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2 min
GALLETAS
Amor |
12.12.13
  • 4
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Sinopsis

Yo como galletas. Con moderación. El médico me dijo que podía comerlas, así que yo las como. Dos al día.

Yo como galletas. Con moderación. El médico me dijo que podía comerlas, así que yo las como. Dos al día. Las llevo en un bolsillo de la cazadora, uno interior, probablemente diseñado para transportar el teléfono móvil, pero que a mí me viene muy bien para las galletas. No tengo móvil. Las llevo envueltas en papel aluminio por higiene, y para que no suelten migas en el dichoso bolsillo y, cuando me aprieta el hambre o no tengo nada mejor que hacer, saco el paquete, despliego cuidadosamente el envoltorio, extraigo una pequeña porción de galleta y dejo que se me deshaga en la boca. Luego mastico la pasta veinte veces, aunque soy consciente de que no hace ninguna falta. Es excesivo, lo sé, una manía. Marta permanece a mi lado durante ocho horas al día, en la mesa de al lado, yo no le hablo y ella tampoco a mí, aunque sí lo hace cuando tiene ocasión con el resto de compañeros y compañeras, porque es una mujer extrovertida, agradable, sensible, inteligente. A mí no me habla por respeto, porque intuye que no me gusta hacerlo. Nos saludamos cada mañana con una sonrisa que repetimos otras tres, cuatro veces a lo largo de la jornada laboral cuando, por azar, se cruzan nuestras miradas un momento. Hoy, esta mañana, la he encontrado algo mustia, su sonrisa de bienvenida sin brillo, pálida. He pensado que algo le pasa, quizá no come bien, no se alimenta adecuadamente. Cuando se ha levantado para transportar unos expedientes se me ha ocurrido que podría dejarle un pedazo de galleta en su mesa. Finalmente le he dejado una entera, sin que nadie pudiera advertirlo (el cincuenta por ciento de mis reservas). Ahora creo que, cuando vuelva y encuentre la galleta, si no piensa que soy un cretino, habrá que atribuirlo a una bondad extrema por su parte.

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  • Déjale más galletas a tu esposa por favor! Me gusto el relato porque es muy ameno.
    Por sus hechos y sus reflexiones conocemos perfectamente a ese personaje que nos narras en primera persona, y, a lmenos a mí, me ha caído muy bien. El final, la última frase, esa inseguridad, remata perfectamente su psicología. Saludos.
    Muy fluido y simpático tu relato, creo podrías darle más desarroll, veo el final un poco abrupto, cono que se merece algo mejor. Pero bueno, es tu cuento a fin de cuentas. Me gustó.
    Si eso no es añor verdadero que me digan donde se encuentra, que fácil me a resultado leerlo y espero sinceramente que los protagonistas puedan algún día compartir hasta un bocadillo juntos si les apetece, un saludo
  • puede esperarse que un mal día ocurra algo, lo que es más difícil de aceptar es la imposibilidad de saber lo que ha ocurrido.

    Puede, en fin, que se caiga lo peor de nosotros y que por detrás nadie se agache a recogerlo,

    Yo como galletas. Con moderación. El médico me dijo que podía comerlas, así que yo las como. Dos al día.

    Cuando alguien, sabe Dios por qué imperativos económicos, morales, religiosos, sociales o, al fin, por la propia fuerza de las cosas, se ve impelido a comunicar cualquier materia a esta tropa presa, por lo demás, de la más ardiente dispersión física y mental, los resultados son con frecuencia el sueño de cualquier guionista afín al surrealismo.

    El recuerdo, el elixir dorado que resulta de destilar el tiempo, de estrujar nuestra vida, nuestros momentos en la prensa inexorable de nuestra memoria, para al fin extraer unas gotas, unas pocas, algunas muy amargas

    Siempre queda el último segundo

    La pequeña historia de un reencuentro imposible.

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