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9 min
Historias del Hotel Rejas (Cap. XIX)
Reales |
18.02.21
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Sinopsis

Historias basadas en hechos reales, ocurridas entre finales de los años 70 y principios de los 80 del pasado siglo

 

Tras escuchar divertido la anécdota que contó el Brasileño sobre el emperador Adriano en los baños públicos de Roma, continué deambulando por la planta baja de la galería.

Me sorprendió la mirada febril con la que Santiago Cogollo, el bibliotecario, sentado ante la puerta de su celda, observaba con desconfianza a todo el que pasaba. Ya pasaré mañana por la biblioteca a buscar el siguiente capítulo de los Episodios Nacionales -pensé.

Me crucé con el Escopeta, que me soltó una de sus frases célebres:

- Más valen cien pájaros en mano que uno volando… Ja, ja, ja

Como vio que solo me arrancaba una leve sonrisa, soltó una segunda ocurrencia:

Escucha éste: Así matamos un pájaro de dos tirosJa, ja… ¿Tampoco te hace gracia, tío? A ver ahora…: No por mucho amanecer tempranece más madrugo… Je, je…

- Vale, amigo. No te esfuerces -le dije. Oye, por cierto, ¿cuándo sales en libertad?

- Según mi abogado, la próxima semana me dan la condicional hasta que se celebre el juicio. Por lo que me ha dicho, cree que ya no volveré a entrar… A no ser que me convierta en reincidente quemando otro cine, claro… Ja, ja, ja.

Sonó la sirena, indicándonos que eran las diez y debíamos entrar en nuestras celdas. Me desperté sobresaltado del sueño más profundo por el estruendo de los pasadores de algunas puertas ¡¡Clanc, clanc, clanc 

- ¡¿Qué pasa?! -exclamé incorporándome.

- Cacheo selectivo de madrugada -respondió el Marqués con voz ronca de adormilado. Cada equis meses hacen uno, para ver si pillan algo por sorpresa: droga, pinchos, herramientas, planes de fuga…

El ambiente se calmó pasada una media hora y volvimos a dormirnos, pero a eso de las seis de la mañana un trajín de ruidos y voces en la planta baja nos desveló definitivamente. Cuando bajé a las ocho a recoger el desayuno, vi que la brigadilla de limpieza se afanaba en fregar el suelo de la celda de Santiago Cogollo. Me acerqué, movido por la curiosidad, a preguntar qué había sucedido.

- El locaria este… el bibliotecario -respondió uno de los limpiadores-, que se cortó anoche las venas.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Intenté recabar más información y pregunté a uno de los dos funcionarios que controlaba a los limpiadores. No debía quedar ni el más mínimo resto de sangre.

- Eso no es de su incumbencia -me espetó, estirado y displicente, el guardia.

Juan José, el del economato, me hizo una seña para que me acercara. Él y el Follaviejas abrían el ventanuco de la tienda a las siete, porque los funcionaros y algunos presos serviles solían tomar café auténtico a primera hora.

- A lo que se ve -me dijo Juan José en un susurro-, el hombre tenía escondida una hoja de afeitar. Se conoce que al oír el ruido de los cacheos en las celdas cercanas a la suya se acojonó y se cortó la yugular. Pero resulta que los funcionarios no entraron en su celda… Esta mañana, sobre las seis o así, uno de los guardias vio salir un reguero de sangre por debajo de su puerta. Dio aviso y se lo llevaron para la enfermería o para el hospital. No sé…

La lluvia había cesado tras varias horas sin dar tregua. Podíamos salir al patio, pero, como estaba todo muy mojado, solo podían sentarse aquellos que disponían de sillas plegables. La mayoría dedicamos buena parte de la mañana a pasear de una punta a la otra.

- Sobre la historia que nos contaste anoche… – comenzó diciendo el Onassis, que ajustó su paso al mío para conversar-, yo fui una de esas personas que llegó a Cataluña con una mano delante y otra detrás, como ya dije. En Tarrasa tenía un paisano que vivía en los pisos de San Lorenzo y trabajaba en la construcción. Me envió recado diciendo que me podía instalar en su casa y trabajar de peón en su misma obra. Acepté encantado. Corría el verano de 1962, hace 18 años de eso… Pues bueno, resulta que, estando allí, fui testigo directo de la mayor catástrofe por lluvias de la historia de la península Ibérica.

- ¿Las riadas de 1962?

- Efectivamente. El 25 de septiembre de 1962.  Resulta que hacía meses que no llovía ni una gota y, de repente, se lio una… -dijo el Onassis, llevándose las manos a la cabeza-. Los cielos se vaciaron de golpe. Cayeron más de doscientos litros de agua por metro cuadrado en menos de tres horas, formándose unas torrentadas terribles. Tan solo en la rambla de Tarrasa perdieron la vida 72 personas y 17 se dieron por desaparecidas. La riada asoló las fábricas situadas en la parte alta, derribó varias casas y arrastró los automóviles hasta la Rambleta. Desde los pisos de San Lorenzo hacia abajo, la corriente de agua arrasó todo a su paso, provocando más de cien víctimas y derribando gran parte de las casas… Una gran tragedia...

- Recuerdo algo de esas riadas -señalé. Yo tenía cinco años. Mi barrio, la Planada del Pintor, en Sabadell, no disponía aún de alcantarillado, por lo que mi padre había construido un pozo muerto. En el pequeño patio de casa teníamos el pilón para lavar la ropa y un desagüe en el centro. Ese espació lo compartíamos con algunas gallinas, patos y conejos, para complementar la escasa economía familiar. Debido a las intensas lluvias el patio se abrió por el peso de tanta agua y el del fregadero de piedra. Siempre recordaré como una secuencia cinematográfica a mi padre, amarrando el lavadero con una cuerda y tirando de él -como un cowboy que enlazara una res-, para que no fuera engullido por el pozo muerto. Mientras tanto, mi madre intentaba salvar todas las gallinas que podía, antes de que se sumieran en el remolino que las absorbía… Otro recuerdo nítido que perdura en mí es el del día siguiente a las lluvias. Como la riada del río Ripoll había arrasado diversas empresas del textil situadas entre Castellar del Vallés y Sabadell, mi madre y algunas vecinas bajaron al río a recoger todas las telas que pudieran acarrear. Con ellas, poco tiempo después, las mujeres hicieron camisas, vestidos y pantalones que usó mucha gente de La Planada y del Torrente del Capellán.

Casualidades de la vida, en el año 1987 empecé a colaborar con la revista Vallés Global, con sede en Sant Cugat del Vallès, que dirigía Dionisio Giménez Plaza -un maestro del reportaje periodístico y del relato, además de una persona de gran calidad humana y un amigo con mucho sentido del humor-. En esa publicación, de la que se editaron nueve números, vio la luz mi relato El Ruina y algún otro reportaje que escribí. Como por esas fechas se cumplía el 25 aniversario de las riadas del 62, Dionisio me sugirió que escribiera un artículo sobre ello. Así que me puse a investigar. Al final, ese trabajo no se llegó a publicar, pero recopilé muchos datos sobre aquel desgraciado suceso. A modo de síntesis, diré que aquellas fortísimas lluvias provocaron cerca de mil muertos, miles de heridos y varios miles de millones de pesetas en pérdidas. Las comarcas más afectadas fueron las del Vallés Occidental, el Vallè4s Oriental el Baix Llobregast y el Maresme.  La riera de Rubí, el río Ripoll, el Besós… crecieron de manera excepcional, arrasándolo todo a su paso.

- En fin -señaló el Onassis tras encender un pitillo-. Ante la situación catastrófica en que quedaron aquellos barrios, que habían sido construidos en zonas inundables, acabé formando parte de la coordinadora de las asociaciones de Vecinos de las barriadas de Tarrasa, para luchar por conseguir las mejoras que necesitábamos.

- Hablando de otra cosa… -dije- Una noche me explicaste que te habías aficionado a escribir poemas, tras tu relación con Miguel Hernández en la prisión de Alicante. Y recuerdo que me recitaste uno, muy cortito, sobre la huida de los milicianos hacia Francia. ¿No tienes alguno sobre esas luchas de los barrios en las que participaste?

- Sí, alguno tengo…

- Y… ¿Me lo podrías recitar?

El Onassis dirigió sus pasos hacia el rincón más solitario del patio. Le seguí. Tras unos segundos comenzó a declamar:

Tiene mi barrio

Saben, tiene mi barrio

una colección de latidos

de corazones varios.

Un aire obrero.

Un surtido muestrario

de almas solitarias

venidas de un rosario

de pueblos y de patrias.

En busca de un salario

dejaron sus arados y sus casas,

los campos en barbecho,

para inundar las fábricas.

A veces, esas almas

se aúnan solidarias

para lanzar un grito

y declarar non grata

a la injusticia,

para impedir al abuso

convertirse en norma,

para normalizar la vida.

El Onassis, con los ojos húmedos, apoyó una mano en mi hombro y con la otra me indicó que continuásemos el paseo interrumpido. Pensé que era el momento de cambiar de tema.

- ¿Crees que Santiago Cogollo, el bibliotecario, habrá sobrevivido al intento de suicidio?

- No tardaremos en saberlo -respondió.

(Continuará…)

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