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11 min
gordosexual
Amor |
10.09.17
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Sinopsis

el amor se encuentra donde menos se espera

GORDOSEXUAL

 

Que chico más guapo, confiaban a su madre las amigas de la clase de paddle, las compañeras de trabajo, las dos tías abuelas del pueblo o las vecinas cuando se encontraban en la escalera común. Lo comentaban también entre sí las alumnas trapisondas de clase, las admiradoras del público que presenciaban los partidos de baloncesto, las viandantes circunstanciales, las viajeras del autobús. Y también se lo dijo a su padre un compañero de mus que le dio una tarjeta para que le enviara a  la agencia de modelos que dirigía su mujer.

Se presentó  recién cumplido los diecisiete años.  En solitario, rompiendo la regla que le impediría  mantener la leyenda, la historia rediviva: “fui elegido casualmente, acompañaba a una amistad que se presentaba a un casting y me escogieron a mi” . Una rápida prueba antes de ser elegido. Todo muy deprisa. Fotos, pocas semanas después, en un folleto de gran almacén en bermudas y jersey marinero, pasarela con expresión de estar buscando al que le echó guindilla en la bebida, un primer viaje ya con dieciocho años y una carrera de guardarropas en guardarropas y de sexo en sexo. Todo deprisa. Valquirias rubicundas, morenas de expresión felina, mulatas danzonas... Relaciones casuales, habitualmente de una sola noche: una consecuencia prácticamente obligada de los encuentros circunstanciales entre efebos en algún hotel de lujo  con muchas horas de ocio disponibles antes y después del desfile que abocaban de manera prácticamente rutinaria a la cama. Siempre con beldades incontestables, con diosas que hacían retumbar el asfalto con su paso, con cimbreantes jacas que continuaban su oscilante caminar hasta la pasarela.

A los veintiocho comenzó la disminución del entusiasmo por el estereotipo, el hastío de su matrimonio con la belleza de fácil consecución (sin que el hecho de que fuera imposible para los restantes mortales fuera aliciente suficiente) Territorio ya conquistado.  Tampoco le entusiasmaban  los profusos modelos gays con los que había mantenido alguna esporádica relación. Se habían convertido en una continuación del aburrimiento. No le perturbaba. No se excitaba, ya no le excitaba Quería más. Tenía que encontrar entusiasmo y solo en las excentricidades encontró la emoción que buscaba.

Comenzó  a rastrear los horarios  de funerales en  las iglesias de su ciudad elaborando un cuidadoso cuadrante.  Se incorporaba al final de la liturgia y tras presenciar y explorar el percal desde una fila intermedia se acercaba a las hijas del finado para darles el pésame y ofrecerse tras un calido abrazo para lo que fuera necesario, para todo lo que fuera necesario. Consuelo de huerfanitas a las que pedía el teléfono para hablar de su padre, para compartir anécdotas desconocidas que iban a revelarle  lo fascinante que había sido su progenitor, que iba a descubrir nuevos recovecos del alma   de una persona tan amada. Un deporte de riesgo que practicó hasta el día en que apuró demasiado la llegada a la ceremonia. "Un hombre inolvidable tu padre", le dijo solo segundos después de entrar en la Iglesia a una rubia enfundada en un negro favorecedor y estilizado. Dame tu teléfono, porque tengo muchas cosas que contarte de él. Ultimas palabras que pronunció antes de escuchar la respuesta -“mi madre, querrás decir”- mientras se acercaba el progenitor aparentemente vivo y coleando clavándole una mirada llameante.

Le había funcionado en varias ocasiones. Iniciando aventuras con el peligro acechante de atribuir  una personalidad paralela y ficticia a una persona desaparecida y con el apasionante reto de evitar ser descubierto por su hija. Emocionante.

-Nunca supe que colaboraba con una ONG.

-Si, supongo que en casa diría que se escapaba a jugar al poker con los amigos o algo así.

-No sabía que le gustaba la montaña.

-Hay muchos detalles que los hijos desconocen de los padres. Es increíble que sacara tiempo para poder dar clase a niños analfabetos. Nunca se acaba de conocer a una persona del todo ¿Te puedo coger la mano?

Se dio de alta en una pagina web de contactos buceando en el estudias y trabajas cibernético, pero invirtiendo la premisa de introducir fotografías favorecedoras.

Intercambiaría  fotografías de algún cejijunto de expresión botarate o de un desconocido y blanquecino ejemplar que creaba una expectativa lamentable que contrastaría  con la rutilante aparición de un adonis por la puerta de la cafetería designada como sede de la cita a ciegas que dejaba sin habla a la chica de un físico proletario que reproducía con exactitud a su  avatar virtual.

Su relación con una controladora aérea le sumergió también en el erotismo de la marginación y el sufrimiento que le acercaría a la emoción que buscaba. Compartir las experiencias de alguien que se enfrenta a todo un mundo equivocado y en su contra. Lo más cerca que podía estar del masoquismo, de la permanente  traslación al sufrimiento en que su amiga encontraba el placer. 

Pero el descubrimiento lo hizo en un viaje a Estados Unidos acompañado de una contingente conquista, morena atractiva según los cánones. Paseando por el Disneyworld de Orlando, rodeado de plutos, cenicientas  y peterpans envuelto en una edulcorada atmósfera en estado sólido, líquido y gaseoso. Fue un primer vistazo de curiosidad. Unas décimas de segundo de fisgoneo inocente, reconociendo con interés al espécimen que tenia a dos mesas. Desconocía la pasión que se iniciaba  pero ya quedó insuflado desde el primer momento por  una desazón que le llevaría a dejar prácticamente sin tocar a la hamburguesa con patatas que pidió para almorzar. Un paradójico efecto. Al día siguiente el interés turístico se convirtió en una primera impresión cercana a la atracción, un cosquilleo familiar de  excitación que se convertiría  en abierto paroxismo hacia una enorme obesa mantecosa y pecosa enfundada en unas bermudas a cuadros con la que se cruzaría en la cola de la atracción de los Blues Brothers en los estudios Universal. Su presencia suspendió el tiempo. No era consciente de que su vida había quedado partida por la mitad. Desde ese momento se agudizó su capacidad de localización de cetáceos estadounidenses habitando en el Parque de atracciones. Gordas diversas, de todos los tamaños y colores, una especie aparte originaria de Estados Unidos  que alcanzaría su climax con un tamaño maxisize que localizó bamboleándose en el pabellón de Canadá en Epcot.

Tardaría lo que duró el viaje en romper con su escuchimizada compañera. Lo meditó en el avión de vuelta. No era muy educado  dejar a la acompañante mientras se esperaba a que la maleta llegara a la cinta transportadora. Dejaría pasar dos días. También las rupturas requieren un protocolo. Pero ninguna formalidad evitó la expresión  atónita que  la chica desplegó en el Café Comercial al escuchar como vulgar explicación  que creía que no era lo que buscaba. No eres mi tipo, fue la ambivalente explicación que dio mientras dejaba pendiente de contestar la pregunta que ella formuló mientras lloriqueaba como si estuviera siendo televisada: ¿Cuál es tu tipo?.

España seguía siendo diferente como comprobó tras lanzarse a la calle a la búsqueda de la acumulación del triglicérido. Escrutó la calle Preciados,  el Rastro, la entrada del Bernabeu. Era difícil. Encontró mucha escultura de biomanán, algún rollito que prometía pero ninguna realidad suficientemente oronda. No encontraba lo que buscaba. Únicamente vislumbraba algunos proyectos  que no acababan de desplegarse en plenitud. Solo le consolaban  las películas de Laly Soldevilla, Florinda Chico y Teté Delgado que  pudo encontrar.

A través de Ínternet localizaría a  la asociación Size Acceptance Movement,  el Movimiento por la aceptación de los gordos y se unió a alguna de sus quedadas. Todavía con la sintonía de la organización en la cabeza - Don´t kill the whales- acudió a una primera cena en un restaurante japonés Había engordado un poco para adaptarse al entorno pero no lo suficiente como comprobó al percibir que los quince gorditos miraban de soslayo al rubio de uno ochenta y cinco con noventa y cinco kilos  que manejaba con habilidad los palillos para capturar los deslizantes porciones de sushi. Quizás como acto de autoafirmación aplaudieron entusiasmados ante la propuesta que hizo uno de los paquidermos de tomar como postre  un bocadillo de calamares en el bar más cercano

Sería mejor concertar citas individuales escogiendo cuidadosamente, pensó.

Y a través de Internet contactó y se intercambió correos con Rebeca, una gordita aparentemente cariñosa que en las fotos se mostraba teñida de un rubio platino sin mechas y con maquillaje de colores chillones. De nuevo la misma escena:

-quizá estás soprendida

-no era lo que me esperaba.

-lo entiendo

-aunque es un buen comienzo

Más tarde se lo aclararía. Un buen viaje hacia la perfección podía originarse desde el estereotipo. Era un buen comienzo, pero solo eso, un buen comienzo. Marlon Brando era el modelo que reivindicaba Rebeca. Viajando desde los humildes orígenes del tópico de la hermosura cinematográfica hacia la explosión de la generosidad  de vientre y con ello hacia la belleza heterodoxa y por ello real. Desde la vulgaridad de un físico dibujado a golpe de estadística hasta la excelencia de lo inopinado y exclusivo, solo apto para paladares selectos.  

Tenía que estar a la altura. Tenia que estar dispuesto a ofrecer lo que pedía. Tendría que cuidar su físico. Ponerse a  dieta,  una dieta hípercalórica. Inspirándose en el Robert de Niro de Toro Salvaje convertirse en el verdadero gordo que porfiaba por escapar de él, reproducir la titánica evolución de un campeón del mundo como Jake La Motta.  Una dieta de pizzas, hamburguesas y batidos que Rebeca agradeció acompañándole en el esfuerzo, en un rasgo de solidaridad alimenticia que le ganó definitivamente y le insufló confianza frente a  la incomprensión de sus amigos que habían comenzado a llamarle abiertamente Rubens. Pensaban que era otra excentricidad transitoria.

El esfuerzo tuvo su premio. Había resistido a las insinuaciones de alguna gordita comprometido para mantener su virginidad obesa hasta que Rebeca le considerara digno de sus favores y, en justa reciprocidad, ella  ya se encontraba preparada para entregarse a su compañero de calorías

El momento había llegado tras haber engordado treinta y cinco kilos y haber resistido todas las tentaciones de anticipar la fiesta.

Eligió una Noche de Reyes. Era el mejor regalo que podían entregarse mutuamente. Tras una cena que culminaba unas Navidades en las que habían caído los últimos tres kilos que necesitaba. Ninfa de algodón, emulsión de rape con linquat de algas, pavo trufado en un lecho de cebolla caramelizada, espuma gratinada  y turrones variados (atención al duro) en un hotel de cuatro estrellas sería el menú que prologaría el momento tan deseado tras comprobar en la báscula del hotel el resultado de tanto esfuerzo. Iniciando una  noche de amor en la que se atacarían agarrandose  mutuamente las lorzas laterales como dos luchadores de sumo para componer una insólita escena de acoplamiento de flanes, de amor celestial entre tocinos de cielo, de inserción de gelatinas que se confundían introduciéndose las protuberancias de él en las de ella y las de ellas en las de él, imbricándose las diferentes cámaras de  de sus respectivas ruedas michelín, ensamblando una multipenetración respectiva   y componiendo al fin la  escena de posesión mutua perfecta y de acoplamiento de cuerpo y alma que siempre buscó y que al fin encontró.

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