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22 min
Espuma de baño
Drama |
10.08.13
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Sinopsis

A veces una vida normal y segura de un matrimonio puede transformarse en una historia de violencia, si se pretende seguir para siempre con las costumbres habituales, enterrando muy profundo los sentimientos de cada uno.

Era otoño en Buenos Aires. Llovía leve pero insistentemente desde hacía varias horas sobre la ciudad. Las nubes formaban un paisaje gris que pintaba las casas y las calles de la misma tonalidad. En el barrio de Recoleta una pareja estaba disfrutando ese sábado por la mañana  del comienzo del fin de semana.

Lorena y Juan ya habían desayunado. Estaban leyendo el diario sentados a la mesa de la sala de estar, una mesa enorme de cristal de amplio grosor, sostenida por columnas de mármol con figuras de cariátides. La trajeron de Italia, donde la habían hecho con el mejor mármol rosa, de una sola pieza. Les había salido una pequeña fortuna, pero para ellos no era nada.

Él era industrial. Su fábrica, heredada de su padre y su abuelo, producía cerámica para pisos o paredes. A pesar de los sombríos momentos económicos por los que pasó el país durante esos años, siempre produjo grandes ganancias. Enormes ganancias. Juan sabía mucho de negocios, de inversiones, y tenía amplios contactos políticos.

Ella era la heredera de la fortuna de una familia del campo. Tenía en su haber miles y miles de hectáreas, algunas dedicadas al pastoreo de ovejas en el sur, otras a criar vacas en el centro del país. Muchas otras no producían nada, pero eran moneda de cambio en las inversiones que ella misma se encargaba de efectuar. En suma, ella tenía más dinero que el marido. Mucho más, aunque ambos eran ricos y se necesitaban para mantener semejante fortuna.

La conversación giraba en torno a las noticias del día, muchas de ellas sangrientas.

-Un tren que choca a toda velocidad contra otro causa cincuenta y tres víctimas.

-Un hombre mató a su esposa y a sus tres hijos con un cuchillo.

-Un avión cayó en el sur de Asia y murieron los doscientos cincuenta y tres pasajeros.

De repente Juan cerró el diario con un movimiento brusco y anunció que se iba a dar un baño.

-¿Vienes?- le preguntó a su esposa.

-No, querido. Estoy leyendo plácidamente y así quiero seguir por un rato.

-No sé qué placentero puede ser leer esas noticias. Todo es muerte y destrucción.

-Estás equivocado. Yo leo sobre espectáculos, arte, el suplemento literario. No todo es muerte.

-Es verdad.- Concedió Juan. –Pero lo que es noticia, es deplorable. Y no hablemos de política.

-Por supuesto querido. Pero no te preocupes, los periodistas aumentan el drama para vender diarios.

-¿Si? ¿Cómo aumentar el drama si se mueren más de doscientas personas por una falla en un avión.

Ella subió por primera vez la vista que mantenía fija en el diario. Lo miró duramente.

-¿Puedes hacer algo por ellos? No, definitivamente no. Entonces no sufras.

-Pero podríamos haber estado allí. Nosotros volamos seguido.

-Cariño, no te preocupes, eso no nos va a pasar.

-¿Cómo puedes estar tan segura?

-No nos va a pasar como tú te imaginas. No sufriremos, si es que nos toca vivir algo así. Ni siquiera nos daremos cuenta.

-Eres muy fría.

-Eso es verdad. Pero alguien tiene que serlo.

Juan no dijo nada más. Se había quedado pensando en ese ser indiferente e insensible en el que se había transformado su mujer. Hacía mucho tiempo que estaba convencido de que no lo amaba más. Pero ella insistía en mantener las apariencias, celebrando la rutina de todos sus días. A él no le molestaba eso. Tampoco la quería como antes, aunque le seguía teniendo cariño. Sin embargo, pensaba, manteniendo las costumbres seguían funcionando como una sociedad anónima, como habían hecho desde hacía ya más de veinte años.

Los hijos ya se habían establecido con sus otras parejas en otras ciudades. El mayor, de veinte años, se había mudado a Estados Unidos con su reciente mujer, y ambos estaban trabajando en Miami. La menor, de dieciocho, había formado pareja con un italiano de treinta y cinco, y se había ido a vivir a Milán. A pesar de la angustia de no tenerlos cerca, no dejaba de ser una situación conveniente. Era el momento de disfrutar una nueva y larga luna de miel, de viajar, de disfrutar de la vida, como siempre habían querido. Aún eran jóvenes y muy atractivos, ambos. Pero ambos sabían también, aunque no hablaran de ello, que los sentimientos mutuos estaban, por lo menos, disminuidos,  reducidos a su mínima expresión, por no decir perdidos por completo.

Pensando en todas estas cosas Juan entró al baño y abrió la ducha. Esperó a que el baño estuviera templado con el vapor y luego se desnudó. Comenzó a bañarse, primero el champú, luego el jabón. Eran los mismos elementos de ducha que siempre habían estado en el baño, desde que se casaron. Su mujer nunca cambiaba de marcas, salvo que esa marca desapareciera. Era demasiado conservadora. Mientras pensaba en eso, Juan observó los envases, y entre ellos, poco visibles debido al vapor, distinguió uno de color rojo. Nunca había habido allí un envase de ese color. Fue hacia el envase y lo tomó. Leyó: Espuma de baño. Lorena jamás había usado espuma de baño. Nunca en su vida se dio un baño de inmersión, siempre dijo que era una pérdida de tiempo. Ahora que hacía memoria, ella le había contado que la única vez que se lo había preparado le había bajado la presión. El envase era de una marca que él recordaba por algo. Pero por más que se esforzó en pensar dónde o cuando la habían mencionado, no pudo hacerlo. Quizás era por alguna propaganda estúpida, pensó.

Salió del baño con la idea de preguntarle a Lorena de dónde había sacado ese envase, pero la idea se le fue de la mente. Bajó a la sala de estar donde Lorena seguía leyendo el diario. Se fijó qué sección estaba leyendo: espectáculos. Bien, al menos era coherente. Le miró el cuello, y se dio cuenta por primera vez de que llevaba una cadena de oro muy fina, con un colgante en forma de corazón, de cristal rojo.

-¿Dónde compraste esa cadena? Es muy hermosa.- Le dijo, mientras se acomodaba la camisa debajo del pantalón. Nunca había usado camisas fuera del pantalón. Aunque estaban de moda, no era su estilo. Creyó notar que ella palidecía un segundo. Pero no, debió ser su imaginación, su respuesta llegó muy segura y rápidamente.

-Hace varios días que la uso, recién ahora lo notas. La traje de nuestro último viaje a Nueva York. En la Quinta Avenida. Creo que el negocio se llamaba MDC Diamonds.

-No, no lo recuerdo. Tampoco te la había visto puesta antes, de eso estoy seguro. Soy muy detallista.

-Evidentemente ya no eres muy detallista conmigo.- Fue la respuesta de Lorena.

Juan se quedó pensativo. Habían viajado a Nueva York hacía unos dos meses. Si algo entusiasmaba a Lorena eran sus compras, mucho más si eran joyas. Y si su compra era en Nueva York, su ciudad favorita para gastar, luego de comprar cualquier cosa hubiera estado de un estado de ánimo excelente. Y ella no estuvo así en su último viaje a la gran ciudad. Definitivamente le estaba mintiendo. Pero ella no era capaz de mentirle. Podía ser cualquier cosa, podía no amarlo más, pero consideraba imposible que le mintiera.

Lorena se levantó y le anunció que iba a tomar un baño. En ese instante recordó Juan el envase rojo.

-¿Vas a tomar un baño de inmersión?- Preguntó maliciosamente.

Ella lo miró extrañada. Pero de inmediato volvió a la frialdad que le era común.

-Ya sabes que nunca tomo baños de inmersión. No sé por qué lo preguntas.

-Pues, acabo de ver una espuma para baño que nunca había estado allí antes. O tal vez, como tu collar, no lo haya visto antes.

Ella lo miró fijamente. No hizo ningún gesto ni se le movió un solo músculo de la cara.

-Últimamente estuve muy estresada, quiero probar si me doy un baño de inmersión cada tanto. Tal vez mejore. Me dijeron que si una no abusa del tiempo en el que está sumergida, la presión nunca baja. Y comprobé que es verdad. No estoy más de quince minutos en el agua, y salgo renovada.

Él la miró a los ojos. No parecía estar mintiéndole. Pero estaba seguro de que lo estaba haciendo. Se sintió mal, por el sólo hecho de no conocer bien a su mujer después de tantos años. Le estaba mintiendo descaradamente, mirándolo a los ojos. Nunca lo había pensado, hasta ese día. Ella dio media vuelta, dando por terminado el tema, siguió caminando escaleras arriba, para darse su baño.

Mientras Lorena se bañaba, seguramente envuelta en espuma de baño, Juan pensaba y pensaba. ¿Dónde había escuchado de esa marca de espuma? ¿Quién se la había mencionado? ¿Por qué estaba siempre tan distraído en su casa? A veces se odiaba a sí mismo. Y el collar. ¿Cuándo lo había comprado? Estaba seguro de que no le había contado de su compra. Eso era imposible, ella siempre se entusiasmaba si compraba una joya, y siempre se lo contaba sonriente. Eran esas algunas de las pocas ocasiones que presagiaban que a la noche harían el amor. ¿Cómo no recordar algo así? En ese momento sonó el teléfono fijo de la casa. Juan contestó fastidioso porque quien quiera que fuese le interrumpió el pensamiento

-Hola.

-Este…hola ¿Juan?

-Sí, soy yo.- Contestó de mala gana. No tenía idea de quién era.

-Soy yo, ¿no me conoces? Antonio.

Era Antonio, su amigo de toda la vida, y él no lo había identificado. ¿Tan mal estaba que ya no reconocía la voz de su amigo?, se preguntó a sí mismo, preocupado. Cambió su tono de voz a uno más amigable. Antonio no tenía la culpa de que él estuviese preocupado por ciertas cosas.

-Que tal, Antonio, ¿cómo estás? Disculpa que no te haya conocido, estaba pensando en varias cosas. Ya sabes, distraído.

-No hay problema Juan, si quieres llamo después.

-No, dime qué ocurre.

Se hizo una pausa en el teléfono. Del otro lado Antonio parecía estar pensando la manera de comenzar a hablar. Juan esperó, paciente. Pensó que se lo debía a su amigo, por la forma en que lo había atendido. Por fin, Antonio dijo:

-¿Puedes hablar? Quiero decir, ¿está Lorena cerca?

-No, no hay problema, subió a bañarse. Y no creo que salga pronto.

-Tengo algo que contarte. Es sobre ella.

Juan pensó y pensó. Por su mente pasaron imágenes de baños de espuma y collares de oro. Si Antonio le revelaba algo de eso, se iba a sentir muy mal. Luego de unos segundos dijo:

-No sé si quiero saberlo.

-Sí, claro que quieres saberlo. Le vamos a organizar en el club una fiesta sorpresa. Es este sábado, a las 22 hs, con la excusa de reunir fondos de caridad, lo que haremos de paso. Como ya sabes, ella cumple el domingo, así que a medianoche se enterará que todo es por su cumple. Ya mi mujer encargó una torta enorme. No todos los días cumples cuarenta.

-Ah, claro, su cumpleaños. Es perfecto. Muchas gracias por ocuparte y avisarme. ¿Necesitas algún tipo de ayuda?

-No, no te preocupes, cuanto menos hagas, menos va a sospechar. Eso sí, cómprale algo muy lindo.

Luego de hablar un par de minutos más sobre temas intrascendentes, Antonio y Juan se despidieron. Pero Juan no olvidaba la espuma ni el collar. Sentía como si la conversación con Antonio hubiese liberado sus neuronas, y comenzara a encontrar el camino.

Ahora ya había desentrañado el asunto de la espuma. Hacía varios meses uno de sus socios más importantes le había comentado sobre esa marca, que solamente se conseguía en ciertos locales de la Quinta Avenida, en Nueva York. Se llamaba Ricardo, y era un excelente socio, muy inteligente y trabajador. Sin embargo, nunca le había caído bien. Quizás porque era joven, deportista, rico, presumido, y las mejores ropas siempre le quedaban bien. No necesariamente le molestaban las cosas en ese orden. Ahora recordaba que Ricardo se la había recomendado para darse baños de inmersión, y él le había contestado que ninguno de los dos tenía esa costumbre. Ahora recordaba que cuando él le comentó que viajarían a Nueva York, Ricardo le dijo que iba a viajar un par de semanas después. Ricardo podía haber comprado la espuma de baño. Y por qué no, también pudo haber comprado el collar.

Comenzó a sentirse un poco extraño. Creía que ya no amaba más a Lorena, pero ahora descubría que sospechaba de ella, y que eso lo ponía mal. Nunca lo hubiera pensado. Porque aunque ya sabía que Lorena tampoco lo amaba, también, hasta ese momento, sabía que ella nunca le mentiría, y que jamás lo engañaría. Ahora no estaba tan seguro de eso. En ese momento Lorena bajaba las escaleras con el cabello húmedo y suelto. Estaba perfumada y muy bien vestida con un hermoso y  cómodo vestido azul y sandalias. Juan pensó que aún a sus cuarenta años ella era hermosa, realmente bella. Eso encendió nuevamente sus celos.

-¿Quién te regaló la espuma? ¿Desde cuándo la usas?- preguntó de repente, sin poder contenerse.

Ella no le contestó de inmediato. Siguió bajando las escaleras hasta llegar al piso de la sala. Lo miró a los ojos. Lo conocía muy bien y sabía perfectamente cómo jugar sus cartas.

-Fue Sabrina. Ella viajó a Nueva York y me compró la espuma de baño y el collar. Está enamorada de mí, me lo confesó todo hace apenas dos meses y nunca supe de qué manera decírtelo. Acepté los regalos, pero nunca salí con ella.

Juan se tranquilizó como si le hubiesen dado un potente calmante. De manera que había sido esa bruja. Era su otra socia. Le gustaba jugar con las personas. Era una persona difícil, de un carácter muy fuerte y personalidad variable. Nunca se sabía cómo estaba de ánimo, sólo en un momento podía pasar de la furia al llanto y del llanto a la risa. Pero era muy buena para las inversiones, excelente para hacer tratos de negocios. Imposible pensar en perderla. En cambio a Ricardo lo hubiera echado sin miramientos, a pesar de todo lo que significaba para la firma. Sabrina también había viajado a Nueva York, un poco antes que ellos, así que todo cerraba. Volvía a pisar tierra firme.

-Le diré a esa perra que no te moleste más.

-No te molestes, ya se lo dije yo.

-Igual la voy a llamar.- dijo Juan y marcó el número con el móvil.

-Hola Juan.- Dijo una agradable voz de mujer del otro lado del teléfono.

-Lo sé todo. Sabrina, lo sé todo, ya no hay nada que ocultar. Seguiremos siendo socios, pero te alejarás de Lorena. A partir de este momento no quiero que la veas más, ni le hagas regalos. Se acabó. ¿Entiendes?

Del otro lado de la línea no se escuchaba ni un murmullo, hasta que la misma voz dijo:

-De acuerdo. No te preocupes, tengo otras cosas importantes de las que ocuparme.

Juan colgó el teléfono con satisfacción. Todo había salido muy bien, ya no había huecos en su vida, ni agujeros negros, tal como a él le gustaba. Le dijo a Lorena que a pesar de estaba lloviendo iba a salir a caminar una hora. Hacía eso para mantenerse en forma, todos los fines de semana. Subió a su cuarto, buscó un abrigo con capucha y se lo puso. Luego bajó, le dio un beso a su mujer en la frente y salió de la casa.

En cuanto vio por la ventana que Juan doblaba la esquina, Lorena llamó a  Sabrina.

-Hola Sabri, estuviste excelente, se lo creyó todo, tu plan dio resultado. Eres genial. Si no te hubiera llamado no hubiese sabido qué hacer. Tu plan fue extraordinario.

Sabrina se rió con todas sus fuerzas. Siempre consideró a Lorena como una gran amiga y en cuanto la llamó para pedirle auxilio no vaciló en ponerse en el lugar de la mala de la película para salvarla.

-Estuve bien, ¿verdad? Como sea que salga este asunto, debes abandonarlo. Todavía eres joven, y creo que Ricardo es una buena opción para continuar tu vida.

Lorena se había quedado pensativa. Sus ojos se entristecieron.

-Definitivamente no. Últimamente sus juegos sexuales se volvieron una tortura para mí. No le tengo estima, todo lo contrario. Desearía tenerlo bien lejos, me arrepentí de salir con él. Es un hombre que no vale la pena, todo lo contrario.

-Es una mala persona, eso es verdad. Pero volviendo a Juan, puedes tener miles de hombres mejores que él. Sólo le interesa que estés con él y que finjas que lo quieres, cuando sabe perfectamente que no es verdad. Los chicos ya están grandes y con sus parejas, ellos entenderán. Todo el mundo entenderá. Pero es tu vida. Tú decides.

-Es verdad, yo decido, pero es muy difícil cambiar las costumbres de años.

Siguieron más de cuarenta minutos de conversación sobre el tema. Ocasionalmente se desviaban pero de inmediato lo retomaban. Lorena estaba en una encrucijada de su vida, y no podía decidir qué hacer. Sufría, pero no lo demostraba. Siempre era la fría mujer de mundo, la mujer de negocios, la que tenía la careta de felicidad puesta sobre su rostro. Finalmente cortaron. Media hora después entró su marido. Estaba feliz, lucía radiante.

-¿Qué te hace tan feliz, Juan?- Preguntó ella, sorprendida de que su marido, siempre tan reservado, luciera semejante sonrisa.

-Fui a visitarlo. A él, tu verdadero amante. Mira, puedo parecer estúpido, pero no lo soy. Fui a ver a Ricardo.

Lorena abrió la boca de par en par por la sorpresa, y cuando se dio cuenta se tapó la boca con la mano. Ahora temblaba.

-¿Qué hiciste?

Juan se rió ostensiblemente. Estaba disfrutando su momento.

-No te preocupes, no le hice nada grave. Toqué el timbre y me hizo pasar a su departamento. Estábamos solos. Le dije que me habías confesado que salías con él a mis espaldas. Le dije que te había seducido con malas artes, que era un desgraciado y que no quería verlo nunca más ni en la empresa ni en la vida. Luego le pegué tan fuerte que creo que le rompí la nariz. Mira, esto me va a costar mucho. Era un buen socio, y quizás se presente con una demanda en mi contra. Sería un descarado, pero también sería muy típico de él. Así que no me extrañaría. Pero lo que quiero decirte no es eso. Lo que quiero decirte es que recién hoy me di cuenta de que tengo sentimientos hacia ti, todavía, y muy fuertes. No sé si se trata de un sentimiento de pertenencia, tal vez, o si es que aún me dura el amor. Pero hoy me di cuenta de que me importas, y quiero cambiar de vida. Pero quiero también que ese cambio te incluya.

Lorena se sintió extraña, rara, anormal. Lo miraba y no lo reconocía. De pronto sintió miedo. Estaba asustada, no le gustaba el accionar violento y arbitrario de su marido. Toda su vida, sus frustraciones, sus amarguras al lado de ese hombre que desconocía, pasó por su mente. Ella se había portado mal en este último tiempo, pero todo tenía una razón de ser. Se dio cuenta de que ese hombre tan centrado, tan caballero, leal, prudente y de aspecto importante no le era para nada conocido. Ella sólo conocía sus costumbres que le hizo seguir durante años. Su vida, que ella creyó vivir durante tanto tiempo, no era de ella, era de él. Ella ya no quería saber nada con él. Nada. Se dio cuenta de que no solamente había dejado de amarlo. Otros sentimientos habían aflorado a la superficie. Ya sabía a qué atenerse, no dudaría más. Muy enojada pero conteniéndose, en el papel de la fría mujer de negocios, dijo:

-Yo no quiero seguir contigo un minuto más. Ya me he cansado de esta vida. No me importaba Ricardo y tampoco me importas tú. Creo que lo mejor es que nos separemos.

Sintiéndose derrotado, Juan comprendió que sería imposible hacerla cambiar de parecer en ese momento. La conocía muy bien, sabía que cualquier cosa que dijese sería usada en su contra. No podía contra su frialdad. Quizás necesite tiempo, se dijo a sí mismo. Después de todo tenía muchísimo tiempo para recuperarla. Decidió hacer silencio, lo que resaltó las palabras de ella. Quizás así se diera cuenta de la gravedad de lo que implicaban. No hizo gestos, no hizo drama, simplemente se dio vuelta y se dirigió a la sala, encendió el televisor de 84 pulgadas y puso una película.

Ella subió las escaleras, entró a la habitación donde guardaba su ropa, sus joyas todo lo que amaba. También entró sin ser vista en el cuarto de su marido y buscó algo entre sus pertenencias. Guardó todo en dos valijas y se fue de la casa. Prometió volver para llevarse todo lo demás. Estaba feliz, por primera vez en mucho tiempo.

Dejó las valijas en la habitación de un hotel de primera clase. Se recogió el pelo, se cambió las ropas por un jean, una camisa negra, guantes, anteojos negros y una campera de cuero. Sin dejar la llave en la recepción salió del hotel, pasando desapercibida. Se dirigió hacia el departamento de Ricardo. Tocó el timbre, esperó unos segundos, el socio de su marido le abrió y la dejó pasar sin decir nada. Notó que tenía la nariz inflamada. Estaban solos. Ella no se dejó tocar por él, ni para el beso del saludo. Le recriminó su trato rudo, su poca caballerosidad en la intimidad, protestó por todo lo malo que tenía en él y que ella no supo ver en sus primeros encuentros. Sacó el arma del bolsillo interno de la campera. Le disparó tres tiros a un Ricardo absolutamente desconcertado. Apoyó el arma de Juan, con sus huellas digitales, en el piso y acto seguido salió del departamento.

Volvió al hotel y aprovechando que varias personas se estaban inscribiendo en la recepción, siguió de largo sin que la vieran. Una vez que estuvo en su habitación se soltó el pelo, se puso de nuevo el vestido azul, esta vez con unos zapatos que hacían combinación, y salió de su habitación nuevamente. Toda esta operación le tomó apenas unos minutos. Dejó su llave en la recepción, fue hacia un teléfono público y llamó a la policía. Sin identificarse, dijo que había visto entrar al departamento de Ricardo a una persona a la que describió con las características de su esposo y que había escuchado varios disparos. Luego llamó a Sabrina, a la que contó lo que su marido le dijo sobre su visita a casa de Ricardo. Le dijo que tenía miedo de que hubiese sido un encuentro muy violento, y que tenía miedo por su propia vida. Y que por eso se fue de su casa.

Se sintió de una forma que nunca experimentó en toda su vida. Se sintió liberada, como si se hubiese sacado unas enormes cadenas de encima. Todavía era joven. Podía hacer lo que quisiera con su dinero y sus bienes, el mundo para ella no tenía límites. Se sintió poderosa, fuerte, llena de energía, magnífica. Todos los sentimientos de sumisión, respeto y sometimiento a los deseos de Juan se habían esfumado en un segundo. Todos los sentimientos de deseo que se transformaron en odio, rencor y hostilidad hacia Ricardo también se fueron. Una persona nueva había nacido.

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  • Me parece un excelente relato, muy bien llevado de principio a fin, con una narrativa ágil y una intriga que hace mantener la atención hasta el final.- Te felicito.- Saludos
    Me gusta mucho el desarrollo. Creí resolver el misterio sin haberlo hecho en al menos dos momentos.
    A propósito de los personajes, me da algo de pena Juan, no creo q se merezca mucho el final, con el abandono ya tenía suficiente. Su mujer resulta ser una psicópata taimada. El tema de la espuma me resulto intrigante como título y pensé que el tema del posible homicidio iba por esos lados, pero en realidad como elemento de la trama no tiene más importancia que la cadena de oro. Un solo detalle, en la frase: "Sería un descarado, pero también sería muy típico de él." lo correcto no será: "Sería un descaro" O me equivoco? Bueno, felicidades. Un abrazo
    Me parece un relato muy bien estructurado, con un nivel de tensión que te arrastra del pelo hacia un gran final. Vamos sospechando a lo largo de la historia que algo realmente terrible va a ocurrir, y sin embargo nos das una sorpresa tremenda. Los personajes están perfilados con recursos muy eficientes; sin ser empalagosos son cabales.
    Un relato desarrollado con un ritmo cinematográfico, con suspense y buenos puntos de giro. Totalmente merecido el honor de relato del mes. Enhorabuena!
    Es un relato que me encanta ,al principio parecen un matrimonio sin amor,de los que hay tantos,luego se ve,la profundidad del odio y del rencor.Un amante y un marido odiosos,y ella tan fría...Tenia que pasar.Un final impactante.
    Tus personajes son tan cambiantes, reales y polifacéticos que me atrapan en cada relato. La manera en que describís la dinámica interna de las parejas de muchos años es tan acertada que intuyo un marido con vasta experiencia. Un gusto, Rolando. Gracias por pasearte por mis textos. Saludos de una cordobesa-catalana
    Mantiene el interés hasta el final. Me ha gustado mucho
    Magnífico relato que pone en escena todo un juego de sospechas, estrategias y venganzas. Un juego que descubre más de una miseria humana y que, finalmente, pone a cada uno en su lugar.
    Muchas gracias a todos!!! La Maga, Esteban, Mayte y Paco, ya los llevo en el corazón. Y muchas gracias elbaaughty, me has sorprendido con tu comentario, me has dejado muy contento. Voy a seguir leyendo los relatos de todos, me hacen siempre poasar muy buenos momentos. Abrazos!
  • ¿Qué sucede cuando comparas tus sueños de juventud con la realidad? Pueden pasar muchas cosas, y en esta reflexión reconozco que no me fue muy bien. Al menos en este caso.

    Un drama sin tiempo ni frontera, universal, que han sufrido y siguen sufriendo muchos hombres, por culpa de la ambición y la falta de escrúpulos de otros hombres.

    Nunca sabes la sorpresa que puede depararte la decisión de seguir a un gato negro...

    A veces una vida normal y segura de un matrimonio puede transformarse en una historia de violencia, si se pretende seguir para siempre con las costumbres habituales, enterrando muy profundo los sentimientos de cada uno.

    Una historia de persecución, argucias y distracciones. Con esos ingredientes las cosas pueden terminar muy mal, aunque a veces también se pueden obtener compensaciones inesperadas.

    Todos podemos afrontar dificultades que a veces parecen imposiblesde superar. Sin embargo siempre existe alguna forma de enfrentarnos a ellas. Y a veces se obtienen excelentes resultados, dependiendo del camino que elijamos para hacerlo.

    Cuando se vive como un esclavo maltratado una buena opción es pensar en escapar y tratar de cambiar de vida. Pero cuando sabes lo que quieres, la opción de escapar es la única posible.

    A veces, una mirada dice muchas cosas. Buenos Aires es una ciudad enorme, una de las más grandes del mundo. En el centro de la ciudad convergen millones de personas todos los días, personas que no se miran, y allí puede suceder de todo. Peleas, robos, persecuciones, son cosas de todos los días. Esta es sólo una pequeña historia de tantas que suceden.

    La envidia, uno de los sentimientos humanos más potentes, pocas veces favorece la claridad del pensamiento. Esto sucedió hace muchos siglos en un territorio muy lejano, pero hoy pasan las mismas cosas.

    Cuando elijas qué hacer debes hacerlo bien. Si eliges un trabajo equivocado, o para el que no estás preparado, te pueden pasar estas cosas como ésta.

Soy escritor, básicamente. Historiador, fotógrafo, empleado para sobrevivir, pero escritor ante todo.

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