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9 min
Historias del Hotel Rejas (Cap. XII)
Reales |
04.01.21
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Sinopsis

Historias basadas en hechos reales, ocurridas en los años setenta del siglo XX

                                                     Capítulo XII

Un domingo de abril el Onassis coincidió con el cura en la puerta de salida al patio. El edificio donde oficiaba la misa estaba situado a la derecha del espacio destinado para el recreo de los presos de la segunda galería.

- Buenos días, caballero -dijo el cura, con voz engolada, deteniendo su paso con evidente intención de dialogar. 

El reverendo, repeinado con raya a la izquierda, desprendía un olor a colonia Nenuco, la misma con que las familias que podían permitírselo perfumaban a sus hijos los domingos.

El Onassis respondió al saludo sin detenerse.

- Espere, espere… Sólo quería decirle que nunca le vi en misa y he de confesarle que me gustaría que asistiera, porque no le haría mal alguno. Al contrario. El acceso a los servicios religiosos es más importante que la alimentación del cuerpo efímero, porque cuidan el alma, que es eterna.

El cura, un hombre de más de sesenta años, era de los que en esa época aún vestían sotana. Alto, regordete y con los mofletes rebosantes de salud, había sido desde el primer día un entusiasta del Levantamiento contra la República. Tras el triunfo de los golpistas, siendo muy joven, tomó parte activa en la implantación de aquellas escuelas de educación primaria y secundaria en las que los niños ricos accedían por la puerta principal y los pobres, los que podían asistir, lo hacían por la de servicio. El trato de los religiosos y religiosas para con el alumnado, así como el color de sus batas, también era diferente según el nivel económico y la posición social de las familias.

- No se moleste -dijo el Onassis. Si algo le tengo que confesar es que la existencia de Dios es una hipótesis que no comparto.

- ¡Oh! ¿Eso cree, que se trata de una simple hipótesis?

- En lo tocante a la existencia de Dios, sí, eso creo -respondió el Onassis. Pero también le diré que siento una gran admiración por la labor verdaderamente cristiana, humanista, que están haciendo muchos curas en los barrios obreros y en las fábricas.

- Mire, ahora he de oficiar la misa dominical, pero cuando termine me gustaría continuar esta charla.  ¿Qué le parece?

- No tengo ningún inconveniente, Padre.

- ¿Después de misa, pues?

- De acuerdo, le esperaré a que salga.

Un sol primaveral inundaba a esa hora una parte del patio, en la se habían situado la mayoría de los reclusos.

José Manuel Fernández, el ingeniero canario, gesticulaba con vehemencia mientras explicaba a un pequeño grupo algunos pasajes de la historia de sus queridas islas.

- El rey Tinerfe -decía- rey absoluto de Tenerife, tenía su residencia en Adeje. Poco antes de morir dividió la isla entre sus nueve hijos: Acaymo, Atbitocazpe, Atguaxoña, Benecharo, Betzenuhya, Caconaimo, Chincanairo, Rumen y Tegueste.

A escasos metros, un grupo de catalanistas comentaban el resultado de las elecciones catalanas celebradas cuatro días antes, el 10 de abril de 1980, las primeras autonómicas desde la muerte del dictador, en las que había ganado CiU, seguida del PSC y del PSUC. Jordi Pujol consiguió ser el President por primera vez.

El Gerard, con sus pasos largos habituales, paseaba el patio de extremo a extremo, sin hablar con nadie. Se rumoreaba que su hija, la abogada, tenía muy avanzadas las gestiones para que saliera en libertad provisional, a la espera de juicio, cosa que, sin duda, aprovecharía él para desaparecer de la península.

Los Windows, padre e hijo, fumaban en silencio un cigarrillo tras otro, observando en silencio la vida en el patrio, situados, como siempre, junto a la puerta de acceso a las duchas.

El Brasileño, con paso más rápido que de ordinario, “emitía” sin cesar:

- Noticias para todo aquel que quiera estar al día de lo que pasa en el mundo. El 24 de enero de 1977, un grupo de pistoleros de extrema derecha entraron en el despacho de los abogados laboralistas de CCOO y del PCE, situado en el número 55 de la calle Atocha, en Madrid, y ametrallaron a las nueve personas presentes. Murieron los abogados Javier Sauquillo, Javier Benavides, Enrique Valdelvira, Serafín Holgado y el sindicalista Ángel Rodríguez Leal. Resultaron gravemente heridos Alejandro Ruiz-Huerta, Mª Dolores González, Luis Ramos y Miguel Sarabia. Manuela Carmena, abogada de ese mismo despacho, se salvó al no encontrarse en el edificio en ese momento. Devolvemos la conexión a nuestros estudios…

Esa noticia que comentaba el Brasileño me hizo pensar que lo que los medios de comunicación nos querían vender, acerca de la “transición pacífica a la democracia” era una falacia a todas luces.

- De pacífica nada de nada -me respondió José Manuel, el ingeniero, cuando le comenté esa reflexión. En esta segunda mitad de la década de los setenta, más de cien militantes de izquierda han sido asesinados en manifestaciones o atentados; por la policía, la Guardia Civil y la extrema derecha, orientada desde el poder. Son los propios franquistas quienes diseñan y dirigen el cambio.

- Sí. Soy de la misma opinión -dije. Recuerdo que en 1977 el dibujante Carlos Giménez publicó en la revista El Papus su historia titulada “Recuerda”. Comienza la historieta con una viñeta en la que los carteles electorales inundan las calles, mostrando a políticos sonrientes bajo el lema «Los hombres que hacen posible la democracia». Seguidamente se pueden ver un fusilamiento, el interrogatorio de un detenido bajo tortura, una galería de presos políticos, un joven que es acribillado por la policía mientras realiza una pintada, y a manifestantes reclamando amnistía y libertad…

- Conozco esa historieta de El Papus -apuntó José Manuel. En la última viñeta, «Los hombres que hacen posible la democracia» ya han cambiado: no aparecen las caras sonrientes de los políticos, sino las víctimas de la represión… No sé. Creo que los análisis de la situación en esa revista eran tan certeros que por eso los fachas pusieron la bomba que voló parte del edificio de la redacción.

Los pocos presos que habían asistido a misa comenzaban a salir. El Onassis aguardaba allí la salida del padre Domingo.

- Dígame, ¿cómo debo llamarle? -le preguntó el cura.

- Mi nombre es Manuel, pero debido a mi gran fortuna, je, je… todos me llaman Onassis.

- Bien. Si me permite, yo le llamaré Manuel.

El Onassis, con su cigarrillo encendido, y el padre Domingo, con las manos cogidas detrás de la espada y la larga sotana barriendo el polvo del patio, iniciaron un paseo dialogando pausadamente, ante el asombro de la mayoría de los reclusos, que observaban perplejos la inusual pareja.

- Mire… Manuel, con respecto a lo que me comentó anteriormente… Sobre ese tema de los curas…, como llamarles…, ¿obreros?, ¿rojos? Verá. Esos intentos aventureros por parte de algunos miembros de la Santa Madre Iglesia se han ido dando a lo largo de los siglos. Guillermo de Ockham, el franciscano filósofo y teólogo del siglo XIV, con todo su saber, no pudo nada contra la doctrina oficial. Ni él ni ningún otro anterior o posterior a él. Tampoco ahora, ni Hans Küng ni esos curas marxistoides, seguidores de las desviadas teorías del Papa Juan XXIII, podrán imponerse a la doctrina oficial del Vaticano.

- En mi opinión -respondió el Onassis, la jerarquía católica está sometida a una disciplina tal, que prácticamente es un cuerpo funcionarial con la atención puesta en Roma, mostrándose servil ante sus superiores y arrogante con sus inferiores.

-Aunque así fuera, Manuel, que habría que matizarlo y mucho, reconózcame que la Iglesia Católica se ha mantenido como poder espiritual en todo el mundo. Un poder que ni el nazismo, ni el estalinismo, ni el maoísmo, ni ningún otro ismo han podido destruir.

El Brasileño se había situado a unos pasos por detrás del cura y del Onassis, prestando atención a todo lo que decían. Seguramente iba archivando en su mente las argumentaciones de ambos como material para futuras “emisiones radiofónicas”.

-Le diré más -continuó el padre Domingo. Como sin duda sabrá, en todos los frentes del mundo la Iglesia cuenta con extensas comunidades, hospitales, escuelas e instituciones sociales que aportan un bien infinito a la humanidad. Muchos de los sacerdotes ponen sus vidas al servicio de sus semejantes. Como en mi caso, sin ir más lejos, que empleo parte de mi tiempo en ayudar espiritualmente a aquellos presos que así lo requieren.

- Comparto en parte lo que dice, Padre. Pero le diré que resultaría muy difícil encontrar en el mundo una institución comparable a la Iglesia Católica que trate de modo tan desdeñoso a quienes, dentro de sus propias filas, defienden otros puntos de vista. Prohíbe los anticonceptivos, el matrimonio de los sacerdotes o la ordenación de las mujeres. En otros temas, como ante el derecho al aborto, la homosexualidad o la eutanasia, adopta posiciones que van en contra de los derechos y libertades de la ciudadanía. Unas posturas tan arrogantes que las presenta revestidas de un aura de infalibilidad, como si se tratara de la voluntad divina.

La mayoría de los presos se dirigían ya hacia el interior de la galería. Los domingos, el Galápagos -el cocinero- siempre preparaba un arroz que, aunque pasado, era uno de sus platos estrella.

- Bueno, Padre – apuntó el Onassis a modo de despedida. Ya es la hora de ir a buscar el rancho. Déjeme decirle que tengo muy buenos amigos que son cristianos de verdad, incluidos algunos sacerdotes, que no se sienten representados por la postura oficial del catolicismo.

- Mire, Manuel, si le parece podemos continuar nuestro debate cualquier otro día. Me resultaría interesante.

- Por mí no hay ningún inconveniente. Ya continuaremos.

(Continuará…)

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