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10 min
Historias del Hotel Rejas (Cap. XIII)
Reales |
10.01.21
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Sinopsis

Historias basadas en hechos reales. Década de los años 70

Historias del Hotel Rejas

                                                   Capítulo XIII

La primavera se iba imponiendo. Los ánimos de los reclusos reverdecieron al aroma del buen tiempo y las esperanzas de salir en libertad parecían crecer con el aumento del calor.

Por esos días, José Manuel, nuestro compañero tinerfeño, fue autorizado por la dirección de la cárcel a cambiar de celda. Un camarada suyo había ingresado en nuestra galería días atrás y prefería estar con él.

A la semana siguiente un nuevo interno ocupó su lugar.

- Buenos días. Me llamo Adolfo Campillo -se presentó.

El recién llegado, de una edad próxima a los sesenta años, era un hombre de complexión fuerte y estatura media. El rostro curtido y la tez morena, muy soleada, así como unas manos recias y poco cuidadas, denotaban su procedencia campesina.

- ¿De dónde eres, paisano? -le preguntó el Marqués después de las presentaciones.

- Soy extremeño. De Olivenza, Badajoz. Una tierra rica, aunque empobrecida por este sistema, que favorece a los terratenientes y a los que más tienen.

Con poco acierto en las notas y en la afinación de las mismas, cosa bastante habitual por los efectos del alcohol, el Corneta tocó diana floreada, como era preceptivo en domingo. Esa tradición militar aún se conservaba en las prisiones españolas. Las siete de la mañana. Hora de levantarse y, uno por uno, asearse en el minúsculo lavabo de la celda.

Desde la rotonda central, espacio que recordaba la cabeza de un pulpo de tan solo seis brazos, el Jefe de Centro tenía la misión de controlar el pulso de la cárcel. Ese control no siempre era muy efectivo, especialmente cuando Ambrosio Artadi estaba de servicio nocturno. Era uno de los funcionarios más antiguos del lugar. Hombre rechoncho, macilento y de rostro enrojecido por las venillas rotas de tanta ingesta, se había aficionado al coñac muchos años atrás. La costumbre de beber le venía de su participación en la conducción de presos republicanos desde la Modelo hasta el Camp de la Bota para fusilarlos al despuntar el día. Allí fueron ejecutados 1.717 personas entre 1939 y 1952. El coñac le calentaba el cuerpo y le adormecía la conciencia en esas madrugadas.

Cuando sabía que Ambrosio Artadi estaría de guardia como Jefe de Centro, el Corneta, un ex legionario cincuentón de brazos tatuados con Amor de Madre y puñal clavado en un corazón azul, subrayado por la frase Viva la Muerte, acudía a la Rotonda a las cinco de la mañana, un par de horas antes de tocar el Quinto Levanta. En ese espacio de tiempo daban buena cuenta de una botella entera de coñac Soberano. Entre trago y trago se contaban sus batallitas al servicio de la madre patria. Ambos eran aún militantes de grupos de extrema derecha. Un minuto antes de las siete en punto se tragaban la última copa. Por tanto, era lógica la desafinación en el toque de diana.

Mientras aguardábamos la llegada del desayuno, Adolfo Campillo nos comentó algunos aspectos de su vida.

Este año está siendo duro para mí -comenzó diciendo. Me han metido en la cárcel por participar en una concentración pidiendo libertades democráticas y derechos para los trabajadores. Me han maltratado con muchos golpes e insultos en el cuartel de la Guardia Civil de El Prat de Llobregat.

Tras permanecer pensativo unos segundos, Ambrosio prosiguió diciendo:

- Recuerdo que tal día como hoy, hace 25 años, estábamos recogiendo algodón en una finca de Badajoz y me dieron la noticia del nacimiento de mi hijo. Fue un año de mucha lluvia. Y ahora, hace un par de semanas, nació mi primer nieto, al que aún no he podido conocer…

- No te apures, Ambrosio, que tú saldrás pronto – comentó el Onassis. No es causa grave, la tuya.

Yo sentía una gran admiración por aquellas personas -como el Onassis, el Ambrosio y tantas otras- que se jugaban la libertad y hasta la vida en el intento de mejorar las condiciones de existencia de los más necesitados. Eran para mí un ejemplo a seguir. Como decía Adolfo Correia da Rocha, el novelista y poeta portugués que firmaba sus obras como Miguel Torga, para esos hombres la honra era luchar, aunque fuera sin la esperanza de vencer.

Ese mismo domingo, después de cenar, Ambrosio nos explicó una historia impactante que había sucedido en 1965.

En el mes de abril, en Olivenza… bueno, a unos cuarenta kilómetros, en Villanueva del Fresno -comenzó a relatar Ambrosio-, dos niños buscaban nidos a las afueras del pueblo. Uno de ellos vio en el suelo una cabeza semienterrada, descompuesta y mordisqueada por los perros. Los zagales, con cara de asco, pensaron que se trataba de un animal muerto. Siguieron caminando y, al poco, vieron un montón de huesos y carne putrefacta.

Eso no es de un animal -dijo uno de los niños al ver una dentadura con muelas de oro-

Volvieron al pueblo a todo correr, espantadísimos, para avisar a sus padres, que acudieron al lugar acompañados de una pareja de la Guardia Civil. Tras observar los restos con detenimiento determinaron que se trataba de dos cuerpos humanos en avanzado estado de descomposición. Un hombre, de mediana edad, y una mujer más joven.  Y concluyeron que seguramente se trataba de un ajuste de cuentas entre traficantes del estraperlo, ya que se encontraban a un kilómetro justo de la frontera con Portugal.

El juez de Olivenza ordenó el levantamiento de los cadáveres y observó con sorpresa que había gran cantidad de yeso recubriendo la cabeza y, sobre todo, la cara del hombre. El médico forense determinó que los cuerpos llevaban enterrados más de dos meses. Esa circunstancia hacía que fuesen irreconocibles mediante la simple inspección ocular, pero al observar las manos del hombre muerto, el juez pudo ver que llevaba un anillo, en que se apreciaban las iniciales H.D. y un emblema compuesto por un escudo y dos alas.

El dueño del hotel Simancas, de Badajoz, había informado a finales de febrero sobre la desaparición de un par de clientes extranjeros. Portugueses. No habían pagado la factura ni retirado los equipajes. La policía examinó la documentación y sus pertenencias. Ante la sospecha de que se tratara de Humberto Delgado y su acompañante, con pasaportes falsos, se pidió la colaboración de la Policía Internacional y de Defensa del Estado (la represiva PIDE portuguesa al servicio del dictador Salazar). Tras una somera inspección, los agentes portugueses confirmaron los datos de la pareja desaparecida, insistiendo en que no sabían nada más.

Como el asunto parecía ser de gran envergadura, el ministro de Gobernación, Camilo Alonso Vega, envió al inspector Antonio Viqueira con su equipo de la Brigada de Investigación Criminal (la BIC), que establecieron que, efectivamente, se trataba de Humberto Delgado, de 59 años, y su secretaria, Arajaryr Moreira, de 40. Las sospechas de que los habían asesinado por encargo se confirmaron cuando encontraron en el lugar de los hechos un resguardo de Totobola, la quiniela portuguesa. Todo apuntaba a que el crimen era obra de gente venida del otro lado de la frontera. 

- ¿Quién era Humberto Delgado? -Pregunté intrigado.

- Humberto Delgado había sido el general más joven de la Fuerza Aérea de Portugal. Tras pasar unos cinco o seis años destinado en Washington volvió con la idea de acabar con la dictadura e instaurar la democracia. Por ello, pasó de ser amigo personal del presidente Salazar a convertirse en el principal opositor de la dictadura portuguesa. Comenzó su carrera política como candidato progresista, obteniendo grandes apoyos entre diversos sectores de la población. Le censuraban los discursos y la policía lo presionaba, pero en las elecciones presidenciales de junio de 1958 venció al partido de Salazar. El régimen no estaba dispuesto a renunciar al poder y falsificó los resultados. El Gobierno apartó a Delgado de todas sus funciones y le retiró el grado militar. Perseguido, el General sin Miedo, como ya se le conocía popularmente, se vio forzado a exiliarse al Brasil.

Acosado por la PIDE también en Brasil, volvió a la península Ibérica, para participar en el asalto a un cuartel militar en el Alentejo. La frustrada insurrección, conocida como la Revolta, se llevó a cabo el 1 de enero de 1962, junto con un nutrido grupo de revolucionarios antifascistas.

- ¿Pero pudieron escapar? -Preguntó el Marqués.

- Muchos de los participantes en el asalto consiguieron escapar a España, a Extremadura. De hecho, el General sin Miedo se ocultó unos días en casa de mis padres, en Olivenza, hasta que consiguió la documentación falsa para viajar a Argel. Algunos de los rebeldes que cruzaron con él la frontera no tuvieron tanta suerte. Perseguidos por policías portugueses, fueron apresados, con la colaboración de la policía franquista, en diferentes poblaciones españolas. Ante esos hechos, el gobierno portugués puso en marcha la Operación Otoño, consistente en hacer desaparecer urgentemente a Humberto Delgado.

- Pero… Si había conseguido escapar a Argelia, ¿cómo fue que tres años después acabaron con su vida en Extremadura?  - Quise saber.

- Los servicios secretos portugueses, junto con miembros de la extrema derecha francesa y española, le prepararon una emboscada. A través de un infiltrado entre sus colaboradores más cercanos, le hicieron creer que un nutrido grupo de la resistencia antifascista portuguesa tenía planes avanzados para llevar a cabo otro intento insurreccional y querían que él tomase parte activa. Fue con ese motivo que viajó a Badajoz.

- ¿También participaron fascistas españoles en ese crimen? -Preguntó el Onassis-

- Sí, también. Y os diré que alguno de ellos está más cerca de nosotros de lo que creéis -dijo Adolfo Campillo, mirándonos a los tres detenidamente.

Dos semanas después, domingo, nos despertamos por los gritos y corredizas que se oían por el pasillo de la galería. Eran ya las siete y diez de la mañana y aún no había sonado la diana floreada. Me extrañó la enigmática sonrisa de Adolfo Campillo.

El Corneta y el Jefe de Centro, Ambrosio Artadi, aparecieron muertos en la rotonda central, uno junto al otro. Tan solo los separaba una botella vacía de coñac Soberano.

(Continuará…)

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