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2 min
Eternidad
Amor |
19.05.17
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Sinopsis

Los murciélagos revoloteaban como una procesión de esqueletos, risas escalofriantes y susurros de ultratumba se cernían sobre el castillo bajo el sol de medianoche, una escena capaz de despertar a los muertos dentro de sus tumbas. 

El castillo guardaba un pasado siniestro y un secreto aterrador, y aquel que lo miraba, lo hacía con miedo y respeto. 

Los vecinos se santiguaban, afirmando oír psicofonías en el silencio sepulcral del castillo, y ver una figura sobrenatural, que emergía con el crepúsculo y se desvanecía con la aurora, como suspiros en el aire, como lágrimas en la lluvia... 

Un ente abstracto era el fantasmagórico habitante del castillo: un espectro perpetuo, un espíritu errante, un ánima penitente... 

Un fantasma condenado por el fatídico destino a vagar arrastrando las cadenas de su martirio, como un prisionero que espera su ejecución, y de tanto esperar, olvidó por qué esperaba. 

La historia se convirtió en misterio, el misterio en leyenda, y la leyenda, en un cuento para asustar a los niños. 

Él era el fantasma de una película de terror, el príncipe de la oscuridad, el soberano de las tinieblas... 

Translúcida piel nívea, etéreo cabello ceniciento, álgidos ojos grisáceos, gélidas pestañas de escarcha, y en el hueco frígido de su pecho helado, un vacío glacial. 

Ella era la princesa desamparada de una fábula, la damisela de un cuento, la emperatriz de sus sueños... 

Piel blanca como la luna. Cabello negro como el azabache. Labios rojos como el rubí. Ojos azules como el zafiro. Dudaba si la observaba a ella o si contemplaba el cielo. 

Ella era la pieza de su puzzle, el fragmento de su alma, el trozo de su corazón... La había esperado, como quien espera la lluvia en el desierto, pero la felicidad es tan efímera, como una burbuja de jabón. 

Su amor por ella se había labrado en él durante cien años de soledad, antes de conocerla, antes de saber que la conocería, cuando buscaba sin encontrar nada, cuando esperaba sin saber a quien... 

Frente a la chica que justificaba su existencia espectral, el fantasma comprendió, que su imposible amor prohibido, perduraría más allá de la eternidad.

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