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37 min
FINAL RETICENTE O DEL COLOFÓN LIMINAR CON BESOS Y PULGAS
Varios |
17.09.19
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Sinopsis

Historias de Duque y Martín: final con una aclaratoria.

ACLARATORIA

 

     Mi pereza endémica demoró en casi dos años la corrección y transcripción de los manuscritos que conforman las historias de Duque y Martín, de las que entrego hoy la última de ellas. Cierto es que hube de luchar contra diversos y arduos obstáculos: Mi letra, a la que solo puedo catalogar, piadosamente, de casi ilegible; Las absurdas incoherencias que anidaban a lo largo de casi cada párrafo (aún lo hacen, pero les he puesto dos máscaras: estilo y humor); las incontables tachaduras, notas a pies de página, notas marginales, y notas de otras notas: ensayo de baile desmesurado cubierto de indicaciones sobre espejos, laberintos, verosimilitudes, falsedades, y una exacta distribución de los textos; las omisiones imperdonables que me perdono por razones de locura desatada e infame catadura; La ausencia de medicamentos que contribuyan a fijar los recuerdos más allá del boceto, ergo: las trágicas dentelladas del tiempo en mi memoria.

 

     Releídas que hube todas las historias, me vi conmocionado por una aguda certeza: aunque repletas de alegorías, metáforas y metonimias cercanas a la metástasis, en todas ellas estaba inmersa la continuidad de la primera. Supe entonces que tenía entre manos una novela breve o corta (producto de una copula inicial oculta) y opté por encararla como tal. Lo único que me restaba para completar la pintura (desnudo irreverente a lo Toulouse-Lautrec) era bautizar a la criatura: titularla, adjetivarla, ponerle ojos como luz multiplicada. Resumiendo, mencionarla de alguna manera que me permitiera reconocerla y reconocerse. Con o sin acierto, poco me importa, pues cualquier arte principia por ser un ejercicio del ego, decidí darle un nombre corto y libre de infundios subliminales: “La mujer del Perro”, y como sigue termina.

 

 

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           FINAL RETICENTE O DEL COLOFÓN LIMINAR CON BESOS Y PULGAS

 

“El poeta es, pues, robador de fuego. Lleva el peso de la humanidad, incluso de los animales; tendrá que conseguir que sus invenciones se sientan, se palpen, se escuchen; si lo que trae de allá abajo tiene forma, él da forma; si es informe, lo que da  es informe…”

 

Arthur Rimbaud

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MUÑECA

 

1

 

     Yo no puedo perder el tiempo hablando: cada palabra es como dejarse morir un poco. Yo quiero tocar rostros,  fumar, bailar, darle al techo de patadas,  flotar, seguir, respirar pieles y sudores, levantar  las  cejas,    mostrar  las tetas,   mover  el   culo,   llevarte  la noche con mi boca, lengua, carne, pelos raspando, dientes dejando marcas, chupaditas, chupadas, y chupones: saliva y mis ovarios, saliva y tu semen en la mía. Nada de poemas (putos poemas) tómame y deja la tristeza, deja a ese Kavafis que te amarga, y a ese otro, ese Vallejo y sus heraldos del carajo. No te rías así que me da rabia. No te rías mamón ingrato, deja de joder a la chiquita bruta. Yo sé que tú guardas vainas increíbles: versos y caballos y desiertos y escarabajos comiéndote la verga en una primavera de cuerpos que llegan y se van y no regresan y con una vez basta no me jodas las pelotas. Además tienes tus muertos favoritos y fieles, siempre a la caza de la imagen imposible, de la palabra imprecisa, de la frase vueltas y vueltas sonora y vacía (eso lo dijiste tú, si algo tengo es buena memoria, así que pórtate bien o te doy tijera) como ese que hizo cantidad de poemas sucios y divinos cuando era carajito y luego se metió a narco de armas y esclavos: Rimbaud digo yo, y tú aprovechas (cabrón) para regañarme: se pronuncia Rambó cabeza de chorlito (mejor cállate y abre las piernas: esa me dolió, mierdota, pero ya te la perdoné) Y tantas cosas bellas y terribles, tantas cosas que excitan y dan miedo: cuervos pequeños picándote los ojos y aquel Niche que se murió loco de atar ladrando en el cuarto de las escobas  (se escribe Nietzche : claro que me la sé, un punto por aplicación y cero en conducta para tu bella borrachita enamorada) Y tú siempre me hablas de vainas raras, eso del ¿cómo es? “Banquete o del amor”, o aquello de “amor es amor a la belleza”, y me dices Platón esto y Platón aquello, y la Filosofía occidental sólo es Platón y el resto se le colgó de la toga al griego. Pues bien, señor profesor del coño, entiéndame de una vez: el Platón que se quede en la esquina y se haga la paja viéndonos en una de morronga y maniculeo. Ergo (es bonito eso de ergo): ¿Qué mierda me puede importar Platón a esta edad en que la piel me arde y el corazón aturde? No te ofendas. Anda, nenito, ven y dame un beso. Un beso de verdad. Pásame la lengua por los dientes que me hace cosquillas y me gusta. Anda, bésame y vamos a beber, a bailar, a gritar. Yo sé que tú no bailas, bueno, si bailas, pero no así. De todas formas vente y me agarras a lo macho, lo pones donde va y yo te llevo. Después nos largamos a bailar lo otro, duro y suavecito, besado y mordido, resuelto en cualquier lugar donde la sangre chille. ¿Qué estoy loca?, no vale, que loca voy a estar, lo que estoy es viva, bien viva, demasiado viva dices tú. A veces, y sobre todo cuando el sol me incendia con ángeles etéreos (ok, no sé lo que es etéreos, pero suena bello y algo triste), reflexiono vainas sobre ti (claro que reflexiono, bobo, no me vengas con putos bailes de salón) y me digo y me digo: ¿por qué un hombre tan bonito está tan triste? Y no lo entiendo (por Cristo que no lo entiendo) ¿Qué la belleza es solo apariencia?, no seas bruto, yo   soy   bella   y    siendo bella se logra lo que se quiera. ¿Qué la belleza no dura?, No puedo negarlo, es la purita verdad: ¿pellejo seco? ¿Las tetas por la barriga? ¿las nalgas por el piso? ¿Qué la fuerza de gravedad qué cosa? ¿el vientre blando como gelatina? ¿cementerio, tumba, y casa de gusanos? Mierda, ya la cagaste. Tú, cuando te da la nota, eres más vulgar que peo de virgen peluda. Mejor déjalo así, ya no tengo ganas de nada. Si quieres subimos al reservado y nos sentamos y me terminas de rascar y cuando esté de viaje ojos borrados pongo la cabeza en tus piernas y me duermo tranquila, me duermo bonito, me duermo y no lloro más y no hablo más y te agarro el bulto con cara de niña buena. Te lo agarro para dormirme con algo rico en la mano: un caballito de feria, un oso de felpa, un cíclope largo y lindo, comelón y duro.

 

    (Muñeca pone su frente sobre la pierna de Duque y al ratito ronca: La boca muy abierta deja escapar un hilito de baba. Muñeca es incorregible: es Muñeca y basta. No tiene propósitos definidos ni búsquedas inefables, no es premeditada ni alevosa. Muñeca no transita, sucede: como arrojar una piedra o señalar un pájaro)

 

2

 

     Llegamos a la puerta de Muñeca  discutiendo todavía la posesión unilateral de tamaña mujer ojos benditos. Martín sigue insistiendo en eso de que él la vio primero, y yo insisto en que está tuerto o al menos ciego. El muy cabrón se puso un traje de tres piezas verde guisante y zapatos de patente negros. Se peinó con brillantina y la raya le salió de una pureza numérica y lineal que ríete de Pitágoras. Yo ando como siempre: jean azul o negro alguna vez, franela por fuera, barba piojosa, pelo largo partido al medio. Y eso que el gran carajo me dijo que mejor nada formal, que para qué tanta vaina por una Muñeca de bar, una anfitriona de pool, una fichera bebe más papito no te olvides de pagar que yo te amo como a nadie te lo juro.

 

     Ok: junto a la puerta y frente al timbre, nerviosos como carajitos buscando la primera boca entre vírgenes y putas. Menos mal que somos dos tipos duros y no hay peligro de cagalera infame o blando retroceso a última hora. Así que en guardia y a ponerla contra la pared, que se decida y no hay excusa: el ganador se queda entre sus piernas, dulce apretón de luz y agua salada; el perdedor recoge sus párpados y se larga sin decir palabra y sin medias tintas gestuales, ni mentadas de madre, ni comportamiento alguno que pudiera considerarse impropio de un caballero.

 

     Los pasos de Muñeca entaconada resuenan en su dulce venir hacia nosotros. Abre la puerta y solo tiene puesto eso: los tacones de aguja  rojo sangre y un hilito dental de lycra que hace juego (la h es muda y ni se ve) Nos invita a  pasar  mientras se aleja en lentos giros  concéntricos  que tienen   por   objeto una  más  que evidente incitación visual y sónica: mueve su cuello en un rítmico palpitar que acompaña con ocasionales sacudidas de cabeza y cabello, sin olvidar la delicada glotonería con la que se chupa un dedo, luego dos, luego tres, casi la mano. Parece indicar que su boca da para mucho, cualquier cosa, o no ha comido. Se detiene dándonos la nuca y baja las manos hasta sus nalgas: clava las uñas en su carne y las separa, tiembla y gime, se asienta un par de nalgadas ella misma, suspira bajito y masajea las marcas de media luna, que van desapareciendo a medida que suspende la presión, exceptuando la del índice derecho que rasgo la piel y sale sangre. Confunde un pie con otro y no se va de boca porque atrapa un indeciso pedazo de pared que la detiene a última hora, evitando que su cráneo compruebe la irreversible ventaja del mármol negro  en  caso  de  caída  horizontal e  impacto  inevitable.

 

     /Parece borracha/ y de bajada/ Psicodélica in abstracto/ Detonador de carne/ Acaso mística posesa/ Mensajera celestial /Fichera redime idiotas/ Se tambalea/ Métale el brazo/ No me joda/ ¿Y si aterriza?/ La levantamos/ Ya se repuso /Mírele el puto gesto/ Dedo en punta y hacia arriba/¿Nos pinta una paloma?/ Y además se ríe/ Le sale  guevo erecto y a chillar culito/ Güevo lleva diéresis/ Mierda de gramático/ Y muchas mordidas y pellizcos/ Un par de correazos para que respete/ Pero primero saber quién se queda/ Y a quién le toca irse/ Conforme y es lo mismo/ No critique/ No sea burro/ Si pierdo cierro la boca/ Lo mismo digo/ A llorar al río /Al Doble cero/ Al Cazador/ Al Volta/ Al Mis Fantasías/ Al Mis secretos/ Al Maruja/ No exagere/ Usted perdone / Al carajo vamos diciendo / Ya está dicho y a callar.

 

      Pasito a pasito se aparta de nosotros y sigue caminando en retro, que es de culo y lanzando besitos. Se cuela entre las sillas del comedor y se detiene cuando alcanza el centro de la salita, en pie junto a una mesa de mimbre sobre la que predominan ausencias y retratos, posesiones de nada, rostros de machos, inútiles entregas, puertos inconfesables. De alguna manera consigue la postura necesaria para recoger del suelo una braga rosa quemada en los bordes. Se la lleva al lavadero y la echa en la cesta de la ropa sucia.  A su regreso nos indica un sofá largo y ancho de tres puestos, uno en cada esquina y el centro libre. Se para frente a nosotros y nos mira fijamente, nos señala con el dedo gordo estilo Picasso revisando contornos y sombras, colores y siluetas. Se agarra el pubis y nos echa un ojo, se burla un poquito, trata de meterse el dedo  y  luego   se   olvida   de  hacerlo,  prefiere  curvar  la  espina  y quedarse inclinada mirándose fijo los  pies.  Se  voltea,  flexiona  las piernas, levanta el rabo y lo menea, se aparta a un lado el hilo para mostrar la raja y el chiquito, vuelve de nuevo a nuestras caras y una lágrima le resbala de la mejilla a la boca y de la boca al vientre. Nos ve como desde otro lado, agita los hombros y suelta una risita medio boba, preludio de dos gotitas de sudor que se le escapan de la frente hasta que las atrapa estilo sapo en ayunas: de un lenguazo rápido y certero. Se nos  acerca  moviendo  las  caderas   y   sienta   su  culote al medio y entre los dos. Tú y tú, dice bajito, y si no les gusta se van para el carajo: los dos o ninguno. Ya estoy harta de elecciones baratas: el semen o los reales, la pinga o la tarjeta, los besos de lengua o de pico, de diente con diente o mamaditos; cesáreas, o partos o abortos, santos o putos, imbéciles o estetas, carne limpia o pellejo muerto. Detiene el chorro de palabras y se pierde en una  carcajada  que  llamaré insana debido a que la seriedad del caso me impide usar términos como loca de atar o camisa de fuerza sin remedio.  Le pasa un brazo por los hombros a Martín y me pasa el otro a mí. Una mano en su nuca y la otra en la mía nos llevan despacito hacia sus pechos, de suerte que a cada uno le toca una teta gorda y rica sobre la que descansar su media cara.

 

     /Compadre /Dígame /¿No le parece raro?/ Más o menos/ Aunque de cómoda dulzura, claro/  Sin duda/ ¿El pezón de su lado está duro? /Paradito, ¿y el de su lado?/ Como una piedra/ Intuyo un trío/ Concuerdo /Pregunta usted o pregunto yo/ espérese a que abra los ojos /está como ida/ y la sonrisa es de porro/ de hierba macho /Mi bella puta fumada/ Mi bella puta fumona/ Entonces: ¿nuestra?/ Eso creo/ Subió una pierna a mi pierna/ y la otra la subió a la mía/ Quedó bien abierta/ Par de muslos divinos/ Y sin pelos/ cosita fina/ Qué me dice/ De qué coño/ ¿Nos aprovechamos?/ No me incite/ Hembra de lujo/ Ricota con ganas/ ¿Le damos o qué?/ No tengo idea /Madurita y en su punto/ Indefensa  y desnudita o casi/ Droga  y sin voz  para negar/ Expuesta a látigos y navajas /a horca y cera caliente/ ¿Somos depravados? Nunca me lo pregunto/ Yo a veces / A veces qué / Me lo pregunto /¿Se lo pregunta?/ De cuando en cuando/ ¿Y? / No me respondo: Dice Duque, mientras aparta la pierna y se sale del abrazo por la derecha, a la par que Martín repite sus movimientos para librarse del peso por la izquierda. Entre los dos la cargan y la acuestan sobre una cama grandota, ergo: eufemismo para oficina o puesto de trabajo: Edredón azul y blanco de nubes y caballos; bendición mamá, bendición papá, tres padre nuestros y a contar ovejas.

 

/Mejor le quito el hilo, no sea que se le roce la totita/ Si le quita el hilo seguro se la puya/ Muy cierto /Evitemos tentaciones /Semejante cagada/ De cuándo acá/ Cuente tres y nos largamos /Uno, dos, tres, media vuelta y fuera/ ¿Cerró bien la puerta? /Cerrada la dejé /Mejor le avisamos a la china/ Eso, que la venga a ver y pase llave/ Ok, seguro anda en el Huxtler/ Sabe una cosa /Dígala/ No somos ni tan malos /No se le ocurra escribirlo/ Ni de vaina /La reputación es lo primero/ Macho no perdona culo al aire /No lo perdona/ Si te duermes te joden/ Que no vuelva a repetirse /No más que lástima y pobrecita/ Never again por los siglos de los siglos/Su inglés me sabe a culo/ Por mí no se preocupe / No lo hago /Y yo menos/Casi que llegamos/ Cuanta puta escalera /Planta baja y ya nos fuimos/Cinco cuadras todavía/ ¿Paramos un taxi?/ No tengo ni puto medio/ Yo tampoco/ Dele pata y no se queje / Eso hago/ ¿Le pesan los 130?/ No sea mierda/ Coma menos/ ¿Y usted?/ ¿Yo qué? Con esa rodilla tiesa de maniquí/ Nadie es perfecto/ Eso dicen.

 

    Después de darle el campanazo a la China deciden cruzar hasta el Riviera: Un par de tequilas, comprar cigarrillos, y a ver si les fían la entrada para sacarle algo a la maquinita de los caballos (Si conseguimos la primera carrera reventamos el premio mayor a patadas: alguna cosa hay que ganar en esta larga noche de perros piadosos)

 

FRIDA  O  KRISTA

 

     A Frida la nombré Frida por Frida la de México. Mi Frida no pinta pero se dejó el bigote y ama la caballería rusticana versión Brodway. Krista si se llama Krista (se ríe cuando lee lo que escribo sobre ella. Disparate con patas, me apoda) Krista es gringa, bella, dulce, ingenua, y full dólares hasta por las orejas. Cuando me lleva a pasear me olvido un poco de la muerta, y es como serle infiel a la distancia o saludar de soslayo a un espejo. A Krista la conocí en un minibar que antecede a la entrada del hotelito más barato de La Salle, subiendo hacia el Comando de la Marina: barra para cuatro personas, botellas, y un sofá. Frida me llegó en una exposición de pintura que le montaron a su homónima imaginaria en Bellas Artes: el autorretrato cadáver le ponía de punta los pelitos de la nuca. Nadie que no fuera Frida era capaz de incubar un tequila tras otro sin perder la más tierna compostura: otré, plis, para la damé, senquiu papi, mascullaba desde el pelo revuelto y las gafas de sol tipo Glenda (no son para ti mis ojos negros: alas de cuervo o time in a botle) Cuando salíamos los tres era inevitable ser blancos para la flecha zen que no puede eludir su impoluta llegada al centro de la diana. Dos ángeles etéreos y un viejo elefante asiduo al brandy (ponle maní para la trompita, jugaba Krista rodando el plato por encima de la barra) Con Frida nunca pasé de manos y lengua, era agotadora, quería mi cara en su raja todo el tiempo, en cualquier lugar, y dale que dale hasta provocarme un dulce cansancio maxilar y alguna caries (exagero, claro, de eso se trata no, ¿no?, bueno, es ficción, no me de discursos usted que solo lee) Ahora que, con Krista, dejamos registros fílmicos para un apéndice extendido al Kamasutra, ya sea en el ámbito de las posiciones inverosímiles o en el más intelectual de las palabritas sucias en varios idiomas. Íbamos y veníamos robando pájaros de esquina, el cabello revuelto por letras como dedos: Rimbaud para la cama (el opio tiene sus ventajas) Verlaine para los desayunos báquicos entre beso y beso lenguas de tijera, Whitman para lamer ombligos en la cena (más natilla sobre tus pezones glotona mía) De todas formas, lo que importa rescatar aquí no es la verosimilitud de nuestras proezas sexuales, ni su ubicación espacial o su duración temporal, lo que en verdad tiene relevancia radica en dos detalles inquietos: la risa misteriosa de Frida (Ligeia vive, diría Edgar) y el tierno azul te amo de Krista en su boca. Pero, y esto se intuye como una cabrona certeza inicial, los finales tristes siempre andan a la vuelta de la taza que se quiebra o de la mano que no vio la espina y supuso (tonta mano) que su rosa la tornaba inmune. Es decir: Frida y Krista me vieron amasándole el rabo a la Leona. Justo ese día se les ocurrió caerse por el Lebloncito dizque a pedirle trabajo al portugués de mierda, la Una de cantante y la otra de bartender.  Ningún ratón me cuidó la zona, me dejaron caer con el culo al aire, viejo puto cazado in sobando nalgas no autorizadas por el contrato vigente. Háblenme de amigos, caca de amigos, la madre que los parió, como se reían los sadomaricones de mierda. Por un tiempo fui famoso: aquello de perder dos hembras el mismo día y en el mismo lugar no suele darse a menudo. Y así fue, nada que hacerle, no hubo puente, ni disparo, ni montaña rusa, que me sirviera para dibujarles un Dalí bigotón, pontificando sobre el surrealismo inherente al porro que les invito (tal vez tequila, o algo que le rebaje la furia a Frida y la tristeza a Krista) con la sana intención de evolucionar, ergo: pasar del trío al cuarteto sin mucho aspaviento moral ni vulgaridades que ilustren mi condición de perro, bestia, traidor, o cagadota. Nanai nanai me soplaron casi a coro, nos vemos en la otra life sin aviso y sin protesto, se acabó la obra, último acto, el telón se vino de bajada y cero aplausos, nada que puedas remediar: éste par de culitos te abandonan desde ahora y sin regreso forever and ever (y en inglés la burlita, si serán cojudas) así que adiós y ojalá te ahorquen en cualquier farol de esquina o te baleen en un antro de esos que te gustan o te dé por culo un pez espada birriondo y anomaníaco, y ni trames una emboscada poética para someternos en par o de una en una  porque te sale navaja y los huevos te van a colgar en solitarios espectros detenidos: suerte de piloto en picada o círculo sangrante de venas estoicas.

      

     Esa misma noche Frida hizo por fin dos cosas al mismo tiempo: su íntima y vulgar declaración de principios (ítem uno irrevocable: ya estás de salida hijoputa necesito carne joven) y su dulce maleta dadaísta de patitos y estrellas. En cuanto a Krista, decidió descolgarse por la estrechez lésbica de una triste alemana culo feo: Para variar de plato y no caer de nuevo en la difusión lunática de tus ojos café besando mis pezones, según me dijo llorando y tequila. 

               

OTRA

 

     El poema que le escribí a la muerta no es un poema, son tres poemas. La muerta le daba duro a la heroína. Quería probar en el dorso de las manos: ya no le quedaban muñecas, nalgas, o ingles que pinchar. Amé tanto a la muerta que todavía, siete años después, funeral barato y cementerio del sur, la amo. Estaba de remate. Le decías dos más dos y lanzaba un aullido tan brutal que se meaba. Traía una reserva de pantaletas por si los echadores de vaina querían ver el numerito. Cuando llegaba al bar no más sentarse abría un bolso de dimensiones épicas. Soldaditos de plomo, creyones, fósforos, tampones, el hombrecito de Da Vinci, plastilina, flores de lego, una luger 9mm, ácido, jeringas, gomas, cucharita, y yesqueros. Soltaba todo el contenido sobre la barra sin que nadie se lo pidiera o intentara detenerla. Cuando Pablo pegaba el grito en el cielo le ayudábamos a devolverlo todo al bolsote. Lo menos extraño de la muerta era que no cargaba maquillaje, ni siquiera un humilde pintalabios, ni colorete, ni acrílico para las uñas, ni nada que pudiera serle útil para la mascarada in situ o el camaleónico cambio del rostro desnudo al sórdido espejo. Después de algunos tragos recobraba la cordura. Entonces venía lo del marido infiel asesinado y el hijo entregado en adopción. Del marido nunca supimos si acaso ella o  no ella, el hijo se lo dejó a una hermana que vive en Maracaibo, mesera y puta para más señas. Cuando el discurso se lanza por estos lares busco la manera de apaciguarla: le beso los ojos y le hablo de lugares imposibles, después me la llevo a cualquier lado y la cojo suavecito para que no llore, pero llora. Una que otra vez enrolla un billete para darle nariz a la coca y dilatar el culo. Si se inyecta se le voltean los ojos y hasta mañana ni te veo. La muerta era demasiado hermosa para amarla o para no. Jamás supe su apellido, aunque los rumores hablan de familia rica y dos hermanas que se fugaron hartas de papá y mamá son los que mandan por la sapiencia infinita del viejo burgués amén y a la cama.

 

     Siempre fue imposible obviar a la muerta, sentada cabalgando un taburete o empuñando su guitarra en clave de rock country citadino. Nadie esperaba nada de ella. La suerte de su cercanía ingrávida valía por todos los poemas o pinturas o disparos de piel blanca en certero encaje negro: su largo cabello rojo era el mapa del tesoro, veinte pasos al sur, diez al norte, media vuelta en Hollywood y detenerse a cavar en el centro de la cruz, debajo del ombligo. La muerta nunca supo qué regalar, ni entendió que no hacía falta, que solo verla era suficiente.          

 

     No he amado a ninguna mujer pre o post la muerta. He creído amar  algunas veces (quizá la mujer de la escalera o la nena del farol fueron amor, no lo sé) pero nadie aparte de la muerta fue amor después de hacerlo, después de la heterodoxia gimnástica del polvo. En aquellos días yo era indolente, vano, perezoso, y  corrupto  al  amar; lo sigo siendo. Tan  solo  la  muerta pudo signar mis ojos con su firma, deteniendo su ausencia con mano firme de señorita y zorra.

 

     Yo a la muerta voy a llamarla Otra porque ya no tiene nombre: no en mi boca.

 

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     Salgo del retrete. No hay agua y llevo la mano hedionda a meado. Me importa un carajo, con esa mano voy a pagar, con esa mano agarraré un trozo de culo si me apetece, con esa mano escribiré el mejor poema que se haya escrito: un poema ausente de palabras, un poema de rostros sacándote la lengua, de agujas infectas y gomas rodeando el antebrazo, de calles oscuras y putas mojadas bajo la lluvia: un poema poema (casi poeta) que me sirva de carta clandestina, servilleta, telegrama, algodón, urticaria, vagina, canción de cuna o farsa en fa mayor sostenido agudo por los fatuos tiempos verbales o baja el telón y quítate borracho de mierda (alguien dice).

 

     Regreso a mi reservado. Estoy solo, no he querido hembra soplándome pajaritos en la oreja. Me dijeron que podía elegir entre una amplia gama de servicios con facilidades de pago, ajustables a mis reducidas posibilidades, a mis gustos ortodoxos o heterodoxos, carencias sintomáticas, oscuras aficiones fuera de cartel, u otros que serían más o menos costosos en razón a la perpendicular degenerativa que signara su grado de infamia, su cara hurgando en el estercolero.  

 

     /Tenemos culitos gays, travestis, carajitas, bdsm, gore, burras, y, bueno, usté dirá… / Un litro de vodka y no me jodas / Como guste el señor / Trae hielo y seven-up / Ya me ocupo ya / Cierra el pico y mueve ese culo / Vale, coño, vale (puto cabrón carenalga viviendo a los amigos: el mesero intuye y piensa mientras se da la vuelta con pasitos de virgen ofendida en castísimo lugar inalcanzable) 

 

     Y ahora resulta que me pica la lengua y me entraron ganas (ruleta rusa made in qué carajos pasó con mi boca cerrada) de hacerle un poquito de honor a la verdad, de redimirme de tanta página estúpida e indecente. Aunque redimirme signifique embarrarme: solo miento cuando pretendo parecer bueno. Así que a mamarse una bala frente al pelotón de fusilamiento (mejor extinguirse paso a paso como los estoicos o el amor)

 

     /Su vodka, su seven, y su hielo / De pinga / ¿Otra cosa? / No / ¿Cigarrillos, chocolates? / No, gracias / ¿Consoladores, succionadores? / No / Terminará borracho y haciéndose la paja / Es posible / Mi trabajo es ofrecer / Termina de irte maricón / A su mandar (otra más y le clavo el tenedor en la oreja: desgraciado vividor chupaculos)

 

     Y el drama se vuelve farsa: algo así como robarle un orgasmo a una muñeca inflable.

 

     / ¿Quieres hembrita, lindo? / (el rostro se asoma apartando la cortina) / Ya la tengo / ¿Dónde? / Madre mano y sus cinco hijos / Te plagiaste a Capote / Así que eres una de esas / ¿De cuáles? / Una puta intelectual / Y tú uno de esos / ¿De cuáles? / Un mierdota / No siempre / Pero hoy como que sí / Yo creo / ¿Me marcho? / Y no vuelvas / cabeza de güevo / A mucha honra / Te vas a morir como un bagre / Seguro / Con la bocota abierta y solo / No hay otra forma de hacerlo.

 

     El hielo es pura agua y el vodka juega la quemadura larga del último trago por hoy mañana ni respiro: cabeza revuelta en relámpagos de luz cegadora, ibuprofeno de 650mg (revisión del handbook Farmacopea básica para uso de poetas, estetas, caretas, y variantes) orina con sangre y mojones como piedras inauditas.

 

     /¿Le traigo la tercera? / ¿Qué tercera? / Botella / Ni de vaina / Puede cambiar de marca /No puedo ni cagar / ¿Quiere la cuenta? /…Y un sacerdote / Lo escucho / Tú no eres cura / Diversifico y me adapto / Mejor uno que ninguno / Proceda entonces / No es fácil / Dígalo de una / Voy: ni ellas ni la Ciudad son tan putas / ¿Son algo putas al menos? / Bueno, si, algo putas son / Pecado menor: todo escritor exagera / Eso me alivia, gracias / Por nada, ¿otra cosa?/ Una esperanza / No tenemos / Un tiro en la nuca / Cerrarían el local / Entiendo / Ya viene su taxi / Servicio vip full thank you / Perdón, hay un pequeño error / Cuál / Veo que no está dejando propina / Puedo meterte el dedo / ¿El dedo? / En el culo / Con permiso (putísimo come mierda hijo de tu madre máscara de peo con risa de payaso idiota)

 

     Pago y salgo a esperar mi taxi. Vomito y agarro un cigarrillo abandonado sobre el capó de una mustang, lo enciendo y le digo que no a un travesti de teticas en punta. Nada detiene mis pasos de anónimo colofón o poeta proscrito en franca retirada: he salido de tantos bares que tengo la sensación de no haber estado en ninguno.

 

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HABLA MUÑECA (DIÁLOGO DE SOMBRAS)

 

     1

 

     Yo estaba con los dos y era de pinga. ¿Te imaginas?, dos machos ricos para mí sola. Sí, ya se: perra, puta, zorra, lo que tú quieras, no me importa, me da igual. Y conste que te lo cuento para botar la rabia que me da haberlos perdido. Éramos un trío formidable: si alguno cerraba los ojos los otros dos se quedaban ciegos. No seas bruta, no de verdad, en sentido figurado, como se dice. Que de cuándo acá yo tan culta; verás, no tengo idea, son cosas que se le quedan a una entre polvo y polvo: lenguas que se pierden, hábitos de burla.

 

     2

 

     Cuando estoy muy brava me hundo el dedo. A veces lo hago con varios dedos. A veces me froto y despellejo la puntica. Por ahora no quiero hombre, aunque las ganas no se me quitan por no quererlo. Yo ahorita estoy de luto emocional, tengo que pasar mi dolor, tampoco soy tan puta, coño: no recibo nada de afuera para adentro, excepción hecha de los tampones y el supositorio para dormir (ese por culo, claro)

 

     3

 

     La última noche después de hartarnos, mamándonos el sudor que le da otro gusto al trago y al cigarro, flanqueada por el uno a la derecha y el otro a la izquierda, jugando con sus sexos dormidos, replegados en el cansancio de terribles orgasmos, semejantes a dioses de barro ahogados en el abandono del naufragio:

 

     /¿A quién amas? / A ti / ¿Y tú? / A ti / ¿Y tú? / A ti / Charla de idiotas / Eso parece / ¿Oímos saxo? / Algo de Charlie / Y sirve brandy / Y Enciende cigarrillos / No me manden par de bolsas / No es mandar es pedir / Claro, y ya se lo creyó la imbécil / Anda linda, mueve el culote / Y las tetotas / Ya voy güevones, ya voy. (Amo a un par de comiquitas que juegan a ser los supermachos de la función: triple asalto sexual o la mujer bala abriendo un agujero en la carpa)

 

     4

 

     La doble penetración era fenomenal. Tú no lo entiendes, tu eres de tu casa, niña bien, niña bonita. Tú tendrás un solo pene: el de tu novio que será tu marido que será tu difunto. Y no está mal, eso también vale, son dos opciones, dos formas de sentir al hombre entre las piernas. Yo no te critico, no me critiques tu a mí, anda, no sigas con lo de puta, puta, puta, puta; no te des golpes de pecho que tú tampoco tienes el culo sano; anda, ya vete, lárgate y déjame recordar, déjame sobarme el animalito, déjame gritar, reír, fumar, retorcerme los pezones, llorar un poco, sacar al perro, sudar cada una de mis almas como palitos de fósforo quemado.

 

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     Sobre una pared blanca escribimos con sangre nuestros nombres: vampírica tontería propia de solitarios y huérfanos.  Martín nos dejó esperando y se fue a conseguir una Gillette doble hoja, de las buenas, filo dorado, apto para abrir venas, cuellos, y otros rubros por el estilo. Cuando regresó con la hojilla nos pinchamos e hicimos un poema breve signado por palabras terminales: adiós, si te he visto no lo sé, que te vaya bonito en la otra esquina, cáncer testicular o mamario, muerte irremediable de pechos flacos y mirada tonta. 

 

     Por encima de Muñeca dibujamos un pájaro, por debajo una cruz. Lamimos nuestros dedos y dejamos de mirarnos desde adentro. Casi invidentes procedimos a confesarnos. Nada de lo dicho puede ser narrado, lo contrario respira bajo pena de monos con camisa de fuerza o cerditos opiómanos delirando sin rumbo por las esquinas de una sombra. 

 

     El último día nos separamos sin despedirnos. Cada uno se descolgó de los otros sin aviso, como niños aturdidos asumiendo calles laterales, como ciudadanos de posguerra inmóviles ante el cadáver insepulto que hurgan los buitres.

 

     Corrió el rumor de mi suicidio. Unos dicen haberme visto colgando de una cuerda, otros, dejando mi cabeza en las vías del metro, otros, recurriendo al manido expediente de abrirme las venas o desalojarme el cerebro de un tiro inapelable.

 

     Poco se habló de mi final suicida en el bar insignia. La china me dijo que Otra se rasco el ombligo antes de regresar a la pista con su alemana y bolero mediante gozando apretaditas; Frida no sabía un coño, seguía su viaje sola y preñada, según última postal informativa desde el Cairo; Krista lloró un poquito y luego salió de retroceso a buscar un chute de heroína dulce. El boy de mantenimiento rezó un Páter en latín sofisticado. Yo le di fondo blanco al séptimo brandy.

 

     Martín se me murió una noche de un día cualquiera, perdí la mitad de mis costillas, un ala, y un pulmón: comencé a caminar encorvado y a respirar pasito, como los perros viejos o las luciérnagas o el telón que dio la vuelta y se prolonga demasiado en su regreso: suerte de carrusel con un solo niño que ya quiere bajarse.

 

     La novela quedó inconclusa.

 

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APÉNDICE

 

EPÍLOGO A MANERA DE PRÓLOGO POSTERIOR

 

“El prólogo, en la triste mayoría de los casos, linda con la oratoria de sobremesa o con los panegíricos fúnebres y abunda en hipérboles irresponsables…”

 

Jorge Luis Borges

 

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     Los personajes de mi novela son ficticios. ¿Me oyó bien?: ficticios.  No me moleste con aquello de los rasgos dizque autobiográficos  y las situaciones de vida.  Aténgase a la lectura y no saque de quicio al autor, que es hombre de andares taciturnos y lengua de rata. Hágame caso y no le provoque, mire que le menta la madre  en ruso y tristes bayonetas para su mortaja. No está de más indicar en su favor que alguna vez fue un hombre de buen ver, pero el tiempo todo lo corroe y no le queda otra cosa que decirle amén y resignarse al afeitado estirando los pliegues del rostro y metiendo la panza; verbigracia: no se sube a una báscula ni a empujones, y los pelos de su ombligo ya son blancos.

 

     Siempre quise escribir la novelita del carajo y el muy cabrón (de marca mayor registrada) nunca me lo permitió. Lo que antecede pretende parecerse a una en la que me escribieron contra mi voluntad y sin que mediara ningún tipo de remuneración o al menos un golpecito en la espalda y un gracias te la debo. Por lo pronto, limitó su habladera torpe a cinco años de recorrida infatigable: bares de mierda salpicada (comederos de cerdo para orinar en fila hombro con hombro); sorpresivos herpes en dudosas vírgenes de cinemateca, jazz, y Gran Café; clubes y fiestas todo vale no se agache que lo cogen; espejos de feria insinuando posturas sutiles o de absurda fustigación delirante, hambrientas degustaciones de labios, ritual flexible de coitos mórbidos y sacros, peligrosas confesiones de iglesia restaurada o silente pie de página. Solo a una vestal he consumido en su inicio: inolvidables y tristes al doblar la esquina sus ojos en mi nuca.     

 

     Desde que abracé el círculo vicioso de la indolencia muchas lunas se han ido y regresado (ya sé que es un lugar común, no estorbe, ¿quiere?) y los que no hemos muerto hemos pasado al retiro informal, ese que precede  al otro  retiro,  el de traje con chaleco y velas y cánticos y cierren la tapa que se va la carroza y  nos dejan la puta cajita en la capilla.  En cuanto al autor (o lo que aún queda de) es un viejo cabrón amargado que se cansó de tanto beber y tirar y que ahora me persigue para que le escriba el prólogo de una bendita novela rosa que nunca termina: soberbio hideputa que hizo de todo con mi persona y pretende apropiarse de mi personaje. Pero no se preocupen (ni se ocupen ni se cagen) no pienso escribirle el susodicho prólogo de mierda ni bautizarle el velero con burbujas y oraciones. Y es que yo de prólogos no me sé ni los epílogos, que generalmente suelen (¿duelen?) usarse de epitafios culturales u oscuros, impávidos epígrafes difusos. Lo único que si tengo claro es mi límite: al séptimo brandy oscurece.

 

     Pues eso y en fin: tampoco es tan difícil. Espero que se entienda de qué va la cosa ésta (prótesis o proemio o preámbulo que suena a culo, creo), y si no se entiende pregúntele a su psiquiatra, o al mío, o al amante de su mujer, o a la madre que lo parió,  porque este de aquí no le da ni una línea más, ni una letra más, a semejante prólogo inútil que ya lo carga  hasta los huevos y repleto de sólidas náuseas que a lo sumo humo y la apreciación invidente de un paisaje. Tengo muchas, múltiples, mejores, y sintomáticas maneras de joder mi tiempo libre, for example: leer Das Kapital de Marx (Groucho) con Introducción y notas a pie de página by Chico y Harpo; seguir escribiendo mis palabrejas informes  (confuso lamedor de infames ataúdes) o prepararme para recibir a la China de los mil masajes, ergo: una paja memorial y memoriosa (sentarme a esperarla con dos copas de tinto y una gran sonrisa de lama tibetano: cinemascope in color de luxe)

 

     Así que bueno y se acabó. No más preámbulo de prolífico ingenio ni más comadrejas ni ventanas abiertas para el salto. Y punto y adiós a las bolitas de opio refinado y a las hembras de nalgas como puertas batientes ocultando el ojo.

 

    Y Ahí le dejo su prólogo de mierda, úselo como quiera. Cómaselo, lléveselo al baño, subástelo en una reunión de idiotas desgarrados, póngale un sucio marco de carne solitaria, limpie las copas de lágrima y ceniza, enróllelo finito y guárdelo en su culo.

 

 

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Caracas-Venezuela

Enero 2018

Septiembre 2019

 

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Un oldman alto, hosco, y feo; hastiado de cigarros, bares, y noches sin término (hembras que llegan y se van, botellas de Whisky, la vieja escuela, el último dinosaurio, y así de pendejadas una detrás de la otra) Me aburre el sexo sin caras ni compromisos (ya tuve suficiente de esas pajas modernistas) Hoy día no me gustan los bares: parecen agujeros para heridos de guerra. Me gustan las personas y los perros (“Esa misteriosa devoción de los perros”, decía Borges) Amo a mi hija y a mi nieta: mis únicas dos rosas, mis últimas palabras. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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