cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

6 min
Exequias
Varios |
20.03.13
  • 4
  • 4
  • 3303
Sinopsis

Hola a todos acá les va un pequeño resumen de mi último cuento espero les guste

Exequias

 (La costumbre de poner el cuerpo)

 

Trabajo a destajo:

 

                Terminaba de cliquear con el mouse en buscar del Ares los temas de calle 13; Era domingo traspasado; el reloj acariciaba lentamente las primeras horas del lunes. Llevaba consigo, dentro de él, cinco gramos de la mejor cocaína Peruana, tres o cuatro comprimidos de dos miligramos de Clonazepam y estaba terminando la segunda pinta con dos cubos de hielo mitad alcohol fino y mitad jugo de naranja en polvo. A veces es preciso detenerse en ciertas cosas, lo cultural de cada uno; puesto que la “normalidad”  difiere en brevedades molestas de analizar a la hora de los desmayos. Aquello de ir con todo el cuerpo se había vuelto una forma de sobrevivir; traspasar los instantes uno a uno sobre distintas maneras imperceptibles a su consciencia.

                Desde chico supo descubrir esos pequeños lugares blandos junto a los escaparates; oscuros viajes de arpones que anestesiaban sus dolores, siempre acompañados de las tragedias que bien supo seguir. Un martes por la noche a sus diez años pedaleaba por la calle de su casa, desenfrenado junto a los autos estacionados a la vera del cordón. Su pequeña e hipnótica ilusión le hizo creer que podría alcanzar más velocidad si se dedicaba a fijar la vista en los pedales. Había algo, también ahí, de su tozudo razonamiento, creyendo  superlativamente que podía superar la velocidad de sus movimientos si fijaba la atención en lo más profundo de su auto superación. Era un niño que se tenía mucha fe; y de hecho, la extraña ecuación surtió efecto,  no sin darle lugar a la tragedia que llevaba, ya para entonces, bien marcada a su costado. Pues a medida que el movimiento se aceleró su cabeza fue cada vez más hacia abajo contemplando los pedales y la inercia hiso virar levemente  la dirección del manubrio haciendo estrellar la bicicleta contra el paragolpes del auto de su padre. La rueda delantera rebotó violentamente, como sucedía casi todo en ese entonces, y se volvió contra sus labios de niño babeante salpicando de sangre sus ropas y el suelo.

                Cualquiera podría decir que fue solo un accidente; claro, pero dos años después cuando entrando a un  edificio del estado en abandono se hacia un corte de doce centímetros en la pierna derecha obteniendo así diecisiete puntos de sutura; ya los más perspicaces comenzaron a decir que a ese niño algo le pasaba.

                Tres años después, a los quince, en una esquina virando a fondo con su motocicleta atropellaba a una anciana de setenta años haciéndola rodar por el pavimento y quebrándose la muñeca izquierda; con causa policial y todo.

                Cervezas y marihuanas, psicofármacos y cocaína; olor a sexo y polleritas hasta altas horas de la madrugada lo perdían en el ahogado suspiro de sus veinte años. Caídas en la policía más, peleas y pistolas en cinturas lo arrastraron a dos años de presidio y un vuelco con un Peugeot doscientos cinco donde se fracturo la rodilla izquierda le coronó los veintiuno.

                Aún así seguía pensando que pagar con el cuerpo era más barato; y como dice el dicho”Lo que no te mata te fortalece” En algún sentido creía que era indestructible tanto física como espiritualmente. Pero está claro que los veinte no son los treinta; y aunque la suerte sea una sola y siempre la tenga el mismo, el cuerpo es otro y las consecuencias de los actos también.

               

Camastros de ensoñación:

 

                Terminó de un saque el último sorbo y así entró; volvió a perderse en esa esponjosa ensoñación que lo deleitaba. Sus sentidos se sublimizaban en una condensación de palpitaciones y actos simples. La incoherencia del derrotero encandecía en sus pareceres herrados  y replicados en movimientos y pensares sin sentido. Todo se arremolinaba hacia el embudo del agujero negro. Entonces dejaba de temer. Dejaba un poco de ser quien hay que ser para estar y respirar, prevalecer  y cagar; apropincuarse al baño fétido que está propuesto. Sos lo que está; todos te queremos ver, deja de moverte así, acercate, definite, protegete, descarate, engañanos, mentite, ódiate, matanos, danos de comer en tu manecita, pequeñas, lindas, blancas abuelitas del carajo. Allí se evaporaban los precintos de lo establecido en una extraña convergencia entre el sentido y el sentir más animal que existe en un ser vivo.

                Así es como podía dejar de darle importancia a todo lo que lo rodeaba, incluyendo su vida; allí ponía su cuerpo a reposar en fabulosos camastros de ensoñación, donde todo lo que parecía ocurrir podía ser real o no, y justamente eso estaba fuera del alcance de su discernimiento más cautelar.

                Es un claro exponente de valentía; aunque la mayoría en su seca hipocrecía lo vea, más bien, como un gesto cobarde. Pero en definitiva lo único que traemos a cuestas es el cuerpo; y en su mayor inconsciencia entregaba eso que estaba allí, como un regalo a los caprichos de los dioses; una manera formidable de jugarse la vida en un tiro de dados. Aunque y pese  que se crea que en realidad el artífice de esos atolondrados actos era él; yo lo creo más bien como un dato erróneo; pues nadie es uno una vez que se entrega. Ese era el verdadero rito. Su mayor exponente en el desmayo cordial de su alma perdida.

                El bip del reloj marco las cinco; relató su conviviente que entre bruscos y desatados movimientos se colocó el casco en la cabeza y salió con la moto; no sin antes decirle correte o te piso. Aproximadamente quince minutos después sonó el teléfono; un policía avisaba que estaban trasladando a un motociclista con pérdida del conocimiento al sanatorio, que lo habían encontrado en mitad de la avenida con su moto en el piso y empapado en sangre.

                A la hora de los desmayos su suerte y su desgracia aún seguían con el que todavía yacía con vida en la ambulancia.

 

Alta y despedidas:

 

                Despertó en una habitación de hospital; su mujer estaba al lado. Tenía la clavícula derecha enyesada, las dos piernas vendadas y cuatro puntos de sutura en la cabeza. Eran las trece horas del lunes y no tenía fuerzas para hablar. Pero en su silencio pudo pensar que algo ahí había terminado; como un motivo de alta y despedida. Esa habitación daba un aviso. Sus exequias habían terminado.

 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 127
  • 4.33
  • 552

Argentino de 39 años . Escritor

Tienda

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
10.03.20
13.08.19
Encuesta
Rellena nuestra encuesta