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19 min
Estrellas de arena
Ciencia Ficción |
14.07.17
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Sinopsis

Como un desierto, las estrellas eran infinidad de granos de arena. Buscar algo en ellos, su único trabajo. El desierto. Entidad incorpórea, la nada que cierra sus puños intrínsecos, sobre nuestro endeble cuello.

Tantos granos… tanta arena, ¿qué beneficio tendrá?

El sol.

¿Por qué hacía tanto calor allí? Tal y cómo si estuviese en el mismísimo infierno, acogotada, mientras que las llamas saboreaban su piel de áspera seda translúcida con agresivos lengüetazos, deleitándose con la sal que sus poros dejaban marchar. Creía que ya podía, finalmente, decir que había permanecido demasiado tiempo dentro de aquel claustrofóbico laboratorio. Casi a la altura de tantos otros nombres de envergadura histórica, entre los cuales, por supuesto, ella ansiaba estar. Figurar, no solo como una más, sino superando los envites que la sociedad se veía obligada a darle cada vez que intentaba consumar sus éxitos, más allá de la frontera impuesta desde los albores del tiempo. Las pautas no cambiaban, únicamente se adaptaban a las épocas que la sociedad disfrutaba en ese breve lapso. No continuado, aunque sí procrastinado en castillos alternos.

La boca seca, y la ropa pegada al cuerpo, que yacía sudoroso sobre el asiento, frente a los monitores. Hallábase, desde tiempo atrás, con la mirada perdida en aquel horizonte numérico de esclavas y asteriscos, incapaz de albergar otro sentir que no fuese la concentración calórica. Mientras tanto, el ruido de los ventiladores ensordecía sus ya de por sí maltrechos oídos, sentía el metal imponerse a sus tímpanos, martilleando concienzudamente sus pensamientos. Tanto tiempo allí, en el Sector Y, que había olvidado lo que era la caricia del aire fresco de una gloriosa tarde de verano. ¿Ya era verano?, el curso del tiempo discurría de manera ajena al exterior. En aquel maldito zulo blanquecino, e hipoalergénico, todo era diferente, nada igual y todos los días detractaban entre sí por ser lo mismo, indistintamente unos de otros. Y del mismo modo, ninguno de los presentes pensaría que la histeria iba a tomar el control en ningún instante. A fin de cuentas, ¿qué era la histeria, sino la misma falta de razón y motivo? No carecían de ninguna de ambas cosas, aunque en ciertos momentos creyesen que la propiamente dicha, emotividad científica, les pertrechaba para acudir a una montaña de cima invisible.

Como coronar lo imposible de manos de la nulidad espaciotemporal.

Eran dos mitades consumidas por el fuego de la esperanza retraída. No sabía lo que estaba, o dejaba de estar en lo profundo de su mente científica, pero confiaba que su instinto pudiese calcular más allá de lo que sus ojos creían ver. No era sencillo, pero la imaginación solía subestimar lo que el corazón de la matemática pura señalaba con sus números. Y ella… pues, bueno, podría decirse que no era muy dichosa en guiarse por sentimientos inexplicables. Ni siquiera en el amarre moral y ética de la obligatoriedad familiar.

Suspiró durante unos breves segundos, antes de secarse el sudor con una manga de su bata negra, que ya había decolorado hasta mezclarse en un gris iracundo. No le gustaba hablar sola, pero disfrutaba muchísimo pensando con ella misma. Y era uno de esos instantes de breve gozo.

Estaba agotada. Tal vez no física, pero no cabía duda de que sí mental y moralmente, se hallaba desecha. La práctica de un método inalterable en su día a día, acababa por destrozar la poca cordura que quedase en ella, e incluso la ligaba a dicha insalubridad mental, impidiendo que saliese triunfal de aquel laberinto numeral. Y no es que fuese una persona demasiado cuerda, tampoco nos engañemos, ella no lo hacía; no lo hagáis vosotros pues. Todo genio tiene sus desquites y manías, ella no era menos; y aun así les tenía cierto cariño. Pero aquella rutina… la maldita rutina. Una práctica que había conseguido que, durante unos pocos minutos, persistiese con los ojos en blanco y ensimismada, con un solo pensamiento fijo en su cabeza: el futuro.

Absorta en los entresijos de la espuria metodología, y sistemas de rastreo del radiotelescopio de partículas, que se encargaba de cuidar, trabajar y, sobre todo, analizar un radio bastante amplio de la galaxia. Una figurante indefensa en aquel océano de datos infranqueables. Su rostro destilaba esa misma expresión, de incredulidad infantil, que se adueñaba de la gente cuando se sentaba en frente del televisor, tan perdida e incapaz… por propia iniciativa. Pero, en esos instantes iban llegando de forma abrupta, tal y como un torrente en desgobierno, imágenes vagas de sus amigos y familia.

¿Por qué?, se preguntó con un sobresalto.

El cambio fue imperceptible, pues en un instante imperceptible a la propia reacción humana, su mente la ocupaba la cena que había tomado hacía unas pocas horas, como si lo banal tuviese el dominio del juicio más simple. Básicamente, los motivos primarios de una mentalidad inquieta, algo en lo que eludir sus capacidades analíticas y la concentración, de la que tan orgullosamente hacía gala, mientras cogía su mano la fría y desgarbada dama nocturna. No la ansiaba, demonios que no. Pero a veces, ella se jactaba de sí misma mucho más que otros.

¿Era probable?, la aleación temporal siempre lo era.

Se atusó el pelo con suavidad para acabar atándoselo en una fina cola que plegaba sus ideas, como exprimiendo aún más el cerebro. Su fruta prohibida. El veneno de un manjar que no podría llevarse nunca a la boca. ¿Y si no era posible transmutar las ideas en algo medianamente tangible? ¿Y si todo aquello consistía en otra de tantas pérdidas de tiempo en las que embarcarse? No podía ser así. Ella misma debía de centrarse. El aburrimiento, a veces, como amante indefenso, conseguía destronar cualquier capacidad de concentración que fuese más allá del ruido de los ventiladores, o la luz en su imperceptible parpadeo. No creía tener la culpa. Al final, cualquier cosa se perfilaba más interesante que examinar el sistema de arriba abajo, y pasarse las horas actualizando los controles del radiotelescopio. O tener que inspeccionar esos informes hasta que las palabras se uniesen unas con otras. Y así, hasta un final casi eterno.

A veces le dolían las manos y en otras ocasiones le ardían los ojos, pero nunca cesaba en mantener ese espíritu de lucha del que hacía gala desde que era una colegiala. No. Todo aquello, todo lo que tenía entre manos, era por lo que trabajó durante toda su vida, por lo que la descartaron en tantas facultades y agencias… la tildaron de loca, pero ella sí comprendía que la libertad individual acababa donde el bien común hacía acto de presencia. No deseaba más que el éxito, no por cerrar bocas u orgullo, ojalá fuese un motivo tan primario y absurdo. No. El deseo procedía de entregarle a sus hijos y nietos un futuro tangible. Algo que reconociesen como propio, no una ajena línea temporal de la que no se sintiese partícipe absolutamente nadie.

Un futuro, sin más. Resolver la ecuación. Resolver el problema. Sin inconvenientes. Sin rémoras manifiestas. ¿Cómo sería un día fuera de aquel dolor? El puro sentimentalismo sobre la ramplonería del más inadaptado. La admiración más pueril y simplista que la rareza de su esencia humana podía adquirir. Era ella. Era todo. Y no era nada.

Desierto anímico.

No lo preguntaba en voz alta, pero en su cabeza sonó bastante fuerte el grito de auxilio. ¿Cómo, y mil veces cómo? Ella era tan consciente, que ninguno de los allí presentes iba a ser capaz de darle la mano en la caída, directa al pozo de los inadaptados. No dolerá. No te dolerá. ¿El fracaso duele?, su madre se preguntó eso antes de dispararse en la boca con el revolver de su padre. Ella… joder, ella era como yo. No. Era mejor que yo. Y nunca llegó a percibir tan siquiera un atisbo de luz en sus investigaciones, ¿por qué iba a ser diferente?

Tres manos de dos dedos. Dos dedos de cuatro manos. Piernas sin tronco, corazón sin arterias. Sangre sin venas. Dedos sin manos. Si las rocas golpeaban su pecho, su pecho debía de blindarse para soportar el golpe. Si las rocas acudían hacia su cabeza, su pecho tendría que aceptar que no podría proteger todo el cuerpo. Sin manos, corazón irritado y un cerebro sin patrones. A duras penas, nadie lo iba a poder comprender.

¿Desierto? Nunca. No.

Y en ese momento, algo. Algo… sonidos al viento, conocimientos en las lobregueces.

La luz destilaba unos rayos nacarados sobre los diversos aparatos, sin tener en cuenta sus sombras; era tal y como si de un lugar apartado del subconsciente psíquico, saliese una nueva muestra indeleble. Un peregrino tentáculo, nada de exotismos ni trivialidades, la rareza le convertía en algo único. De repente, sumida en su atontamiento, notó algo en su interior que le hizo abandonar el estado repentino de serenidad en el que se había ido hundiendo con certera lentitud. Se dio cuenta de que su cuerpo estaba al borde de todo eso que… bueno, todo eso que no se suele necesitar y finalizaba en tristes desechos orgánicos. El ciclo de la vida. Arrojados al vacío de la quimera ficticia. Se levantó ipso facto para acudir al servicio, y cuando a duras penas dio tres pasos, oyó un pitido agudo y desesperado en la sala que estaba por abandonar. Un ruido extrañamente familiar, aunque eso no evitó el tremebundo estremecimiento que sacudió su cuerpo de pies a cabeza, una vez que llamaba a susurros desde la distancia.

Repetía su nombre entre velos e interferencias.

¿Era su nombre? No estaba segura, solamente ruido. Puro ruido. Magnífico ruido. Grandioso, ruido.

Un áspero escalofrío recorrió su espina dorsal, de arriba abajo. Como alma que lleva el diablo, se olvidó de todo y regresó a la silla con el sudor haciendo de nuevo acto de presencia en su cuerpo. Se sentó frente al ordenador, e introdujo los parámetros de inicio, el programa abrió sus respectivas ventanas y activó los análisis pertinentes. ¡No podía ser!, pero… ¡allí estaba!, frente a sus húmedos ojos, centelleando en un flujo de miles de millones de datos sin descifrar. Su corazón se iba acelerando a medida que sus dedos tecleaban, e iba descubriendo que la captación no era una maldita broma. Miles de preguntas se acumulaban en su boca, incapaces de que su cerebro les otorgase una respuesta válida, a cualquiera de ellas. Se sintió mareada y empezaba a creer que tenía un pedazo de cartón en lugar de una húmeda lengua. Pero, ¿importaba?

El potente radiotelescopio parecía haber captado una señal, turbadoras palabras a cualquier atisbo de razón, proveniente de una de las zonas oscuras y a priori muertas, de la basta e inalcanzable Vía Láctea.

Le dolían las yemas de los dedos, pero la emoción era incalificable. No iba a parar justo en ese momento. No podía. No debía.

Se obligó a sí misma a salir de aquel estado de asombro, y fue a llamar a sus colegas. Pero, no podía irse de allí, así que volvió a sentarse y dio un potente grito. Necesitaba ojos frescos y personas alerta, capaces de contrastar aquella enorme oleada de datos que estaba recibiendo. Nada era seguro. Los problemas se presentaban con escudos y espadas, dispuestos a hacer sangrar cualquier intento de conseguir información verídica, algo que llevarse a la boca para poder encontrar la luz entre los oscuros túneles que conformaban la sinrazón de todo aquel asunto.

El día más sagrado, el momento preciso y la propia incultura de una raza solemne, eran mejores. Necesitaban la bondad, la generosidad de la corporación del sentido oportuno, líquido sin gas. La senda del bien, deslumbrar la espera ante lo desconocido. Era como si intentasen atrapar el aire entre sus manos. Un imposible, con el sol poniéndose en el ocaso del horizonte numérico. ¿Y si no buscaban las nubes?, deberían abrirse camino entre aquel océano de datos, costase lo que costase. Nada más iba a interesar a cualquier alma viviente, pues si conseguían aislar el ruido entre tantísima ecuación, tal vez hallasen la respuesta.

¿Y si no podían responder a esas preguntas?, ¿y si no eran capaces de encontrar el camino de vuelta? ¿Y si el túnel era demasiado oscuro?

No, y mil veces no.

Fueron llegando uno a uno, y ella comenzó a explicarles todo paso a paso. Intentaron que mantuviese la calma, para que finalmente, el equipo al completo acabase igual de emocionado que ella. Eso sí, para ser más exactos, les explicaba lo que aún estaba ocurriendo. La intermitencia de la señal continuaba activa. Parecía que esperase ser tomada, descifrada, ser recibida con los brazos abiertos, por un comité que realzase sus espectaculares luces. Una disposición primaria, de un elemento que acababa de entrar por sus oídos.

En las durmientes que disuadían a los no creyentes.

Abandonando el desierto.

Empezaron a encender y conectar a la CPU primaria todos los instrumentos necesarios del radiotelescopio. De esa forma, serían capaces de interpretar los sonidos emitidos por la señal, lo que no era una tarea sencilla. Pero entre todos, el trabajo podía ir más rápido de lo normal y resolver la ecuación. Se frotó las manos durante un segundo, estaba emocionada y fatigada al mismo tiempo. El corazón le iba tan rápido, que pensaba que la ecuación que había ideado, fue un simple fraude, y todo aquello un sueño del que desgraciadamente se iba a tener que despertar. Pero… no. No era así. No podía ser así.

Ahora, no. El desierto se acababa.

Durante horas, que parecieron minutos, trabajaron como no lo habían hecho en casi toda su carrera. Con un ahínco tal, que más bien daba la impresión que fueran sus vidas las que dependiesen del resultado final. Aunque, quizás era así. Incluso si no llegaba a tal extremo, demostrarían que en algún instante sí lo fue. Por absurdo que se juzgase desde el exterior, habían puesto todas sus esperanzas en ello. Una sangría de ilusiones.

Dame el desierto, que yo te daré el oasis.

Y al final, no hubo vacilaciones. No en la hipótesis, pues en sus ánimos aún residía, incomprendido, aquel mero atisbo de irremplazable oscilación. No. Era imposible. Pero… sí era posible, la señal mantenía su autenticidad.

Lo primero que tuvieron que hacer, siendo lo más importante, fue confirmar que no era una de aquellas rúbricas estelares, que irradiaban los cuerpos celestes producidas por las partículas de las que se desprendían. Obviamente, eran auténticas, pero el inconveniente sería determinar que producía dicha legitimidad. Podría, incluso, proceder de la basura espacial que rodeaba el planeta, e iba sin control de aquí allá. No, era muy diferente a cualquier unidad que se hubiese captado con anterioridad en aquella base. Su amplitud, y las constantes, eran tan precisas; junto a la frecuencia variante en pequeños ciclos marcados, que les hizo aventurarse más allá.

Era como un bucle. Era su frontera.

¿Se acabaría el desierto?, podría ser.

El entusiasmo empezó a invadir sus resultados, y fueron enfocando todos los sistemas como apoyo del radiotelescopio, todos trabajarían para la máquina. Todo dirigido hacia aquel cuadrante de la galaxia, los derivados informáticos efectuando sus pruebas a pleno rendimiento, varias manos escupiendo fuego al mismo tiempo, sonrisas de éxito disfrazadas entre pupilas disueltas en auténtico terror. Y todo dirigido a aquella zona que creían muerta, y como era normal, permanecía sin nombre. Todo en busca de un tesoro que cambiaría la percepción del universo para siempre.

Piratas espaciales. Piratas matemáticos. Piratas de la física.

La señal acabó por volverse más diáfana, algo briosa y aguda al oído humano. Fueron pasando todos los filtros que tenían a su disposición, en un intento de eliminar cualquier ruido o interferencia que fuera capaz de trastocar las notas que emanaban del pulso. No es que fuese nada del otro mundo, pero con lo que tenían para trabajar, no daba para mucho más. No. Pero ellos luchaban contra lo que se prestablecía como creencia, fraccionaban la realidad e intentaban mediante cálculos, ecuaciones… es decir, pura matemática, otorgarle una respuesta coherente a ese mundo que iba perdiendo todo sentido. Se sumían en la irresponsabilidad, como si de un suspiro se tratase, ninguno de ellos podía ser capaz de escaparse de la prisión. Salvo que, en su vago crepúsculo sentimental, le diesen las respuestas que necesitaban para transgredir aquel momento. Una frontera más, como si el mero hecho de nacer o existir, les proveyese del derecho de pensar por sí mismos. Nadie disponía de aquel derecho, nadie. Tan siquiera los que poseían la fuerza de la vida misma.

El desierto universal era quien ofrecía las respuestas a la pregunta. La memoria, únicamente se dignaba a obedecer.

Conectaron el Traductor. Aquel aparato, sarcásticamente nombrado así, transformaba las señales procedentes del espacio, en vibraciones moleculares, o lo que se conocía por el nombre más básico posible: el sonido. La emoción, el misterio e incluso el miedo a lo desconocido, irradiaba con poderío latente, en sus cerúleos rostros. De perfiles cuasi cadavéricos, se abstenían de decirse nada unos a otros. Los corazones latían a ritmo acompasado, en un mínimo de espacio. Eran cinco, pero sentían como si fuesen uno solo, unido por el fino hilo del tétrico depredador atemporal. Meros espectadores de la humanidad y cerrazón. Quizás, después de todo, no estuviésemos solos.

No estaremos solos…. No estaremos solos… no estaremos solos. Iba siendo como un siniestro eco de almas consternadas.

Subieron el volumen, y mediante los potentes altavoces de la sala, se escuchó ese sonido… ¡era una voz! El grito fue unánime y emocionante. Pero, al cabo de unos exiguos segundos, la extraña carencia de esperanza les fue invadiendo y ya no estaban tan seguros de que realmente fuese así, como si sus mentes jugasen consigo mismas y la señal les animase a subirse al carrusel de la sinrazón más absurda. El ruido que derivaba de la conversión de las ondas, iba adquiriendo un tono más funesto. Se mascaba una tragicomedia grecorromana entre ellos, y fue la primera y última en enarbolar una media sonrisa al pensar en eso. Se miraron entre todos. Lo sabían. Y asintieron, uno a uno.

Debían de tenerlo todos muy claro. La duda debía desaparecer, dejar su puesto a la seguridad tangible. Daba la impresión de ser un tono humano, un timbre reconocible, pero no hallaban la claridad suficiente. Ocho horas habían transcurrido desde que empezaron a trabajar. Ocho perpetuas horas.

El posible contacto podría estar a unas horas de hacerse oficial entre ciertos estamentos gubernamentales, traer finalmente luz al horizonte oscuro de la perdida raza humana. A unos días de que aquella especie tan pagada de sí misma que se creía el centro del universo, el sol que irradiaba la luz de la existencia terrenal y divina, tuviese que admitir que la soledad provocada no era más que un invento para autoproclamarse divinidades corpóreas. Aquel sueño presente en los pensamientos de muchos, y en los anhelos de todos, desde que la razón se adueñó de la presencia de la especie. A la vuelta de la esquina, los dedos se entrelazaban queriendo palparlo. Sentirlo. El breve gusto se volvió una desazón que el cansancio necesitaba derrotar. Tantos años de esfuerzo mal pagado, les decían… ¿y para qué?, argumentaban tantos otros con sorna. Para un momento como aquel.

Ella se preguntaba tres cuestiones capitales entre el regodeo y la duda.

¿Qué decían?

¿Saludaban?

¿Era una amenaza?

Se animó a compartir sus temores con el resto, no sin antes moderar sus palabras. El frenesí fue sustituido por consternación. Aquel terror primario a lo desconocido que parecían haber olvidado debido a la emoción. Vértigo. Unos a otros se miraron sin decir nada. El pensamiento imperante era evidente.

Tras tantas horas intentando desencriptar la señal, decidieron irse a descansar un rato. Sus cerebros estaban obnubilados por la marea de datos absorbidos. Necesitaban dormir. Recogieron todo lo necesario, y fueron saliendo uno a uno por la puerta. Ella la cerró dando un último vistazo al laboratorio, pero ya perdía la batalla contra el sueño. La puerta se cerró con un susurro metálico y el silencio se hizo con el control. Tal vez por las prisas, aunque más bien por el cansancio, se olvidó de apagar la máquina de la computadora principal, el Traductor estuvo toda la noche trabajando sin descanso.

Tal como un eco cautivo del recuerdo, resonando por los rincones del desértico laboratorio, una voz en off repetía incesantemente: That’s one small step for a man, one giant leap for mankind, that’s one small step for a man, one giant leap for mankind, that’s one small step for a man, one giant leap for mankind… That’s one small step for a man, one giant leap for mankind…

La ecuación cerraba sus resultados y el círculo completaba su etérea y eterna vuelta. Ella no había fallado. El desierto se plegaba, las estrellas se volvieron arena y su existencia el mismo sol.

¿Soledad?

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