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Reflexiones |
13.03.13
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Sinopsis

En ocasiones, la rutina puede transformarte en un ser patético.

         " .... I´m walking on sunshine Oh, Oh, .... I´m walking on sunshine Oh, Oh ..."

               ¡Dios cómo odio esa canción! pensaba mientras paraba la alarma de mi ipod. Cada día al despertar me decía lo mismo. Las 06:30, la luz de mi mesita está encendida y miro al techo tratando de encontrar motivo alguno para que mi nuevo día no parezca una auténtica mierda. Bueno al menos no tienes la típica alarma, tú te levantas con un clásico de los ochenta, meditaba mientras me incorporaba ...

En la ducha aún me deprimía más. Mi cuerpo se estaba despertando pero mi mente quería volver a la más pura de las inconsciencias. Otro día más. Mientras me vestía pensaba en lo odiosa que era mi rutina, mientras de fondo la chica de las noticias no hacía más que hablar de problemas en política, guerras y corrupción. Tú no eres nadie, me decía a mi mismo, pero no estás tan mal, tienes piso, un verdadero cuchitril de alquiler, pero tienes techo.¡Y qué decir del trabajo! Tienes trabajo, no puedes quejarte de tu situación, no seas egoísta con la que está cayendo. Y cada mañana la misma película, mi alter ego dándome lecciones morales. Así pasaba la hora que automáticamente me teletrasportaba hasta ese vagón de metro, una hora más tarde, lleno de muertos vivientes.

Las 08:00, con la cara casi desencajada ficho al llegar. Me saluda la recepcionista, buenos días Micky, así me llamaban en el trabajo. La verdad es que mi vida social solamente se basa en el trabajo. Mi familia me llama por mi nombre, Miguel. Al llegar a mi taquilla pienso en los años que llevo en esta empresa y que a pesar de los " eres" soy de las últimas ratas que queda allí. Todos mis compañeros fueron cayendo. Seguimos en contacto ¿vale? siempre lo mismo, pero una vez pasaban los días ya se perdía la relación. Así hasta ser el último, que junto a Estela la recepcionista y Álvaro del almacén, no había más.

Llego a mi mesa, que no era mi mesa, de hecho yo tenía un pequeño despacho. Ahora soy como una especie de secretaria del jefe que le pasa las llamadas. Servicios y Contratas dígame ... las odiosas palabras que en un día normal podía llegar a decirlas unas noventa veces. Un día las conté. Sabía que tarde o temprano nos despedirían, al menos a Álvaro y a mi. Con Estela era diferente, ella se acostaba con el jefe y claro, no la va a despedir el grandísimo cabrón. Por miedos imaginé. Claudio estaba casado y despedir a su amante pues le podía costar caro. Pero a mi me daba igual todo. De ser una gran constructora pasamos a ser una empresa que subcontrataba a otras pequeñas, pero en el fondo, todos sabíamos que nos manteníamos con los trapicheos del jefe. Apariencia, pensé. Siempre las mismas apariencias.

Las 12:00, esas cuatro horas siempre se me hacían eternas pero ya veía el vaso medio lleno. En cuestión de dos horas, Estela con la reducción de jornada se va y yo bajo al almacén con Álvaro. Como con él y ordenamos todos los pedidos que ha ido descargando durante la mañana. Ya se va acercando la hora de apagar este dichoso ordenador viejo. Me sale una sonrisa por haberle ganado la batalla a la mañana. Me siento mejor.

Las 15:00, depués de comer con Álvaro, nos ponemos a cargar paquetes y a ordenarlo todo. En los tres meses que bajaba al almacén, a penas entablé una conversación de más de dos minutos con él. No le juzgaba, era mayor. Sólo habla de deportes, pensé mientras ya me reía. Álvaro para mi, era como mi ecuador. Al estar con él sabía que sólo me faltaban tres horas para ser libre y hasta me parecía agradable trabajar con él. Mi estado de ánimo iba mejorando por momentos mientras cargaba paquetes y sacos de material. Aquello me gustaba más. Pasaban las horas volando, no como la mañana que era odiosa.

Las 18:00, ya es la hora ¡ Bien! dije de un salto. Me sentía genial por salir de allí. Cada día al llegar la hora me despedía de Álvaro con un medio abrazo y con un Hasta mañana campeón. Salgo a la calle, no perdono ni un minuto. Soy libre. Cojo aire y vuelvo a sonreir. Me encanta la ciudad a esas horas. Por las tardes volvía a casa en autobús , me parece más alegre que no meterme bajo tierra, otra vez no. Las tardes son diferentes. Ya en el autobús voy escuchando las banales conversaciones que tan interesantes me parecen.

Al estar cerca del barrio siempre me ocurría lo mismo, el corazón se aceleraba y volvía a reir. La voy a ver, me repetía una y otra vez. Me sentía vivo, notaba como mi estómago jugaba con mis tripas por saber lo que iba a suceder. El trayecto del autobús era primavera para mi, daba igual que lloviera o hiciera frío, daba igual, la iba a ver de nuevo.

Las 19:00, entro en casa por fin. Dejo la chaqueta en el colgador del recibidor casi con peripecia y me voy a la cocina a poner la cafetera. ¡Corre, que llegas tarde! me dije nervioso. Sabía que el tiempo afloraba y no podía fallar a mi diaria cita. Tiré la ropa como pude y me metí en la ducha. Esa era mi ducha preferida sin duda alguna, notaba como el agua se deslizaba por mi cuerpo. Me quedaría horas bajo el agua pero era la hora de arreglarse. En menos de quince minutos ya me había duchado y afeitado. Ahora toca elegir la ropa y empezar el ritual que tan loco me volvía. ¡El café joder! dije en voz alta. Cada tarde igual, me lo iba a tomar tostado pero ya me había acostumbrado a su sabor. Los nervios me apoderaban ...

Las 19:50, empieza el ritual. Voy corriendo a la ventana, espero que hoy no falle. No hay luz tranquilo, vas bien de tiempo, pensé. Con mucho arte bajé la persiana hasta la altura de un palmo, esa era la medida, un palmo. Volví a mirar, ésta vez teniendo que agacharme porque ya no podía verse nada salvo ese palmo. Corro al despacho y cojo mi sillón con ruedas dirigiéndolo por el pasillo a toda prisa. Él era mi cómplice, mi principal herramienta. Al llegar a la última habitación, lo encaro a la ventana en un ángulo de unos cuarenta y cinco grados y empiezo a ensayar la altura idónea del sillón. Perfecto, eres un artista, me dije. Volví a mirar por ese palmo, nada, todo está bien.

Las 19:58, el corazón me va a estallar. Si quisiera, podría reir a carcajadas de la emoción pero me contengo. Me acabo el café de un sorbo y abro la caja, mi caja de pandora. De ella surgen cuatro preciosos cogollos que me recuerdan que ya es el momento. Con cierta delicadeza, me lío mi particular cigarro y chupo el papel mientras camino por el pasillo que me dirige al escenario. Es el momento. Vas a actuar, eres grande. Me siento en el sillón y como un personaje de cine del oeste cojo mi mechero y enciendo mi droga, todo está preparado. Mi habitación está a oscuras, nadie puede ver el interior de ella.

Las 20:03, se enciende la luz del lavabo contiguo a la otra fachada. Ya está aquí. Ese era el momento preferido, cuando ella se metía en la ducha y podía imaginar su silueta mientras yo la observaba fíjamente en la oscuridad. Aquellos quince minutos me parecían eternos, era como si pudiera parar el tiempo disfrutando los instantes. Al salir de la ducha siempre la misma secuencia, se apagaba la luz del lavabo y siete segundos después, se encendía la luz de otra habitación, ésta mucho más cerca y podía ver su rostro con su pelo mojado. Adoraba ese albornoz rosa. Venga, es la hora, coge el móvil y llámame, dije susurrando. Se recogió el pelo con otra toalla y cogió su móvil para iniciar su llamada rutinaria. Es tan preciosa cuando dice su primer hola.

Y allí estaba yo, imaginando que era el interlocutor de esa llamada y que era capaz de recrear la conversación al instante para que ella sonriera. Diez minutos después siempre se va y vuelve la oscuridad. Me quedo solo bajo los efectos de la marihuana y mirando fíjamente a esa estúpida ventana que me hace sentir de nuevo un fracasado. La culpa me absorve de nuevo y vienen las preguntas morales. Sólo quiero cenar algo, mirar la televisión e irme a dormir de nuevo ...

 

         " .... I´m walking on sunshine Oh, Oh, .... I´m walking on sunshine Oh, Oh ..."

 

 

 

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