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11 min
FRAY CUPIDO
Amor |
24.12.17
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Sinopsis

Un maestro pastelero del siglo XVII, hermano en los seguidores del Señor, es enviado a un convento para que enseñe a las monjas a preparar exquisita repostería, venderla y ayudarlas así a mantener el convento ya un poco ruinoso. Pero allí nuestro hábil fraile conocerá al alguien que cambiará su vida para siempre...

Acaba de comenzar el año del señor de 1672, probablemente sea el último que yo pueda contar, pues mi edad ya ha sobrepasado mis expectativas más optimistas. Todos mis amigos se han ido marchando y la soledad se cierne sobre mí.

No deseo marcharme sin contar la única travesura de mi monástica vida. No había cumplido aún los veintiocho años cuando un día me llamó el abad con entusiasmo. Al parecer nos habían pedido ayuda para enseñar a unas hermanas de la orden de Las Carmelitas a preparar repostería fina para la corte.

Modestia aparte he de hacer constar que yo era entonces el mejor repostero de todo el país y tal vez de toda Europa. En nuestro monasterio reinaba la abundancia, que por supuesto repartíamos entre los pobres y otras necesidades sociales de las poblaciones cercanas. Tal era la abundancia de ingresos, que nos dedicábamos únicamente a la repostería en toda su magnitud comercial, esto hacía que no necesitáramos trabajar huerta alguna, como era propio de un monasterio.

Nuestras hermanas no disfrutaban de nuestro privilegio, y es por ello que aquel año de devastadora sequía las había dejado en la más absoluta indigencia. Pero una perspicaz y valiente madre superiora, que después presentaré, tuvo la ocurrencia de copiar nuestro modo de gestionar las humildes comunidades de Nuestro Señor.

En consideración a mi voto de obediencia no puse la más mínima objeción a la orden de mi superior, para acudir al convento a enseñar a nuestras hermanas a preparar exquisitos postres que, al igual que nosotros, pudieran vender a la corte con la complacencia de ésta.

Así me vi cabalgando un jumento por los montes de Toledo, que dicho sea de paso, parecían no tener fin. Recuerdo aquel viaje como un suplicio. Debí hacer un esfuerzo sobrehumano para no perecer congelado, porque era precisamente la navidad, aquellos montes estaban llenos de nieve y yo les desafiaba con mi fiel compañero equino.

La nieve caía lenta pero constantemente, todo hacía suponer que los años de sequía acabarían en el nuevo que estaba ya a las puertas.

Cuando llegué, de madrugada ya, estaba tan helado que no acertaba a bajarme y tuve que dejarme caer de la montura al blando suelo. En el momento en que trataba de levantarme arreció la ventisca y la nevada tomó tal densidad que apenas podía abrir los ojos. Llegué como pude hasta la puerta y comencé a aporrearla, una y otra vez, con todas mis fuerzas. Allí nadie acudió. Como pude caminé a ciegas buscando al burro, nada, era inútil. Cuando ya creía que moriría congelado, se abrió la puerta y un haz de luz brilló como si hubiera salido el sol.

-Vamos, apresúrese. El hermano Tobías, supongo.

—Supone bien, alabado sea Dios, casi muero ahí fuera. ¡Ah! Lo olvidaba, mi pobre jumento...

—No vuelva a salir, el burro encontrará los establos, están abiertos justo a la vuelta, olerá el heno, no se preocupe, ahora venga a la cocina a calentarse. Por cierto, soy Sor Catalina, la abadesa.

—Dios sea con vos, madre.

Así conocí a aquella buena monja, la que tantos esfuerzos tuvo que hacer para no odiarme. En unos días ya me había habituado a mi cocina-escuela, las monjas aprendían rápido. Dormía en un cuartito muy pequeño bajo un alero del tejado. Algo frío, pero llevadero. Y cuando ya echaba yo mis cuentas en días, para regalarles suficientes conocimientos, de tal modo que pudieran valerse solas y vender bien las exquisiteces, surgió el desastre.

Vino en forma de diablo, pero qué diablo, me perdone el Señor todo cuanto pueda porque yo ya me perdoné solo. Aquella aparición surcó el aire como un ángel diabólico que atravesó mi corazón. Era el ser más bonito, delicado, exquisito, blanco, perlado y brillante que yo había visto en mi vida. Los olores que percibía en ese momento se disiparon para olerla a ella, incluso superó al fuerte chocolate que se esparcía por toda la cocina.

Desde ese instante mi vida cambió como si hubiera despertado de pronto, pasé del infierno al paraíso en un segundo, pero al minuto siguiente de nuevo estaba en el infierno porque dejaba de verla, tal fue el tremendo flechazo.

La hermana Caridad tenía entonces veintidós años, era sin duda la venus que Dios sacó de la costilla, solo Él pudo crear una criatura semejante.

Bien, queridos lectores, para no cansaros con los pormenores de la travesura, inevitable por otra parte puesto que ella recibió el mismo flechazo, dejaré para otra ocasión la historia completa, que pasó por un escándalo de proporciones mayúsculas, tanto, que nos persiguió hasta la Santa Inquisición. Y en tanto resumiré lo que vivimos en aquel convento. Fueron tres meses que ni en cien vidas se puede vivir tanto y tan intensamente.

El primer contacto fue al día siguiente, en el huerto, ella buscaba habas y yo hacía un pequeño descanso dando un paseo al aire libre. Al igual que en el momento de verla por vez primera me quedé embobado. Ella permaneció en cuclillas y levantó los ojos hasta llegar a los míos. ¡Dios! ¡Qué mirada! ¡Qué ojos!

Me agaché a su lado y señalé el cestillo que sujetaba en su mano derecha, no me atreví a decir palabra alguna, así de atontado estaba, me limité a señalar para que me indicara dónde podía encontrar tan hermosas habas y así ayudarla. Ignoro qué es lo que entendió, porque me pasó el cesto y se puso a recoger habas como una posesa sin dejar de mirarme, las recogía tanteando, y en plena recolección me dio el regalo más bonito que jamás había recibido, sus labios se curvaron y tuve que decirme que sí, que era una sonrisa.

De pronto bajó los ojos, se había pinchado el dedito índice, sin pensarlo me lo llevé a la boca y la succioné hasta que no quedó nada rojo. La noté paralizada por mi acción, y recuerdo que mi cuerpo reaccionó sin poder evitarlo. Enseguida nos separamos hasta guardar una distancia decorosa, pero ya era tarde, varias de las hermanas habían sido testigos de tan tierna escena. Menos mal que la abadesa no andaba por allí. Pero aquellas buenas monjas, algunas de ellas muy celosas de sus votos, terminarían por irse de la lengua.

Al tercer día, el más bonito de mi vida desde que la había conocido, fuimos a buscar otros frutos por la parte trasera del huerto, allá donde rara vez llegaban las hermanas en sus ascéticos paseos.

Debo decir que apenas guardaba un lejano y casi olvidado recuerdo de tan suaves y deliciosas, cálidas y firmes, y por supuesto, lujuriosas sensaciones. 

En pleno beso mi alma me hablaba sin parar, me decía algo así como “Dios existe, ¿O es el diablo?, ¿Y qué si es el diablo? Algo tan sublime no puede ser malo”. Creo que comencé a reafirmarme en mi creencia de que el diablo lo hemos inventado nosotros, los religiosos, como algo en que apoyar nuestra actitud necia, equivocada, y por otra parte sinceramente ignorante, al considerar pecado lo que no deja de ser la rebeldía propia del aprendiz de Dios.

El primer beso debió durar siglo y medio, o eso es lo que a este humilde siervo le pareció. Recuerdo su sofoco in crescendo, cuando ya más relajados nos quedamos abrazados presionando nuestros hábitos con fuerza y yo entretenido en succionar su cuello sin poder detenerme.

 

Solo habló para decir que era ya muy tarde, apenas nos habíamos dirigido la palabra, no era necesario, nuestros ojos y labios conversaban en silencio. Por eso cuando la dije desesperado:

-Venid a mi celda esta noche, moriré si no lo hacéis.

Ella se abrazó con fuerza, trepando para susurrarme.

-No puedo pecar más, con esto ya es bastante.

Recuerdo como un clímax memorable la sensación que me produjo su voz con el marcado acento andaluz, adquirido en su Sanlúcar natal.

No pude evitar la brusquedad al retenerla con fuerza mientras trataba de alejarse. Sus ojos se abrieron un poco asustados, pero pronto se entrecerraron al sentir un beso en la frente seguido de un susurro.

–Recordad con este beso que debéis abandonar vuestra celda cuando todos duerman.   

Otro beso, esta vez en la comisura de sus temblorosos labios, y un susurro.

–Recordad con este otro que debéis subir una planta hasta el largo pasillo que os conducirá a mí.

El último ósculo lo recibió entre la pequeña nariz y el labio superior, ladeada mi cabeza para saborear su breve hendidura, y otro susurro, el último ya.

–Recordad con este que no será necesario que llaméis a la puerta, mi alma os estará esperando y no necesita de oídos.

Y llegó la noche, esperada y temida a partes iguales, si no venía moriría como había dicho, y no había exagerado. Fueron horas de tensa madrugada, el tiempo parecía pasar muy lento, cada segundo era como un año de espera. Dispuse mi pequeño reloj de arena, que medía exactamente una hora, lo tuve que volver dos veces, en mitad de la tercera me pareció oír algo, un leve rozar tras la puerta; noté un sudor frío en la espalda, comprobando que en efecto el alma oye.

Nada más abrir la pesada puerta cayó en mis brazos asustada, sin atreverse a mirarme, como si el pecado no se consumara si cerraba los ojos o rehuía la mirada. Pero el pecado no había hecho más que comenzar, se consumaría en número incontable de veces.

Por supuesto retrasé a propósito las enseñanzas, más que chocolate parecía barro lo que ponían sobre los bizcochos, llegaron las pobres monjas a sentirse unas completas inútiles, cuando eran todo lo contrario.

Y pasaron así cerca de tres meses, ella escapaba todas las noches de su celda, cruzando los pasillos de la planta alta hasta llegar al más largo, el que conducía a mi cuarto, donde, como la había susurrado, mi alma la esperaba.

Sor Catalina se olió la tostada y una mañana, justo antes del amanecer, cuando Caridad se estaba deslizando de entre mis brazos para volver a su celda, llamaron a la puerta, fueron dos golpes suaves pero firmes, con autoridad. La misma que expresaban las siguientes palabras de la abadesa:

—Abrid esta puerta de inmediato, hermano Tobías, se que no estáis solo. ¡Abrid!

—Estoy solo, madre, y además desnudo, no empujéis esa madera, alabado sea Dios.

Sin haberlo deseado le acababa de decir a la abadesa que la puerta no tenía echado el cerrojo. Menos mal que Caridad ya tenía el hábito puesto, pero la brusca entrada me pilló saltando del lecho como mi madre, que en gloria esté, me trajo al mundo. Y es así como recuerdo una escalofriante escena donde con tan solo mis manos trataba de cubrir mis genitales delante de toda la congregación, porque no faltaba ninguna, habían adelantado su preparación para maitines con el solo objetivo de presenciar el pecado. Y no creo equivocarme si me aventuro a asegurar que más de una de las congregadas alimentaba el morbo de ver algo varonil ya difuminado en sus recuerdos, y tal vez incluso, si Dios lo tenía a bien, un poco de fornicio.

Seguramente la madre Catalina me odió de por vida. Caridad fue el regalo que Dios me hizo por enseñar a aquellas buenas monjas a preparar el mejor chocolate para cubrir los suculentos bollos, que al poco tiempo la corte les compraba, sin importarles el precio, pagaban lo que pidieran.

Y ya como final, debo firmar esta confesión de mi travesura hacia Jesús, que seguramente me ha perdonado, espero que sí.

Y digo firmar, porque si viviera mil vidas, volvería a pecar de este modo, mil veces.

Y ahora debo acostarme, es la hora, desde que nos escapamos tirando los hábitos, no nos hemos separado ni un solo día de nuestra feliz existencia. Además, Cari nunca se duerme antes de que yo la envuelva en mis brazos.

 

                                                                              FIN

 

© Eduardo Acevedo

 

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