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5 min
Hijo del terremoto
Amor |
09.01.21
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Sinopsis

Mientras los parroquianos se quejan de los fuertes gemidos de la chava, él la empotra contra la pared que da a la casa del vecino y la empala con la lanza de Orión.

Hijo del terremoto — Azel Highwind

En algún punto remoto del Caribe mexicano, una chava de trasero bailarín, cuyos movimientos nos trasladan a un mundo de náyades salvajes y de arroyos que calman nuestro calor, se pasea cachareando por la bahía donde los comerciantes abren sus puestos a primera hora de la mañana.

La humedad del aire centellea en sus pechos, que parecen querer asomarse por debajo la playera y, con un saltito, las dos frutas ya maduras rebotan en un compás perfecto, mientras su dueña se acaricia los labios de fresa al elegir los ingredientes para la macedonia que quiere preparar.

El tendero, un chavo por cuyas manos pegajosas se pasea una comunión de aromas endulzados, tira por el piso las verduras y los encurtidos al presenciar los pezones de la chichona pegarse contra la playera sudada. Se disculpa riendo y le entrega la orden.

Los pies de la chaparrita se mojan en el suelo regado cuando se va, y las verduras tiradas se convierten en espectadoras del ladino baile perpetrado por sus carnes.

Mientras vuelve a casa, escucha las músicas de los bazares mezclarse en una inusual armonía con los informativos y los programas del corazón. Un güey habla de infidelidades, mientras otro anuncia la llegada de tormentas y de un nuevo despertar volcánico en el Cinturón del Pacífico.

—No hay pedo —se dice, riéndose—, me pasaré el fin de semana cogiendo.

Cuando llega a su apartamento, un primero situado encima de la sede de la Iglesia evangélica de la fe apostólica en Jesucristo, se pega una ducha llena de gemidos y de caricias bajo su pubis que no entienden de pausas. Luego se viste, prepara la macedonia y enciende velas aromáticas.

Al rato alguien llama a la puerta.

—¿Bueno? —pregunta ella—, sí, ¡órale! Sube, sube, amor.

Ella espera, juega con su pelo aún mojado que cae en cascadas sobre sus hombros, escucha los pasos acercarse y abre la puerta. El chavo que asciende los escalones parece un moderno Quetzalcóatl de torso hercúleo. Se dan dos besos y sus cuerpos se juntan en la perfección de una clave de do.

Cierra la puerta, recelosa de miradas inoportunas. Le ofrece unas chelas bien frías del refrigerador y una copa con la macedonia recién mezclada. Brindan, ríen, se lanzan palabras llenas de deseo contenido y, en los ojos de una paloma curiosa, se refleja el disfrute de los dos amigos.

Pero, del mismo modo que el Sol es sol y sus rayos no se pueden contener, los besos llegan raudos y se funden en sus labios como mermelada de frutas sobre mousse de chocolate. Las manos de la chava resiguen ensimismadas los pectorales calientes de ese hombre mitad Dios mitad bólido de Fórmula 1. Extasiada en el contorno de sus músculos, deja caer la cabeza hacia atrás ante el paso sinuoso de la lengua, que baja cual río Estigia hacia el abultado escote que anuncia erupciones y sismos.

En sus manos nervudas, los pechos de la chava parecen dos bolas de magia primigenia vibrando, y la varita del mago empieza a convertirse en báculo.

Los dos amantes se deshacen en un arrebato de sus prendas de vestir. Ella, con el pecho agitado, se arrodilla para presenciar la ascensión del tótem más alto que ha visto jamás. Necesitaría de las dos manos para contenerlo. Pero se basta con la boca.

Cambian las tornas. Él la levanta y la conduce al sofá, donde le brinda su maestría lingüística en un diálogo muy cercano y esponjoso con sus labios vaginales. La levanta, la hace girar como en un número acrobático, y la empala con la Lanza de Orión.

Los gemidos estallan con la furia de las tormentas. Las palomas se congregan en el palco sin pagar entrada y los acólitos de la iglesia de la planta baja empiezan su liturgia.

En la batalla de su pelvis contra los glúteos, cuales esponjosas dunas que protegen un oasis, los testículos parecen rebotar como amuletos sagrados y su falo enardecido penetra una y otra vez cual ariete romano.

De la garganta de la chaparrita son arrancados gritos demasiado atrevidos hacia su Divinidad. El sofá tiembla, una estantería cae rompiendo ídolos de barro, la mesa cruje y los cristales estallan. Se abre un agujero en el suelo. Se desprenden las baldosas y un trozo de viga entre la runa. Los monaguillos miran hacia arriba asustados. Uno de ellos casi sucumbe al desmayo cuando ve los dos amantes agonizar en el éxtasis. Otro enloquece al escuchar un “Aleluya” enfebrecido de la chava cuando llega al orgasmo.

—¡Aleluya! —sigue gritando ella—, dame fuerte, fuerte, fuerte…

Y entonces el tiempo se concentra como colapsado en sí mismo en el horizonte de una estrella muerta. Un terremoto abre las calles de la aldea. Algunos edificios se desploman. Todo se sacude, todo tiembla. Los amantes se cogen fuerte al sofá y se dejan llevar. En un circo a dos cuadras de ahí un cañón dispara un enano enfundado de blanco que sobrevuela un campo de batalla donde los tigres se cobran venganza contra sus domadores, en el bar de al lado los pueblerinos gritan un sonoro “goooooool” y, en un campo de golf cercano, un jugador pedante coge su mejor Putter dispuesto a meter la bola en el hoyo.

Unos meses más tarde, la reconstrucción del barrio ya ha terminado. Los dos amantes se miran felices. Ya han elegido el nombre.

 

 

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