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8 min
Historia desencadenada
Amor |
25.04.07
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Sinopsis

Cuando entré en el café, conmigo entró un soplo de viento con esperanza renovada. Me acerqué a una mesa que estaba situada al lado de un gran ventanal que daba a la calle. Fuera había poca gente. Aunque a través del cristal parecía uno de esos días soleados de marzo en los que todos aprovechan para pasear, evadirse y esparcir su destino en el espacio abierto, ese enero el frío estaba siendo intenso y la calle estaba casi desierta. Era amplia y parecía enorme.
A la derecha de la mesa había un perchero estilo XIX, color caoba. Me quité la chaqueta, cogí los cigarrillos del bolsillo exterior, y la colgué antes de sentarme. La camarera se acercó con actitud risueña y acogedora. Llevaba un gran delantal color blanco en el que secaba sus manos mientras me preguntaba qué deseaba tomar.
- Un pastelillo de canela y un café cortado, por favor.
Mientras se marchaba ella llegó por detrás. No la había advertido por la ventana. Llevaba la misma chaqueta de pana azul oscura con una bufanda morada rodeándole el cuello. Era parecida a aquella, pero no era la misma. Yo acababa de encender un cigarrillo, así que aparté el cenicero en un movimiento nervioso, mientras fijaba mis ojos en ella. Ella me miró tímidamente sonriendo de forma forzada, aunque con un ademán de cortesía. Yo le devolví la cortesía, aunque con una sonrisa apagada, casi mustia. Hacía tres años que no nos veíamos pero para mi no era una sorpresa tenerla delante, la había tendido delante todos y cada uno de los días desde su falta, ahí, presente, en mi mente. Había imaginado ese encuentro, día tras día, estos tres últimos años. No nos dijimos nada, no nos besamos, yo no me moví de la silla. Todo apareció en la habitación como inesperado, de repente, pero sin sorpresa, sin generar ninguna reacción en nosotros, tal y como si la escena se hubiera pensado para una película muda.
La camarera me trajo el café, derramando un poco en el platito. – No importa – le dije con amabilidad, - pero tráigale a la señorita lo que ella quiera.
- Un poleo-menta – salió por fin de sus labios.
Sentada en la silla, con la chaqueta y la bufanda puesta, como con intención de pasar poco tiempo allí, dibujaba círculos con la punta del dedo en la mesa, mirando a ella y a través de la ventana a su izquierda alternativamente. Yo había elegido la mesa para ella, esperaba que el espacio, la vista de la calle, le permitiera respirar sin sentirse acorralada, en ese sentimiento de claustrofobia que le había supuesto siempre hablar conmigo.
Por fin le pusieron la infusión. La recogió con ambas manos antes de que la taza se posara en la mesa, como desconfiando de todo lo que ella no tuviera bajo control, mientras decía “gracias” con voz tenue que expiraba desde su interior. En ese momento alzó la mirada, para encontrarse con la mía, que no la había perdido de vista en toda la escena. Me sonrió con tristeza, en algo que pareció casi un puchero que afortunadamente se desdibujó a tiempo para dejar paso a la sonrisa serena sin estar exenta de tristeza. Yo lo intenté de nuevo, pero no pude devolvérsela. No obstante comencé a hablar.
Habían pasado tres años desde que hablamos por última vez. Tres años duros en los que perdimos el contacto por necesidad de nosotros mismos, por requerimientos del trabajo, de la terapia y del destino. Tres años en los que recibí muchas visitas pero no la más esperada, la que esperé durante tanto y tanto. Hoy sonó el móvil y un número extraño apareció. Contesté con sorpresa y a cambio recibí el sonido agradable de aquella voz que esperé durante estos años. Una llamada anunciada, pero inesperada, como inesperado es el momento en el que se cumple lo pactado, lo prometido, pero sin fecha. Promesas del encuentro que aunque esperado y necesitado, al no llegar se transforma en anhelo y duda, que deja de sembrar esperanza para convertirse en recelo y angustia. Todo lo que hace daño, aísla y extirpa la ilusión de ser picado por el mosquito de la felicidad, todo eso desaparece con una promesa cumplida: la promesa de encontrarnos, cuando ella estuviera preparada.
Colgué el teléfono. Treinta minutos más tarde estamos juntos de nuevo, sentados en un café, separados por una mesa, demasiado pequeña para la distancia real entre nosotros.
- ¿Cómo estás ahora?
- Mejor. – Me contestó, de forma seca.
Después se hizo un silencio incómodo que tuve que apagar con un sorbo de café. De todos modos mi tensión había decrecido, así que intenté transmitir naturalidad en mi conversación.
- ¿Recuerdas este café? Lo han arreglado hace poco y es muy bonito. Yo suelo venir mucho. El barrio se está transformando, y está viniendo mucha gente a vivir. Todavía hay apartamentos a precios asequibles para alquilar. ¿Te fijaste en el puesto de flores de la plaza? Da un ambiente fresco y colorido al día. A mi me alegra mucho pasar por él, y a veces compro algún ramo para un jarrón que tengo en el salón de casa.
Ella daba vueltas a la infusión, más tranquila, aunque evitando encontrarse con mi mirada. Lentamente sacó la cucharilla de la taza y la dejó en el plato mientras levantaba la mirada para seguir mi conversación. Yo continué un buen rato contándole como había cambiado el barrio y la ciudad. Ella finalmente comenzó a participar de forma tímida en la conversación, hasta llegar a un nivel calmado y sereno, en el que seguro que podría escapársele una risa en cualquier momento. De hecho yo ya estaba riendo de cuando en cuando.
- ¿Estás con alguien? – Me preguntó.
- Nadie especial. ¿Y tú?
Se hizo un silencio frío de nuevo.
- Cuando te fuiste me quedé solo.
- Fuiste tu quien me dejaste.
- ¿Crees de veras que podríamos haber seguido juntos? ¿Quiénes éramos en realidad? ¿Formábamos una pareja o éramos dos simplemente? – Pregunté muy calmado, muy despacio.
- Tú eras dos, yo era dos, ambos éramos dos. – Respondió ella entre pausas.
No acabé de comprenderlo, igual que nunca comprendí lo que pensaba en realidad, ni el concepto que tenía de ambos. Ese fue el problema, jamás tuvimos la misma idea sobre “nosotros”, jamás tuvimos un proyecto en común. Así que lentamente comencé a darme cuenta, que la conversación no tenía sentido, que hacía mucho tiempo que dejó de tener sentido. Es por ello que decidí decir mis últimas palabras al respecto, las últimas que escucharía de mi boca sobre una historia desencadenada, que se acaba, que se extingue, como el cigarrillo que reposaba humeante en el cenicero, como el café que había desaparecido de la taza dejándola manchada, como el pastelillo de canela que solamente dejó migajas en el plato, restos solo eso, restos de recuerdos de algo que fue y se acabó.
- Me robaste la ilusión de ser dos. Ya solo seré uno, toda la vida. Te odio por eso y por el hueco que dejó aquí – señalándome el pecho – el amor que te llevaste y que ya no podrá disfrutar nadie más.
Decidí acabar la conversación. Me levanté en ese instante sin que ella se sorprendiera, aunque yo si lo hiciera. Cogí mi chaqueta y me quedé parado un instante. Me dí la vuelta para mirarla por última vez, en el final de la escena. Sin palabras ella me miró con una lágrima corriendo por el carrillo derecho, la misma que yo dejaba caer. Posiblemente eso era lo único común que nos quedara, la última lágrima que derramamos hace 3 años, que volvíamos a derramar juntos, la última lágrima que compartiría el mismo lugar. Dije “adiós”. Tuve que decirlo. Tuve que decir la última palabra sin posibilidad de que fuera otra. Un día quise decirle tantas cosas… tantas que no pude.
Salí a la calle tirándome del cuello de la chaqueta hacia arriba para abrigarme. El abrigo evita el frío, y “protege”. Yo lo sé, y por eso me lo pongo, por lo que cavilando me doy cuenta que el doctor soy yo mismo, y las curas me las hice yo. Sin embargo, estoy triste, muy triste. Y sé que estaré muy triste cada vez que piense en ella, estaré muy triste cada vez que sienta el hueco que deja vacío que jamás le daré a nadie… y cuando piense que, a veces, la abrazaba con la intención de quedarme pegado a ella para toda la vida.
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