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4 min
Hastío
Amor |
16.03.17
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Sinopsis

Son cosas sin más, a veces es más importante el viaje que el destino.

"La constancia es aprensión, hijo de puta", ese era el mantra que su conciencia le escupía mientras a duras penas conseguía desmontar el salpicadero del Dodge Challenger del 70 aparcado detrás del callejón, el puente se le dio mejor y arrancó.

Había prometido llevar al pastelito más dulce de Oklahoma hasta L.A., y se merecía un carruaje a su altura.

Es posible que a ojos del resto de la gente ella pareciera una chica más del monton, incluso vulgar, pero para nuestro muchacho no, para nuestro muchacho ella era, es y será Beatrix, la que le arrastra hasta el infierno para después abrirle las puertas del cielo.

Para nuestro muchacho ella era, es y será su mayor empeño, la alababa de tal forma que conseguía llevar la definición de meraki hasta extremos inescrutables por el resto de mortales.

Para nuestro muchacho ella era, es y será su mayor regalo, creía que se pintaba las uñas siempre de color azul para que le dibujará el cielo con los dedos.

Para nuestro muchacho ella era, es y será el único altar ante el que arrodillarse, se consideraba agnóstico para poder pecar con ella en vida y tener la esperanza de acompañarla en muerte.

Ella era cruel, pero no se daba cuenta, era su forma de vivir la vida y echar a perder la de nuestro muchacho, para ella el homicidio era un suicidio no planeado.

Para nuestro muchacho cualquier perfume siempre olía, huele y olerá mejor si se decantaba sobre el cuello de su Beatrix.

Ella era cruel, y seguía sin darse cuenta, consideraba a su generación la generación sin amor propio, una generación sin amor propio que se enamora de todo lo que le rodea.

Para ella tener poder era conseguir la potestad de matar.

Para él tener poder era dormirse en su regazo mientras leía a Camus desnuda en la cama, daba igual que él no entendiera lo que le quería decir, disfrutaba flotando en el espacio infinito que era la habitación de cualquier motel de carretera.

Nuestro muchacho siempre se enamoraba en el autobús, pero un día tuvo suerte y nuestra Beatrix dejó de dibujar corazones rotos en las ventanillas empañadas para acercarse a él e intimidarle.

Ella le miraba y no veía nada, él cómo un imbécil la miraba y veía a Brigitte Bardot.

Él bebía sin más, ella creía que el amor sin derramar alcohol era cómo operar sin anestesia.

Ella se drogaba escuchando a Jeff Beck, él mientras la miraba y susurraba: "es genial, hipnótica".

Ninguno de los dos eran caminantes sobre un mar de nubes.

Yo pienso que la felicidad siempre está a una copa de distancia.

Él pedía perdón de corazón, ella también se disculpaba pero sentía más que la hubieran pillado que lo que hubiera hecho.

Yo creo que ya no existen los inocentes, y es por la moral, porque no hay o porque hay demasiada.

Yo creo que para descubrir la verdad de la vida hay que aprender a mentir.

Los tres coincidimos en que nuestra mayor virtud es nuestro mayor problema.

El paraíso es blanco, cómo las sábanas de mármol bajo el ciprés.

Él siempre decía, dice y dirá que la quiere.

A él siempre le repiten que le hará sufrir.

Y cuando se lo dicen al instante yo le susurro al oído, cómo el secreto de un fantasma, sobre la puerta de su cerebro: "Si ella te quiere de verdad intentará a toda costa que no sufrás, aunque es imposible, los dos sufriréis, pero piensa que lo haréis juntos, entre vosotros, y será por culpa del amor. Piensa que el dolor es lo que nos recuerda que seguimos vivos."

Y yo cómo el ángel de la guarda que soy del muchacho y ahora también de su querida Beatrix les recuerdo siempre antes de que caigan en el letargo sexual:

"Estamos rodeados de un montón de cosas que no matan, pero que nos ayudan a morir"

 

 

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