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2 min
Granja de ratones
Varios |
11.02.14
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Sinopsis

La corta historia de siempre

El maldito gato dormía en su cesta de mimbre y algodón. Su cajita de arena, su ovillo de lana, su suave y peludo cuello entre sus garras… Ya se perdía en fantasías en las que el animal color cobrizo maullaba desesperado tratando de coger aire, cuando gritaron a su espalda, había que ponerse a trabajar. Se miró los pies y se dio cuanta de que ya había recorrido la mitad de la distancia que le separaba de ese dichoso animal.

 

Mientras a él le mandaban trabajar día y noche, sin descanso y comiendo unas miserias, el maldito felino hacía gala de toda la poltronería de que era capaz, cualidad que se hacía más aguda cuando él estaba presente. Se relamía sin piedad en sus brillantes ojos y jugaba con el ama y su lana de hacer punto. La señora le reñía con ternura cuando el animal le deshacía las puntadas y le acarició el lomo cuando arañó la cal de la pared hasta mostrar la piedra.

 

Y mientras, él se ocupaba de corretear de aquí para allá poniendo las cosas y a los animales de la granja en orden y ya, a la vejez, no era precisamente un velocista. El perezoso, gordo y petulante gato ni siquiera cazaba ratones y ya no digamos ratas. El ama no consentiría que su señoría se ensuciara sus patitas corriendo tras el ratón, y a quien se le ocurriría poner en peligro su dieta a base de hígado fresco con una rastrera y sucia rata, fuera a ser que le de una indigestión al pobrecito.

 

Y así prosperaba una granja que cada vez tenía más ratas y menos gallinas, más bufandas que cerdos y más gastos en comida para gatos y arena que ingresos. Pero cuando hubo que prescindir de uno de nosotros, el ama prefirió echarme a patadas a mí antes que al gato, para que luego digan que no tiene fundamento el odio entre gatos y perros.

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