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17 min
Estonia
Terror |
11.10.13
  • 5
  • 2
  • 3913
Sinopsis

"Es ella quien mira al lago cercano donde crecen los juncos y las raíces, igual que piernas de madera, a la sombra de los alcornoques, troncos que esconden nombres en silencio..."

ESTONIA

Terror

AUTOR: ANGEL NAVA PRUDENTE

(xeroxed_angel@yahoo.com.mx)

 

El humo se escapa entre los labios de Estonia, delicados dedos trituran los residuos de un cigarrillo al atardecer, azules ojos reflejan el sol decadente, sumergido en algodones rosa fluorescentes, como en un paisaje de fantasía.

Es ella quien mira al lago cercano donde crecen los juncos y las raíces, igual que piernas de madera, a la sombra de los alcornoques, troncos que  esconden nombres en silencio. Son sus ojos los que dejan escapar una lágrima, los recuerdos duelen como ayer, como hace unos días, como en mayo, como todo el tiempo. Estonia se levanta de su mecedora, sus piernas de Terpsícore asoman donde el vestido marinero no cubre, aquellas que el tiempo no ha conseguido envejecer, se encaminan al interior de la cabaña de madera. Ahí, lejos del gentío, el pueblo y el ruido. Las mismas manos sirven en la copa de cristal el vino blanco, costumbre que se ha hecho antídoto para olvidar, recuerdos que van y vienen, nombres y hombres, deslizándose entre los años y sus exquisitas caderas, lágrimas y noches interminables que se repiten, con aquel nombre tatuado en estrellas.

Aquel nombre, aquel hombre.

Heinz.

La noche con su sonrisa negra cubre la cabaña y un gemido apagado escapa de sus carnosos labios bermellón, tan deseados años atrás por la multitud de jóvenes que se agolpaban y apretujaban en la entrada del cinema, el único en el pueblo. Ahí le conoció por primera vez y desde entonces le amó sin saberlo, negándose en su interior pero pensando en él cada noche.

Heinz.

Antes de él fueron varios nombres sin importancia, todos meros pasajeros en su tren de vida, pero él se quedó cuando todos bajaron, tratando de seguir el viaje hasta el final. Estonia siempre se dijo a si misma que su vida debía ser fuera del pueblo, pero cuando todo marcha por el buen camino, siempre hay un cuervo negro cruzando el cielo. Había olvidado por completo a Catriel, el tipo duro de la Ford 1970, el ganadero de la región por herencia. Muerto su padre, se convirtió en una marioneta de Antonella, su madre. Excéntrica mujer de indeseable andar que paseaba por el pueblo, más de una docena le atribuían cualidades sobrenaturales. Estonia olvidó a Catriel cuando miró a Heinz con su peinado relamido y aquella expresión tan jovial y sonriente, con un esmoquin de pantalla y polainas. Una noche de forcejeo, mandó al diablo a Catriel y su carácter de capataz mimado, acostumbrado a la obediencia de todos. Olvidó las malas palabras que el gritó mientras ella se alejaba, dejó el tiempo perdido atrás y el rostro de su madre excéntrica.

La Ford 1970 giró una docena de veces antes de tocar fondo en el acantilado y Antonella  lloró en silencio mordiendo su odio ante el féretro.

Estonia corre el enrejado exterior, después cierra con pasador la puerta de cristal, el reloj casi marca las ocho, dentro la radio se recupera de la estática, la misma canción de hace varios años.

 

Turning and turning the world goes on,

We can’t change it my friend…

La voz suena vieja y polvorienta, reverbera en la estancia y se esparce al exterior, chocando con los tabloides de arcilla con símbolos extraños que hacen de cerca en derredor de la cabaña. El pelo de Estonia cae sobre sus hombros, se lleva la mano a la cara. Hubiese querido que todo acabara aquel día, pero no fue así. Antonella se plantó frente a ella en silencio, corriendo el velo de su faz, su boca se frunció al pronunciar palabras ininteligibles y su rostro ya de por sí indeseable, se transformó horriblemente, Estonia no pudo soportar más y se desmayó. Cuando abrió los ojos, Heinz le miraba con gesto enternecedor, le explicó que después de la escena, Antonella y su mala fama se habían ido del pueblo con solo el féretro de su hijo como equipaje.

El reloj da las ocho con un sonido distorsionado, hubiese querido que todo acabara en aquel momento, y no que…

La copa resbala de sus dedos, sus dientes rechinan, se oprime el pecho con las manos, cae de rodillas y grita, aquel dolor tan punzante viene, sus lágrimas se deslizan, labios se muerden hasta lastimarse, escasos minutos le faltan para perder su personalidad, para no ser ella, se desgarra la garganta, uñas laceran la carne y el vestido, jirones de tela caen…

 

And hand in hand we will ride…

 

Sus piernas se impulsan arrojando su cuerpo contra la puerta de cristal entre gritos que hielan la sangre, se arroja otra vez, se hiere. Hilos escarlata sobre la piel lastimada, cristales astillan la carne, la noche ha llegado trayendo el tormento una vez más, pero hoy no tiene compañía, la agonía se multiplica.

 

Turn your magical eyes…

 

El infierno se repite nuevamente, los oídos silvestres de los alcornoques son testigos mudos, esperando al amanecer para ser tatuados con un nombre nuevo, Estonia es encantadora, todos los que yacen a sus pies lo saben, los alaridos resuenan sin que alguien pueda escucharle, la gente del pueblo no se adentra por esos lugares, Estonia no se adentra en el pueblo desde el episodio aquel. En sus horas lúcidas, antes de que la noche caiga, sólo recuerdos vienen a su mente, envueltos en la posibilidad de escapar, de irse lejos, posibilidad que se evaporó, y sigue pesando en cada grito inhumano que se desborda de su garganta.

El ruido del agua del lago al golpear la orilla y el viento nocturno meciendo las hojas son el único murmullo en el lugar después de que Estonia cae al suelo inconsciente, sangrante. Hasta que sus dedos dejen de moverse y su respiración se tranquilice, hasta entonces pisadas que no han visitado el lugar por años podrán acercarse con timidez, llevando a la figura sigilosa bajo los alcornoques, ojos curiosos atisban al interior de la cabaña, el auto yace esperando a un par de kilómetros de ahí, mejor que ella no supiera que vendría. Aún tiene miedo, después de tantos años. Mira el reloj en su mano derecha, y su carátula le devuelve quince minutos después de las ocho. Tendrá que esperar por horas. Sus ojos miran el lago y le recuerdan los paseos en la barca de madera, cuyos restos podridos aún se bambolean en la orilla, como una vieja canción.

Dentro de la cabaña, la estática regresa a la radio. La alfombra húmeda ha recibido un cuerpo, entre mezcla de vino, olor a hierro y cristales. La reja de metal exterior ha resistido otro embate, al amanecer ella no recordará nada. La silueta se acerca desde fuera poco a poco, tan sigiloso como sus sesenta años se lo permiten, curiosea con la mirada. No hay movimiento. Recoge la llave de la puerta exterior que yace en el suelo, abre y se asegura que ella no se mueva antes de entrar, no quiere volver a vivir el miedo del pasado. Vuelve a mirar el reloj. Se arriesga, todavía no es tiempo, pero no puede esperar más para verla.

Se acerca, bajo la suela de sus zapatos el vidrio cruje, ya no usa  polainas, su pelo relamido se perdió entre los años y el invierno, arrugas cubren su rostro pero su nombre sigue siendo el mismo de ayer, de aquel mayo y de todo el tiempo. Se inclina y se pone de rodillas, sus ojos aún no pueden creer que el paso de los años no haya tocado en lo más mínimo ese rostro, que los estragos del tiempo no vivan en el cuerpo de ella, porque ha vuelto a ser ella, la que conoció en el cinema. La de vestidos marineros y belleza inigualable, si no hubiera sido por…

La toma entre sus brazos, con esfuerzo sobrehumano y la lleva a la cama, la cubre con el edredón mientras se lleva la mano a la espalda, la columna le duele. Sin que ella lo sepa, la mirada enternecedora de ayer le baña el rostro, igual que cuando despertó de su letargo inducido por las palabras y el rostro de Antonella. Él no puede evitar que sus ojos recorran el cuerpo femenino sangrante en quietud, los labios de néctar de Dioses, la cintura que sus manos tomaron una vez fuera de aquel cinema. Su letargo termina de pronto interrumpido por sus pensamientos.

Una toalla, húmeda por favor.

Su mente le ha dictado las palabras.

Heinz se levanta y regresa con una toalla húmeda, con paciencia y la poca capacidad de su cansada vista retira la sangre y los trozos de cristal de la piel lastimada, tropieza con las piernas imposibles, con la cintura que sus manos tomaron hace más de treinta años, sigue siendo ella, la Estonia que conoció, la Estonia que maldijeron las palabras de Antonella. Los demás tenían razón, no era sólo un rumor, la madre de Catriel realmente era una bruja, se dio cuenta cuando ella despertó del episodio, cuando el reloj marcó las ocho y sus gritos rompieron con la tranquilidad y el romance que vivían ambos.

Sus quijadas crujieron alargándose, sus uñas se prolongaron al igual que sus dedos, sus rodillas se rompieron formando un corvejón, Heinz gritó antes de que su mano fuera cercenada por un mordisco de Estonia, transformada en un depredador nocturno, dotada de una sed insaciable de devorar, como un vampiro, a todo hombre que se interpusiera en su camino, incluyendo al de polainas. Heinz pudo escapar aquella noche, sumergiéndose en el río y nadando desesperadamente, sin parpadear hasta perderle de vista. Ahora frota la piel con su vieja mano derecha, mirando el muñón donde antes hubo mano izquierda, recordando esa terrible noche. Maldita Antonella, el que Catriel muriera no le daba derecho a condenar a una mujer a un caparazón humano de día, y a un depredador comehombres  por la noche, no a la mujer que amó, no a la mujer que aún se da cuenta que ama y que el mundo no le ha conseguido borrar, ni un mordisco que le arrancara la mano izquierda. Heinz regresó meses después para enterarse que Antonella había recluido a Estonia en su cabaña solitaria en el campo, rodeada de ese conjuro en forma de tablillas de arcilla con inscripciones, a modo de barrotes invisibles en una cárcel sobrenatural para impedirle salir al exterior. Suspira profundo, absorto en los recuerdos y su labor de limpiar la sangre, no se ha percatado del sonido en el exterior. Débil e intermitente, llega sin aviso hasta sus oídos desde la sala. Inconfundible,  la melodía se eleva con sonido ajado.

 

Let us go riding all through the days,
Together to the end, to the end…

 

Cuando la reconoce, ya es tarde. Los ojos de ella se han abierto dejándole ver su error de entrar en la cabaña antes del amanecer, su corazón da un vuelco. Estonia se levanta lentamente, él nota las cicatrices en derredor de sus labios, sus dedos incompletos, los arañazos en su pecho. Comprende que son el resultado de todas las noches soportando los embates de su hambre otorgada por las palabras de Antonella, pobre Estonia, condenada a un encierro de madera de por vida.

Después del primer grito desgarrador Heinz se estampa en la pared con la espalda lastimada, sus pies no responden al pensar en una huida por el lago, se arrastra a través de la alfombra en la sala. Escucha el crujir de huesos, pero no son los suyos, son los del monstruo comehombres, pesadas pisadas resuenan tras de él, un bufido caliente resopla en sus espaldas.

Oh Dios, Estonia… Estonia ¿Qué te hicieron amor? ¿Qué te hicieron?

Garras sobre el pecho de Heinz le hacen sangrar, sale despedido por la puerta de entrada principal, tarda unos segundos en darse cuenta que tiene costillas rotas, duele respirar. Duele pensar en la Estonia de ayer, duele buscarla en los ojos encendidos de la criatura de fauces babeantes frente a él y no encontrar un resquicio de ella. El vestido marinero, reducido a trizas cuelga sobre la espalda de la bestia.

Estonia por Dios.

Las fauces se abren y lanzan un alarido monstruoso, los oídos de Heinz lo entienden como el precedente a ser devorado en unos cuantos mordiscos, manotea al aire con su mano y el muñón izquierdo, implora al cielo, no es justo, no lo es. Sus miradas se topan por un momento, la bestia apoya una pata sobre su pecho, le lastima, lo tiene a su merced. Estonia no por favor, no por Dios no lo hagas, esta no eres tú, no eres tú.

El hambre recorre la garganta del ente y le obliga a entreabrir las fauces, cuchillos filosos se muestran deseando decapitar.

Estonia no, Estonia… No.

Por un momento, las pupilas rojas encendidas se convierten en un espejo, en un fragmento y una oportunidad para Heinz ¿me recuerdas?

El río se estrella en ondas contra el viejo muelle, los alcornoques dejan aflorar en el viento los nombres que han guardado por años, en silencio. Los juncos galopan y ojos que se creían dormidos se abren en la oscuridad.

¿Me recuerdas?

El monstruo gruñe, como si una amenaza invisible se cerniera en derredor, por un instante olvida a Heinz y ruge contra el viento. A la luz de la luna, hay ciertas cosas que parecen cobrar vida, y otras que cambian su apariencia. Heinz recibe a flashazos escenas de automovilistas solos, aparcando en la carretera cerca de la cabaña, viajeros en medio de la nada, tomaban copas con ella, un vestido marinero cubriendo piernas de Terpsícore, sonrisas, cigarrillos y las ocho de la noche. Ella los enterró a todos al pie del lago. Estonia es encantadora, los que yacen a sus pies, bajo los alcornoques, lo saben.

Los juncos golpetean, presencias del más allá se adueñan del aire y mencionan su nombre con un murmullo aberrante, ella tatuaba con espinas el nombre de cada víctima en los troncos, guardados en silencio, en la mañana ella no recordará nada más que un nombre, pensando que se había marchado, saciada su hambre por un corto tiempo.

La bestia retrocede como cachorro asustado, Heinz les ve brevemente sobre el lago, son demasiados, les oye murmurar como se llamaban en vida, dentro la radio empieza a sonar con la canción de antaño. Alaridos salen del monstruo. Con un esfuerzo sobrehumano Heinz se pone de pie y observa como ella regresa poco a poco, se oyen gritos de mujer mezclados con bestia, de bestia mezclados con mujer, poco a poco regresa ella y su desnudez, sus dedos incompletos, las caderas y el pecho rasgado, su boca se deforma de tristeza y llanto  y corre hacia dentro de la cabaña. Sus rodillas se doblan en la entrada y sus manos cogen un pedazo de cristal.

Los ojos de Heinz se abren de más, el corte ha sido profundo, definitivo. La sangre emerge abundante de las muñecas de Estonia, su frágil cuerpo se desploma otra vez, su mirada observa el vacío. Heinz se levanta sangrante, trastabilla y se gira hacia el lago, ahí no hay más que juncos y alcornoques vibrando ante el viento, y una barca podrida atada a un muelle viejo, más allá se observa la carretera, donde espera un vehículo aparcado. La claridad que precede al amanecer se deja ver sobre las montañas.

Camina con punzadas como agujas clavadas en su costado hasta llegar al cuerpo. Con tristeza acaricia los cabellos mientras por su mejilla, la humedad desciende en forma de lágrima.

Heinz da vuelta al cuerpo y la claridad del amanecer destella en las pupilas de la mujer. Lentamente su mirada se fija en él.

- ¿Heinz?

Su voz se quiebra, Heinz no puede contener el llanto.

- ¿Estonia?

La mujer respira con dificultad, su boca escupe sangre. Las palabras que salen de su boca apenas se escuchan, pero para él son como lluvia de cristales cortando su alma.

 -Te esperé… te esperé todo… todo este… tiempo.

Tose, la vida se le va.

- Estonia – pronuncia Heinz con una voz que parece lamento.

- Al fin… llegas…

Respira a espasmos un par de veces, sus manos incompletas se aferran al antebrazo de él escasos segundos, luego cede la presión, su pulso se desvanece, sus manos blancas se deslizan y caen al suelo. Estonia se ha ido, el sol se asoma tras la montaña, una radio se enciende con voz polvorienta dentro de la cabaña, lágrimas caen sobre un cuerpo desnudo, que alguna vez cubrió un vestido marinero fuera de un cinema.

 

Con dos costillas rotas, una mano herida, un muñón y una pala, cavó cerca del lago una fosa más, ahí junto a tantos amantes frustrados pero no lo suficientes como para olvidarle, Estonia era encantadora. Aun cuando se ha ido, su sonrisa sigue viva en sus pensamientos. Con cuidado y paciencia, graba el nombre en el alcornoque, un nombre de mujer entre tantos de hombre, nadie notará la diferencia. Cierra la cabaña y arroja la llave al lago. A paso lento se aleja rebasando el cerco de tablillas, dejando atrás el susurro de árboles y el golpeteo de juncos a la orilla del lago, cada paso intenta que sea un recuerdo olvidado, una vida que quedó atrás, una mirada que ya no verá. Un brillo metálico asoma a la distancia, es el automóvil, recuerda que le dejó ahí porque tenía miedo, un miedo justificado, sus costillas rotas se lo recuerdan. Antes de llegar al asfalto, la sensación de ser observado le asalta. Se detiene mira en derredor, entre los árboles, una silueta fugaz parece escurrirse perdiéndose en el verde profundo. Él lo sabe, pero finge no hacerlo, quizá la historia así tuvo que terminar, quizá de no haber venido ella seguiría sufriendo, el pensamiento le sirve de consuelo. Su corazón late más aprisa, se apresura a tomar la carretera, ha visto el vestido excéntrico negro al voltear, ondeando entre los árboles, y esa cara que no quiere recordar, pero finge no hacerlo y se aleja para siempre de la casa del lago…

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  • Gracias Paco por tus comentarios, pues después de unos cambios la inspiración y el tiempo llegan de nuevo, y me dejan sumergirme de nuevo en este mundo del terror que tanto me gusta, un saludo también para ti amigo...
    Sin duda, una maldición terrible y otra vuelta de tuerca al fascinante mundo de la licantropía. Narrado con fuerza y brío, sin escatimar detalles escabrosos, nos sumerge en la historia y sufrimos con el protagonista, atacado por la bestia que antes fue su amada. Bienvenido de nuevo, Ángel, hacía tiempo que no publicabas. Saludos.
  • "Nuestro pensamiento será uno, cuerpo, alma y mente unidos, siempre..."

    Un saludo a todos los lectores y escritores de esta página, en especial a aquellos con quienes compartimos la crowd creation de El cetro de Esmeraldas, espero les guste este pequeño poema... Buenas noches.

    ¿Qué podía imaginar yo señor, que detrás del telón siempre estaban ellos, husmeando y vigilando, arrancando cada vestigio y cada rastro de humanidad que estaba en mí? ¿Qué podía imaginar que mi hogar era un apocalipsis?

    "Es ella quien mira al lago cercano donde crecen los juncos y las raíces, igual que piernas de madera, a la sombra de los alcornoques, troncos que esconden nombres en silencio..."

    Un vagabundo sueña con una vida fácil, hasta que encontró la casa ideal para llevar a cabo su plan maestro, aquella de la sonrisa beige...

    Después de perderme unos meses, les saludo de vuelta con un pequeño poema, si no mal recuerdo no escribía desde marzo, desde el capítulo XII de la crowd creation, en fin, espero les guste, saludos!

    Como mencioné en el foro, no deseo introducir secuencias ni personajes que no encaucen con la historia, pero si deseo acentuar la maldad de las fuerzas del caballero Oscuro, los que aqui se nombran bien pueden pelear contra Ireler y Magnus, además de que el profeta se vea en peligro o sea eliminado por su ambición de tambien conseguir el cetro, espero sus opiniones y a Maikita por supuesto con el XII. Un saludo a todos! P.D. Sugiero una vuelta por el foro para concretar opiniones...

    "Su voz era realmente siniestra, escalofriante ¿no era esto lo que buscabas? Me dijo una vez ¿no buscabas la tendencia a no dormir? ¿no querías el miedo? La mayor parte del tiempo la consumía en cortar espejos de tamaño mediano que conseguía probablemente mientras mi cabeza dormía..."

    "La luz del ordenador, única, mínima, alumbrando mis falanges que escribían a mil, las lenguas de la oscuridad susurrando en mis oídos y el abrazo de la noche hicieron que surgieran las historias, historias de verdad."

    Siguiendo la secuela, añado el capítulo II, Ender gracias por crear esos personajes de los que puedes derivar en miles de vertientes, aqui les entrego el sig. capitulo preparado bajo la musica de Audiomachine y two steps from hell para la inspiración, Mayka , tu turno! saludos a todos!

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