no era necesario que esparcieran unas ligeras tinieblas que apenas podían combatir la claridad. Poco a poco las calles se fueron llenando de espantosas criaturas que reptaban desde los nidos en los que habían dormido durante la clara noche. La jornada comenzó como cualquier otra, se dirigieron a sus empleos o escuelas. Algunas, extrañas, permanecían aún en sus lechos, pues amaban la luz y preferían dormir durante el día.

    Matías se despertó con el familiar y poco agradable sonido del despertador, lo apagó con una mano lacia y se sentó en la cama, imponiéndose con gran esfuerzo a los ritmos naturales de su cuerpo.

    Yo crecí en uno de esos lugares. Un lugar viejo, tan ideal para la vida que atrapó a los primeros humanos que pusieron un pie en él como una araña atrapa a una mosca en su telaraña. Montañas pobladas de bosques que se elevan a ambos lados del río que, con el pasar de los eones, las ha erosionado. Tierra fértil, protección y caza. ¿Qué más puede pedir una tribu de nómadas cansados, hartos ya de deambular por caminos aún sin trazar?

    El espectáculo era desolador y el superviviente formaba parte de él. Caminaba sin prisa a través de las calles vacías de vida esquivando los cadáveres incorruptos de sus semejantes, que a falta de bacterias que les sirvieran de Caronte se momificaban lententamente al aire libre, descubriendo macabras sonrisas, más acentuadas en unos, apenas visibles en otros, dependiendo de cuanto tiempo llevaran muertos.

    Las siguientes páginas narran los acontecimientos que me llevaron a cometer el terrible crimen del que pronto tendréis noticias. Mi única intención es que se conozca la verdad, que no soy un monstruo, si no una víctima de algún poder más allá de mi entendimiento. Sé que no puedo esperar vuestro perdón pero aún así os lo imploro, pues sé que si un solo alma me otorga la absolución, la mía podrá salvarse.

    Las siguientes páginas narran los acontecimientos que me llevaron a cometer el terrible crimen del que pronto tendréis noticias. Mi única intención es que se conozca la verdad, que no soy un monstruo, si no una víctima de algún poder más allá de mi entendimiento. Sé que no puedo esperar vuestro perdón pero aún así os lo imploro, pues sé que si un solo alma me otorga la absolución, la mía podrá salvarse.

    Las siguientes páginas narran los acontecimientos que me llevaron a cometer el terrible crimen del que pronto tendréis noticias. Mi única intención es que se conozca la verdad, que no soy un monstruo, si no una víctima de algún poder más allá de mi entendimiento. Sé que no puedo esperar vuestro perdón pero aún así os lo imploro, pues sé que si un solo alma me otorga la absolución, la mía podrá salvarse.

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