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5 min
Fogonazo
Varios |
16.02.20
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Sinopsis

Trata sobre una extraña experiencia de unos apasionados de la fotografía en el salar más alto del mundo, cuando observan el cielo nocturno

Esther contemplaba el irreal paisaje que transcurría frente a sus ojos, sí, porque andando en aquél ómnibus era como ver las imágenes en movimiento en una pantalla de televisor. Su mirada parecía desconcertada, pues por un lado aquello le producía un sentimiento de ser y de no ser. Apuntaba con la lente de su cámara, hacía foco en un punto, en otro más allá, pero el horizonte se repetía. ¿Dónde empezaba el cielo y dónde la tierra? Le habían hablado de esta situación, había visto imágenes fijas y hasta videos; pero nada como el estar allí, sintiendo, observando, dejándose atrapar por esa sensación de placer y agonía. Se decía… “Somos uno, cielo y tierra, agua y sal, imagen y reflejo, real e irreal, superior e inferior… Todo está aquí, es uno”.

El calor en el salar estaba disminuyendo, bajaba la temperatura lentamente, el agua parecía templar el ambiente. Esa película de agua es fina, delgada pero cumple varias funciones. En poco tiempo más se tornaría muy fresco, bajaría por debajo de cero grados, la temperatura real, no la sensación. Le sugerí a Esther beber algo de café bien caliente y probar unos sándwiches de paté que nuestros anfitriones nos dieron para comer durante el recorrido por el salar.

Juan, nuestro chófer y guía, encendió una pequeña fogata sobre un armazón de hierro. Contenía un disco de arado encima. Fue otra imagen que Esther no quiso desperdiciar, debía registrarla. El cielo y la tierra se volvieron uno mágicamente, más uno que antes. El todo se llenó de pequeñas luces. Estrellas arriba, abajo y a los costados. Cuando la fogata estaba bien encendida Juan nos sirvió unas copas de vino tinto. Vino Cabertnet Sauvignon de la región sur. Pero nos prometió para el día siguiente una copa de singani, que es – según nos dijo - un destilado, un agua ardiente de uva.

Esther estaba extasiada con esa vista única del universo. El cielo estaba limpio, sin ninguna nube ni luces de ciudad que impidieran disfrutar del espectáculo nocturno. Sólo fue necesario para seguir contemplando más abrigo y un par de guantes.

Una luz en movimiento captó toda nuestra atención. Tomé la cámara y me dispuse a filmar eso que creí era un meteorito. Esther, en cambio, tomó su cámara y empezó a disparar. Luego colocó el trípode y ajustó el zoom, el grado de exposición, la apertura de diafragma al máximo. Con mucho cuidado fue haciendo una y otra imagen, como que la vida se le fuera en esa acción. Su entusiasmo era increíble. Los ojos le brillaban y yo sentí que ella disfrutaba la experiencia como nunca antes la había visto.

Podría ser un satélite que salió de su órbita y se precipitó atraído por la gravedad terrestre -dijo Esther. Sin embargo el tamaño me pareció inusual. Lo siguiente que pasó fue aún más extraño. El bólido brillante comenzó a moverse en zig zag, dejó el desplazamiento rectilíneo descendente, en sentido oblicuo a la superficie. No se detuvo, sino que cambió la marcha y lo hizo en sentido ascendente. Yo seguía aquella luz con atención, perdí de vista qué hacía Juan. Me interesaba filmar aquella extraña luz. Esther notó que la velocidad del bólido se incrementaba.

Finalmente por unas expresiones, en voz alta, me percaté de la presencia de Juan: ¡Puta madre, qué carajo es eso…! Nuestro guía estaba tan sorprendido como nosotros, y recién en ese momento comenzó a decir algo. Tras aclararse la garganta dijo: “Tenía idea… Es decir, según lo que contaban algunos de los ancianos de la región… que cada tanto se ven estas luces en el cielo nocturno del salar. Pero jamás me había tocado presenciarlo. Parece que los ancestros lo veían con mayor frecuencia. Ellos no estaban mintiendo. Me doy cuenta ahora… Bueno, eso creo...”

Esther me miró con expresión de que no accedía a creer en el relato de Juan. Hizo un gesto con la mano de que nuestro guía estaba loco… Pero siguió haciendo registros fotográficos. De repente gritó: “Epa… No puede ser...” El objeto brillante incrementó su luz, su velocidad y al instante se estrelló contra una pared traslúcida y desapareció. Todos, los tres, vimos ese instante final, abrupto. Estábamos siguiendo el movimiento del bólido de luz cuando, repentinamente, se esfumó.

Un silencio total invadió nuestra atmósfera durante la siguiente media hora. En realidad, casi todo el tiempo se percibía ese silencio, aunque por momento era el sonido de una brisa helada la que se escuchaba -y más aún que escucharse- se sentía, pegando en el rostro. El silencio parecía sí mayor, después del fogonazo. Nada, absolutamente nada se percibía. Tampoco nosotros atinamos a hacer muchos movimientos.

Pedro Buda

 

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Me considero un escritor pues parte de mis días están dedicados a esa actividad. Crear o recrear situaciones y personajes es un trabajo que disfruto realizar. Firmo, generalmente, bajo el seudónimo de Pedro Buda.

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