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2 min
FUEGO EN LA TARDE DE INVIERNO
Amor |
11.10.17
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Sinopsis

Otro amor prohibido.

 

FUEGO EN LA TARDE DE INVIERNO 

Todo podía suceder, menos aquello. Es verdad que ni Gabriela ni él habían inventado aquella situación. Un poco de lluvia, el viento ululante, la tarde helada de invierno, el fuego crepitando en la estufa; un poco que Gabriela, tan hermosa como siempre, estaba fragilizada, “la lluvia me come por dentro, me muerde sin piedad el alma...” Pero nada, nada podría explicar por qué, de pronto, sintiéndose náufragos en la tarde terriblemente lluviosa, fueron acercándose, con la respiración entrecortada, con los corazones galopando enloquecidos, con los ojos nublados por el deseo, por el temor; fueron venciendo los centímetros que los separaban, como si recorrieran muchos kilómetros y de pronto, sin emitir una sola palabra, se enroscaron en un abrazo-beso-desesperación, que derribó botellas de arriba de la mesa, sillas que eran como anclas en sus piernas y todo ardía, se consumía. Rodaban por la alfombra, mientras llovía, afuera, y llovía placer en los cuerpos iluminados y transpirados, plenos de energía y sensualidad.

Todo podía suceder, menos descubrir, después de tanto tiempo, que sus labios, sus piernas, sus sexos, sus almas, se reconocían y se amaban. Por eso gemían, gritaban, insultaban, liberando todas sus ansias ocultas; levantaban todas las anclas, rompían todos los grillos y navegaban por un mar sublime de delirante placer. Era él en ella. Ella, sobre él; trenzados, desesperados, mezclando sudores, humores, olores; buscando en cada beso ahogar todas las lágrimas, todos los sueños frustrados. Por eso se revolcaban como animales, ella dejando que el hombre la penetrara profundamente, casi con violencia, entrando y saliendo en un juego interminable, eyaculando en la esencia de su feminidad, marcándola con el fuego prohibido, para siempre...

Todo podía suceder, menos aquella tragedia. Después de tanto placer, despertaron, emergiendo de aquel lago brumoso, y encontraron la pieza revuelta, las botellas quebradas, las sillas caídas, el fuego casi apagado en la estufa y los ojos enrojecidos, rabiosos, del marido de Gabriela, fulminándolos.

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