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6 min
Frío. Ciudadano B.
Reales |
15.01.17
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Sinopsis

Pertrechado en su butrón satinado Dios dibujó mi sonrisa ambigua con un escalpelo de doble filo. Con ella me senté en un café marginal para refrescar mi corazón. HacÍa tiempo que estaba maniatado, y apenas disponía de unas cuantas monedas en los bolsillos. Sumergido en la alienante rueda del trabajo las letras habían dejado de interesarme. Ahora solo pensaba en el dinero. Ahora. Todo o nada. Una inversión.

Mi pereza, junto con mi juventud, se iban por el sumidero.

El tiempo me arrolla con su tiránica inclemencia. Pienso en voz alta. Quisiera reconciliarme con mi apetito, pero resulta que encuentro cierta comodidad en este estado de hambre permanente. Hambre intelectual. Y físico. He cambiado. Y tú también.

 Pido un trago dejando caer toda mi chatarra sobre la barra. Los simios en el café juegan a los dardos. El sentido de sus vidas gira en torno a los dobles y triples, rojo o azul, números altos antes que bajos. El sentido de sus vidas gira en torno a la simpleza. Arriesgar a que el punzón bese el suelo dejando de lado el epicentro de la cuestión. Imagino que hacen lo que hacen porque no hay nada mejor que hacer.

Mientras observaba me preguntaba si tal vez en las frías noches de enero, sumergidos en esos sueños agitados que todos tenemos, la profundidad del agujero se revelaba meridiano. No lo sé, no sé nada. Juzgo. Soy juez y acusado, verdugo. Continuo pensando en voz alta. Para satisfacer la necesidad de pertenencia a una manada hay que compartir uno o varios intereses comunes. Un deporte, un trabajo, la cocaína, las mujeres, los hombres, los dardos, el epicentro, el silencio... ¡AH! EL SILENCIO... Callo porque la sospecha de la locura se cierne sobre mi espalda.

Recuerdo que ayer desperté gritando. No soy capaz de desconectar. No puedo quedarme en casa, de todas formas, no tengo casa. Dispongo de un sitio habitable donde dormir. Calefacción, agua caliente, una cama doble, eso es todo. No sé muy bien si estoy hablando del pasado. Eso es algo que me desconcierta. El tiempo me arrolla con su tiránica inclemencia. No puedo decir que lo haya dejado todo atrás porque nunca he tenido nada, y nunca podré decirlo porque cuando lo dejamos todo atrás, morimos, y los muertos no hablan, ¿verdad?

Conservo mi desconfianza sobre el género humano. Puede que yo esté muerto y me encuentre hablando con alguien ahora, después de todo, yo mismo he oído a los muertos gritar, pero los muertos no hablan, ¿verdad?

El barman pasa la escoba con desdén y sueña con barrernos. Mañana tiene que abrir, y pasado también. La repetición es la esencia de su existencia. Mi reflejo muere en sus ojos de asiático. ¿Puedes verte reflejado? Adiós muy buenas, gracias, no cierres la puerta.

Por la carretera únicamente circulan taxis. Me siento en un banco de madera y preparo un cigarrillo. Degustación bajo cero. Los fumadores somos héroes e imbéciles a la par. El ahora fue ayer. El tiempo es mi esclavo aquí. Si, lo es. ¿Lo es?

Un mendigo se acerca furtivamente con intenciones interesadas. Suplica. Separo cuidadosamente el cigarrillo de mis labios y se lo doy. Sacio su sed. Gracias. Me siento caritativo. Le digo que espere. Preparo otro. El silencio es violento. Hago la entrega. Me lo agradece en demasía apoyando su mano sucia sobre mi hombro y sonríe dejando a la vista un par de dientes oscuros, escasos, ausentes. Su olor corporal es demasiado fuerte y su nariz grande, fea y roja, hinchada, porosa, un espantoso apéndice torturado por el frío. El pelo se arremolina, lacio, alrededor de su rostro. Me arrepiento enseguida por haberle dado alas. Su presencia me incomoda y su camiseta de Heineken me da sed. Dirijo los ojos hacia mi hombro con gesto de repulsión. No soy una buena persona, y seguramente, él tampoco. He cambiado, y tú también. Eso es algo que me desconcierta, me desconcierta, me desconcierta...

Por su barriga inflada deduzco que está al borde de la cirrosis. Observa el libro postrado sobre mi regazo y se asombra. "Ahh... ¿lees?" dice con una sonrisa bobalicona. Hago un esfuerzo inhumano por que nuestras miradas no se crucen. Me gustaría saber como ha llegado a tal grado de degradación, de donde viene, a donde va, pero me reprimo porque el olor a orín se hace insoportable. Habla de Quevedo y de Juan Ramón Jiménez. Farfulla. Alza las manos y vuelve a reír. Intenta recordar el nombre de un autor italiano que leyó cuando era niño. Todos muertos dice. Ríe sin motivo aparente. Asiente. Si, si. Pobre diablo, podría ser yo, tú podrías ser él. Imagino con total nitidez a Cristo lavándole los pies, siento náuseas y le pido amablemente que se vaya.

Manejo los tiempos. Se entrelazan. Dicto sentencia: ¡Caballero! Ya basta... estoy muy cansado. Ayer podría ser hoy, y ahora podría ser ayer. Mañana será hoy. ¿Entiende? ¿Podría usted marcharse? No tengo nada más que ofrecerle. Estoy intentando evadirme. No encuentro el epicentro. ¿Lo tiene usted? Si no es así, márchese. Me mira extrañado y musita que no quiere problemas. Me da las gracias nuevamente. Esta vez sin tocarme. Gracias. Mientras se aleja, fumo, barrunto mis posibilidades, mis ambiciones. Río. Hablo en voz alta sobre Quevedo y Juan Ramón Jiménez. También de un autor italiano que leí en la infancia. No recuerdo su nombre. Termino sin dilucidar nada acerca del epicentro. Cuestiono mi código moral. Dos cigarrillos no son suficientes. Es posible que necesite mi abrigo. Medito. Cuando quiero levantarme el hombre de los dientes oscuros y la barriga inflada ya no está.

Silencio. Eso es algo que me desconcierta... No respeto los tiempos. No respetaba los tiempos ayer. Ayer no respetaba los tiempos, pero es necesario no respetarlos para ganar en una partida de ajedrez. ¡AH! EL FUTURO...Es posible que mañana vuelva al café. Y pasado también. Solo necesito unas cuantas monedas más. Unas cuantas monedas más.

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