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4 min
Fobia
Reflexiones |
11.04.17
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Sinopsis

El otro relato con el que participé en el 2° Torneo de Escritores organizado aquí y en Facebook.

—Papá, tengo nuevos amigos.
—Wala, ¿y eso?
—Porque hay un chico en clase del que se ríen todos —El padre no dijo nada—. Y me he metido con él y eso le ha gustado a mis amigos. ¿Por qué me miras así?
—Estoy pensando. Creo que es momento de contarte cómo funciona el mundo.
—¿Eh?
—En esta vida tendrás que escoger. Muchas amistades surgen de formar bandos. Esos amigos, a menos que intervenga la casualidad, desaparecerán.
—¿Desaparecen?
—Se alejan. Es una amistad basada en la hostilidad común. Es frecuente.
—¿Hostilidad?
—Tendrás que escoger bando; o acaso apártate y no participes. Puedes actuar a tu modo, pero estarás solo.
—Papá…
—Escoge bando y machaca a quien es diferente. Cuando crezcas admirarás lo diferente. Forma grupos y define tus ideas sin darte cuenta. Las ideas te harán discutir hasta contigo mismo. Lo peor de la verdad es que cada uno tiene la suya, a veces más.
Unas lágrimas comenzaron a asomar.
—Escoge bando, no te quedes sin nadie. Si escoges el camino solitario, actúa. No te quedes parado nunca. Jamás…
—¿Señor Robertson?
La enfermera le tocó el hombro. Se sacudió al comprobar la sombra de la mujer cubriéndolo de repente, cómo de un segundo a otro la luz resultó opaca.
—¿Papá?
—¿Ya está jugando con el androide? —argumentó la enfermera—. Deje de idealizar, señor Robertson.
—Ya no idealizo.
—Pues no trate así al robot.
—¿Ha estado…? Uf, no puedo —Resopló—. Perdone enfermera.
El androide se alejó para jugar con otros pacientes. Sólo a él lo llamaba papá por petición propia. El doctor accedió por probar, ajustando la inteligencia artificial para simular que acudía al colegio. Desde entonces el doctor solía mostrar ese rostro de preocupación.
La enfermera se mantuvo hablando. Él le esquivaba la mirada, apartando el rostro como si descubriese algo brillante en el suelo cada poco. Las luces del techo resultaron molestas conforme la enfermera insistía en su verborrea.
Una vez la enfermera se alejó, Robertson quedó divagando en sus pensamientos:
“Por favor, escoge bien. Los tiempos de hoy son bandos, y el objetivo es unirse y acabar con lo que se considere injusto, aunque sea una palabra que no defina a la verdad. Es fútil, lo descubrirás, pero por favor, no cuestiones, actúa, no temas y no quedes atrapado en el camino que no termina. Es triste ver cómo no se avanza. Los días son crueles. Muy triste percatarse que fue uno mismo quien se amputó los pies.”.
—Papá.
Miró alrededor y se fijó en el androide por el fondo, junto a una anciana. Su corazón continuaba a un ritmo exacto sin descanso. Siempre se había sentido alguien con prisas, aunque apenas se hubiera movido del lugar que le correspondía en la vida.
Un salto por la ventana y todo acabaría. De pensarlo el pecho se le inundaba de un alquitrán metafórico. La respiración se le aceleró.
El corazón. Lo imaginó estallando.
Un único salto y todo el peso de una vida habida y por haber se aligeraría. ¿Cuántas veces lo habría pensado? Hasta eso se repetía…
—Una y otra vez.
—¿Papá?
—Oh. Estás aquí. Todo sucede tan idéntico que las imágenes van salteadas. Ya no presto atención.
—Comprendo. ¿Sabes? Ya no estoy con esos amigos.
—¿Y eso?
—Te hice caso. Prefiero ir por mi cuenta.
—Vaya. ¿Lo has pensado bien?
—Sí. Leeré mucho. O viajaré. En mi registro analizo el dicho sobre que mejor solo que mal acompañado.
—Los tópicos son aborrecibles. Son hermosos pájaros que hace tiempo que ya no vuelan.
—¿Los tópicos?
—¿Sabes? Tú estás a tiempo. Aún puedes volar.
—¿Por qué?
—Porque estás a tiempo. Ve a la ventana y salta. Da una vuelta en el aire. Estaré muy orgulloso de verlo.
Y así hizo el androide. Sin decir nada giró y comenzó a alejarse. Llegó a la ventana y la abrió. Se encaramó y se dejó caer. El ruido fue escuchado por todos los presentes en la sala.
“Pudo hacerlo porque no teme. Una pena que para vivir plenamente sea necesario sentir miedo.”.

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