cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

6 min
Historias del Hotel Rejas (Cap. XI)
Reales |
24.12.20
  • 5
  • 1
  • 299
Sinopsis

Historias basadas en hechos reales.

 

Algunas definiciones indican que la maldad es el término que señala la ausencia de bondad. De esta forma, el Mal sería la característica de quien tiene una carencia, o de quien actúa fuera de un orden ético, convirtiéndose, en consecuencia, en alguien o algo malo.

Poco antes de la hora de cena, uno de los presos considerados como chivatos, los llamados “presos de confianza” por los funcionarios, se colocaba en el centro de la planta baja de la galería. Un funcionario, situado su lado, lanzaba un grito con voz potente para que todos lo oyeran:

- ¡¡Correo!!

Ese era uno de los momentos más esperados del día. Me impresionaba ver que la inmensa mayoría de los reclusos de las tres plantas salía de sus celdas, en un silencio absoluto, anhelando ser nombrado por el que repartía las cartas. Muchos tenían la suerte de recibir correspondencia diariamente, otros cada semana y algunos en contadas ocasiones. También había presos que no recibieron ni una sola, como el Bibliotecario y algunos otros, pero la esperanza hacía que todos confiasen expectantes a escuchar su nombre.

Los que tenían suerte, recogían el sobre -siempre violado por el abrecartas de la censura carcelaria- y se retiraban buscando intimidad en algún rincón para leer las misivas, con avidez primero y pausadamente después. Novias, familiares, amigos y amigas… Cualquiera que fuese la persona remitente, se convertía en uno de los pocos vínculos con el mudo exterior, que caminaba con paso distinto al ritmo que acaecía entre aquellas paredes.

Mi familia procuraba escribirme cada semana. Mi compañera, desde la prisión de mujeres de Yeserías, en Madrid, lo hacía casi a diario. Pero ese día tan solo recibí carta de mi madre. En ella, tras el habitual encabezamiento deseándome salud y esperanza, había un párrafo que me intrigó y me dejó preocupado. Decía algo así:

“Querido hijo: Vino a visitarnos un amigo tuyo al que no conocíamos. Un chico delgado, nervioso, pero simpático y educado. Manolo, dijo que se llamaba. No quiso quedarse a comer con nosotros, pues al parecer tenía prisa. ¡¡Y eso que teníamos unas lentejas recién hechas, tan ricas que se olían desde la calle!! Pero en fin… Comentó que había salido con un permiso de dos días, y que esa misma noche debía volver a dormir en la prisión. Le dimos para ti lo que nos dijo que necesitabas, con la confianza de que te sea útil para salir en libertad lo antes posible (…)”

 En efecto. Ese párrafo me dejó muy preocupado. Inmediatamente les escribí, diciéndoles que yo no sabía nada de ese sujeto y que vinieran en cuanto pudieran a visitarme para intentar aclarar el tema.

A los pocos días, en el sucio locutorio, mi madre y mi hermana menor me informaron de que el impostor se presentó diciendo que iba de parte mía. Que había una posibilidad de sobornar al juez instructor, a través de mi abogada, para conseguirme la libertad provisional. Para ello necesitaba dinero, claro.

- ¿Y cuánto le diste? -Pregunté con tristeza y rabia, pues conocía las penurias económicas de mi familia.

Observé cómo a mi hermana pequeña, que en esos momentos tenía 7 años, se le escapaba alguna lágrima. Mi madre -bajita, regordeta, el vivo retrato de la bondad- traslucía su desasosiego interior frotándose las manos una con otra y mirando al suelo.

Mi madre, Encarna, había venido a Barcelona, procedente de Ceutí, Murcia, en la primera mitad de los años 50, con 16 o 17 años. Una de sus hermanas mayores, Trinidad, ya llevaba aquí un par de años, viviendo en las barracas de Montjuic, y le encontró trabajo de sirvienta, interna en el domicilio de una familia acaudalada de la burguesía catalana. El señor Federico, teniente coronel del Ejército de Franco, en pago a sus servicios le daba la comida y el hospedaje. En esa casa, situada en la calle Caspe, hacía de niñera, de cocinera, de limpiadora, de planchadora… Los jueves tenía el día libre y salía a pasear con otras muchachas de su edad, sirvientas de las casas cercanas. Una tarde, estando con sus amigas en la plaza de Tetuán, conoció al que sería mi padre, Antonio, que, con un grupo de soldados de permiso, se encontraba también en esa misma plaza barcelonesa. Pronto empezaron a salir y se ennoviaron. Mi madre me contó que se besaron por vez primera en el mirador del monumento a Colón, al final de las Ramblas. Mi padre, de humilde familia campesina de Palma del Río, Córdoba, vino en 1954 a Barcelona a cumplir con el Servicio Militar, como zapador, en el cuartel de Lepanto. Tan solo una vez, cuando yo tenía 14 años, volvió de visita a su tierra. Pasó el resto de su vida en Sabadell, con mi madre y los seis hijos que tuvieron.

- Pues verás –respondió mi madre con voz queda. Yo le di diez mil pesetas, pero… las miró y meneó la cabeza de un lado a otro, como haciéndome ver que no sería suficiente. Entonces saqué todo lo que nos quedaba en casa y se lo di. Treinta y cinco mil pesetas. Todo. Así que ahora, hasta que no cobre tu padre a final de mes… Pero de otras peores hemos salido -añadió alzando la vista e intentando sonreír.

- Arsenio Morte -aseguró el Onassis cuando le describí al sujeto con los datos que mi madre y mi hermana me habían dado de él. Es un toxicómano sin escrúpulos. Un desalmado que hace cualquier cosa, por ignominiosa que sea, para conseguir financiar su adicción. Creo que salió de aquí hace un par de semanas.

- Pero ¿cómo consiguió la dirección de mi familia?

- Muy fácil. Durante un tiempo fue el que ayudaba a los funcionarios a repartir la correspondencia. Se quedó con algunas direcciones sacadas de los remitentes de las cartas y ahora debe estar haciendo visitas. El muy cabrón. Ese no acabará bien. Si las drogas no lo hacen antes, algún preso terminará con él cuando salga de aquí.

El Onassis acertó. A la semana siguiente se supo en la prisión que Arsenio Morte había muerto de una sobredosis de heroína. Este episodio, el engaño a las familias pobres para satisfacer una adicción fatal, siempre me dejó un amargo sabor. Con el tiempo comprendí lo que entonces no entendía, que Arsenio Morte era la víctima principal en esa secuencia y entregó su vida con apenas 25 años a la Amazona de la guadaña subida en el caballo blanco.

(Continuará…)

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Educador social y maestro. Humanista y luchador contra las injusticias

Tienda

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta