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3 min
Hermosa como un río
Amor |
17.04.13
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Sinopsis

Cuando el amor resplandece hasta la pobreza luce hermosa.

Jadeante, con las manos húmedas, los pies mojados, cargando una cubeta de agua en cada mano, perfumado de crisantemos, geranios y jazmines pero tan lívido como su piel marrón lo permitía, el florista atravesaba  todas las mañanas el mercado con el corazón enardecido y el esqueleto flácido.

 Para ser Oaxaqueño tenía un aspecto inusual, a veces, parecía velador de panteón y otras un poeta iletrado.

Un domingo por la mañana, con la cara rígida de susto y la mirada brillosa, deambulaba frente a las carnicerías, al lado de los puestos de verdura, cargando sus cubetas  de veinte litros, derramando  agua, sudor y suspiros.

Avanzaba a tumbos, pisando tripas de pollo, resbalando con el hielo de la pescadería y tropezando con costales de chiles secos, acabó mareado, con las ideas dispersas y con las cubetas casi vacías, se detuvo e inhaló profundamente.

Su corazón bufaba, su transpiración se hacía más fría, los ojos se le irritaban y su  garganta terminó seca como pinole, sin embargo, el florista apretó los dientes y completó dos pasos más. 

Suspiró, y con los ojos abotagados escudriñó el acuario. Moría por besar a la encargada, intentó hablarle cien veces pero nunca articuló ni un fonema, porque no hablaba español.

Pensó en enviarle un obsequio y compró un pañuelo blanco con un clavel bordado, pero le pareció ordinario.  Tenía un pedazo de ámbar con un insecto del mesozoico, pero lo sintió muy masculino.  Diseñó un arreglo de flores en una canasta de mimbre, con gladiolas, azucenas y tulipanes, pero no pudo comprarlo.

El dueño del puesto le pagaba al  novel floricultor con tacos o tortas, con boletos de metro, algunas monedas y un catre en la bodega.  Su patrón se lo advirtió:

 -¡Si quieres dinero, estudia español!  Hablar mixteco en la ciudad de México diluye la dignidad-

Días después sin regalos ni aliento, pero decidido a hurtar un beso, el poeta iletrado avanzaba con los huaraches chorreados y el corazón desbocado.  Cada paso agigantaba el vacío de su estómago, cada metro ganado disipaba la fuerza de sus piernas, pero lo sostenía la ingravidez del alma, y aunque lo asfixiaba el olor de los pollos descongelándose bajo el sol, lo impulsaba el hambre de morder otra boca.

 Exhausto, sin aliento y desmoronándose, llegó al local de la chica de los belfos bermellones y la mirada azabache. Quiso sostenerse de la pared pero se fue de cabeza contra el mueble del acuario.

 El tiempo se inmovilizó.

 Los peces nadaban en el aire, el agua flotaba como hojas secas, los vidrios emulaban un río destellante, y sus miradas se encontraron.

 Ella, con los ojos enormes, bellísimos, desgreñada, con la  piel resplandeciente y luciendo una corona de peces neón y japoneses dorados, ataviada con un collar de plecostomus gigantes y grava de colores ocres entre su cabello.  Estaba recostada sobre un mar de plantas acuáticas y esponjas marinas, con el cuello adolorido.  Hermosa como un río.

 Él, con la cabeza ensangrentada, enredado entre mangueras, helechos, tortugas y cables chispeantes, con la mirada desorbitada, y los huaraches chuecos, sobre una cama de vidrios punzantes.  Gallardo como un faquir.

 Cuando los segundos recuperaron su ritmo.  Ella quiso reclamarle, estaba iracunda y sonrío de furia, se veía bellísima.

 Él la tomó entre sus brazos y la besó.  Ella se enamoró y fueron pobres para siempre…

 

 

 

 

 

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