cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

8 min
Evolución (I)
Fantasía |
06.02.20
  • 4
  • 4
  • 125
Sinopsis

A mi estimada dragona.

Un crujido seco me despierta. El alba acaricia las hojas más altas del árbol que me da cobijo entre su espesura. La cálida brisa de junio las mece, me saludan esplendorosamente verdes.

Miro hacia abajo desde las alturas, desde la hamaca improvisada pero resistente, metido en el saco térmico. Un zeta merodea en busca de rastros humanos.. Se desplaza renqueante y con lentitud, con una pierna rota. Ellos ya no sufren como nosotros, no sienten dolor, ni misericordia. Son como bacterias enormes con el único propósito de sobrevivir.

No me ha visto. Y por fortuna todavía no saben trepar a los árboles, carecen de olfato, pero han desarrollado un fino oído canino.

Cargo mi pequeña ballesta sin apenas ruido con ambas manos y le apunto a la cabeza, su punto mortal.

El zeta se gira imprevisiblemente a su retaguardia pero continúa sin localizar a su presa. Tengo que silbarle dos notas para llamar su atención. Alza su horrible rostro putrefacto de albinos ojos saltones y abre sus fauces en una mueca abstracta. Aprieto en gatillo y una certera flecha de metal le atraviesa la cabeza sin que pueda emitir grito alguno. Se derrumba de espaldas y una balsa de negra viscosidad se esparce por el suelo esmeralda.

Soplo delicadamente la boca de la ballesta y la guardo. Recojo mi lecho en las alturas y me deslizo por el gran tronco a recuperar el proyectil. No puedo permitirme el lujo de derrochar munición. Elegí ese tipo de arma por lo silenciosa y efectiva que resulta en el cuerpo a cuerpo individual.

Extraigo la flecha incrustada en su cráneo y la limpio en su americana devolviéndole el acerado brillo. La guardo en la vaina de cuero que llevo colgada en el cinturón, junto a las otras. Al lado opuesto, la cacha de mi machete asoma siempre dispuesta a ayudar.

Ahora el zeta es totalmente inofensivo. La muerte cerebral anula su poder de contagio al instante. He perdido ya la cuenta de los que me he cargado. Le echo un último vistazo y acto seguido oteo el horizonte para verificar que no hay más víctimas del Pandora. Así bautizaron al virus que mutó a la humanidad en el dos mil sesenta y seis.

Por suerte ni se agrupan ni se organizan. Son seres independientes con la finalidad de vagar, alimentarse y sobrevivir. Los zetas carecen de inteligencia pero si te sorprenden y logran inocular sus enzimas bucales en el torrente sanguíneo, la has cagado.

Me pongo en marcha hacia ninguna parte. Tengo el mundo a mi disposición y tiempo libre, demasiado. Haré lo posible por mantenerme con vida. En mi espalda cargo una mochila con elementos que creo necesarios, el saco y la tela que he adaptado y uso como hamaca improvisada.

Nunca he querido compañía. Sería una carga y una responsabilidad que no puedo asumir. Quizás resulte un comportamiento egoísta pero hasta el momento me ha resultado efectivo.

Hace ya un par de veranos que sucumbimos al caos. Estábamos predestinados tal vez.

Un rumor lejano que se acerca y proviene del cielo me alerta y me obliga a salir del camino para camuflarme detrás de unos matorrales. Parece un batir de alas, pero de un ave supuestamente grande por el sonido. Agazapado miro al gran celeste, contengo la respiración y observo.

Un animal de grandes alas planea sobre las copas de los árboles circundantes. No puedo determinar de que especie se trata, ya que el espeso follaje se interpone. La sombra de aleja pero da la vuelta y regresa directa hacia donde me encuentro. ¡Joder, es enorme!

Los torbellinos que crea al tomar tierra zimbrean las ramas de los árboles que hay delante de mi.

No puedo creer lo que estoy viendo. ¡Un dragón alado! O tal vez se trate de una especie de ave extinguida hace millones de años.

Resopla y recoge sus oscuras velas. Me ha localizado. Respira afanoso. Abre su morro de afilados dientes y emite un chillido agudo. Consigue ensordecerme y hacerme caer de espaldas. Lo más seguro es que si no me almuerza, acabe devorado por los zetas que se encuentren a un kilómetro a la redonda.

Sin perderlo de vista, gateo de espaldas hasta aportarme en la base de un árbol próximo.

No voy a sacar mis diminutas armas, no servirían de mucho. El espectacular animal místico me acecha y repentinamente cae de bruces a pocos metros de mĺ, levantando una nube de polvo y paja a su alrededor.

Es una mezcla de pájaro y lagarto. Respira con dolor. Su abdomen sube y baja con pesadez. Logro darme cuenta de su extraña actitud al ver la cola de una flecha sobresaliendo de uno de los costados de su cuello. Está herido. Su sangre se vierte lentamente.

Entonces ocurre algo insólito. Se comunica conmigo. Oigo una voz dentro de mí cabeza, una voz femenina que me pide que la ayude. No gano para sorpresas. Aún con el corazón a mil me atrevo a contestar.

- ¿Quién eres? - pregunto a punto de salir corriendo - ¿Qué quieres de mí?

Aquellos ojos saurios de un jade intenso se clavan en mis retinas. Sus ovaladas, negras y profundas retinas me hechizan inconscientemente, recordándo la leyenda de las pupilas del dragón.

"No hacer daño" - me intenta calmar en un rudimentario lenguaje de claro acento asiático y sin mover su boca - "Tú quitar esto de cuello"

Eleva su larga cola con el final en punta de lanza y señala su herida.

Todo aquello me paraliza y dudo. Quisiera entender que se trata de un sueño, de un extraño sueño.

La hembra vuelve a lanzar un escandaloso chillido que me sobresalta y espabila, haciendo que levante el trasero y me acerque despacio.

- ¿Cómo sé que no me matarás?

"Mayl Lin no come a ti" - quiere convencerme.

- ¿Te llamas... Mayl Lin? - le pregunto tocando con respeto su piel inquieta, cambiante, semejante a la de un camaleón. Es cálida y suave aunque resistente.

Observo la hendidura que atrapa media flecha en su interior y sin avisar tiro de ella y la saco de entre sus carnes. Me aparto de un salto tratando de esquivar un giro de su cabeza que me alcanza en el aire y me hace recorrer unos cuantos metros marcha atrás.

Es rápida la condenada. Aturdido en el suelo, la telépata multicolor se alza espléndida sobre sus cuatro patas de lagarto y con su semblante siempre amenazador, se me acerca mientras me apoyo en los antebrazos. ¿Cumplirá su promesa? Agacha la testa y aprieto los párpados muy fuerte, temiendo ser un cazador cazado.

Huele fatal. Necesita un baño.

"Xiexie ni" - suena un susurro dentro de mí cabeza que me hace abrir los ojos.

- De nada princesa - contesto al intuir agradecimiento al tiempo que me expluso el polvo de las mangas.

Se queda unos segundos en esa posición y me percato de que su herida cauteriza lentamente. La magia mora en su interior.

- Dime encanto, ¿de dónde coño has salido? - la miro con descaro y curioso.

Sus diminutos orificios auriculares deben captar algo, lo noto en su actitud alerta. Recula y sin despedirse da media vuelta y tras algunos pasos y un chillido agudo de despedida, desplega sus enormes alas de murciélago y sale a cielo abierto. Su silueta desaparece tras unas altas copas verdes, dejándome a solas de nuevo, y por los reconocibles sonidos guturales que se escuchan, ya no tan a solas.

Gracias a mi nueva amiga que los ha atraído hasta mí, ahora tendré que continuar causando bajas entre los zetas.

Cargo la ballesta y saco a relucir la afilada hoja de mi machete. Tiene sed de su negra sangre.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 159
  • 4.57
  • 87

Comparto lo que siempre quise ser, lo que soy, lo que nunca seré.

Tienda

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta