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9 min
Historias del Hotel Rejas (Cap. XVI)
Reales |
31.01.21
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Sinopsis

Historias basadas en hechos reales ocurridas a finales de los años setenta y principios de los ochenta.

 

Capítulo XVI

Desde la más remota Antigüedad, quizás desde la época en que nuestra especie se hizo sedentaria, siempre han existido los lugares donde retener a aquellas personas acusadas o culpables de haber cometido un acto antisocial. Los diferentes sistemas políticos han determinado en cada época qué tipo de acciones eran consideradas como delitos.

En sus orígenes, la prisión solo cumplía la misión de apartar de la sociedad a las personas infractoras de las leyes, sin preocuparse por su suerte. Simplemente se trataba de hacerles sufrir las consecuencias de sus actos. No sería hasta mediados del s. XIX que la influencia del “correccionalismo” aparecerá en los diversos sistemas penitenciarios. A partir de ese momento, la idea será, no tanto la de castigar, como la de «corregir» a los penados.

Por otra parte, el preso está obligado a cumplir su condena, pero en unas condiciones dignas. En caso contrario, el reo se sentirá legitimado para evitar la sanción a toda costa. Así queda reflejado en la literatura y en el cine. Vemos cómo el subgénero cinematográfico de evasiones carcelarias ha sido y es un tema recurrente. Baste recordar películas como La leyenda del indomableFuga de Alcatraz, La gran evasión, El conde de Montecristo, BrubakerPapillón… En todas ellas se da por hecho que intentar escapar de la prisión forma parte de la naturaleza humana. Cuando esa idea de la fuga se fija en la mente de un preso como un objetivo irrenunciable es difícil detenerlo. Viene aquí a cuento lo que una amiga me dijo en cierta ocasión: “No hay persona más despierta que la que tiene sueños

Tras el incidente ocurrido en el cine del hotel Rejas unos meses atrás, cuando un joven fue apuñalado, la tranquilidad era solo aparente. 

- … Pero ¿cómo se produjo tal alboroto, don Peláez?

- Pues verá usted, Padre Domingo -respondió el maestro-, resulta que ayer, sobre las cinco de la tarde, un grupo de más de treinta presos de la cuarta galería atacó a otros tantos de la segunda, armados con navajas, punzones y hasta con sables de fabricación propia. Al parecer, el motivo estaba relacionado con el negocio del tráfico de drogas. Bandas rivales, ya sabe…

- Y los funcionarios… ¿no pudieron frenar esa salvajada? -preguntó el cura.

- ¡Qué va! Los pillaron desprevenidos. Les quitaron las llaves de acceso a la segunda galería y entraron en ella en tromba, pillando por sorpresa a los del bando rival. Un espectáculo dantesco. Al poco tiempo se presentó la policía, que rodeó la cárcel y ocupó los patios, pero la carnicería ya se había consumado. Los heridos fueron trasladados con toda urgencia al hospital Clínico, donde uno de ellos ingresó cadáver, tres muy graves y otros dos con heridas de menor importancia. A eso de las ocho de la tarde la situación ya estaba controlada y los que provocaron la reyerta fueron llevados a celdas de aislamiento, en la quinta galería.

- ¡¡Por el amor de Santa Eulalia, patrona de Barcelona!! ¡¡Qué salvajismo el de estos cafres!! -exclamó el cura.

- Padre Domingo, creo que ha tenido usted un lapsus. ¿No es la Merced la patrona de esta ciudad?

- En realidad podemos decir que Barcelona tiene dos patronas. Verá… Esta historia es curiosa, porque nos habla no solo de la Santa, sino también de la primera cárcel que hubo aquí. A finales del siglo III, durante las persecuciones de los cristianos ordenadas por el emperador Diocleciano, Eulalia, con 13 años, se escapó de su casa -al parecer vivía por donde ahora está Sarriá- y fue a buscar al gobernador de Barcino para protestar contra dicha represión. El gobernador, ante la negativa de la joven a renunciar a la fe cristiana, la condenó a trece martirios, tantos como años tenía. Fue encarcelada en la única prisión de la ciudad, situada por donde hoy está el mercado de la Boquería. Dicha cárcel ya existía desde los tiempos de Catón el Viejo, a mediados del siglo II antes del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Le ahorraré la descripción de las horrorosas torturas a las que fue sometida. Tan solo le diré que, al expirar en la cruz, de su boca surgió una paloma blanca que ascendió al cielo.

- Supongo, Padre, que por el martirio al que fue sometida y por ese milagro al final de su vida terrenal, fue santificada por la Iglesia…

- Sí. Y no solo eso, sino que también fue distinguida con el honor de ser la patrona de la ciudad por su defensa de la fe cristiana.

- Pero, sigo sin comprender por qué hay dos patronas – dijo el maestro, rascándose levemente la zona de su cabeza donde antes tenía el pabellón auditivo.

- Verá. Mucho tiempo después, en el siglo XVII, una terrible plaga de langostas asoló la ciudad. Fue la Madre de Dios de la Merced quien puso fin a esa maldición. Por ese hecho incuestionable, en 1868 se coronó a La Merced como patrona de Barcelona.

- Pues vaya pena por Santa Eulalia, ¿no?

- No sé si habrá observado usted, don Peláez, que todos los años llueve durante las Fiestas de la Merced. Cuenta la leyenda que en realidad no es agua lo que cae del cielo, sino las lágrimas de Santa Eulalia por la pérdida de su patronazgo… En fin. Disculpe esta digresión, pero comprenda usted que la hagiografía es uno de mis temas preferidos…

- No se preocupe, Padre Domingo. Lo que explica es muy interesante. Y…, volviendo al tema de la pelea. Imagínese usted si a ese grupo de presos armados y furiosos le hubiese dado por intentar escapar, tomando como rehenes a algunos funcionarios… No quiero ni pensar cómo habría acabado esa historia.

- Pues sí. Está claro que su objetivo era el de la venganza. Por cierto, ¿recuerda usted la fuga de hace dos años? Esa sí que fue sonada.

- ¡¡Vaya que si me acuerdo!! Fue al día siguiente de la inauguración del Mundial de Fútbol en Argentina. O sea, el dos de junio de 1978. Nunca lo olvidaré, Padre.

- Ese mismo día enterraron a don Santiago Bernabeu, nuestro admirado camarada, que tanto hizo brillar al Real Madrid. Yo aún no había comenzado aquí mi tarea evangelizadora, pero recuerdo la noticia. Se escaparon más de cuarenta, ¿no?

- En total consiguieron fugarse cuarenta y cinco. Estaba yo en casa, echando una cabezadita después de comer, y me llamó por teléfono mi colega Ambrosio Artadi, el jefe de Centro que murió hace poco…

- El Señor lo acoja en su seno… -musitó el cura persignándose al tiempo que inclinaba la cabeza.

- Amén... Bueno, pues me llama y me explica que se acaba de producir una fuga masiva. ¿Pero cómo ha sido eso? -le pregunté- Y, muy alterado, me contó que un grupo de presos había amenazado a un funcionario con cuchillos y navajas -"Usted está cumpliendo con su obligación y nosotros con la nuestra. Acompáñenos o es hombre muerto" me dijo Artadi que le espetaron al funcionario.

- Pero, ¿cómo consiguieron llegar hasta la calle?

- Pues verá, Padre. En la enfermería hay un ascensor que no se utiliza desde hace años. Bien, pues en el hueco del mismo hicieron un túnel de más de 18 metros, hasta las alcantarillas. Cavaron durante un par de semanas. Obligaron al funcionario a ir con ellos y, al llegar a la calle, le dejaron sano y salvo.

- Bueno, por lo menos no causaron ningún mal al pobre funcionario, alabado sea el Señor.

- Sí, por suerte. Al parecer, los implicados en los planes de fuga eran más de seiscientos, pero solo esos cuarenta y cinco lo consiguieron. Después del recuento, que finalizó a las cinco y media de la tarde, el director reunió a todos los internos, y les dijo, más o menos, lo siguiente: «La fuga no hace más que perjudicarles, a ustedes en primer término, a sus familias y, en general, a la reforma penitenciaria que intentamos llevar a cabo a las órdenes del director general, don Carlos García Valdés».

- Recuerdo -dijo el Padre Domingo- que en las noticias del día siguiente las autoridades penitenciarias destacaron el hecho de que ningún miembro del grupo teatral de Els Joglars se había escapado.

- Sí -señaló Peláez-, pero entre los huidos, la mayoría muy peligrosos, se encontraba el fundador de la Coordinadora de Presos en Lucha (la COPEL), Emilio Simón Blanco, así como Manuel Santín, de esa misma organización, o José Moreno Cuenca, hermano de El Vaquilla. En cambio, otros dirigentes de la COPEL no secundaron la acción, como Arturo Paños, y Miguel Sánchez. Tampoco escaparon los miembros del ERAT (Ejército Revolucionario de Ayuda a los Trabajadores), ni esos anarquistas que están acusados del atentado contra la sala de fiestas Scala Barcelona.

En aquella calurosa tarde de principios de junio de 1978, la sorpresa de las personas que vieron salir de las alcantarillas a esos cuarenta y cinco fugados, más un funcionario de prisiones, debió ser morrocotuda.

La inmensa mayoría de los presos piensan que su situación es injusta, y así llegan al convencimiento de que su deber es escapar. Por el Onassis y el Marqués supe una noche que un grupo de compañeros elaboraban un plan de fuga. La clave del éxito estaba en la discreción absoluta. Muchos intentos acababan en fracasos por indiscreciones, chivatazos o impericia de los participantes. Además, personajes como Ceferino el Cortacuellos y otros de su calaña estaban siempre al acecho y hacían cualquier cosa por ganarse el favor de los funcionarios.

Sí, había que andar con mucho ojo, pero sin olvidar que no hay persona más despierta que la que tiene sueños.

(Continuará)

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