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5 min
Himen de Mitra 1
Fantasía |
04.12.08
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Sinopsis

Parecía como si leyese con fruición pero una duda me asaltaba a la cabeza, no había pasado ni una sola vez de página del libro en la media hora que iba a cumplir desde que yo llegué al local y me puse en la cola. Era extraño contemplar a ese individuo leyendo un antiguo libro sobre los orígenes de la religión de Mircea Eliade en un bar de viejos convertido en garito de moda por su tocadiscos de a cincuenta céntimos la canción adquirido por el dueño allá por los ochenta. Mis sospechas se vieron confirmadas cuando aparecieron dos chavalas pidiéndole algo que el posteriormente les ofreció extrayéndolo del interior del libro. Era una tapadera. No puedo acertar a saber si se trataba de un dildo dorado o tal vez unas píldoras ilegales, quizá marihuana o alguna otra droga. Lo ignoré. Él entregó su paquete y luego se marchó al poco de desaparecer la pareja de lindas jóvenes. Nadie pareció percatarse y si alguien lo hizo tomó idéntica actitud a la mía, lo ignoró.

Yo hacía cola para degustar mi única dosis de excitación semanal. Un chupito prohibido especialidad de la casa. Lo servía el dueño, un excéntrico tiparraco vestido de torero (traje de luces dorado) que siempre tenía a mano el estoque por si la dosificación del chupito no era todo lo exacta que los límites de la cordura de la mayoría de consumidores exigía.

Allí se podía morir por un temblor de mano.

Tenías derecho a una canción con la consumición y la elección de cualquiera de los que allí se encontraran para hacerlo pareja de baile si a uno le placía bailar con alguien (siempre antes de la degustación del chupito, claro, ese podría ser tu último baile, y el dueño del local era demasiado romántico para dejar castrado a alguien sin antes concederle un baile de gracia), era la norma y el contra punto frente al riesgo de que tus dos orejas y el rabo fueran exhibidas por Manolo (que así se llamaba el dueño), en uno de sus frenéticos embates contra el desgraciado que caía en un desenfrenado baile de san Vito, cuando las cosas se salían del terreno de la cordura y aquello terminaba siendo un bacanal sangriento.

Ese ritual, el ritual de amputación de miembros, era un riesgo que tenía que tomarse en cuenta a la hora de decidir si deglutir el espeso chupito mágico que el torero alucinógeno preparaba como un alquimista , en secreto tras una cortina negra, opaca, dispuesta a tal efecto en el extremo izquierdo del mostrador.

Normalmente valía la pena tomar el riesgo, si las cosas no se te iban demasiado de las manos podías correr muy rápido bajo los efectos del alucinógeno, y salir pitando del bar (me refiero a los efectos provocados al ver al torero alucinógeno blandiendo su espada en actitud amenazante, claro, no a los provocados por el mágico chupito) Los dos tipos que iban antes que yo tuvieron muy buen viaje, uno se desnudó y prendió fuego a su ropa recitando a voces versos de hölderlin, blake y keats. Los dos gorilas que custodiaban la mística cola lo echaron a patadas, por lo visto no entendían mucho de poesía, pero particularmente yo disfruté bastante con el recital, aunque el mutismo y la apatía de los que me rodeaban me dio a pensar que los demás no compartían mi entusiasmo, por lo visto allí ya se habían visto muchas y variadas performances y la naturaleza de aquella no convenía con el gusto general del local, una pena.

El espectáculo que dio el otro fue si cabe mejor, en un repentino y cósmico ataque de flatulencia tras ingerir el chupito se acercó a las ropas aún ardientes del anterior cliente y modeló con sus creativos pedos formas de lo más vario pintas, unas fantasmagóricas y no por ello menos hermosas setas de brillantes y espectrales colores alternaban con mariposas o seres de apariencia mitológica que flotaban en el aire del local y pasados unos segundos se desvanecían en un olor un tanto ocre. El aplauso y los gritos y silbidos de jolgorio fue unánime y monumental. El muchacho salió a hombros de Manolo vitoreado por todos los presentes.

El tipo anterior a éstos dos no tuvo tanta suerte, le dio la Tarantela y no pudo hacer alarde de ningún tipo de genialidad, más bien al contrario comenzó a tirar vasos y botellas y a orinarse por todo el bar. Manolo tuvo que actuar rápido.

Dos orejas y el rabo.

Ese recuerdo tenía yo en mente cuando me tocó a mí el turno. No era mi primera vez y ya había salido airoso de las anteriores, a veces incluso triunfando y saliendo a hombros de los matones de Manolo, pero uno nunca sabía cuando le iba a tocar la hora del “mal viaje”. El azar estaba en el pulso de Manolo a la hora de dosificar el “Himen de Mitra” que era el sugerente nombre del chupito.... (seguirá)
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  • Manda lo que corta el tal Manolo, que te va el viaje de maravilla, palabras y discurso incluidos; y, en tanto que el pobre Mircea sirva aparentemente de refugio de stock de droga o escondite de personaje en faena de disimulos, lo cierto es que se adivina una hierofanía a lo Eliade, es decir que me veo venir a los alucinados dioses a darte el aplauso que bien mereces y en tarea gozosa de ayuntarse con el exquisito mortal que muestras ser. Gracias por tu comentario, por cierto: me tenía ganada la lección de humildad, maestro. Tampoco era pretensión mía ir muy lejos con tan ligero "escribir". Espero viajes mayores que sigan al presente; que, dicho de paso, es bueno y lanza claves y requiebros de valor e ingenio. Bueno, un abrazo.
    tio esperaremos acontecimientos,en la proxima corrida.espero que no tengamos que blandir la espada de ``manolo``.Suerte
  • Bueno. Hace años que no publico aquí. No escribo poesía ya. Pero hoy escribí esta y quería compartirla con vosotros.

    Una carta llena de trolas y de poyadas justificando tu falta de coraje y mintiendo acerca que lo que realmente querías esa noche. Esa noche querías sexo. Y no lo tuviste.

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