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26 min
FILOSOFISMAS
Varios |
21.10.18
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Sinopsis

Historias de Duque y Martín.

“… de ahora en adelante no tengo que pedir permiso a nadie si quiero mear o hacer otra cosa.”

 

Papillón.

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     Amar es amando –dice Duque- amar es rendirse a la evidencia de amar y al substrato de sociedad de consumo que todo amor trae engarzado entre los dientes. No, no, no, nada de plenitud del unicornio (¿A quién coño está leyendo usted? ¿A mí? Déjese de vainas y no escupa) si de animales se trata, le diré que su inestimable unicornio siempre hace mutis al final del primer acto. Para el resto de la obra le asignan al burro el papel protagónico. En realidad no se lo dan al burro completo, más bien se trata de un culo de burro buscándose las orejas. Y para colmo de males (mulas) van y le sueltan la historia completa al psiquiatra (que también se está divorciando y no sabe qué coño hacer con su vida y menos que menos con la tuya) que los oye con una paciencia infinita, proveniente de la sabiduría que le brindan cobrar por hora y un whiskycito de intermedio entre loco y loco.

 

(Golpe seco: la frente de Duque sobre el mostrador, los brazos cuelgan estilo mandril. La copa de brandy volteada chorrea sus zapatos con dulce ternura de mujer que lame)

 

-Ni una más

-¿Porcuá?

-Estás listo, Kaputt

-De Malaparte, Curzio, italiano

-De caña, bestia, si te acerco un fósforo estallas

-¿Insinúa usted que estoy borracho?

-Algo así

-Su negocio es vender, si no me equivoco

-No a los amigos

-Ahhhh, que bien

-En serio, ya lárgate

-La última por la casa y te cuento una historia

-Okey, solo una más

 

(Si bebo despacito tengo para media hora. Después bajo y veo si la roja ya llegó)

 

-Aquí tienes

-El licor, sabes, el licor…

-El licor ¿qué?

-Se me olvidó

-Imbécil

-Eso es, el licor: amante de poetas, de malditos, y de imbéciles

-Cuéntame la historia

-No hay historia, te jodí

-Te cobro el trago

-Cóbraselo a tu madre

-Los cínicos terminan solos

-Dios te oiga

-Ya te veré: sin putas y sin amigos

-Todo llega

-Te vas poniendo viejo

-Tengo canas en las bolas

-Mejor vete

-Mejor vete tú

-Yo trabajo aquí

-Yo vivo aquí

-¡Lárgate, coño!

-Ok, no te arreche

-Y no vuelvas

-Me pego a la roja y vengo

-¿No entiendes castellano?

-En un rato regreso

-¡Sí, mierda, sí!

-Y me tomo un brandy

-Nada de brandy

-Mejor dos

-O mejor diez y revientas

-Eso: diez y reviento

 

 

 

DEL DIARIO DE MARTÍN

NOVIEMBRE 19, VIERNES

 

 

 

     Duque y Claudia firmaron hoy la sentencia de adiós que te vaya bonito no me esperes que no vuelvo (divorcio, bolsa, divorcio: hasta cuando tengo que explicarle que me excita la sexualidad latente en la costumbre de encadenar las cadencias caprichosas y conspicuas de palabras palabritas palabrejas palúdicas y pajizas. Ok, dada su ignorancia crasa y grasa, le explico: todo arte, en origen y por principio, es masturbatorio: animal autocomplacencia, soledad indetenible, masticación que no cesa, reloj de arena bocabajo) Bueno, ya me perdí, yo a lo que iba era a lo del divorcio, de todas formas no hay mucho que decir: un final como tantos y como cualquier otro y cada quien por su acera o un día de estos nos vemos y nos tomamos un café y nada de cama, please, que me confundo. Lo indicado es mirarse de lejitos mientras uno le toma el gusto al colchón de un solo puesto: saque la mano antes de girar o come piso y deja los dientes de adorno en el granito (el dos puestos viene con la costumbre de voltearte para donde sea sin riesgo alguno) Lo peor es que no tienes nada que hacer con las manos: nada que abrazar, nada que tocar, nada para respirarle en la nuca oliéndole la noche en los pelitos.

                                                                                                                                    

 

 Comentario de Duque:

 

     Hoy está de una coherencia envidiable.  Menos mal  que  no  lleva niun puto vodka entre paladar y lengua. Se le olvidó decir que el tiempo (cliché) lo sana todo, así sea por las malas y a punta de mordiscos, cachetones, y patadas. El tiempo es un buen amigo de ojos incurables y risa de cuchillo: te dice la verdad sin fáciles misericordias de hembra consoladora, ballenatos, y billares. Transcurre y con eso basta. Llega un día y se acabó: te quedas como idiota frente al urinario sosteniéndote el carajo y dirigiendo el chorro. Terminas y te subes el cierre, sales, te vienes hasta la barra y pides un brandy. Ya no la amas. Te rascas una bola y pides el otro.

 

 

 

DEL DIARIO DE MARTÍN 

NOVIEMBRE 21, DOMINGO

 

 

 

     A Duque le da miedo morirse sin haber leído a Joyce y a Musil. Aún insiste en lo que él llama libros puerta y/o en su defecto ventana. Más o menos portales o debajo de la mesa un carrusel repleto de gnomos y sátiros, de hadas y vestales (No tiene una traducción literal, por lo que solo intento un acercamiento de manos y hospital psiquiátrico) Libros que se escriben y el autor bien gracias, tomándose un roncito en el Foso bar club. Libros te muestro un segundo de que se trata la vaina esa de estar vivo (mosca con los cristales rotos y los párpados suicidas) Libros me arde la boca dame un beso puta bella y deja de leer sobre mi hombro.

 

     ¿Y lo otro?, lo otro requiere de una botella de brandy y una mujer que te lo chupe mientras escribes. Lo otro es burlarse de los tres pilares que fundamentan nuestro ego social diversificado en roles y medido en ganancias: azar, lógica, y estadística (después del proceso de socialización, que comienza justo cuando intuyes que con el pito (o tota) sí se juega, y te sorprenden en una de frote y meneo que te obligan a terminar a fuerza de gritos y sabios discursos de intraducible calidad científica (si sigues con esa vaina te pones idiota y flaquito) que solo sirven para que descubras un nuevo placer: hacerlo a escondidas, en las sombras, pecado tras pecado y las toallas de papel para limpiarte las manos y el piso. Lo otro es así como sigue:

                                                                                                                                 

 

     “Hace poco estuve donde Claudia. Casi que no hablamos y casi que nada.  Es mejor no hablar: no soporto su tono de voz, que va desde lo perruno cerviz doblada hasta lo ira de Dios padre arrojando rayos según le convenga. Pero esto no tiene ninguna relación con lo otro, que más bien trata de algunos gestos que hacen predecibles ciertos actos y sus consecuencias. La puesta en escena es Claudia eligiendo, con dejadez nerviosa, la opción de asomarse por la ventana de la cocina y quedarse allí (silente clítoris parlante) dejando caer todo su peso en una sola pierna, marcando duro las nalgotas debajo de la bata sin pantaletas, mirando y haciendo que no mira, siguiendo un  compás imaginario de uñas y dedos sobre el vidrio.  Tú dirás: las mujeres y los hombres suelen asomarse por las ventanas, yo te diré que a mí no me pasa, que a mí las ventanas me asoman, y mejor me vengo de nuevo al punto y me aparto de la desviación barata, desviación autobús equivocado, cruzando la calle hay strippers, cuatro dedos de whisky puro, gracias. Volvemos a Claudia que se asoma por la ventana de la cocina y a mí que me regreso (de un solo puntapié testicular) a todo el dolor que esa postura me inspiraba: Postura vigilo la calle porque Ese viene llegando, quiero irme y éste cabrón no se marcha, todos a la mierda, me voy a tirar con Ese. U otras variantes que siempre terminaban en falo, pene, güevo, paquete, paloma, cuello de pavo, etc., y tal vez en el asiento de atrás del Fiat o tres días desaparecida en la playa: ¿dónde estabas?, te busqué hasta en la morgue, tengo calambres en la lengua y una erección de tres pisos que te espera . De tiempo en tiempo recalan en un barcito de cuarta (manteles plásticos a cuadros rojiblancos y un par de portugueses rascándose el sobaco y catándose los piojos) allá por la zona del Paraíso, cerca del Instituto Pedagógico de Caracas (tres absurdos en fila: ríete de los hermanos Marx) y cuando sale muy rascada, Ese y sus amigos le hacen rueda para que se agache y orine en la calle. Lo cierto es que ésta reflexión idiota de hígado y entrañas me duró solo un instante (algo más, lo confieso: el par de nalgas abiertas, dejando escapar olores a cuca caliente y culo glotón, me jodieron un poco, pero me repuse en tiempo record (¿o time out?) y bajé la calentura mediante Buda échame una mano Ommm) después me ocupó toda la cara una sonrisa, una sonrisa que pasó por encima de Claudia y salió por la ventana (Claudia no la vio, Claudia no ve estas vainas. Es cursi, pero así fue: vete al carajo) y supe que esa mujer en la ventana era solo una mujer en la ventana, como cualquier mujer que ves por la esquina y de fijo sabes que hace el amor con otro que no eres tú y no te importa porque no la amas ni la esperas. Es como cruzar la calle hasta la mitad y luego poner el retro al ver que esa calle no conduce a ninguna parte, y que  más  se parece a un aeropuerto en el que tomaste un avión de ida sin vuelta.  En  ese  momento  (ya  fuera del traje de luto y en pelotas) accedes a uno de los más deliciosos y terribles secretos: eres suavemente feliz cuando te descubres amando y violentamente feliz cuando dejas de hacerlo (secreto negado a los que cometen crímenes pasionales, o se masturban todos los días llorando el culo perdido (o el palo, a ellas también les pasa, como no) o a los que se suicidan) Coincido contigo en que todo  esto  no  tiene  nada   de  especial,  nada  de  sutiles  ojos  que te sacan la lengua por encima del  muro,  nada de gong ni de trompeta bíblica: es algo que se descubre y ya ( no juego más, cuelga el puto cuadro y apaga la luz) Lo hermoso y lo jodido, por lo que tiene de vamos a bailar un rato con el orden racional de tus ideas, viene siendo lo que me   ocurrió más tarde, cuando llegué a mi cama y me tumbé largo a largo y como mi madre me parió (culo flaco, palo grande, rodillas huesudas, pies con dedos como garras) dispuesto a continuar la lectura de los poemas de Rilke, comenzada en el baño la noche anterior (pujando entre poema y poema: estítico unos días y diarreico los demás) Abrí el libro y los versos saltaron a mi cara, besaron (versaron) mis labios detenidos en el ya clásico rictus de ¿qué  coño  me pasa? hoy no he bebido, eso creo: la puta y la navaja centelleando juntas en un orgasmo de palabras con mi nombre entre comillas.

 

 

“Pero de pronto fue saber que esto se borraba:

Ella estaba de pie frente al hueco de la ventana,

Conteniendo el latir violento de su corazón.

Su música se murió. Un frescor soplaba desde afuera.”

 

 

     Comprenderás que después de esto alcohol casi etílico y salir a buscarle el culo a cualquiera de las hembras solas que pierden pie trago tras trago en el Lebloncito: Damas free todos los jueves. Entrar pisando firme y sin un puto centavo en el bolsillo, sabiendo que mi estatura resucita en cada crack de espina dorsal que ajusta discos y cierra puertas, ligando que Krista ande por ahí para que me brinde un par de cuervos amarillos: dobles, echa más, no seas pichirre cagajón de burro, el bar no es tuyo y la caña tampoco (PD: Krista es una gringa bella de ojos celestes y culito redondo, un ángel desorientado que vaga día y noche con la cartera repleta de dólares)   

 

 

Comentario dialogal:

                                                                                                                                   

-Es la caca tu diario

-Explícate

-Yo no hablo así de cursi

-Claro que lo ha

-Mierda, no

-Sí que sí, tú lo sabes

-La puta y la navaja, a quién se le ocurre,  la puta y la navaja,  es como para cagarse de la risa.

-Recursos para darle forma al fondo

-Que recursos ni que bolas de carnicero. Yo soy un tipo que anda por ahí, eso es todo. 

-Ya lo sé, pero si no lo adorno cómo quieres que lo publique

-Ah, coño, entonces sí, vale. Yo cargo con las putas y las  navajas y tú cobras las regalías.

-Además de poeta sabio.

 

 

 

DEL DIARIO DE MARTÍN

SIGUE NOVIEMBRE 21

 

 

 

     Venidos a considerar este y otros asuntos que se narraran o no si es que me sale del forro o no, es ineluctable saludar con aplausos, miméticos y estridentes, el razonamiento a saber y ya le digo: este tipo es un vidente o un loco, nada que hacerle, se explica solo en alguna de esas dos formas.  Si es un loco, pues mira, qué carajo, un día de estos lo encontramos comiendo mierda, inobjetable. Si es un vidente solo puede serlo a la manera antigua (videncia, vidente, Rimbaud, Iluminaciones, una estación en el infierno, hacerse vidente, sufrirse vidente, morderse vidente) que nada tiene que ver con los modernísimos evidente, evidenciar,  y  evidencia  (que  es  la  misma videncia despojada de magia: pájaro que viaja en ferrocarril, ciempiés con zapatos)

                                                                                                                                  

     Aunque para Rimbaud la vaina era “hacerse” vidente, y éste gran coño parece, lo anoto con cierto temor lingüístico y estético, “nacerse” vidente (cordón umbilical, enchufe directo con la bobería de ojos muy abiertos viendo quién sabe o qué coño) Es claro que no me refiero a la videncia de la mujer que tiende las cartas del tarot y te saca los reales acertando generalidades comunes a cualquier hijo (a) de hábitos sociales y necesidades básicas; tampoco a la del hombre que anticipa el clima y hoy llueve, mañana no, pasado tal vez; y mucho menos a la del médico le aseguro cáncer y luto si no para de fumar cigarro tras cigarro como la propia puta presa. Esta videncia de la que hablo (de la que trato de babear o voy babeando) es una videncia como de faro, un escupitajo absurdo en medio de la cara: Ver y recibir cosas y no poder usarlas para nada, y  es que estos golpes de piel no se utilizan, se lengua que habla, se carne  que arde, se  pellejo abierto, se ojos asombrados al final de una página silente: doblando la esquina dos lágrimas de hembra te detienen (las palabras se te ponen chiquitas y se van de paseo: inútiles puntos negros persiguiendo distancias)

 

 

 

DEL DIARIO DE MARTÍN

NOVIEMBRE 26, SÁBADO

 

 

 

     Caminando con ese pasito idiota del que no sabe, o no le importa, si la luz del semáforo muestra el muñequito del peatón en verde o la manito roja del alto no se atreva, o si esta anda con una minifalda nalgas afuera o aquella como una monja cuello de tortuga, rosario en mano, faldón por los tobillos. Vamos, sin hacerle ningún caso a los que saludan oye tú, ni a los que andan con cara de culo, ni a las parejas que discuten, ni a los bordillos de acera, ni a los postes que le esperan la frente al cruce o cambiando de vía. Rara vez se detiene o fija la mirada: un perro flaco hasta lo inverosímil, una lágrima de niño que lo mira, un paisaje de lujo para la foto que no toma, un barcito nuevo y a beberse la caña de la tarde, hace calor, bien fría maestro, gracias ¿y el baño por dónde? Mea, sacude el pájaro y lo guarda, sube el cierre, se lava las manos, sale y se traga de una la cerveza, paga y se va por la primera calle que sus pies le sugieran (no se acepta la intervención racional, ergo: Descartes se queda en el espejo sujeto a su metódica ignorancia de signos y señales, inmerso en un agujero de reglas, dudas, y raíces) Los amigos pensamos  que  no  va   a  durar   mucho   con   su   teoría   del   andar desarbolado y sin brújula: Un día de estos lo atrapa la guadaña y se  nos cae de cabeza  en las  vías del metro: diez piezas más o menos y velarlo en ataúd cerrado, por aquello de la mala impresión que causan los tajos de riel y ruedas. Pero mi deseo inmediato no es el de escribir sobre la manera en que éste tipo ejerce su libre albedrío de tránsito peatonal, aunque lo anterior también le cuadra de perlas (y no para los cerdos) al temita que tengo encajado entre dedo y dedo, porque así no me toca explicar de qué forma trajinaba  Duque ese día de mercados, libros, papeles, y demás vainas afines a una especie de patético nuevo enfoque de lo que es o deja de ser un milagro.

 

     Iba el hombrecito en cuestión caminando en pleno ejercicio pasional de su teoría, osea, moviendo los pies sin rumbo fijo y/o predeterminado, con la cabeza repleta de qué carajo impulsa a cuatro escritores tan disímiles como Neruda, Castaneda, Cortázar, y Süskind a converger en la interpretación mitomágica de los mercados : Para Neruda su México (“florido y espinudo”) está de cuerpo entero en los mercados (ojos y pezones incluídos); a Castaneda lo envía Don Juan de un  manotón ( terapia  te  disloco el hombro) a un mercado, uno que está en otra realidad, que es y no es ya México ni mercado; el Juan de Cortázar accede a la ciudad a través de una plaza que desemboca siempre en un mercado, un mercado que con sus verduras, sus pescaderas, y su estructura colonial, recuerda mucho más a México que a París (bar, castillo sangriento, botella de Sylvane) El Grenouille de Süskind, tal vez el monstruo más terrible imaginado por un escritor (jaquecas y el whisky parejo, creo) nace en un puesto de mercado, cuando su madre se agacha, y puja, y lo deja caer sobre un montón de pescado podrido.

 

     Así, un poco sin mirar y otro poco sin dejar de hacerlo, Duque detuvo la caminata frente a un mercado que se lo tropezó de boca al doblar la esquina del lugar exacto donde estaba y no (¿diversidad ubicua?, ¿línea paródica de ensamblaje y retorno?, ¿demasiados tragos entre lengua y dientes?) Lo primero fue abrir la bocota, mandíbulas a punto de tocar el piso con muelas del juicio en primer plano. Lo segundo, reírse tan fuerte que una señora lo supuso loco y otra y que no chica, que solo está borracho, pobrecito.  Duque sabe que no está borracho (lo de loco requiere un análisis más detenido, mismo que no se pretende abordar en esta historia de espacio-tiempo limitado) y por ello levantó los párpados hasta más no poder y dilató al máximo los agujeros de la nariz (husmear es básico no  sólo para  identificar  a la  hembra   en   celo),  buscando  la  ruta  de escape en los actos de mirar y oler al imposible espejismo que lo patea con su risa de máscara burlona: un pasito más adelante, comicamente ubicada entre un puesto de papas y otro de carne, una jovencita morena muestra sus libros (no tengo dinero y necesito salir de Caracas) curiosamente ordenados por autor y sobre un impermeable negro y amarillo que relumbra u oscurece a la buena del sol o de una nube. Duque lo atrapa de inmediato (es bueno para percibir lo obvio): ella está ahí por él y para él. Recorre la mercancía (término que le hace rechinar los dientes) y elige un libro de Cabrera infante: “Exorcismos de Esti(l)o”. Le entrega a la chica el importe en dinero que marca la cubierta. La mira directo a los ojos como mirando mirar o que lo miren. Le parece, o lo imagina porque lo desea, conseguir una chispa de complicidad en los ojitos negros que lo enfrentan: si, coño, es contigo, ríete, baila, da la vuelta, sácate la camisa, llora y aúlla.  Se larga en carrera como si alguien le tomara del pelo a tirones y toda la escena estuviera a punto de convulsionar hasta desintegrarse (decorados, personajes, y anexos útiles para imprimir verosimilitud sin que el lector se dé ni puta cuenta) No comete el error de voltearse para recuperar la visión por si acaso Ángel ardiendo, Sodoma en llamas, estatua de sal y la cagamos. Marca la milla y cruza en sentido contrario, entrando por Parque Central (Central Park, murmura con sorna y enciende un cigarro) Deduce próxima la Plaza de los Museos y se lanza en esa dirección: velas desplegadas y libro en mano indicando la ruta. Acomoda su trasero (cuasi no tiene) sobre uno de los bancos de cemento duro, frío, poco grato. Encontrar cosas en libros sentado en bancos ya era algo de  todos los días: el espejo delante de la cara que afeita, el parche de papel sobre el tajo en el cuello: un día de estos no falla y la de sangre en el lavabo. Detiene los pensamientos idiotas y a destajo abre el libro por la página  que  sea y  salga  y  venga. Cabrera Infante lo recibe  con  un -propiamente dicho- zurdazo fulminador a la altura del ¿en qué manicomio me aceptarán si Martín escribe esto?:

 

 

                                                       “Mercator       

                                                        Mercador

                                                        Mercader

 

Este último mercader indica, naturalmente, al mercado. Pero, ¿y si se tratara más bien de una señal terrible,  de  una  impronta  cruel?

 

                                                       ¡Marcado!”

 

                                                                                                                                  

 

-¿Esa vaina sucedió?

-Ni puta idea

-¿Qué coño te pasa?

-Pregunta errada

-¿Lo inventaste?

-Claro que yes man

-Me estás vacilando

-Pregunta idiota

-No sé qué decir

-Deberías decir algo

-Bueno,  digo mierda, ¿okey?

-Mierda sirve, no hay problema

 

 

N del A: Única palabra que se ajusta como un guante al suceso descrito.  Agregar algo más sería repetirse (o repetir mierda que para el caso es lo mismo)

 

 

DEL DIARIO DE MARTÍN

DICIEMBRE 10, LUNES

 

 

Puntos varios:

 

1.-  Sobre el brandy con Kalúa

2.- Sobre el olor genital de las hembras

3.- Sobre el Electrochoque (ejemplificado)

4.- Sobre ciertas palabras

5.- Sobre la necesidad de mantener el orden temático

6.- Sobre la no inclusión de ideas u ocurrencias sobrevenidas

 

 

Desarrollo:

 

 

4.- La mayoría de las palabrejas son deformaciones de una palabra originaria e inocente de las absurdas variaciones que concita. Siendo ello tan simple y tan de esta y no de otra forma, que desde dicho ángulo de comprensión no se presenta problema grave alguno. La cagada (analítica e idiomática) surge y asume el mando, con ánimo imperativo, justo al momento de toparte con deformaciones que provienen de la deformación originaria de una palabra original ya deformada, lo que de suyo imposibilita una gramática de las deformaciones, y, menos que menos, la adecuada compilación de un glosario de términos o de algún tipo de reglas de pronunciación u ortográficas, que te permitan saber qué coño están diciendo o cómo lo hacen (escribirlo puede ser, o ni de vaina, porque los acentos, diptongos, y demás, ¿dónde?)

 

 

(¿).- Sobre manos y pies

 

Diez dedos apoyados en puntas sobre una superficie lisa y dura tipo madera o vidrio (en ocasiones granito) semejan una irremediable araña (pelillos incluidos) a punto de salir corriendo en inútil cacería de moscas y tendones.

 

Cuando veo mis pies acuden de inmediato las arpías: garras en hoz para segar los cuellos del cabrón erudito y de la puta ebria. Quiero mucho a mis pies y los detallo con irremediable ternura: papá mimando a sus hijos bobos.

 

 

1.-  En el papagayo te lo mezclan con cierto juicio, parte y parte, metódicamente inexacto para mi gusto, pero aceptable si te lo bebes con una nena que corta la respiración y deja con la lengua por fuera (de corbata, se dice) a cuanto macho la mira ardiendo en ganas de subirse.  Ahora que si estás en una de soledad real (la que se degusta, no la idea de ella que te forjan en la cabezota a fuerza de films familiares años 40 y comerciales de línea blanca) lo mejor es irse al Huxtler o a La Bomba: en ambos te echan más kalúa que brandy (103 Casa Osborne como mínimo) y lo dulcito que medio quema se te atraviesa en el estómago y te hace cosquillitas calientes (casi como mujer que lame y besa ombligo)

                                                                                                                                     

 

5.-  Al proponer una lista de puntos (………..) lo más objetivo es seguirla con sumo cuidado y al pie de la letra (ya sean los puntos suspensivos o sorpresivos) pues lo contrario podría conducir al lector y/u oyente a una especie de caos mental irrefrenable, verbigracia: que le sucede a este maldito payaso que propone una cosa y habla de otra.

 

 

Aparte:

 

 

Siempre me han molestado las filas (ya sean indias o chinas) indispensables para acceder a los magnos edificios en los que se ubican las intraducibles oficinas que sirven de asiento a jurídicos poderes misteriosos.

 

Ejemplo:

 

Cállate/¿Qué estoy haciendo?/Estás cantando en voz altísima/Es que me aburro/Pareces un carajito/Ok, me callo/Déjalo ya/¿Y ahora qué?/Estás brincando/¿Brincando?/Tienes una pierna levantada y saltas sobre la otra/Coño, sí/El policía te mira/Bueno, bajo la pierna y me aquieto/Cierra la boca/Déjame en paz/Hablas solo/Estoy harto: esta mierda no camina/Compórtate como un ciudadano ejemplar/¿Cómo es eso?/Pon cara de ignorante y ni te muevas/Ah, ya entiendo/Y sácale los ojos del culo a esa mujer/¿Ni siquiera puedo mirar?/En una fila no, es de mal gusto/Mierda/Y no digas malas palabras/Heces/¿Viste?, vas mejorando/Concha tu madre.

 

 

3.-  “Gracias al electrochoque he podido ver a muchos muertos que hubiera preferido no volver a encontrar.”

 

       “Madre, los 300 gramos de pan que me envía me duelen sobremanera, porque son parte de su suplemento, por favor no lo haga de nuevo.”

 

Antonin Artaud

Hospital psiquiátrico de Rodez

1 Rue Vieux-Sense

Rodez,

Aveyron.

 

Golpes de corriente, bromuro, picadas de víbora, terapia de alacranes  bocarriba   y   bocabajo:   médicos   ( borrachos y puteros inferiores hurgando a un Ángel consumido, declarando sus alas  hábito de loco)

 

“Mucho sabré agradecerle firmarme esa autorización de salida parcial, no sabe el bien que me hace pasearme en libertad por unas horas.”

 

Antonin se murió de a ratos, ayer la nariz, hoy un párpado, mañana los labios.  Aún después de huir se fue secando en su jaula de bisturís, voltios y batas blancas: cera de vela o gran aullido.

 

 

2.-  Las mujeres sienten que su vagina (vulgo cuca, bollo, coño, papo, cuchara, concha, chocho, raja, bichita, cosita, loba, tragona, gozona, agua-cate de mi corazón, etcétera) huele a pescado. Y es cierto: huele a pescado. Pero también a pantaleta (braga, panty, slip, hilo, tanga, bombacha, o lo que sea) y a sudor, sangre, orina, malos ratos, decepciones, tristezas y triunfos, fracasos y alegrías, piernas que saludan, cadáveres de otros, aceras que se cruzan, trenes y lagartos, adioses repetidos, historias de piel inconfesables que vuelven y revuelven pasados y presentes, que no le impiden seguir por la vía, dejando todo espacio repleto de olores y sudores, de párese o siga, aquí lo espero o lárguese, hoy abro y mañana cierro.

 

 Y por ahí va la bonita (other name de aquella) enviando señales a destajo (rojo, amarillo, verde), solicitando labios y dientes, lengua y nariz, fauces abiertas -dulce remedo vampírico-, chupones y gemidos, besitos de flor, mordiscos de tigre, ahogo irremediable de máscara ceñida entre dos muslos, sudores detenidos vigilando espejos (y uno insiste en lo imposible, en robarle algo de aliento a esa cosa en sí que invalida a Kant y ejecuta laberintos, a esa fugaz y eterna paradoja, que se dilata para dar vida y muerte en un solo acto y telón)

 

6.-  Debido a que no se aceptan sugerencias imaginativas de última hora no reflejadas en la lista o fuera de programa, me será del todo imposible conversar con ustedes sobre los gatos. Suelen ser de variados colores: amarillos, atigrados, blancos, negros, de ojos azules, o verdes, o miel de abeja colmena incluida. Saben más de lo que dicen saber y aman sin apego, impersonalmente, diríamos. Esto último suele prestarles el equilibrio necesario para eludir las discusiones caseras, los divorcios, los insultos, los cuernos, y el suicidio en última instancia. Es todo. A la salida están en venta camisetas alusivas. Gracias por venir.

 

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Un oldman alto, hosco, y feo; hastiado de cigarros, bares, y noches sin término (hembras que llegan y se van, botellas de Whisky, la vieja escuela, el último dinosaurio, y así de pendejadas una detrás de la otra) Me aburre el sexo sin caras ni compromisos (ya tuve suficiente de esas pajas modernistas) Hoy día no me gustan los bares: parecen agujeros para heridos de guerra. Me gustan las personas y los perros (“Esa misteriosa devoción de los perros”, decía Borges) Amo a mi hija y a mi nieta: mis únicas dos rosas, mis últimas palabras. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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