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4 min
Historia de una casa sentimental
Fantasía |
10.08.07
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Sinopsis

Era una casa que destacaba, desde luego. Yo vivía enfrente, y vi como aquel erial se llenaba de casitas adosadas, todas iguales entre sí. Pero ésta, que estaba en medio de otras dos, parecía distinta.
Era una casita muy joven, estaba recién construida y ansiosa por ser habitada. Al poco de haber sido terminada, la compró una familia, una pareja joven con dos hijos pequeños, un niño y una niña. No podía haber mejor familia para una casa tan llena de buenas intenciones. Y durante un tiempo, la casita fue muy, muy feliz. Pintaron su porche de un color lila que hacía un agradable contraste con el resto, pintado de blanco. Se plantó un magnolio, y de éste se colgó un columpio para los niños. Se oían risas, fiestas, y siempre había luz en la ventana del cuarto de los niños. La casa resplandecía de contento.
Pero al cabo de un par de años, él comenzó a llegar muy tarde a casa, y casi siempre de mal humor. Y al poco de esto, comenzaron a sucederse las riñas entre la pareja, y los llantos de los niños, que eran las victimas inocentes de tanta tensión entre sus padres.
La casita comenzó a ponerse nerviosa.
Las comidas familiares se llenaron de un silencio insoportable, de una tensión y un reproche mudo que hacían que la pobre casita sintiera que se asfixiaba, hasta el punto de que tenía que abrir las ventanas para ver si una ráfaga de aire se llevaba aquella miasma maligna que había cambiado su vida. Las riñas nocturnas, los gritos de él y los llantos de ella provocaron que todos los grifos y tuberías de la casa comenzaran a emanar agua y agua, sin que ningún fontanero pudiera arreglar el problema. ¿Cómo iban a arreglarlo, cuando era la misma casa la que lloraba y lloraba, incapaz de contener su tristeza, que salía desmedida por todos los grifos?
Todos los días tenía que venir algún obrero a arreglar algo. La pareja unió su tensión creciente a aquellos problemas que les estaba dando una casa que parecía mal hecha. Y la casita les oía criticarla y se ponía más triste aún, llena de culpabilidad, porque nada de lo que intentaba funcionaba; si atascaba las puertas cuando uno de ellos salía de la habitación, para evitar que siguieran discutiendo, al día siguiente tenía a un carpintero dándole de martillazos para arreglarla. Si se sacudía un poco para que las bombillas se soltaran y la pareja no pudiera ver sus rostros llenos de amargura, dolor y resentimiento, al otro día habría un electricista intentado solucionar el problema. Ya no sabía qué más podía hacer.
Pero un día todo se resolvió sólo. Él hizo sus maletas, y no volvió. Y aunque la casita le echaba de menos, se sentía aliviada al no oír los continuos gritos y reproches que invariablemente se producían cuando él y ella se encontraban. Creyó la infeliz casita que, si bien no como ella hubiera querido, las cosas habían cambiado para mejor. Hasta que un día, mientras la casita dormía, agotada de tanta tristeza y preocupación, ella comenzó a meter en cajas todo lo que quedaba en la casa.
Gran espanto tuvo ésta al despertar y descubrir que casi todo había sido guardado y que en el jardín había un cartel de una agencia inmobiliaria. Las tuberías soltaron más agua que nunca, no había cubos para recoger tanta gotera, pero un día se le acabaron las lágrimas y decidió que intentaría disfrutar de los pocos días que faltaban hasta que la mujer y los niños se marcharan. Intent&oa
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