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10 min
evoluZión (II)
Fantasía |
29.02.20
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Sinopsis

La brisa me trae el hedor a carne descompuesta. La dragona alada iba perfumada comparada con ellos. Los trinos cesan y algunos gorriones escapan asustados, intuyen el mal. Por lo visto, por aquí todos tienen alas menos yo. Cargo la ballesta.

Veo a mi primera víctima llegar por el vetusto sendero plagado de hierbas altas. Renqueante, resoplando, creo que puede olerme. Sus manos sucias y crispadas me señalan. Voy a su encuentro con los brazos extendidos, la cabeza algo inclinada hacia el suelo, la mirada fija en mi objetivo, el corazón bombeando adrenalina en mi torrente sanguíneo.

Llego a su altura y hago silbar el largo machete impulsado por mi brazo derecho, tratando de llevar la fría hoja hacia su cuello. Normalmente no suelo errar, pero este zeta se protege con su antebrazo con un rápido movimiento y el metal se clava hasta la mitad del hueso.

Esto es nuevo. Nunca antes se habían defendido de mis ataques. Ladea la cabeza con espasmos, parece querer decirme que no me lo va a poner fácil. Me levanta la voz en su inteligible idioma de megabacteria, se me echa encima y debo fintarlo.

Muy bien, él lo ha querido. Pego un tirón para desenganchar mi arma. Le apunto por debajo con mi ballesta y aprieto el gatillo. Suena un chasquido. El largo proyectil se hunde bajo su barbilla, alcanzando su oculta masa cerebral. Desorbita los grisáceos ojos y logro acortar su larga muerte. Se derrumba de lado, pesadamente, con su enorme tripa amortiguando la caída. Seguro que ha despertado a unas cuantas hormigas del enorme parque en el que me encuentro.

Su camiseta se empapa de la negra viscosidad. De un empujón con el pie lo vuelvo hacia arriba. Recupero la flecha, que limpio y guardo.

Pasos a la carrera detrás de mí. Oigo el rugido de un zeta. Me revuelvo con rapidez y aprovechando la inercia de mi atacante, dejo que se acerque hasta casi tocarme. Me agacho frente a ella y ruedo de espalda, y apoyando los pies en su abdomen, la lanzo por encima de mí. Afortunadamente su peso es menor que el mío.

Se estrella contra el suelo y suelta un quejido humano. Me sorprende, pero como todo a pasado tan rápido no me ha dado tiempo a diferenciar quién era quién. Me arrodillo empuñando el machete por si acaso. Se trata de una joven de corta melena con la cara besando el suelo, dolorida y crispada. Resopla cansada. No me habla, se mantiene echada en el suelo y abre sus ojos para observarme. Son verdes, de un precioso y humano verde.

Otro zeta se aproxima por mi retaguardia al galope, desconcertadamente al galope, utilizando sus cuatro extremidades para desplazarse con suma facilidad y rapidez. Creo que la chica era su presa pero ahora su prioridad ha cambiado. Viene directo a por mí. Hoy no tenía que haber bajado de mi árbol.

Apenas logro levantar el machete cuando se abalanza sobre mi con todo su peso y me tumba de espaldas aunque, como es una embestida descontrolada, se pasa de carrera y rueda alejándose de nosotros unos metros. Su golpe hace disparar el arma y desperdiciar la flecha. La chica se arrastra asustada hacia el borde del sendero. Quiere huir pero no puede.

El atlético zeta vuelve a ponerse en pie y chilla. Por su sucia boca sale un chillido extremadamente agudo, como no había escuchado antes.

Camina con determinación acortando nuestra escasa distancia. Prepara sus garras para atraparme y abre su asquerosa mandíbula. No me da tiempo ya a recargar la ballesta así que, suelto el arma que me estorba y espero a que llegue para dejarme agarrar y asestarle una cuchillada en el cuello cercenando su yugular. Pero el bicho es más fuerte que sus otros congéneres y se resiste a caer. Su fluido brota como una fuente de petróleo, manchándonos, y su boca pretende alcanzar mi rostro, amarrado por sus fuertes manos. Gruñe y grita como un cerdo.

Tengo mi brazo izquierdo bloqueado por su peso, aguantando su empuje pero me ha dejado el otro brazo libre. Mal hecho, porque su obsesión es poder llegar a morderme, y esa fijación le va a costar muy cara, aunque con un elemento tal pertinaz tengo que enplearme a fondo.

Agarro la empuñadura con rabia y hundo el puntiagudo reflejo de mi arma en uno de los ojos de aquel calamar gigante en una mínima fracción de tiempo. La tinta de su cerebro se desborda y la lucha cesa. Un chillido tenue y aspirado que se apaga con su suerte, decreta su muerte definitiva. Con un empujón, desnudo la mitad del manchado machete y me libro de su abrazo. Su cuerpo se desploma delante de mi.

Limpio la hoja en su camiseta deportiva de marca. Un zeta pijo menos. Enfundo el reluciente metal y recojo la pequeña ballesta. Recoloco la mochila en mi espalda, y entre todos mis quehaceres de guerrero sin patria ni bandera, la desconocida se ha postrado a mis pies y parece que ruega por su vida.

La observo. Levanta su sucia carita de adolescente, y apenada, llama a las puertas de mi corazón.

No lo hagas, por Dios, pequeña, harás que nos maten a los dos. No lo hagas...

Lo ha hecho.

- No puedo llevarte comigo - le hablo con sequedad.

Amarra sus brazos a mi pierna, y sin pestañear, mueve sus labios con gesto exagerado aunque solo sale una voz ininteligible, similar a la de una sordomuda. Espero que no se trate de una zorra camuflada.

- ¿No puedes hablar? - le pregunto inmóvil.

Niega con la cabeza. Puede leer los labios. Ya es algo.

Un grupo de zetas escandalosos me avisa que tenemos que salir zumbando de allí. Se nos echarán encima en campo abierto y eso no me conviene en absoluto. Levanto la mirada al cielo buscando una respuesta a mi dilema y el silencio es el que contesta, como siempre.

Luego la vuelvo a mirar y le hablo en voz baja, vocalizando.

- Puedes caminar.

Se pone en pie, rebosando alegría, pues leo haberla complacido en su dulce carita cubierta de polvo.

Arrancamos a correr hacia el final del parque, siempre cuento con una vía de escape, aunque espero que la compañía no sea un lastre para lograr llegar hasta allí. Estos malditos zetas son cada vez más rápidos y tenaces. El cabrón anterior parecía un caballo al galope.

Después de la curva veo el antiguo puente de piedra que cruza el riachuelo. Bajo su buche, escondida entre las sombras de la tupida enredadera, una pequeña verja de hierro nos espera. Los enormes bichos que nos persiguen no se dan por vencidos fácilmente, aunque hemos logrado sacarles algo de ventaja para que nos pierdan de vista en el preciso momento en el que nos metemos dentro y cerramos la verja tras nosotros, echando el cerrojo inmediatamente.

La chica respira fatigada y pega su espalda a la pared de hormigón. La miro y le ordeno guardar silencio apoyando el índice sobre mis labios. Me deslizo hacia la profundidad del túnel con siligilo y cojo su mano para alejarla de la puerta y que la oscuridad nos protega eventualmente. Minimizamos el sonido de nuestra agitada respiración cuando oímos pasar de largo a la cabeza del grupo. Deben ser unos seis o siete.

Los escuchamos alejarse, excepto un cabroncete rezagado que no puede seguir el ritmo. Se detiene. Sudo. La chica me aprieta con fuerza la mano.

El malnacido se pone a mover la cabeza a trompicones. No sé a qué se dedica.

¡Mierda! ¡Está usando su olfato! Creo que nos podría detectar si se acerca más, y es lo que está haciendo. ¡Pero que cojones esta pasando hoy! Si nos quedamos allí y nos descubre, sus chillidos alertarán a los demás.

Busco la pequeña linterna en el bolsillo de la pierna del pantalón y la enciendo. Su haz se pierde en el fondo del siniestro corredor, cuya penumbra me complace más que vérmelas con el grupito de ahí fuera. Además conozco hacia donde lleva.

Echo un último vistazo a la verja. A través de los barrotes veo arrimarse la figura harapienta de la pequeña sanguijuela. La joven tira de mi hacia las entrañas de aquel improvisado refugio con el temor a flor de piel en su brazo. Resopla calladamente. Nos alejamos de la entrada sin prisa, casi levitando.

Al final del túnel hay una puerta metálica, cortafuegos. Al lado opuesto se hallan las instalaciones de agua de la gran cascada de diseño semicircular, ubicada en la zona norte del parque, y con una longitud de cincuenta metros.

Es un lugar bastante hermético y en el que he ido almacenando víveres enlatados. Hace tiempo que sus ruidosas bombas dejaron de funcionar. Así que suelo pasar los episodios de peligro allí metido hasta que llega la noche, cuando la actividad de los zetas se reduce a mínimos.

Cierro la puerta con llave. La chica observa el entorno, o más bien lo estudia. Dejo la mochila sobre una mesa. La sala tendrá unos 6 metros cuadrados. En una esquina he dispuesto un colchón, echado en el suelo, con un saco de dormir enrollado a los pies.

- ¿Cómo te llamas? - rompo el silencio.

No contesta. Joder, no recordaba que no puede oírme. Le pongo la mano en el hombro para llamar su atención y logro que se sobresalte. Se gira y me mira con expresión de haber gritado sin sonido.

- ¿Cómo te llamas? - le repito vocalizando.

Me sonríe levemente.

- Jenn - logra decir con una voz que no corresponde a su atractivo.

- ¿Puedes leer mis labios verdad?

Asiente cerrando los esbeltos ojazos. Luego me señala con decisión.

- Arrow - me presento con mi autobautismo. Se extraña frunciendo las cejas.

- Por las flechas - me explico sonriendo y soltando un cachete al paquete de proyectiles que cuelga de mi cinturón.

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