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9 min
Evanescente (II)
Amor |
23.01.21
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Sinopsis

Nur despierta en su cama. Está vacía. Es sábado. Tony se levantó temprano para salir a correr, como de costumbre.

El sol se cuela bajo la persiana a media asta, que separa la terraza. Se encoge de costado y se queda quieta, hipnotizada con el grácil ondular que ejerce la brisa en la cortina. Mañana es su cumpleaños. Cincuenta y cinco veranos bien llevados, aunque alguien pudiera pensar recriminando, mal aprovechados.

Hoy más relajada, no puede dejar de pensar en Misha. Después del inesperado beso de ayer, se le acumulan miles de dudas dentro de su cabeza. No llegó a ocurrir nada más, pero notó que él lo deseaba, la deseaba, y aquella posibilidad que nunca quiso aceptar, ayer se presentó.

El hecho de ser infiel a su marido no tenía cabida entre sus principios, por muy capullo que fuera. Sonríe, recordando el apelativo que le soltó Misha. Tiene ganas de verle, otra vez. No sabe porqué pero algo dentro de su ser la empuja a sentarse en el colchón y decidir ir a la ducha y ponerse coqueta para sorprender a Misha con otra visita inesperada.

Nunca había sido decidida en la vida, al contrario que Mel, que poco le costaba lanzarse a la piscina.

Pero al levantarse, algo sobre el parqué a los pies de la cama, la desvía de sus planes. Se agacha para recoger un trozo de papel doblado. Dentro hay escrita una dirección y debajo un número de tres cifras. Se sorprende al reconocer la letra de Mel en el pequeño papel y se tapa la boca con la mano, sintiendo qué los ojos se le inundan de una desgarradora emoción.

Lo toma como una señal, es posible que ella quiera que vaya allí, pero igualmente, aquella idea le hace vacilar.

Lo primero que se le ocurre es coger el teléfono de la mesita para llamar a Misha. Quiere compartir el descubrimiento con él y pedirle opinión. Mientras escucha los tonos, reconoce que tiene más confianza en él que con quién se acuesta, aunque ya haga tiempo que solo duermen juntos.

La voz femenina del contestador automático le termina indicando que no va a poder hablar con él.

Vuelve a mirar la nota con aquella dirección y tras reflexionarlo un minuto resuelve atreverse a ir a averiguar lo que su hermana trata de decirle desde dónde se halle.

Se viste con prisa y se asea sin pausa para salir por la puerta de casa, bajar los escalones hasta la planta baja y pisar la calle, poniendo rumbo directo a la incertidumbre con la nota en la mano. No está demasiado lejos y cree recordar de que lugar se trata.

Durante el trayecto no hay demasiada gente en la calle. Es temprano y los comercios todavía no han abierto sus puertas. Mel se deja ver en algún momento, más triste que otros días, pero Nur no aminora la marcha mientras la mira fijamente hasta que desaparece. Quizás lea en su expresión que, lo que descubra no le pueda gustar demasiado.

Después de un paseo de quince minutos, llega a un pequeño parque desde cuya acera y de frente se perfila un edificio de tres plantas. La dirección corresponde a un hostal. "Hostal la gaviota".

Y de nuevo llegan las dudas, las indecisiones, las ganas de darse la vuelta y regresar a casa porque lo que está haciendo no tiene sentido. Se siente estúpida ahí de pie, con aquella nota arrugada quemando el interior de su puño crispado.

Pero percibe que no está sola en aquella calle desierta. Gira la cabeza y descubre a Mel sentada en un banco del parque, con la vista puesta en el edificio, con lágrimas surcando sus mejillas, afectada por alguna secreta razón que se encuentra en el interior del hostal.

El corazón comienza a desbocarse de su pecho y la angustia alimenta su pesar, pues todavía no comprende lo que Mel quiere que haga.

De repente, el reflejo de la hermana que un tiempo existió, se levanta del banco y echa a andar lentamente hacia la entrada del hostal.

Paralizada por los acontecimientos, Nur musita su nombre, la llama, sin embargo no se detiene, ni siquiera echa la vista atrás, hasta que llega a las puertas.

Antes de traspasarlas, se gira de costado y le dedica una mirada de nostalgia. Nur intuye que podría perderla para siempre, que su actitud representa una despedida. Presume que cuando cruce aquella puerta no volverá a verla.

- ¡Mel! - corre hacia ella tratando de detenerla - ¡Por favor, no te vayas todavía!

Mel desoye a su hermana y su etéreo cuerpo se esfuma al traspasar la puerta de aluminio. Nur grita una maldición al no llegar a tiempo y entra en tromba en el hall del edificio de habitaciones.

Ya no la ve. La busca con la vista por todas partes, respirando con dificultad. Ni rastro de su evanescente hermana. La acicalada y rubia recepcionista la observa asustada y recelosa.

- Perdone, ¿se encuentra bien? - le pregunta con una mano sobre su pecho.

No le contesta, solo espera encontrar algún indicio de su hermana ahí dentro.

La campanilla del ascensor suena, anunciando que en breve se abrirán sus puertas. Lo hacen con parsimonia, desvelando el secreto de la nota.

- Nur... - balbucea Tony atónito e incrédulo, soltándose de su femenina y joven compañía.

Esgrime una estúpida sonrisa, y por su colorada cara de capullo se deduce que ha estado haciendo deporte, de alto riesgo.

De la mano de Nur, un arrugado y pequeño papel se desliza para chocar silenciosamente contra el marmóreo suelo.

El cielo está despejado, y el sol asoma en un azul intenso e inmenso. Misha espera sentado en su coche. A una distancia prudente vigila la entrada de la casa de Nur y su marido. Es temprano y es conocedor de las costumbres de los que allí conviven.

Piensa en Mel, y en la promesa que le hizo tras descubrir que Tony era infiel a su hermana, pocos días antes de la tragedia. Se lo diría ella, encontraría el modo. Pero desgraciadamente no pudo ser así.

Le prometió que no se lo diría, y eso lo iba a cumplir, pero el poder de ese beso que ayer se regalaron ha destrozado todos sus esquemas. No pudo dormir en toda la noche, intentando tomar el camino correcto, aún a riesgo de equivocarse. Finalmente dió con una idea descalabrada para ayudar a Mel a cumplir su cometido, y de paso aprovechar la oportunidad que el destino le brindaba poniéndose en las manos de Nur.

Ve a Tony salir en pantalón de deporte para sudar la camiseta. Mira su reloj e inicia su trote y su coartada. Tras perderlo al girar la esquina sale del coche y lo cierra. Camina hasta la puerta de la casa y busca en el bolsillo la copia de la llave que tenía Mel. La introduce y abre con cuidado de no alertar a Nur. Después la cierra delicadamente, guarda la llave y asciende por la escalera de madera a la plata superior. Casi de puntillas se asoma al dormitorio cuya puerta está abierta y la ve sobre la cama, ladeada, dormida, relajada en un reconfortante sueño. La persiana medio bajada ayuda a que el sol no la despierte. Se queda mirando aquella réplica de su mujer, encandilado, durante un buen rato, conteniendo sus ganas de abrazarla, de besarla.

Luego se desliza por el suelo con una pequeña nota en la mano. La escribió anoche imitando la letra de Mel. Alarga el brazo y la deposita en el parqué, a los pies de la cama, sin alterar el silencio. Regresa sobre sus pasos y tras abandonar la casa, deja que todo caiga bajo su propio peso.

Suena el timbre de la puerta y deja de preparar la comida para abrirla. Se seca las manos en un trapo mientras sale de la cocina.

Ella aparece ante él y casi le da un infarto al verla, maleta en mano.

Pero su mirada ya no es fría, ni distante, ni nostálgica. Él debe reprimir alguna lágrima.

- Hola Misha.

- Hola Nur - devuelve el saludo pasmado como un idiota.

Ella se le acerca sin dejar de navegar en el océano de sus ojos. Ambos se funden en un consentido y largo abrazo. Nur sonríe con el semblante acomodado en el pecho de Misha, feliz y contagiada por la visión de su hermana que les observa desde un rincón del recibidor.

- Está aquí, ahora, con nosotros, ¿verdad?

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