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10 min
Historias del Hotel Rejas (Cap. XVII)
Reales |
05.02.21
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Sinopsis

Historias de los años 70 y 80 basadas en hechos reales

                                                     Capítulo XVII

Pasados unos días desde la espectacular reyerta entre bandas rivales, la vida en la prisión recuperó su pulso normal. Mayo moría con un calor de agosto y la lluvia acrecentaba el bochorno. Tumbado bocarriba en mi cama, rememoraba momentos de la infancia, como una vez que, junto con dos compañeros de mi clase, decidimos hacer novillos y aprovechar la mañana para ir al rio Ripoll de excursión. Tendríamos nueve o diez años y no medíamos las posibles consecuencias de aquel acto. Estábamos aun muy cerca de la escuela cuando vimos salir un grupo de niñas acompañadas de dos maestras. De inmediato acordamos que debíamos seguirlas. Tiraron hacia la balsa de los peces de colores, junto al puente de la carretera que va desde Sabadell a Castellar del Vallès, y tomaron un camino del bosque que llevaba a la Balsa Fría. Tras seguirlas durante mucho rato, pararon en un claro para comer el bocadillo. Una de las niñas nos vio y nos reconoció.  Las maestras nos llamaron. Nos acercamos asustados, pero nos tranquilizaron. Les explicamos nuestra aventura y nos permitieron completar con ellas la excursión.  Al volver a la escuela intercedieron por nosotros, no sé muy bien con qué argumentos, pero no nos castigaron ni informaron a nuestros padres… El trajín de los internos me devolvió a la realidad.

El Marqués, el Onassis y yo decidimos quedarnos en la celda tomando café y conversando. No se podía salir al patio y la galería estaba demasiado concurrida.

- A ver, Marqués… Entonces, si no estás aquí por el asunto de las necrológicas, ¿por qué estás en este puto hotel? -Pregunté.

- Pues por el tema del aeropuerto de Barcelona… Verás. Parecía cosa fácil. Se trataba de ir a la terminal de llegadas internacionales… Éramos dos socios, mi colega el Bartolo y yo. El Bartolo es un experto en el robo de coches…

El Marqués era uno de los pocos internos que no se había cortado el pelo ni afeitado la barba, espesa y gris, sobre la que destacaban unos ojos negros vivarachos y nerviosos. Su tez era muy morena, curtida por la intemperie a la que había estado expuesto desde su más tierna infancia. Era natural de Vélez de Benaudaya, en la provincia de Granada, entre las Alpujarras y el mar. La mayor parte de su vida había sido trashumante. Un ingenioso buscavidas sin demasiada fortuna. Un sobreviviente de la España oscura y hambrienta de la época.

- Onassis, pásame un cigarro, please –dijo el Marqués interrumpiendo su relato. Bebió un sorbo de café, encendió el cigarrillo y continuó hablando.

- Disponer de un coche robado era imprescindible para la operación. Lógicamente. Esperábamos la llegada de vuelos procedentes de Estados Unidos, Londres, París… O sea, de esos sitios de donde viene la gente rica, ¿vale? Yo me disfrazaba con traje y gorra, como los que te llevan las maletas en los hoteles. Aparcábamos el coche justo delante de las puertas por donde tenían que salir los guiris. El Bartolo permanecía en el coche, con el motor encendido y el maletero abierto. Yo observaba a los que iban saliendo y cuando veía a alguien con aspecto de estar forrado, le decía: “¿Taxi, míster?” Si aceptaba mi oferta, recogía sus maletas, las colocaba en el maletero, me metía rápidamente en el coche y el Bartolo aceleraba… Hasta ahí, fácil.

- Mangui total -señaló el Onassis. Vaya un caco barato que estás hecho, Marqués.

- Bueno, oye… Cada uno se busca la vida como puede -se defendió el aludido.

- Pero, si hasta ahí era fácil, ¿dónde estaba la complicación? -Pregunté.

- Al llegar a Hospitalet abandonábamos el coche en alguna callejuela, cogíamos las maletas y buscábamos un taxi que nos llevara al Barrio Chino de Barcelona, donde estaba nuestra pensión. Una vez allí, con gran nerviosismo, abríamos las maletas y seleccionábamos los objetos de valor, para venderlos después a un perista que hacía negocios en Las Siete Puertas.

- Pues sigo sin ver dónde estaba el problema -dije.

- No, si hasta ahí todo bien. La complicación vino cuando volvimos a intentar el golpe dos semanas después. La poli había puesto una vigilancia discreta en las puertas de las llegadas internacionales y nos pillaron nada más parar el coche…

- Lógico -apuntó el Onassis encogiéndose de hombros.

La visión de la galería quedó eclipsada por la figura alta y fornida del Pipo, el argentino, que traía un termo bajo el brazo izquierdo y la bombilla para tomar mate en la mano derecha.

- ¡¡Aquí llega un hombre!! -casi gritó

- Pues apártate de la puerta, porque no lo veo -bromeé.

Ese comentario le ofendió, porque pensó que lo decía en serio. Le pedí disculpas, que aceptó a regañadientes, hasta que al final acabamos riendo. Ni en broma consentía que se pusiera en duda su hombría. Ya más sereno, se sentó y compartimos mate y tabaco.

- ¿Cómo fue que viniste a parar a España? – Le pregunté.

- Pues huyendo de los secuestros, las torturas y los asesinatos de la dictadura de mi país. Como la mayoría de mis paisanos.

- Por la información que aquí nos llega, aquello debe ser terrible -comentó el Onassis.

- ¡¡No se lo pueden ni imaginar!! Yo presencié en vivo y en directo los primeros momentos del golpe y la inmediata represión de los milicos

El Pipo volvió a llenar la bombilla con agua del termo, se la ofreció al Onassis y continuó su relato.

- Yo hacía la colimba entre 1975 y 1976 como milico de la Armada …, bueno, lo que ustedes llaman el Servicio Militar Obligatorio. Ja, jaMe río porque el nombre de colimba tiene su gracia. Viene de la unión del inicio de tres palabras: Corra, limpie y barra, co-lim-ba, que eran las principales ocupaciones diarias de los soldados… Por suerte -o por desgracia, según se mire-, mi afición a los autos desde jovencito me sirvió para conseguir un destino como chofer y guardaespaldas de un oficial, el comodoro de marina Amando Fortunato Anaya.

- Pues entonces -intervino de nuevo el Onassis- te pilló de lleno el golpe militar, porque creo recordar que se produjo el 24 de marzo de 1976…

- Así fue. Verán. El mes de febrero de 1976 había comenzado con un calor sofocante -recuerden que por esos meses allí es pleno verano. Yo fumaba un cigarrillo tras otro junto al auto oficial, esperando a que el comodoro Amando saliera de la reunión con los miembros del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas. Al cabo de más de tres horas vi que iban saliendo todos los jefazos de la Fuerza Aérea, de la Marina y de la Armada. Almirantes, generales, brigadas…

- Al Cuartel General -me ordenó el comodoro, que subió al auto con un capitán de fragata al que yo no había visto anteriormente.

- No queremos que el ejemplo de la revolución cubana se extienda por América -comentaba don Amando a su acompañante, sentados ambos en el asiento posterior. Aquí hace falta una dictadura para hacer frente a la amenaza que representan los partidos de izquierda y los sindicatos, soliviantados por el triunfo de Fidel Castro. Para ello contamos con el apoyo económico y logístico del gobierno estadounidense, claro. Porque esta Isabelita Perón más que gobernar nos trajo el caos y el desgobierno total. Mano dura, es lo que hace falta aquí.

El Pipo hizo una pausa para coger la bombilla del mate que le tendía el Onassis. La volvió a rellenar con agua del termo y se la ofreció al Marqués, que la rechazó, alegando que ya había probado esa infusión anteriormente y no le gustaba. Entonces me la ofreció a mí. Fue la primera vez que probé el mate y he de decir que no me entusiasmó, pero pido a mis amigos argentinos y uruguayos que no desesperen, porque lo mismo me ocurrió la primera vez que bebí cerveza y ahora …

- Entre 1974 y 1976 -continuó el Pipo- la situación política, económica y social en mi país era un desastre. La inflación andaba disparada; diariamente se producían cuatro o cinco asesinatos políticos y estallaba una bomba cada tres horas. ¡¡El orden público estaba desaparecido en combate…!! Supongo que en aquella reunión de los altos mandos militares se ultimaban los preparativos para el golpe, que, efectivamente, tuvo lugar el 24 de marzo de 1976. Se nombró una Junta Militar, en la que estaban el almirante Massera y los generales Agostini y Videla, éste último como presidente de la misma…

- Por lo que he leído sobre el tema -apuntó el Onassis-, parece que, en principio, la población acogió con cierta esperanza el golpe, pensando que se produciría un retorno a la normalidad tras el caos de los últimos años del peronismo. ¿Fue así, Pipo?

-Así fue. Pero Videla y su Junta llegaron al poder con un plan muy simple. Así lo manifestó, justo después del golpe, el general Ibérico Saint-Jean, gobernador de Buenos Aires: “Primero mataremos a los subversivos; después a sus colaboradores; después a sus simpatizantes; después a los que permanezcan indiferentes; y, finalmente, a los tímidos”.

- Un discursito idéntico -señaló el Onassis- al que hizo el general Queipo de Llano tras el golpe faccioso en España: El exterminio del que piense diferente.

En Argentina, a finales de 1977, a poco más de un año y medio del golpe militar, los presos políticos eran más de 18.000, las personas asesinadas unas 15.000, y muchos miles las desaparecidas. Los exiliados… incontables. Ese país fue el primero que “institucionalizó”, como arma disuasoria, a los desaparecidos, al comprobar los psicólogos y estrategas que era peor la desaparición con su incertidumbre que el asesinato.

- Ante ese panorama -prosiguió el Pipo-, en el que nadie estaba seguro, me di el piro. Aquí, en Barcelona, tenía un amigo, el Flaco Luís, con el que ahora comparto celda. Me instalé en su casa. Sin posibles, ideamos un atraco para sobrevivir. Salió mal y aquí andamos… ¿Quieren otro matecito?

El golpeteo de cacerolas nos avisaba de que el rancho estaba preparado. A voz en grito el Galápagos anunciaba el menú: ¡¡Macarrones y pollo!!

(Continuará…)

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Educador social y maestro. Humanista y luchador contra las injusticias

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