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6 min
Han caído los Héroes. Capítulo 1.
Fantasía |
25.03.20
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Sinopsis

Las montañas se abren y los bosques sangran. No habrá clemencia para los humanos. Las sombras se alzan en rebelión y ningún héroe las detendrá.

CAPÍTULO 1

DONDE SURGEN LAS SOMBRAS

A plena luz del día. Jamás habían bajado de las montañas a plena luz del día, pero pronto oscurecerá. Las columnas de polvo y ceniza que levantan los trasgos no tardaran en ocultar la luz del Sol. Legiones. Legiones de trasgos y criaturas sin nombre o con uno tan antiguo que se ha olvidado brotan de las galerías surgidas de las montañas. Las campanas de la torre del ayuntamiento tañen con ira.

 

No era la primera vez que lo hacían pero quizás sea la última. Ni siquiera el rítmico golpeo de metal con metal de las campanas combinado con los gritos de desesperación de miles de personas consiguen bloquear el ensordecedor bramido de aquellas bestias. Pronto la ciudad de Gottysburg se ve sobrepasada. La guardia de la ciudad, conocida como “Los picos del Cuervo”, hace unas horas, miles de orgullosos centinelas, soldados y capitanes de relucientes, pesadas y negras armaduras forjadas por los enanos más diestros de las Tierras del Norte, ahora parecían mas bien un grupo pequeño de bárbaros manchados de sangre humana con trazas de fluidos negros y viscosos procedentes de aquellas criaturas.

 

Las bestias entran en tropel por las calles de la ciudad mientras vadean los rojos charcos que se forman tras su paso. Incluso el alcalde de Gottysburg, Godofried, sale a plantarle cara a aquel enorme ejercito. Es un hombre robusto y el rostro cubierto en su mayoría por una tupida barba, alto, mas alto que el humano mas alto, ya que pertenecía al viejo linaje de Los Bravos, descendientes gigantes. Godofried sale del ayuntamiento con los restos de su vieja escolta y no pasan mas de unos instantes hasta que ve a unos pocos metros de el decenas de monstruosas y deformes criaturas de piel blanca cernirse sobre el. Con unos ávidos reflejos desenvaina su pesada espada y asesta un golpe terrible a la criatura mas cercana. Después le rebana la cabeza a otro y sigue avanzando con la guardia siguiéndole hacia el lugar de donde emergian aquellos trasgos. Aunque en combate singular aquellos miembros de la guardia de la ciudad habría vencido sin duda a aquellos trasgos, sus números no dejan descansar a los agotados soldados y uno tras otro van cayendo victimas de puñaladas por la espalda, mordiscos en el cuello o simplemente por cansancio. Tras un corto pero salvaje combate en el cual, durante su transcurso, Godofried ha quedado solo, la torcida lanza de uno de los trasgos le atraviesa el corazón. Herido e iracundo Godofried ensarta a la bestia en su espalda. Unos segundos después, otra lanza le alcanza la rodilla. Cae al suelo aún peleando. Los trasgos le saltan encima. Le muerden, arañan y finalmente, entre tremenda agonía. Godofried termina de desplomarse. Ha caído el último defensor de Gottysburg, hijo de gigantes, que había dedicado gran parte de su vida a la seguridad y al buen gobierno de la ciudad que le vio nacer.

 

Ya nadie vela por los miles de ciudadanos que corren despavoridos entre gritos y lágrimas a los bosques del norte del valle. Cientos de hombres, mujeres, niños y unos pocos ancianos, los que aún no son lo suficientemente viejos como para resignarse a morir alcanzan las lindes del bosque en una carrera contra la muerte que les seguía de cerca. Cuando ya están a no mas de veinte o treinta metros del bosque, donde la mata de árboles es ya muy espesa, muchos se detienen en seco.

 

Negras y rectas figuras permanecen inmóviles junto a los gruesos troncos de aquellos viejos arboles que tantos veranos han visto. Aquellas figuras sonríen, muecas de diversión y burla se dibujan en sus rostros. Se relamen. Centauros vestidos con armaduras de cuero y espadas forjadas en verdosos metales, faunos con arcos, lanzas y colgantes hechos de calaveras de conejos y ardillas, enormes mino-tauros lanudos con enormes cuernos de los que cuelgan adornos y amuletos de madera, arpías que se dejan entrever en las ramas de los arboles. Huestes de guerra. Renegados de los bosques. Así les llamaban los ancianos. Seres repudiados de la sociedad que encontraban refugio en lo mas oscuro de los bosques, pantanos y montañas. El odio hacia los humanos les movía como si fuese su único motivo de existencia. Se pensaba que eran historias, cuentos para asustar a los niños las noches de tormenta, pero esta vez las pesadillas son reales.

 

Cada segundo que pasa, mas aparecen entre el frondoso horizonte del bosque. Antes parecían cientos, ahora podrían ser millares. Los ojos de los hombres no pueden creer lo que ven. Ya no les quedan lagrimas que llorar, así que simplemente miran asustados en todas direcciones sabedores ya de su seguro final. De entre las filas de aquellas bestias surge la figura encorvada de un anciano fauno. Se mueve pausadamente apoyandose en una vara de arce con misteriosas y olvidadas runas talladas. Una capucha color carmesí oculta sus cuernos y parte de su cara, pero deja ver sus ojos naranjas, del color de un cálido atardecer. Cuando ya está en el límite del bosque, gira su cabeza hacia uno de los mino-tauros que estaban a su lado, uno especialmente grande en comparación con el resto, con su torso cubierto con pieles de oso y una cota hecha de huesos, su reluciente hacha cae sobre dos musculosos brazos tan grandes como una persona adulta. Es la fuerza hecha bestia.

 

-Dandreff -dice el anciano volviendo a mirar a la multitud de humanos que esperaban su muerte – mandadle un mensaje al Rey.

Dicho esto, Dandreff levanta el hacha por encima de los afilados cuernos de su cabeza y brama con tal fuerza que las copas de los arboles se agitan, liberando bandadas de aves. Las huestes cargan sobre los ciudadanos de Gottysburg. La tierra tiempla bajo las pezuñas de aquellos Renegados. El impacto es brutal. Sádico. Las bestias se recrean dándoles muerte a los efímero supervivientes de la ciudad. Pronto no queda ninguno con vida. Ya está hecho. El anciano contempla la carnicería creada bajo sus pies y dedica una última y fría mirada hacia las torres de humo que surgen de los restos de Gottysburg, que está siendo arrasada hasta los cimiento por los trasgos.

-Si ellos cumplen, – susurra mientras se gira y camina hacia el interior del bosque – nosotros también.

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