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6 min
Gorda. Capitulo 1. Presentación.
Humor |
20.12.16
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Sinopsis

Yo que se lo que es esta mierda.

Maldita niñata de mierda. Con esa edad y tan sumamente gorda.

                Seguramente penséis que soy una mal hablada. Pues os diré, si, lo soy. Pero aparte de este dato que he decidido dar, os haré conocedores de la peor de las peores pesadillas. Aunque de pesadilla no tenga nada, pues es demasiado real.

Mi nombre es María, soy una pobre anciana, aburrida y vieja. Vieja es una palabra que va de la mano con anciana, quizás el dato de vieja me lo podía haber ahorrado. Pero soy una persona que me gusta dejar las cosas claras y bien ancladas, por eso, ante la duda, soy una vieja anciana, aburrida y vieja.

                Mi infierno comenzó cuando ella nació. No quiero dar nombres que la delaten, pues bastante tiene con ser como es. Su ficticio nombre será, Gorda. Sí, creo que ese es el mejor apodo, con él no la reconocerán en el barrio. Para que os hagáis una idea de su forma corporal os diré que es redonda y gorda. Su cabeza es redonda y gorda. Sus brazos son redondos y gordos. Sus piernas son redondas y gordas. Ella es redonda en todo su ser.

Julia, la madre de Gorda, que en este caso también es gorda, la he cuidado yo desde que era una renacuaja. Por eso, cuando me enteré de que iba a tener una hija, me ilusioné. No podía faltar a esa cita. El día en que ese mamotreto creíamos que iba a surgir de entre las piernas de su madre, decidí acompañarla e ir con ella. Cogí en un macuto todo lo necesario: Una muda por si me pasaba algo y monedas sueltas para disuadir a los chorizos. Y con ello, me subí en el coche rumbo al Hospital de Andújar.

                Voy a evitarme las incomodidades del hospital y voy a relatar el parto de Julia.

Julia estaba blanca como la leche con cuajarones. Normal, si lo que llevaba dentro podíamos decir que se la estaba comiendo del interior al exterior. Es como si la sorpresa del Huevo Kinder hubiese roto el compartimento donde dormita para devorar el chocolate que lo protege. A mí me extrañaba que una persona pudiera tener semejante barriga sin que en su interior gestaran trillizos. Los médicos se amontonaban unos encima de otros para ver aquel descomunal vientre. Parecía la carpa de un circo; pasen y vean: La mujer que incuba un oso.

El parto estaba monitorizado constantemente por un ecógrafo con línea directa a la central de urgencia. Aquello no se lo quería perder nadie.

                Pasó un día y la Gorda no quería salir. Los interinos se turnaban para darle de comer. Finalmente tuve que poner un folio donde pedía por favor que no le echaran de comer, pues no sabíamos si era agresiva. El día siguió su rumbo y finalmente decidieron que era mejor ponerle la vía a ella en vez de a la madre. Sin aguja ni nada, simplemente con la cánula directamente a la bolsa de suero, le introdujeron a Julia la vía por la vagina hasta dar con ella. Si en vez de suero, hubiese sido jamón, hubiera pedido un bollo de pan para meter el jamón entre medias.

Llegó el momento. Gorda quería salir. El habitáculo se le estaba quedando pequeño y la salida estrecha. O salía en ese momento o la madre estallaría como lo hace un vaso ante un brusco cambio de temperatura.

                Por el quirófano se oía todo tipo de conjeturas: Es la hija del demonio, es un rinoceronte, son diez y vienen todos en melé, es Pozo sin Fondo, tiene hambre, es la hija de un hombre con hambre, es la hambruna en persona…

                Uno de los doctores le incitó a empujar. Los ojos de Julia se inflaron como los bolsillos de un político. Las venas del cuello hicieron acto de presencia como el riego sanguíneo de un falo erecto y comenzó a expulsar todo el aire que había en su interior. Si yo llego a saber que iba a salir aquella chiquilla asquerosa le hubiese reprimido las ganas de apretar. Le hubiese pellizcado una de esas arterias para cortarle el riego sanguíneo. Hubiera terminado en la cárcel, pero a la larga hubiera sido mejor.  Un acto cruel para salvar a la humanidad, o al menos me hubiese salvado a mí.

Se agarró a los laterales de la camilla y apretó, se cagó, más apretó, se volvió a cagar y volvió a apretar. Su ano parecía un dispensador de McFlurry cien por cien chocolate. El coño se dilató lo suficiente para que Bear Grylls pasara una noche en Siberia. Un cuerpo extraño surgió del interior. Fue desechado por los doctores, era la placenta. Pero, en el interior no había nadie.

                De repente unos sonidos se escucharon desde la papelera. Algo lloraba. La placenta tenia vida, la placenta era el bebe. La cosa que surgió era tan cosa que a punto estuvo de quedarse con ese nombre. Uno de los doctores se llevó a Gorda a una pequeña camilla especial para recibir al recién nacido. La midió, la pesó y le introdujo un dedo en la boca para desobstruir las vías respiratorias. Pobre dedo, pobre doctor. El dedo fue desprendido de su propietario con un tajante corte producido por las encías. Y como haría una vieja como yo, se tragó la comida sin masticar.

  • Mama, teta.

Esa fue su primera palabra dos segundos después de ser recogida de la basura.  Desde entonces, Julia se convirtió en competencia para COVAP. Generaba tantos litros de leche como para blanquear el café de mil aceituneros matutinos.

                Hubo un momento que se quedó dormida. Aproveché para acercarme para verla. Extendí el brazo con temor e hice el gesto de frotarle aquella abominable cabeza peluda. Abrió los ojos y me miró fijamente. Supe que había comenzado mi pesadilla.

                ¿Queréis saber historias sobre La Gorda? Pues Quédate y léeme.  Sabrás lo que es el miedo.

 

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