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9 min
Historias del Hotel Rejas (Cap. XIV)
Reales |
19.01.21
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Sinopsis

Historias basadas en hechos reales Finales de los años 70 y principios de los ochenta.

                                              Capítulo XIV

El pelo largo y la barba empezaron a ser un incordio con el calor de mayo. Un grupo de presos decidimos solicitar a la dirección de la cárcel que Ceferino el Cortacuellos fuese reemplazado como barbero. Accedieron a nuestra petición, destituyéndolo por cuestión de higiene.

Ramón Martín, el nuevo peluquero, no daba abasto. Más de la mitad de los doscientos cincuenta presos requeríamos sus servicios. La celda habilitada como peluquería estaba situada frente a la nuestra, en la primera planta de la galería. Me llegó el turno una semana después de pedir hora.

- ¿Corte de pelo y afeitar? -Preguntó Martín.

- Sí. La barba fuera y el pelo bien corto, por favor -contesté.

Como buen peluquero, Ramón era un gran conversador. Mejor dicho, un excelente monologuista, pues daba poco pie a que su interlocutor pudiera introducir alguna frase más allá del monosílabo.

- Tengo cincuenta y cuatro años recién cumplidos -comenzó diciendo mientras hacía sonar las tijeras moviéndolas con agilidad. Nací el 1 de mayo de 1926, en Fuentes de Andalucía, un pueblo precioso de Sevilla. Allí mi padre tenía una peluquería y yo pasaba las horas muertas observándolo en su trabajo. Me aficioné a este oficio desde niño. Pero el negocio se vino abajo con el golpe militar del 36.

- La Guerra Civil…

- No, no… Peor aún. En nuestro pueblo, como en tantas otras poblaciones de Andalucía y de España, no hubo guerra. El golpe de Estado se impuso desde el primer momento con la estrategia clara de sembrar el terror.  Los fascistas no pretendían simplemente vencer, sino aniquilar todo lo que oliera a libertad y democracia. El episodio de Fuentes de Andalucía da fe de esa táctica. La represión se cebó especialmente en las mujeres del pueblo. Fueron asesinadas veintisiete. A cinco de ellas, de entre 16 y 22 años, las violaron y torturaron antes de matarlas. Después las arrojaron a un pozo de la finca de El Aguaucho. Este abominable crimen fue cometido por un grupo de “señoritos” fascistas.

- Pero… -intenté apuntar, sin éxito, una pregunta.

- La gran mayoría de las personas que liquidaron en el pueblo no tenía implicación política o sindical alguna. Por ello esas personas no huyeron, ya que no temían represalias de los golpistas. Muchas perdieron la vida por la simple razón de ser familiares de militantes de izquierdas huidos. Padres, madres, hermanos, esposas o compañeras sentimentales.  Se dieron miles de casos. Uno de ellos fue el de Carmen Díaz Ramos, viuda, con cinco hijos, y hermana del líder del Partido Comunista de España, José Díaz.

- ¿José Díaz era de Fuentes de Andalucía?

- No. Pero menciono el hecho para que veas que los golpistas estaban decididos a implantar el terror en la población. José Díaz era un panadero de Sevilla que, después de militar en las filas anarquistas, se afilió al Partido Comunista de España, el PCE, llegando a ser su Secretario General durante la República y la Guerra. Este hombre sufrió mucho. Tanto sus hermanas, Carmen y Concha, como su compañera sentimental, Teresa Santos, fueron fusiladas por las tropas de Queipo de Llano. En diciembre de 1938, gravemente enfermo de cáncer de estómago, se trasladó a la URSS, de donde ya no volvió. El dolor insoportable que le causaba aquella enfermedad lo llevó a suicidarse, tirándose por una ventana, en marzo de 1942. A su muerte Dolores Ibárruri asumió el liderazgo del PCE.

Algunas décadas después de aquel corte de pelo leí la gran obra de Paul Preston, El Holocausto Español, y entendí claramente lo que pasó en el pueblo de Ramón Martín y en tantísimos otros pueblos y ciudades. Preston explica que el objetivo de los "teóricos del exterminio" era la realización de una represión sistemática, encaminada a destruir hasta sus raíces la trama social del republicanismo. Ese plan es el que Queipo de Llano llamó “el movimiento depurador del pueblo español”.  Entre las primeras víctimas figuraron los alcaldes, los concejales y los sindicalistas, pero también los maestros y maestras. Porque, como manifestó el general fascista en un discurso, “no es justo que se degüelle al rebaño y se salven los pastores. Ni un minuto más pueden seguir impunes los masones, los políticos, los periodistas, los maestros, los catedráticos, los publicistas, la escuela, la cátedra, la prensa, la revista, el libro y la tribuna, que fueron la premisa y la causa de las conclusiones y efectos que lamentamos". Como resultado de ese plan -concluye Paul Preston en su trabajo-, durante la Guerra Civil fueron asesinados cerca de doscientas mil personas lejos del frente, ejecutados extrajudicialmente o tras farsas procesales.

- En fin… -continuó relatando Ramón mientras me cortaba el pelo con habilidad y rapidez. Como mi padre había votado al Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, cosa que los señoritos del pueblo sabían, lo detuvieron y lo enviaron a la cárcel durante tres años. Aún tuvo suerte, porque a otros, por lo mismo, los fusilaron.

- ¿Y la peluquería permaneció cerrada durante ese tiempo? –pregunté.

- Claro. Yo tenía diez años y mis dos hermanos eran aún más pequeños. Ah, pero es que cuando mi padre salió en libertad tampoco lo dejaron abrir el negocio. Así que, después de malvivir un tiempo, nos trasladamos a Catalunya en el año 1942. Bueeeeno… -añadió, observando mi cabeza con detenimiento. El pelo creo que ya está. A ver qué te parece -y me colocó un espejo por detrás, para reflejar el corte en el de la pared.

- Sí. Perfecto -asentí.

- Pues ahora vamos a por esa frondosa barba -dijo sonriendo.  ¿Sabes que el otro día vino a verme el Ceferino? Sí, el que estaba aquí de peluquero. El tío lleva un buen rebote… Andad con ojo, porque dice que les va a preparar alguna jugada a los que firmaron el escrito pidiendo que le quitaran el puesto.

¡¡Cuanta historia escondida iba yo aprendiendo en pocos meses!! Esa era la parte positiva de mi estancia en prisión, el encuentro con personas extraordinarias, al menos a mis ojos de 22 años, narradores de una versión del acontecer de España muy diferente a la de las fuentes oficiales.  La cárcel estaba resultando ser para mí una universidad muy ilustrativa.  Por la noche, en la celda, a la luz mortecina de la lámpara de aceite, comenté a los compañeros la conversación que había tenido con el peluquero.

- Así que en 1942 se vinieron a Catalunya… -intervino Adolfo Campillo, el compañero extremeño. Pues mis padres, y toda la familia, vinimos de Olivenza ese mismo año. Muchísima gente emigró de sus pueblos en esa década. Sobre todo, las personas que, por sus ideas, eran acosadas por la Guardia Civil. Se les hacía muy difícil poder llevar un jornal a casa.

- Así fue -apuntó el Onassis. Por esos años vinimos todos los que no teníamos donde caernos muertos. Personas con inquietudes de izquierdas a las que cada dos por tres nos llevaban al cuartel para interrogarnos. Aquí, en Catalunya, podíamos pasar desapercibidos para la policía, éramos anónimos y había más posibilidades de trabajar. Las barriadas de Sabadell, Terrassa, Cornellà, Montcada…, a pesar de estar ubicados en rieras, descampados, barrancos…, en fin, en los peores terrenos, eran lugares de acogida, en los que apenas vivían franquistas, porque en sus respectivos pueblos estaban bien considerados y no tenían que emigrar como nosotros.

Mientras desayunábamos en la celda al día siguiente, se presentó en la puerta uno de los correveidiles de los funcionarios.

- ¿Adolfo Campillo? -preguntó

- Soy yo -respondió Adolfo.

- Cuando termine de desayunar preséntese en la oficina de los funcionarios -informó el mandado y desapareció.

- ¿Pues para qué debe ser? -se interrogó a sí mismo el Marqués, extrañado de que citaran tan temprano a nuestro compañero.

- Puede tratarse de una muy mala noticia o de un trámite beneficioso para mí. -reflexionó Adolfo Campillo en voz baja.

Se trataba de “la bola”. Con ese nombre se conocía en el argot carcelario la orden judicial para la puesta en libertad de un preso.  Adolfo subió como un cohete con el exhorto judicial en la mano. Recogió sus cosas y nos despedimos con abrazos efusivos. Nunca olvidaré las miradas de complicidad que intercambió con el Onassis antes de marchar.

- ¡Qué persona tan extraordinaria ese Campillo…! -me dijo el Onassis mientras paseábamos por el patio.

Durante los meses de existencia compartida, el Onassis me tomó una gran confianza. Sólo así se explica que me contara que Adolfo Campillo era en realidad un miembro muy activo de la resistencia secreta antifranquista y que, con identidades falsas, se dedicaba, como Simon Wiesenthal -el caza nazis- a localizar y hacer desaparecer a criminales fascistas. En ese momento me quedó claro el efecto terrible que puede producir el coñac Soberano.

(Continuará…)

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