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5 min
Fassbender, Polanski y el Espíritu Santo
Reflexiones |
11.01.17
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Sinopsis

Me pongo sexy y te guiño un ojo al otro lado de la barra más lasciva de la ciudad.

Feliz año, tú...

Espero que las fiestas hayan ido bien y bla bla bla.

Yo durante estos días he descansado mucho, que falta me hacía. Y de paso he estado viendo cine, expresión artística que últimamente tenía algo abandonada (porque estoy muy, pero que muy mosca con ella).

De forma totalmente inconsciente por mi parte me encontré viendo en la misma semana dos películas que tratan el sexo en su expresión más angustiosa; aunque de formas muy distintas. Tan infinitamente diferentes que se acaban tocando en la esfera de polos opuestos que es en realidad la línea de extremos (paja mental sobre la que ya hablaremos otro día).

La primera fue Shame. Sí, la de Michael Fassbender. Que ahora si no dices Fassbender al inicio de una conversación la gente ni te escucha. Fassbender!!! Y ZAS! Ojos abiertos como brevas en San Juan.

Está el hombre en la cresta de su ola. Esperemos que no acabe ahogándose en la misma, como muchos otros antes que él, porque le he cogido cariño.

¿Qué porqué le tengo cariño? Pues porque en Shame Michael enseña el pene.

Y aquí abro un breve pero intenso paréntesis para hablar del gran miembro del que disfruta el hombre. En 20 minutos salen varios primeros planos del mismo. Y yo en la soledad de mi estudio con los ojos desorbitados, no por escandalización, sino por verdadera sorpresa.

Me sobrevenían intensos y dispares sentimientos que no sabía cómo canalizar. Y aquí cerramos el paréntesis dedicado al pollón de Fassbender. 

Seguimos...

Shame versa sobre un hombre con un severo problema de adicción al sexo. 

Yo siempre he mostrado excepticismo hacia esa nueva y trendy adicción debido a mi hiperactiva sexualidad. Me pongo sexy y te guiño un ojo al otro lado de la barra más lasciva de la ciudad. 

Para empezar, ¿cómo puede algo tan inherente e innato en el ser humano considerarse una adicción? Es como si ahora nos dijeran que cagar es un vicio mu malo. No lo veo. Este afán de alejarnos cada vez más del animal que somos y que todos llevamos dentro (algunos más, algunos menos) me chirría bastante. Entiendo que acercarnos al animal socialmente civilizado y alejarnos de la bestia parda es un avance, pero eso es una cosa y otra distinta es renunciar a todo impulso.

Siempre había estado yo a favor de esa teoría mientras nadie saliera malparado en sus consecuencias, pero esta película me dio otra perspectiva. 

El problema con la adicción sexual, a diferencia del resto de adiciones, está en que al parecer rara vez será sufrida por las parejas sexuales del adicto (sí por las parejas románticas, entiendo yo), ni sus amigos, ni su familia (aunque en la peli hacen un intento con una hermana, pero a mi no me convenció), sino por el propio adicto. 

Por la imposibilidad de la persona en sí misma de hacer una vida que pueda proveerle de esa preciada panacea que es la felicidad. No puede pensar en nada más y toda su vida gira en torno a una misma temática. Cosa que por supuesto, le causa agudas angustias y frustraciones en el día a día sociopático que llevamos. 

Eso que describo, independientemente de qué sea lo que lo suscite, da igual si estupefacientes, trabajo, personas, comida..., es un problema. Un problemón si tenemos en cuenta el miembro Fassbenderiano.

No, en serio, fuera coñas, no me gustaría verme en esa situación.

En otra línea distinta vi Bitter Moon de Polanski. 

Paréntesis para Polanski... menudo tipo. Yo aun no sé qué pensar de él y mira que he leído, visto y documentado. Pero nada. Me quedo en coma cuando tengo que emitir cualquier tipo de juicio.

En fin, este hombre es experto, junto a Lars Von Trier y David Lynch, en provocarme una profunda y desagradable angustia distinta con cada película. Angustias que tengo dormidas o felizmente ignoradas en alguna parte de mi ser y que ellos despiertan a ostia limpia y escupiéndome en un ojo. Cierro el Polanski paréntesis.

Bitter Moon va de una relación de pareja que acaba degradándose sexualmente hasta ser un trozo de caca humana que ha flotado por la alcantarilla más repugnante de París hasta llegar a tus pies en la playa más inmunda de Estambul.

En ningún momento se trata el hecho en sí mismo como una adicción o un problema, simplemente como una necesidad de continuar elevando el deseo sexual monógamo a su máximo exponente excitacionil y morbosil; cueste lo que cueste. En quinta y sin frenos. Un despropósito que acaba por convertir a los protagonistas en víctimas de su propio anhelo.

Mal rollito, ya te digo.

Y al otro lado de la pantalla estaba yo. Con el falso e inocente convencimiento de que soy una bestia sexual desbocada. Así que me acerco a ti desde el otro lado de la barra, whisky en mano y fluidos en la ropa interior. 

Y me doy cuenta de la mentira en la que he vivido, porque Polanski y el pene de Fassbender se me aparecen en sueños para aleccionarme, pizarra de por medio, sobre lo que es realmente la depravación sexual. Mientras se chotean de mi y me llaman "Espíritu Santo" a la cara.

Paso de largo por el taburete en el que estás sentad@ mientras el whiscazo se calienta en mis manos. Entro en el baño del antro en el que estamos. Me siento en la taza y me masturbo a ceño fruncido, como el Perro Verde de Marea.

Espíritu Santo tu puta madre.

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