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9 min
Historias del Hotel Rejas (Cap. XVIII)
Reales |
12.02.21
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Sinopsis

Historias basadas en hechos reales ocurridos entre finales de los años 70 y principios de los 80.

                                           

                                                     Capitulo XVIII

La lluvia seguía cayendo con intensidad, por lo que, tras la comida, los tres volvimos los tres a nuestra celda para tomar café y seguir conversando.

-Tú nos contaste un día cómo te detuvieron -me dijo el Marqués, tumbado bocarriba en su cama-, y nos impresionó mucho aquella frase: “¡¡Sal de ahí o te quemo!!”. Pero ¿nos podrías explicar cómo acabaste en la clandestinidad tan joven?

El Onassis y yo, sentados frente a frente, fumábamos y apurábamos nuestro café. En ese ambiente relajado, respondiendo al Marqués, comencé a explicar otra parte de mi historia.

- Pues veréis. Tenía trece años cuando vi por primera vez una manifestación antifranquista. Bueno, en realidad se trataba de un “salto” o “manifestación-relámpago”. En Sabadell. Corría el mes de julio de 1970. Durante las vacaciones de ese año trabajé en un almacén de muebles del barrio de La Planada, situado frente a la escuela de Las Balsas, nombre con el que llamábamos al Colegio Nacional Jonqueres, por hallarse situado junto a unos embalses. Yo había asistido a esa escuela hasta el año anterior, porque la dirección decidió rechazarme como alumno para el curso 1969-70, debido a las quejas de por los malos tratos que practicaban algunos profesores. “Si no le gustan nuestros métodos educativos -le dijo el director, don Peláez, con voz altanera- no vuelva a traer a su hijo el próximo curso” Así que me apuntaron al colegio Horizonte, una academia ubicada en la avenida Matadepera de Ca n’Oriac, donde las hostias también caían de lo lindo.

- En todas partes cocían habas -comentó el Marqués expulsando el humo de una profunda calada a su cigarrillo.

- Como decía… En esos años las familias de las barriadas compraban muebles pagándolos en pequeños plazos. En Muebles Hernández se facilitaba a tal punto la compra que cada cliente abonaba semanalmente lo que buenamente podía. Semanalmente, sí, porque entonces las empresas pagaban la “semanada” en un sobre con dinero en efectivo. Como recordaréis, aún no se había establecido el sueldo por mensualidades y mediante domiciliación bancaria, como hacen ahora las empresas.

- Sí, sí. Efectivamente… -convino el Onassis.

-Bien -continué. Dado que el señor Hernández, un granadino de Guadix sesentón, achaparrado y ladino, no sabía leer ni escribir, siempre tenía algún empleado para anotar las pequeñas entregas que los clientes hacían para ir saldando su deuda. En el verano de 1970 ese empleado fui yo.

- Sin contrato, supongo -dijo el Marqués-, porque hasta los catorce años no se podía trabajar legalmente.

- En negro, por supuestoSi me permitís una digresión -añadí en este punto de mi relato-, diré que muchas de las familias que en esos años ya podían amueblar dignamente sus casas, habían llegado a Sabadell a mediados de los cuarenta, huyendo de la miseria, del hambre y de la represión franquista. Se instalaron en el extrarradio de la ciudad y encontraron trabajos, mal pagados, principalmente en las fábricas del textil y en la construcción.

-Bien que lo sé -confirmó el Onassis. Yo fui uno de esos que llegamos con una mano detrás y otra delante...

- Entonces ya sabes -dije- que los precios de los alquileres eran prohibitivos para las personas que venían de Murcia, Andalucía, Extremadura…  Como ejemplo de las fatigas y sufrimientos que tuvieron que pasar, solo os diré que muchas de ellas excavaron a pico y pala su primer hogar en un barranco junto al rio Ripoll: las cuevas de Sant Oleguer. En 1946 ya había más de cien de esos habitáculos, sin luz, sin agua… En muchos de esos “hogares” se hacinaban familias muy numerosas, que sufrían la humedad y el frio de los inviernos, así como el calor, la pestilencia y los mosquitos en veranos. Las aguas fétidas de una cloaca pasaban junto a las cuevas, buscando el río.  La mortalidad infantil era considerable. Las fuertes lluvias desplomaban techos y paredes, causando muchas desgracias. Ante esa catastrófica situación, el alcalde franquista, Josep Maria Marcet, ordenó tapiar las cuevas en 1958, pero sin ofrecer alternativas habitacionales a las familias, que tuvieron que recurrir a la ayuda de sus paisanos para reubicarse en diferentes barrios.

- Pues cuando yo llegué a Cataluña el año 1965 -comentó el Marqués, me instalé en la vivienda de mis tíos durante varios meses.  Vivían -y viven- en el Prat, en el barrio de Sant Cosme, suburbio que se había construido con urgencia hacía dos o tres años para acoger a los habitantes de las barracas de Montjuïc y de las zonas más afectadas por las riadas y aguaceros de 1962.

- Sí… -asentí. Durante las décadas de los cincuenta y los sesenta llegaron a Sabadell nuevas oleadas de inmigrantes, cuyas viviendas conformaron una corona de barrios en torno al centro de la ciudad. La solidaridad de los que habían llegado antes fundamentó una unidad organizativa que luchó por mejorar las condiciones de vida en sus barrios, que carecían de todos los servicios básicos: electricidad, agua corriente, alcantarillado, asfaltado, escuelas, transporte público… En Ca n’Oriac, Torre-Romeu, Can Puigjaner, Can Rull, Campoamor… se constituyeron Asociaciones de Vecinos, que, en pocos años, se politizaron contra la dictadura, uniendo sus esfuerzos a las luchas obreras y estudiantiles.

- En esos años yo militaba en el PCE -dijo el Onassis, asintiendo pausadamente con la mirada desenfocada-, pero en Cataluña me incorporé al PSUC, que era el partido más combativo por entonces. Y, sí, puedo confirmar lo que dices. La solidaridad y las organizaciones vecinales fueron la semilla que hizo crecer un gran movimiento antifranquista. Las estrategias de lucha de la gente de Sabadell fueron un ejemplo para todos los combatientes antifranquistas.

- Bien, pues en ese contexto -continué con mi historia-, una parte de los  jóvenes  creó  Centros Culturales, entidades semiclandestinas que organizaban excursiones, talleres de teatro, cinefórums y, los domingos, hasta animados guateques…

- Recuerdo -abundó el Onassis con una amplia sonrisa- que esos lugares eran propicios para el proselitismo de los partidos políticos, que brotaron como flores con todos los matices del rojo en los últimos años de vida del dictador.

- O sea -continué-, que esa calurosa tarde del mes de julio de 1970, cuando volvía del almacén de muebles, me sorprendieron los gritos de un grupo de unas treinta personas: ¡¡Abajo el fascismo!!, ¡¡Por una república popular y federativa!!, ¡¡Muerte al imperialismo yanki!!  Corrían por el campo de futbol de La Planada, frente a mi casa, en la calle Cáucaso, portando pancartas con los mismos lemas que coreaban. Los vecinos los observaban temerosos. Cuando entré en casa, mi padre, blanco como la cera, me dijo:

- Ni se te ocurra meterte en política. Eso solo trae problemas.

Pero yo había reconocido a algunos de los jóvenes que protagonizaban aquella acción. Los había visto entrando y saliendo del Centro Cultural de La Planada, justo enfrente de los Muebles Hernández. Y como no hay nada más atractivo que lo prohibido, al día siguiente, al terminar mi jornada, entré por vez primera en ese local. Un nuevo mundo se abrió ante mí. Me interesé por todas las actividades… Poco a poco fui tomando conciencia política. Vi claro que había que organizarse y luchar para cambiar las cosas. Me convertí en un devorador de libros, muchos de los cuales no alcanzaba a entender, pero mi pasión por la lectura, mi relación con el Saber, mis ansias por conocer… todo eso ya se instaló en mí para siempre.

- Pues a mí, eso de la política nunca me ha interesado -sentenció el Marqués. Yo siempre he ido a mi bola. Bastante tengo con buscarme la vida desde que era niño. Me piré de Vélez de Banaudaya con 13 años. En mi casa éramos más pobres que las ratas… ¿Para dónde tirar? Podía elegir si hacia Lanjarón, en las montañas de las Alpujarras, o para Motril, a ver el mar… Al final subí hasta Trevélez, mendigando y pillando de los huertos lo que podía para comer. Un año después bajé hasta la costa y acabé trabajando en los barcos pesqueros. Por lo menos ahí no me faltó la comida. Un par de años, aguanté. Luego ya me vine para Barcelona. Mi política siempre ha sido esa, o sea, la de poder comer cada día.

Justo acabó de decir eso el Marqués y sonaron los golpes de las cacerolas que anunciaban la hora de bajar a recoger la cena.

- Bueno, chaval -me dijo el Onassis mientras bajábamos a buscar el rancho. Muy interesante tu historia. Un día de estos continuamos.

La lluvia, que nos había acompañado como una banda sonora durante todo el día, parecía haber cesado, pero el bochorno era el mismo. Tras la cena, salí a pasear por la galería para estirar las piernas. El Brasileño, en un rincón, “emitía” su crónica, a la que nadie prestaba atención. Me acerqué a escucharlo por distraerme un rato.

- … El emperador Adriano acudió en alguna ocasión a los baños públicos, donde, como todos nuestros oyentes saben, se mezclaban gentes de todas las clases sociales. Una de esas veces, al entrar a los baños se encontró con que un hombre se frotaba la espalda contra la pared. Preguntó a sus sirvientes que por qué actuaba de esa manera. A lo que uno le respondió:

-Porque no dispone de un esclavo que le rasque.

Ante esta respuesta, Adriano, haciendo gala de su generosidad, le regaló un esclavo a ese hombre. Semanas después, el emperador acudió nuevamente a esos baños. Al verle entrar, unos veinte hombres comenzaron a rascarse la espalda contra las paredes. El emperador, viejo zorro, se los quedó mirando y dijo a sus sirvientes:

- Que esos hombres se rasquen la espalda el uno al otro…

(Continuará…)

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