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9 min
evoluZión (III)
Fantasía |
09.03.20
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Sinopsis

😎

Tras las presentaciones presumo que tendrá hambre. La verdad, yo también noto un vacío en el estómago. No he comido nada desde ayer tarde.

Se atusa un poco los cabellos, apartando el largo flequillo, cuyos mechones se interponen en nuestras miradas. Con ese gesto caigo en la cuenta de que necesita un buen aseo antes de nada. Le tiendo mi mano con un atisbo de sonrisa en mis labios. Me cede la suya y la llevo hasta un pequeño colector con llave que he adecuado para obtener provisión de agua. El lugar no dispone de electricidad, pero luz entra por una alta claraboya del techo y agua potable no falta. Lástima que no pueda salir caliente también.

Abro y cierro la llave rápidamente y un chorro descontrolado choca contra el suelo. Magia. Para ella debe ser magia, porque abre y cierra las pestañas como alas de mariposa, complacida por aquella comodidad necesaria que le fue arrebatada hace tiempo.

Me mira agradecida. Le señalo el bote de gel que está en el suelo. Voy a por una toalla de la estantería para prestársela y allí mismo, me despojo de la mochila y las armas,

Mientras le doy la espalda pienso en que quizás no ha sido buena idea traerla hasta aquí. Doy media vuelta al escuchar caer el agua. Su juvenil silueta desnuda aparece ante mis ojos, regalándome, indiscreta, todo su hermoso torso que logra llamar mi atención. Hace tiempo que no...

¡Joder que vistas!

El agua fría empapa sus cabellos y desciende rauda por toda su epidermis, limpiando, relajando su ser. Su ropa yace en el suelo, amontonada, cerca de ella, junto al sumidero del desagüe. Echa jabón en su mano y comienza a untarlo en sí misma. Es como si estuviera viendo una cinta erótica pero sin el como.

Jenn se siente observada, pero no se corta a la hora de frotarse los pechos, redondos y erguidos, ni su sexo oculto bajo la maleza del vello. Su cintura es inversamente proporcional a la magnitud de sus caderas y de su culito mejor me lo callo. Ladina, me mira de soslayo, adecuando sus gráciles movimientos a mi deseo.

Cierra el grifo dando por terminado el febril acontecimiento y extiende su mano hacia mí, tapándose los pechos con el brazo opuesto.

- La toalla, sí - murmuro todavía embelesado.

Me clava sus verdes ojos mientras me aproximo con la toalla extendida y se la coloco por encima de los hombros, abrigando su trémula carne. Sus manos tocan las mías, pero algo en su piel hace que la suelte y de un paso atrás. Marcas de mordedura o cicatrices similares decoran su hombro. Aparentemente antiguas, pero imborrables.

Percibe mi tensión y mi temor al descubrir aquella señal inequívoca de que ha sido sorprendida y mordida por algún zeta. Despacio me alejo como si fuera portadora de la peste, incluso preparado para un posible ataque. Pero la muchacha, lejos de reaccionar de un modo hostil y con toda la calma del mundo, niega varias veces con la cabeza, camina descalza hacia mí, ofrece su mano, sin apartar los ojos de mi voluntad, para que la comprenda que no es una de ellos.

La toalla se resbala y cae formando una pequeña duna del color del desierto. No sé que pretende insinuándose así, pero no puedo dejar de admirar aquella ninfa salida de la nada. Su mano coge delicada la mía, creando un vínculo al instante, una fuerza de atracción que no puedo eludir ni bloquear. La dejo hacer inconscientemente, y hace.

Con ambas manos dirige la mía a sus marcas. Quiere solventar mis dudas y que pueda confiar en ella. Puede que acabe cediendo pero tendrá que explicarme cómo le ha ocurrido eso y porqué no se ha transformado, aunque creo que será difícil, debido a su dificultad para hablar.

Sus cabellos se han aclarado de color, ahora tienen brillo y chorrean gotas de agua, que recorren su espalda. Su tierna mirada sigue mi mano. La posa sobre las rugosidades de la cicatriz. Un escalofrío me atraviesa de repente, y el temor cesa. Vuelve a mirarme. Una de sus manos se apoya en mi pecho. Es una avanzadilla. Luego llega su mejilla y me abraza.

Respira profundamente. La humedad que retiene su piel se adhiere a mi ropa. Me quedo quieto con los miembros superiores separados de ella. Me siento un estúpido imitando una estatua, así que no puedo evitar rodearla con mis brazos también. Su femenino ser me transmite todas las penurias por las que ha pasado, su necesidad de ser protegida, de ser aceptada, de ser ¿deseada?

Perdona, pero esto no estaba previsto en mi lista de tareas para hoy. Y sé que me distraerá, perderé la concentración y probablemente acabe con mi historia en este mundo maldito.

Espera, espera, puede que haya algo más que pueda hacer.

La miro, ambos en silencio. Y me pasan por la cabeza un montón de pensamientos, como latigazos, desde un último polvo celestial hasta la sanación definitiva de la humanidad. Pero, ¿realmente la merecemos?

- Jenn - le hablo en voz baja.

Parece que se quedado dormida de pie.

Agacho la cabeza para comprobar si tiene los párpados levantados.

- Jenn - alzo la voz.

Levanta la cabeza y me sonrie.

- Ven. Vístete.

Le presto ropa de mi talla de la estantería. Es lo único a lo que puedo echar mano para vestirla. Le viene grande el pantalón. Un cinturón sera suficiente. Y una camiseta holgada y beige cubre sinuosa su cuerpo, marcando cada curva, involuntario impulso que se escapa. Demasiado tiempo sólo.

Descalza se arrima a sentarse a una silla y abro un bote de piña en almibar que reservaba para una emergencia similar, del que damos buena cuenta sentados a la mesa. Come con hambre, en silencio. Me gusta que sea así, callada. Me he acostumbrado a hablarme a mí mismo, aunque tengo curiosidad sobre su misterio.

- ¿Tienes familia? - pregunto cuando me mira al asear mis manos bajo el caño de agua.

Niega con la cabeza.

- ¿Eres de aquí?

Eso sí, asiente.

- Me gustaría que me contaras que te pasó en el hombro - le pido - ¿te mordió un zeta?

Al recordar su encuentro cierra los párpados y se encoje de hombros. No puedo adivinar si quiere eludir el tema o le perjudica que alguien se lo recuerde.

- Sólo pretendo comprenderte - le explico al volverlos a abrir y pongo mi mano sobre la suya.

Ella me imita con la otra mano. El jade de sus ojos me ilumina, me relaja y un halo de misticismo la envuelve. Me revela un vínculo, su vínculo a un ser mitológico, un ser nacido de una leyenda ancestral china. La conozco.

Habla de un gran pintor chino que en cierta ocasión pintó cuatro dragones a lo largo de una pared. Sin embargo a ninguno de ellos les había dibujado las pupilas. Las gentes que admiraraban su obra lo encontraron extraño y le preguntaron la razón. El artista les contestó que si lo hiciera, los dragones podrían salir volando. Evidentemente no le dieron credibilidad y le pidieron que lo demostrara. Aceptó el reto y tomando uno de sus pinceles comenzó a dibujar las pupilas en uno de ellos. Inmediatamente los cielos se oscurecieron, llegaron vientos, truenos y relámpagos, y al mismo tiempo el dragón cobró vida, salió de la pared y se alejó batiendo sus alas, dejado a los otros tres dragones sin pupilas allí pintados en la pared, y a los presentes sobrecogidos.

Jenn posee algún poder oculto, lo percibo. Ella hace que lo perciba. Es de esos seres imprescindibles, cuyo paso por este mundo infecto debe ser salvaguardado.

Supongo que su esencia la debe proteger del maldito virus que quiere terminar con todos nosotros, aunque no creo que sea inmune a los ataques físicos de los zetas.

La habitación oscurece de pronto. Miro hacia la claraboya y el cielo azul ya no luce. Lo tapa una masa de escamas multicolor. Luego aparece el ojo de Mayl Lin y nos regala uno de sus escandalosos chillidos. Ese es el vínculo.

La chica levanta la barbilla, sonríe y saluda, asiente, confirmando su buen estado de salud a través del cristal. Después, el mágico animal desaparece, quizás auyentado, a un lugar más seguro.

Jenn se me aproxima despacio con alguna pretensión. Observa el lecho que hay detrás de mí y regresa a mi mirada inquieta y seducida. Logra extraer una mueca de alegría de mis labios. Coge mi muñeca y tira de ella en dirección a la presunta polvera que yace muda. Me invita a estirarme primero y luego me indica apoyando la palma en su carita que su propósito es descansar un rato, dormir más bien.

Se acomoda en el borde del colchón de costado, dándome la espalda. No sé si podré resistir la tentación, si me...

Se acurruca junto a mí, muy junto a mí. Su mano busca mi brazo para que la abrigue y respondo. Su trasero busca el calor de mi cuerpo, que acalora mis mejillas y me hace vibrar de ternura y al mismo tiempo de excitacion por dentro.

Atardecer en sus ojos. Amanecer en mis sentimientos. La dejo dormir, lo necesita.

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