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7 min
GRANITO A GRANITO
Varios |
18.05.08
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Sinopsis

      Se dio cuenta en el mismo instante que perdió las ganas de vivir que él mismo se estaba perdiendo. ¿Qué le quedaba ahora sino una pésima pensión y los recuerdos de gente desaparecida en el tiempo? Apenas sí podía costearse una vida digna y cada vez que daba un paseo por su memoria era capaz de asociar cada uno de sus amigos muertos con un momento preciso que al tiempo era anodino. Como si dispusiera de una carretera dibujada en un mapa y los funerales pudiera marcarlos con una chincheta de color. Marcelino murió el día que se alarmó por la factura del gas y se enfureció tanto que pasó el día visitando allende le mandaban de un lado a otro para reclamar; Rafael, en el momento en que su vecino gritaba a su mujer que no era más que una puta y una bastarda y que no merecía más que los golpes que él le daba; Aniceto, aquel otro día que se compró sus zapatos nuevos para el baile de la tercera edad en la residencia de la Peineta... Y así podía asociarlos, uno a uno, sin equivocarse, sin dudar siquiera. Y la vida se le iba perdiendo bajo los pies, granito a granito. Y de eso se dio cuenta demasiado tarde para volver atrás o ponerle remedio.

      Había un parque de varias hectáreas en el centro mismo de la ciudad, con inmensos árboles y amplios espacios para el recreo y el ensimismamiento. Era fácil perderse en divagaciones sentado en uno de sus bancos, viendo las palomas acudir en busca de algo que picotear o recordando un pasado mejor al mirar los niños correr como locos. El clima solía ser agradecido y el aroma a flores silvestres acompañaba a volar. Le recordaban tantas cosas aquellos efluvios florales... ¿cuántas mujeres habría sentido, habría olfateado con cuidado, para sentir similares olores? Muchas, y todas se marcharon. Eran también recuerdos de un tiempo mejor, en el que no le preocupaba el futuro, ni la salud, ni nada que no tuviera que ver con la búsqueda de un placer inmediato. Así era Rodolfo. Un gañán rompecorazones que ahora apenas parecía una calcomanía de lo que fue, una sombra tal vez. En cualquier caso, un don nadie. Había dejado escapar las oportunidades en demasiadas ocasiones. No esas que llevan un aumento de sueldo, una vida más cómoda o una suerte de relaciones sociales poderosas, sino las auténticas, aquellas que perduran y que traen consigo verdadera felicidad. Esa dicha la había dejado escapar a cambio de lo efímero, lo perecedero. Trataba de no arrepentirse de la vida que había llevado, pero le costaba no admitir su error cuando miraba a su alrededor y tan sólo su sombra proyectada en el suelo le acompañaba. Y la vida se le iba perdiendo granito a granito.

      Los lunes disfrutaba yendo al mercado. Allí todo era mucho más barato y, lo más importante, podía encontrarse, aún fuera de forma eventual y breve, con alguno de los pocos que permanecían con vida y lejos de estar amarrados a algún triste aparato. En cualquier caso, estar rodeado de gente le daba una falsa sensación de compañía. Compraba siempre en los mismos puestos. Los tenderos solían obsequiarle con algún extra y, al menos, simulaban interés por su estado e intercambiaba algunas palabras con ellos. Era siempre lo mismo, que si la vida no es lo que era, que es una barbaridad lo que ha subido todo y como la pensión se lo come a uno, que el presidente que tenemos más hubiera valido hiciera mutis por el foro antes de prometer, etc... Pero era agradable conversar unos minutos con alguien. Qué mas daba si había falsedad en ello. Y al salir del mercado, cada lunes, pensaba que la semana era muy larga y no sabía si llegaría a la siguiente. Pero llegaba... y la vida se resbalaba por su piel... granito a granito.

      A veces, y sólo en contadas ocasiones, se dejaba llevar por la inercia del resto de los ancianos y visitaba la residencia de la Peineta. Allí echaba unos cartones al bingo y bailaba, en la medida en qué podía, pues ya no era un chaval y tenía los huesos delicados. No era un lugar al que le gustase ir demasiado. Estar allí le deprimía más aún. Era como estar haciendo cola en el cementerio. Rodolfo se quedaba imaginando entonces que cantar bingo no tenía más premio que la tumba y que un hombre de negro aguardaba a la salida para llevarlo directo al hoyo. No podía evitar pensar en la muerte, era algo que a todos les llega tarde o temprano. Rodolfo sospechaba que en su caso sería más bien lo segundo. No le quedaba tiempo y, sin saberlo, su vida le corría por la cara, desprendiéndose granito a granito.

      Para alguien que vive sin ilusión, envuelto en la monotonía constante, vivir no es más que un paseo sin sentido lleno de imágenes vanas carentes de todo y que acaban perdiéndose en el olvido. Así caminaba Rodolfo, dejando pasar los últimos días que le quedaban. Uno de esos días que se anunciaba cálido, el cielo libre de nubes invitó al anciano a pasear. Sus zapatos le llevaron al parque de siempre, como si no tuvieran otra opción. Se sentó en un banco y percibió la sombra alargada a su izquierda. La notó más corta de lo habitual. Tornó su semblante al de siempre, a ese tan triste que apenas despegaba de sí. De forma extraña, sintió como todo su ser se removía por dentro. Una sensación de gratitud afloraba desde su pecho y le imbuía de una alegría como hacía tiempo no sentía. Miró al cielo, volteó los ojos y la vida se fue de él, arrastrándolo el viento como el niño que da un manotazo a un castillo de arena. Y es que la vida se le escapó por fin esparcida en millones de granitos.

      Rodolfo desapareció del parque y tan sólo sus ropas quedaron, como una broma, apoyadas en la madera del banco. Alrededor brotaban del suelo pequeños montoncitos de arena que se iban diseminando con el resto, hundiéndose en la hierba o siendo arrastrados por la brisa vespertina. Se había ido desintegrando, desprendiéndose de sí mismo para unirse sin pompa a la madre tierra. No había nadie a quien debiera nada ni alma alguna que hubiera de buscarle. Estaba solo y solo se marchó. Sin despedirse. Sin decir adiós. Rodolfo no se fue de este mundo, sino que se unió a él. Y en el momento de partida, en ese escaso tiempo que duró su desvanecimiento, sintió que, después de todo, hagas lo que hagas, puede que haya una segunda oportunidad en alguna parte, puede que no esté todo perdido y que la vida sea capaz de enmendar los errores que uno comete. Sea como fuere, Rodolfo sintió que estaba en paz consigo mismo, arrepentido y perdonado. Una ráfaga revolvió las hojas cercanas al banco donde estuvo sentado el anciano y se las llevó consigo. El suelo se alisó y la arena se dispersó. Y la vida se derramó sobre la tierra granito a granito.
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