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gracias por venir.
Reflexiones |
14.05.19
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Sinopsis

Me gustaría comenzar diciendo que he conseguido aquello por lo que nací. Que he viajado a Nueva York y caminado sus calles, creyéndome joven y afortunada por respirar su aire metálico, por bañar mi piel con las luces del Times Square o por comparar mi libertad con aquella que la Estatua de la Libertad ofrece.
Me gustaría comenzar diciendo que mi corazón no ha estado enjaulado como un pájaro que tiene sus días contados, que ha podido forzar la cerradura y enamorarse más de una vez de los fracasos y las victorias, o de las imperfecciones y defectos de cada ser viviente que se ha atrevido a dejar una huella más significativa que la que el universo comenzó hace millones de años.
Me gustaría decir que he trabajado como he vivido, sin compromisos o cadenas, las barreras no me abruman y el cielo nunca ha sido el problema porque no ha existido límite que se me resista.
Me gustaría decir que no he tropezado con la misma piedra pero la impecabilidad de mis cicatrices en las piernas mentirían por mí.
Me gustaría decir que he vencido pero, ¿a quién estaría engañando?
Apenas lo he intentado, me rendí demasiado pronto, cuando creí que el destino estaba escrito y carecía de sentido escribir sobre sus párrafos. Mis manos están cansadas y mi cuerpo es un templo tan antiguo que se cae, pedazo a pedazo, sin permitir que el eco diga su nombre; el misterio siempre rodeará estas paredes sin importar cuánto dure la eternidad.
Recuerdo un tiempo más sencillo, cuando el tiempo no era polvo ni el reloj estaba roto, donde la vida parecía tan sencilla que podía verse a través de las ventanas de una casa de muñecas; los peluches eran más humanos de lo que yo pude serlo alguna vez.
¿Por qué convertimos lo más puro y hermoso en humano? Somos miserables, animales que no son capaces de seguir sus instintos, somos primitivos y quién sea capaz de darme un argumento contrario se equivoca. ¿No provenimos de animales, de moléculas inanimadas que de forma involuntaria se unieron?
¿Cuál es el objetivo de transformar lo inocente, de imaginar que un trozo de piel y espuma puede sentir? ¿No es suficiente morir de amor o de pena para ti?
Con los años he podido aprender las lecciones que están prohibidas, cómo el dolor es un compromiso del que nos podemos aprovechar, que el amor solo ocurre una vez y resulta ser tan confuso que no conseguimos diferenciar entre la tristeza o el gozo que nos aporta; que quizá necesitemos guardarnos en bolsas y repartirnos con aquellas que están igual de dañadas que nosotros, así todo el mundo puede sentirse querido, aunque el sentimiento no sea perfecto.
Quizá seamos fantasmas, quizá sea una presencia que ya no puede rondar los lugares que una vez fueron hogar y que ahora dedica sus últimos días a mecanografiar su historia, puede que sea tan ilusa por pensar que alguien pararía sus minutos por leerme.
Puedo decir con certeza que he vivido tantos años para nada, no he obtenido mayores respuestas que aquellas que son terrenales, más de las que la ciencia conoce. ¿Por qué estoy aquí entonces? ¿Soy un mero capricho?
He intentado buscar mi lugar y he creído encontrarlo. He leído sobre sitios a los que acudir si no me encontraba cómoda allí, sitios que nunca visité. Puede que estuviese ciega.
Nunca me sentí como en casa, puede ser porque nunca estuve en casa, pero la luz tan atrevida que borraba mis ojos no me dejo verlo. La vida fue astuta, lo suficiente como para enterrarse en purpurina y desfilar destacando sus mejores atributos. No me dejó ver más allá de esos granos brillantes hasta que era demasiado tarde y mis brazos demasiado viejos como para excavar en esa montaña dorada.
Al final, la vida resultó ser plástico. Un metal oxidado que nadie aprecia, al final resultó ser la más rota de todos nosotros.
Podéis considerarlo una victoria, podéis tapar vuestras grietas con la excusa de que la vida no era tan bella como la película quería reclamar. Podéis dejar de buscar algún error, como si fuésemos ordenadores y estuviésemos programados, pero ¿de qué os serviría?
Yo lo intenté, quise culpar a algo que estaba igual de condenado que yo, y eso apenas sirvió. Aún no he conseguido responder a dónde voy o dónde estoy.
¿Estoy en los poemas que una vez recité? ¿Estoy en los mundos que una vez creé?
¿Estoy en el corazón del primer y último amor? ¿Estoy en los pensamientos de todas las personas que una vez ha cruzado su camino con el mío?
¿Estoy en todos los programas de televisión o películas, en todas las obras de arte que una vez admiré o en todos los libros polvorientos y devorados de mi estantería? ¿En todas las fotos que tomé?
¿Estoy, acaso, en mis recuerdos? ¿En las calles que una vez recorrí, allá donde el sol va cuando anochece?
¿Estoy, acaso, en cada ciudad que la luna visita; en cada hotel que se disfruta como recompensa de un viaje en carretera?
¿Estoy, acaso, en mí?
No sé si estoy aquí, si vivo en las frases que una vez me quise tatuar o en las canciones que quise cambiar por mi vida.
He bailado al ritmo de guitarras acústicas, de pianos, de violines y arpas sin ser un ángel o tener alas.
¿Estoy en las noches de insomnio, dónde la oscuridad era demasiado cruel conmigo y los demonios bajo mi cama no dejaban cerrar mis ojos con sus golpes y risas?
No sé a dónde voy y podría encontrar consuelo en la fantasía pero no consigo descubrir donde se escondieron los dioses.
¿Dónde están mis dioses? ¿Dónde está Afrodita para guiar mi flecha o Atenea para alimentar mi conocimiento? ¿Dónde está Alá o Buda o Dios para recordarme que después de morir en pecado mi alma será salvada? ¿Dónde está el Paraíso, el Edén? ¿Dónde está ese contrato de felicidad eterna?
Quiero mitos y leyendas, historias tan fascinantes que puedan dar sentido a algo tan aleatorio y caótico como yo, como cualquier persona de mi entorno.
Por mucho que no pudiese verlo yo nunca fui la protagonista, había más personas a mi alrededor, eran tan vívidos y fugaces como yo. Había tantos que nunca pude contarlos sin quedarme sin respiración, ellos tampoco fueron la atención del foco. Puede que ninguno de nosotros lo seamos.
Mi máquina de escribir se queda sin tinta como mis venas se quedan sin sangre, apenas voy a tener tiempo de escribir otra palabra, mis ojos no paran de distraerse con los rincones dónde la muerte podría acechar.
Supongo que la muerte ya no es temerosa ni temida, podría recitar sin tartamudear las palabras que una vez Sarah Williams escribió: "A pesar de que mi alma pueda inundarse en la oscuridad renacerá en perfecta luz. He amado demasiado a la estrellas como para temer a la noche."
Me entristece pensar que nunca tuve un pupilo, cómo el del su historia, a quién pueda tranquilizar o cuya piel pueda erizar con palabras tan hermosas como aquellas. Supongo que nunca podré tener ese poder o la sabiduría de Van Gogh al decir "tengo la naturaleza, el arte y la poesía y si eso no es suficiente, ¿qué es suficiente?"
Me gustaría poder adueñarme de ese coraje y formular esa pregunta porque, para mí, nada fue suficiente. Solo pude aspirar a observar su "Noche Estrellada" con la esperanza de vislumbrar una tan única y pincelada como la suya.
Me temo que somos teatro, actores o marionetas atadas a cuerdas y unidos por hilos que ni la propia Teoría de Cuerdas podría explicar. Me temo que el telón comienza a bajar y va a resultar imposible volver a levantarlo, que los aplausos van a sonar tan fuertes que se van a convertir en un ruido sordo.
Y lo único que puedo hacer al respecto es alzar mi mano y despedirme con una reverencia mientras digo "gracias por venir".
 

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