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16 min
Gerard Gómez conoce a un peculiar personaje en la cantina Tin Can
Infantiles |
27.04.20
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Sinopsis

Capítulo de mi cuento "Narración de lo que le ocurrió a Gerard Gómez en un caluroso y soporífero día de abril".

Gerard Gómez salió de un pequeño charco a mitad de una maraña de herbazales, en medio de un ambiente desértico totalmente desolado y de arena muy blanca. Miró alrededor de él contemplando el suelo blancuzco y de arena lisa y caliente… ¡Le estaba quemando los pies! Así que salió de allí corriendo y… ¡qué sorpresa! No estaba en un desierto desolado y sin vida, sino que, a pesar del tórrido y asfixiante Sol, viró la vista adelante y, a unos pocos metros, estaba un pequeño pueblo, entre las calurosas matas y cactos. Correteó entre la delgada arena, poblada de rocas, pues recordó las palabras de Arknowald de que le quedaba poco tiempo. No lo perdió y fue con velocidad, sudoroso, hacia allá.

Cuando llegó, vaya escena, pues se topó con las calles aparentemente deshabitadas de un pueblo como del Viejo Oeste, como esos cuentos que había visto en el ático. Miró a ambos lados de la primera calle, y no había nadie, ningún rastro. Era un pueblecillo que quizás se reducía a unas cuantas casas de madera, minúsculas, destartaladas y viejas, vacías, mientras… un aire cálido soplaba levantando la arena, y se podía observar el efecto de la refracción en el horizonte.

El calor era insoportable, sí, el ambiente, muy sofocante. Gerard Gómez no se ocupó mucho en ello y corrió entre la calle inhóspita, con el silbido del aire seco entre sus oídos. Dobló la primera esquina a la derecha y, escuchó un sonido. Era una peculiar música, proveniente de un salón, a mitad de la calle arenisca, que era la única pista de vigor en aquella ciudad fantasma. Gerard corrió hacia allá, y le asombró que, a la entrada, para pasar, tuviera que atravesar unas puertas colocadas a manera de bisagras, muy llamativas, al estilo de aquellas aventuras de los libros.

Todo era tan curioso allí una vez allí dentro. Era uno de esos clásicos saloons, un lugar donde todos los ebrios estaban reunidos aquella tarde infernal. Para cuando Gerard cruzó la entrada, nadie notó su presencia, o lo ignoraron.

Una algarabía reinaba el ambiente festivo del restaurant, sombrío y como de miniatura. Gerard pudo ver a personajes tan extravagantes como los de su visita anterior, pero mucho más sombríos e intimidantes, bebiendo desconocidas mezclas.

Y el sonido de la cristalería se oía por doquier, incluso pudiendo ver a algunos jugando billar en una esquina. Otros mantenían ignotos juegos de cartas en algunas de las mesas. Gerard se impresionó un poco, a medida que caminaba entre las diversas multitudes a las mesas. Se detenía a mirar de vez en cuando todo el espectáculo, y observó a una banda en un lado oscuro interpretando una extraña canción, estrafalaria pero animada.

No cabía duda de que una fiesta dominaba la atmósfera, entre risas y alborotos hoscos, entre los instrumentos desconocidos de los músicos. Recordó que estaba sediento, pero no sabía si podía pedir algunas de esas bebidas que las extrañas personalidades sostenían en sus manos.

Muchos de ellos tenían una apariencia indescriptible. No eran humanos… ni animales. Parecía todo como un sueño demasiado exótico. Y con la música melodiosa del fondo y los meseros yendo de aquí para allá, Gerard se sintió confundido y sintió una vez más que perdía su tiempo. Sin embargo, se armó de valor para preguntar por algo.

Fue hacia aquella barra, lo cual le pareció lo más razonable, saberlo. Gerard le preguntó al cantinero donde estaba, y luego por algo de tomar. Probablemente él no se diera cuenta de que un niño estaba allí. Todo lo que ocurrió fue que éste lo ignoró descaradamente, quién sabe por qué, ocupado sirviendo líquido en las jarras, y frotando algunos vasos con la franela.

Tal vez era porque la pequeña voz de Gerard era demasiado baja y cariñosa, en medio de todo ese rudo tumulto. Aquella no parecía ser una barra de servicio después de todo. Gerard notó la presencia de algunas personas al lado de él, funestos, sentados de espaldas en sus banquillos.

En medio del ambiente oscuro, casi deprimente, dirigió la voz hacia el cliente que estaba a su izquierda, y que parecía demasiado cabizbajo, cubriendo su rostro con un sombrero y un pañuelo completamente.

Gerard le preguntó una vez, luego una segunda, y una tercera, pero él no le hacía caso. Al ver esto, Gerard comenzó a pensar que nadie le haría caso, y que jamás regresaría a casa, y empezó a sollozar, a llorar amargamente. En eso, el visitante a su derecha dio la vuelta para mirar al pequeño Gerard.

-¿Por qué lloras, tú?- dijo con un tono desafiante.

Gerard no podía conectar sus palabras a medida que lloraba, hasta que por fin dijo, con lágrimas en sus cuencas:

-Nadie me hace caso. Tengo que regresar a mi casa, a mi hogar, y necesito ayuda. Pero todos me ignoran, desde estos alegres señores, hasta usted. Jamás podré regresar. -dijo, para continuar lloriqueando.

-Silencio, tú. No tienes por qué llorar. Si acaso lo haces porque estás destruido, no estás solo- y dio un trago a su brebaje en una lata de aluminio.

La escena era pintoresca, a mitad de toda la música animosa, y el sopor alcohólico; en contraste con un niño lloroso y conversando con un caballero misterioso. Él forajido continuó.

-Todos los que estamos en este lugar, sin excepción, tenemos buenos motivos para caer en desesperación, pero no lo hacemos. Incluyéndome empero, las desgracias por las que he pasado, no tienen comparación. Eso lo he constatado ya. Todos estos hombres tienen razones para permanecer gloriosos mientras comen y beben, y tienen la compañía de buenos amigos, pero yo, en cambio, yo estoy solo, desde hace mucho tiempo.

Gerard se secaba las lágrimas mientras miraba asustado al visitante que lo había escuchado, alto, delgado, con una apariencia casi humana, oscuro, triste y decaído, con un sombrero que no dejaba ver del todo su rostro misterioso. Toda su ropa era la de un vaquero, adornada con curiosos ornamentos metálicos y dorados, bolsillos por doquier, un grueso cinturón desgastado, pantalones ásperos de colro negro y botas polvorientas.

-Dices que todos te ignoran, pero no creo que sea cierto. Hay una diferencia entre eso y entre la ignorancia en la que yo he vivido- dijo mientras el extraño personaje seguía bebiendo.

Cuando terminó, le preguntó a Gerard:

-¿Y tú, cómo te llamas?

-Yo... me llamo Gerard- contestó Gerard con voz temblorosa y miedosa.

-Bien, pequeño Gerard. No tengas miedo de mí. Sólo soy un forastero, un don nadie, que ha venido a esta taberna a… perder el tiempo. Así es como paso todos mis días ahora. No soy nadie, para que me temas, y tampoco importa demasiado mi nombre, el cual es Roger. Veo que estás triste…- dio otro sorbo a su cerveza- Pues te contaré algo- dijo coronando su oración.

Gerard se quedó inmóvil, mirándolo todavía con lágrimas en sus cachetes.

-Todos estos hombres, te decía, han pasado por tristeza en sus vidas, eso es seguro. Por eso están aquí. Tenlo por seguro. Algunos quizás están afligidos en este preciso momento. Pero si tuviera la oportunidad de decirles algo, les diría que alzaran sus cabezas, y que dejen de estar así, tristes y sin rumbo, pues no sabes cuando las verdaderas desgracias acaecen, y es entonces cuando te das cuenta de que toda esa tristeza inútil que están viviendo, solamente les quiebra el corazón en vano. No conozco sus vivencias, y no soy nadie para entrometerme, pero te puedo apostar a que muchas de ellas, por las cuales están aquí borrachos, son menores, sin mucha importancia. Muchas de ellas deben tener solución. Pero como no hallan esa solución rápida, vienen aquí. Las verdaderas desgracias son un golpe al corazón, y, el dolor que causan, es insoportable.

Gerard captó el punto, increíblemente, que le quería transmitir aquel forastero, y le preguntó, sinceramente:

-¿Entonces, por qué estás triste tú?

-No estoy triste. Hay una gran diferencia entre la tristeza y lo que yo estoy sintiendo ahora. Pero es muy difícil de explicar. - dio un último trago a su bebida.

Gerard entonces comenzó a prestar verdadera atención a las palabras de Roger, el visitante.

-Escucha pequeño: cualquier problema que tengas, cualquier obstáculo, barrera o frustración, cualquier momento de tristeza, tiene solución. No dejes que esos sentimientos de desesperación y abatimiento te derroten. Sigue adelante, y resuélvelo. Esos pequeños problemas tienen solución, y, si te armas de fuerzas y valor, lograrás salir victorioso sobre ellos. Cada pequeña victoria, cada una de ellas, te dará la fuerza suficiente para la siguiente, que ya no será tan grande. Irás adquiriendo fuerzas a para vencer, y, cuando te enfrentes a un verdadero obstáculo gigante, no vacilarás y podrás pasar sobre él. El error que muchos cometen, incluido yo, es dejarse llevar por la pena del instante. Así como tú, que hace un rato llorabas.

Hubo un silencio, falso silencio, pues el piano alegre sonaba de fondo para ornamentar la atmósfera vívida pero obscura de la cantina. Parecía que ya nadie hablaría hasta que Roger le preguntó a Gerard:

-Dime pequeño, ¿tienes familia?

-Sí, así es señor.

-¿Y quiénes son?- dijo ahora prendiendo un cigarrillo en su boca.

-Mi mamá, y mi hermano, y yo… somos todos.

-Ya veo- dijo mientras escupía algo de humo. –Yo también tenía una familia muy pequeña. Pero ya no están.

-¿Y qué les pasó?

Hubo un cambio en la mirada sombría de Roger. Tardó un poco en responder.

-Verás… pequeño. Yo vivo solo. Soy un forastero, un visitante, un extraño que vaga de pueblo en pueblo, sin propósito ni rumbo. No tengo dirección. Perdí ese sentido desde que mi familia se deshizo. Mi madre murió, hace apenas unos años, y mi hermano también, de la manera más cruel. Ellos eran toda mi familia cercana. Ahora me quedé solo, y deshecho, sin compañía ni nadie a mi lado. Por esa misma razón soy un extraño, nadie me echa de menos en ninguna parte, soy un pobre diablo. Nadie me extrañará aquí, en este bar, sencillamente dejo mi rastro invisible, en este bar y a donde quiera que voy.

-¿No tienes ningún amigo?

-No, no los tengo. Podría hacerlo, pero la gente me rehúye. Hace un tiempo tenía a una compañera, pero de la misma manera, ella me abandonó. El resto son detalles sin importancia. Hace tiempo ya que me acostumbré a esta soledad. No he derramado lágrima alguna desde la muerte de mi querida madre. En verdad, ella era todo. Pero me he adaptado al continuo dolor, y logro apagar todos sus bellos recuerdos. No necesito a nadie, ni de nadie, porque ahora viajo solitario. Esta es mi vida. Y eso, eso es lo que quería decirte- el forastero dio el trago que se escondía al final de su vaso, - que, sea cual sea la razón por la que estás derramando lágrimas, no sea demasiado fuerte como para destruirte. Puedo ver que eres un niñito, y que no tienes por qué estar aquí. Dime, ¿cuál es tu problema?

Gerard por fin reveló todo.

-Verá Señor Roger, tengo un pequeño problema. Y es que yo no pertenezco aquí. Vengo de mi casa, donde descubrí en el ático un espejo que me llevó a un bosque extraño. Allí, mis amigos me dijeron que tenía poco tiempo para volver a mi hogar, y que debía tomar la siguiente puerta, que se halla en este desierto, donde acabo de llegar. Pero no sé dónde se encuentra, necesito…

-¿Así que también eres un forastero?- interrumpió de súbito Roger.

-Sí, y necesito ayuda para encontrar esa puerta y regresar a mi hogar antes de que sea demasiado tarde.

-¿Y allí, a donde perteneces, se encuentra tu familia, tu madre y tu hermano?

-Sí, debo volver con mamá, pues… verá, me enojé con ella… y… decidí compensar mi error ayudando a limpiar el ático, la casa, como ella me lo había pedido. Pero una cosa me llevó a la otra, y ahora estoy aquí, muy muy lejos.

Los ojos de Roger por fin se descubrieron, y permanecieron abiertos ante el relato de Gerard.

-¿Tú, te enojaste con tu mamá?

-Sí señor, sé que soy un monstruo por lo que hice. Pero por eso quiero regresar, para que cuando ella vuelva del mercado, acepte mi disculpa.

-Ya veo. Lo hubieras dicho antes, niño. Estamos perdiendo el tiempo aquí, valioso tiempo.

-¿Usted sabe dónde se encuentra aquel portal?

-Por supuesto, soy un viajero. Conozco todos los rincones de este árido desierto. Vamos, que yo sé dónde se halla esa puerta, pero es muy arriesgado. Pero estoy dispuesto a ayudarte.

-¿De verdad?- Gerard se emocionó.

-Claro. Todo sea con el fin de que vuelvas con tus seres queridos, y te disculpes con tu madre. Vamos, allá, espérame afuera, en la puerta, mientras yo pago mi cuenta.

El tono oscuro y sin interés de Roger cambió de repente. Sin embargo, eso a Gerard le alegró el corazón, pues recibiría auxilio del experimentado forajido que parecía aquel cowboy de las aventuras de sus libros fantasiosos.

Gerard salió y esperó a Roger. El bullicio de la música y risas de los personajes se podía oír. Pero ninguno había como el experto Roger. O eso quería suponer Gerard Gómez. Roger salió de aquel saloon, decidido y enérgico, con el cigarro humeante entre sus labios agrietados. Gerard pudo contemplar su vistoso atuendo de valiente pistolero solitario, sonando como cadenas mientras caminaba sobre el polvo, con su sombrero ancho y que hacía sombra a sus ojos, indecible.

-Bien niño, sígueme. Vamos a tener que viajar en mi pequeño woop-lizard.

¿Qué sería aquello que decía Roger? Gerard decidió no preguntar. Ambos caminaron sigilosamente por entre la calle desierta del pueblo abandonado, con el resoplido del viento levantando humaredas. Pronto Gerard se sintió como un verdadero aventurero del Viejo Oeste.

El Sol era asfixiante todavía. Y el viento silbaba. Llegaron al final del pueblo fantasma, a donde estaba una especie de aparcamiento, un amarradero, donde se encontraba aquella criatura de tamaño grande, como un lagarto robusto, pero alargado. Aquello era como un caballo, aquella criatura fantástica. Tal vez ese era el medio de transporte de esos vaqueros legendarios. Y sí, lo era, en efecto, porque Roger procedió a desamarrar a ese animal gigante, y a decirle a Gerard que subiera, sin miedo. Gerard Gómez lo hizo sin titubear, pues el tiempo era corto. Con la ayuda de Roger, subieron, y, una vez en los lomos de tal criatura, Roger habló, deshaciéndose de su cigarrillo:

-Conozco cada rincón de este desierto, cada oasis y cada barranco. Este será el plan- y, señalando al horizonte, a esa delgada línea temblorosa, dijo:

-Para llegar a esa puerta, que te llevará con los tuyos, ternemos que atravesar el Desierto de Colores. Pero que el nombre no te engañe. Es un sitio peligroso, cubierto de riesgos, a cada andar de mi woop-lizard. Iremos, no obstante, a paso rápido, a zancadas, y procuraré llevarte en menos de cinco minutos. Esos cinco minutos sin embargo allá se traducen en treinta. Tendrás que sujetarte bien. Este no es lugar para niños, pero, dado que tienes que alcanzar, tienes que agarrar fuerzas. Avanzaremos rápido. Una vez fui a ese lugar, únicamente por diversión, y casi no salgo vivo. Nos atravesaremos con criaturas peligrosas que viven en ese páramo desolado.

-¿Qué clase de criaturas?

-Bien, pues trataré de decírtelo, pero sin que te estremezcas demasiado. Allí hay mole- birds, seres gigantes, rechonchos, de colores vistosos, que pueden avanzar a grandes velocidades, aunque no posean pies. Ten cuidado con ellos, niño, porque si te atrapan, te encerrarán en una burbuja de la que será inútil escapar, y te llevarán consigo a sus madrigueras. También encontraremos a los skulls crackers, que son criaturas siempre sedientas y que estarán dispuestos a despedazarte con tal de hallar agua, donde sea y como sea. Los topos colosos también serán uno de los mayores obstáculos. Pero ya no te diré más, puesto que el tiempo es reducido.

Gerard se asustó al tiempo que Roger le ofreció un poco de agua de una cantimplora que había sacado de uno de sus bolsillos, de su vieja chaqueta, lo cual agradeció profundamente. Con nuevas riendas, y nuevas fuerzas, la tarea de regresar a casa iba a ser toda una experiencia.

Hubo una corta pausa.

-Este lugar se encuentra a unas pocas millas de aquí, llegaremos rápido. Ahora, sujétate con fuerza.

Y entonces Roger dio la orden, para empezar a cabalgar con rapidez. El animal avanzaba muy veloz, a zancadas, mientras el paisaje iba cambiando. El agrietado suelo iba desprendiendo polvo. Gerard no podía creer donde había terminado. Pero tenían que llegar sin tardanza, mientras el Sol se alzaba furioso sobre sus cabezas, y mientras aquel ser verduzco corría produciéndole sobresaltos a Gerard, que debía asirse bien.

De todas formas, la misma pregunta de al inicio seguía pendiente en su cabeza: ¿Quién era ese extraño personaje, valiente pero amable, rudo pero cortés, distinto a todos los demás, que se había ofrecido a escuchar a Gerard, y más aún, a arriesgar su propia vida con tal de ayudarlo a regresar a casa? No lo sabía.

 

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Soy el escritor transparente. Tengo 21 años de edad.

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