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11 min
Historias del Hotel Rejas (Cap. XX)
Reales |
24.02.21
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Sinopsis

Historias basadas en hechos reales, entre finales de la década de los 70 y los primeros años de los 80

"El torturador es un funcionario. El dictador es un funcionario. Burócratas armados, que pierden su empleo si no cumplen con eficiencia su tarea. Eso, y nada más que eso. No son monstruos extraordinarios. No vamos a regalarles esa grandeza."  Eduardo Galeano.

“Mírate así. ¿Qué cangrejo monstruoso atenazó tu infancia? ¿Qué paliza paterna te generó cobarde? ¿Qué tristes sumisiones te hicieron despiadado?” Mario Benedetti

- Recuerdo que llegaste a esta celda -me dijo el Marqués, que ya se había estirado en su litera- con varios puntos de sutura en la cabeza, moratones en la cara y un par de costillas muy tocadas, pero… Bueno…, no sé ti te apetece contar cómo fue tu detención y tu paso por la comisaría de Vía Laietana.

-Pienso que contarnos esa experiencia te hará bien -apuntó el Onassis.

Nos habían chapado ya en la celda. El Onassis leía un libro de poesías de Mario Benedetti y yo dejaba volar la imaginación, pensando en mi padre, que no había venido a verme desde mi detención. Según mi madre, “se le pone un nudo en el estómago que le anula la voluntad. No soportaría verte entre rejas”.

- No tengo ningún inconveniente en explicarlo – respondí al Marqués. Si, creo que a los pocos días de llegar aquí os conté que al volver de Madrid solo tenía una posibilidad para contactar con alguien de mi organización, mediante una llamada que debía hacer los lunes, a las 17:00 en punto, al teléfono de un bar de Sants, en Barcelona… Ya sabéis que Andrés Martín -nombre de guerra, claro- respondió a esa llamada dándome el OK para vernos en el lugar acordado…

Octubre de 1979 había comenzado con días bochornosos y noches frías. En Cerdanyola subí al bus que me llevó a Fabra i Puig, a la entrada de Barcelona. Allí tomé la línea 1 del metro hasta la estación de Mercado Nuevo, donde estaba el bar fijado para el encuentro. Me dirigí directamente a la barra, dispuesto a pedir una tónica con hielo. Sin darme tiempo a terminar la frase, tres hombres, armados con revólveres de pequeño tamaño, se abalanzaron sobre mí como fieras. Algunos días después, mientras me recuperaba en el Palomar de la Modelo de las lesiones provocadas en las sesiones de tortura, concluí que mi fallo había sido entrar directamente en aquel local, sin considerar las más elementales normas de seguridad, que tan útiles me resultaron durante aquellos tres años de clandestinidad. Lo correcto hubiera sido llevar a cabo un reconocimiento del entorno, con alguna discreta mirada al interior del bar, observando posibles detalles que desencajaran y asegurándome de que Andrés Martín se encontraba allí. Sí, ese día hacía demasiado calor y mi mente se distrajo pensando en la tónica fresquita que saciaría mi sed. Con fuertes empellones me arrastraron hasta uno de los dos coches que tenían aparcados ante la puerta del establecimiento, donde aguardaban otros policías. Entre tres no eran capaces de meterme en el vehículo. Mi tensión nerviosa era tal que me resistí con fuerza, porque sabía que, una vez dentro del vehículo, estaba perdido. Yo gritaba con todas mis fuerzas: 

- ¡¡Avisen a la prensa!! ¡¡Me van a torturar!! ¡¡Soy un antifascista!!  

A lo que ellos también gritaron, intentando acallar mis gritos a toda costa:  

- ¡¡No le hagan caso, es un violador!!

Vencieron mi resistencia con un fuerte culatazo en la nuca. La sangre comenzó a surgir profusamente. Un policía conducía y otro hacía de copiloto. Yo iba sentado detrás, entre los otros dos. En estado de shock, comencé a agitar la cabeza de un lado otro con energía, lo que provocó que la sangre manchara las impolutas camisas blancas de los polis y sus caros trajes. Eso desbordó su ira y recibí en la cara una lluvia de golpes en estéreo. Me dio por pensar que dispondrían de ropa de recambio en comisaría, porque si no tendrían que dar incómodas explicaciones a sus esposas o a sus novias al llegar a casa. Ante mi mirada perdida, que denotaba el errático discurrir de mis pensamientos, uno de los agentes me dijo: “Ya te puedes ir preparando una buena milonga”. Y continuaron golpeándome. Me reventaron la nariz, con lo cual la cantidad de sangre fue más abundante y más enérgico mi movimiento de cabeza para salpicarles. Ante aquella violenta situación -lo recuerdo nítidamente- no sentía dolor ni tampoco miedo. Durante los tres años de vida clandestina, y ante la sucesión de detenciones de compañeras y compañeros, se había ido instalando en mí el convencimiento de que, tarde o temprano, yo también caería y me había ido preparando mentalmente para ese momento. Mientras me pegaban, clavaba en ellos una mirada interrogativa que soportaban. ¿Qué tipo de vida llevarían esos ganapanes del escarmiento? ¿Qué responderían a sus esposas y a sus hijos cuando, al volver a casa les preguntasen cómo había ido la jornada? A toda velocidad, con la sirena activada -verruga de luz azul destellante y estridente ulular- atravesamos la ciudad. Nada más entrar en la comisaría, siete u ocho policías de paisano formaron un corro y me colocaron en medio. Yo era el balón de futbol en ese rondo de fieras salvajes. El ejercicio y el bochorno los hacía sudar a chorro, a pesar de que se habían despojado de las chaquetas y arremangado las camisas. Cuando se cansaron me condujeron a empujones a uno de los despachos, al fondo de un largo pasillo. Recuerdo que exigí la presencia de un abogado, a lo que respondieron con grandes risotadas diciendo: “Éste se ha creído lo de la democracia…” No sin dificultad, consiguieron colocarme en “la barra”, un tipo de tortura que consiste en que, esposado, te ponen en cuclillas y te pasan una barra de hierro entre los brazos y las corvas -tras las rodillas. A continuación, te colocan entre dos mesas, con lo que quedas colgando con la cabeza hacia atrás, las esposas clavándose en las muñecas y en las espinillas. Varias décadas después, aún son visibles las marcas de las heridas que me produjeron. Así permanecí durante varias horas. Para completar el tormento, me quitaron los zapatos y los calcetines, para golpearme con fuerza la planta de los pies con una porra reglamentaria. A pesar de aquel ensañamiento, de aquel sadismo -era evidente que disfrutaban con cada golpe- conseguí no gritar ni mostrar ni un solo gesto de dolor. Eso les jodía muchísimo y me daban con más fuerza. Creo que mis lecturas y prácticas autodidactas del yoga durante mi adolescencia me sirvieron en aquel trance. Tan solo una vez pensé en la muerte, tras varias horas allí colgado. Pero he de decir que no pensé en ella con temor, sino deseándola para acabar con aquel sufrimiento. Cuando terminó el suplicio apenas me podía sostener derecho, debido a la hinchazón de mis pies. Pude llegar hasta el baño. Bebí agua del grifo con ansiedad, pero al levantar la cabeza y mirarme al espejo no me reconocí, aunque sabía que era yo. Después me tuvieron que ayudar a bajar hasta los calabozos del semisótano, porque no podía caminar. Poco después, un guardia me trajo un plato de sopa aguada, en la que flotaban algunos fideos. La comí con mucha gana. Desde el calabozo contiguo me llegó una voz que me ofrecía un bocadillo. Se trataba de Zambrano, un destacado antifranquista, militante anarquista, que acumulaba en su haber varias detenciones por enfrentarse a la policía en las manifestaciones. Se había declarado en huelga de hambre y, desde esa noche, me pasó cada día el bocadillo que le hacían llegar sus compañeros cenetistas. Las sesiones de tortura se prolongaron durante dos días más. No abundaré en detalles, pero sí quiero indicar que, en unas de las sesiones, durante el tormento conocido como “la moto”, en el que combinaban los golpes con la colocación de una bolsa de plástico en la cabeza, que impedía respirar, perdí el conocimiento. Se espantaron tanto que me desperté en la clínica Pere Camps, según constaba en el logo que llevaba la bata de la enfermera que me atendía. Allí fue donde me pusieron los puntos de sutura y me aplicaron pomadas para hematomas y trombos. Los malos tratos cesaron. Al volver a comisaría me dejaron en el calabozo y solo me hacían subir para disimular en lo posible las señales de las torturas. Tenía que estar “presentable” cuando me llevaran ante el juez. Lo que me resultó muy curioso fue que apenas me preguntaran nada. Más tarde supe que en Barcelona y provincia habían conseguido detener prácticamente a todos los militantes, y que, por esos días, la cúpula del partido había sido detenida en Valencia, al parecer por la labor de una persona infiltrada. El último día, antes de conducirme a los juzgados, el comisario jefe de la Brigada, un tipo alto y elegante, que lucía una melena muy a la moda -supongo que para poderse infiltrar con mayor facilidad entre la juventud- me insinuó que si colaboraba con ellos tendría la vida resuelta. Con la mirada de desprecio que le dirigí entendió de inmediato mi respuesta.  

- Así que, según consta en esta declaración -me dijo el juez-, usted era el responsable de la Comisión de Propaganda de esta organización ilegal. Por tanto, está usted acusado, en grado de inducción, del robo de una multicopista Gestetner.

-Pero esa declaración la he firmado bajo tortura, señor juez – me defendí.

-Eso decís todos. Yo lo veo en perfecto estado. Prisión provisional, sin fianza, hasta la celebración del juicio. Llévenselo.

El Onassis y el Marqués habían permanecido en silencio escuchando mi relato, fumando un cigarrillo tras otro.

-Vaya unos fascistas cabrones -comentó el Marqués.

-Y, ¿qué sentiste al ingresar en la cárcel? -preguntó el Onassis

-Pues, en contra de lo que se pudiera pensar, mi entrada en prisión la viví como una liberación. No solo porque suponía el final de las torturas, sino también porque los tres años de clandestinidad habían sido realmente muy duros para mí y para mi compañera. La desconexión repentina con todas las personas y actividades que formaban parte de mi vida -la familia, los amigos, las compañeras y compañeros de trabajo…; las excursiones, los guateques…-; sumado a la tensión permanente, noche tras noche, día tras día; viajar y pasear las calles sin poderte fiar de nadie, siempre en alerta para detectar posibles seguimientos… Esa tensión se acabó de golpe al entrar en el Palomar y tumbarme en el jergón desplegado sobre el suelo frío. Sí, a pesar del dolor físico que sentía en mis lastimadas costillas, mi sensación fue de un gran alivio.

Esos ganapanes del escarmiento, eran, en Barcelona, los alumnos aventajados de grandes maestros de la tortura, como los hermanos Creix, Atilano del Valle Oter, Conesa, González Pacheco -más conocido como Billy el Niño-, Rodríguez Galindo y tantísimos otros. La mayoría de ellos fueron ascendidos y condecorados por los gobiernos del PSOE y del PP. La Transición no supuso nunca una auténtica ruptura democrática, un corte histórico significativo respecto del régimen criminal franquista. En ningún momento se abordó la depuración del aparato del Estado. Políticos destacados durante la dictadura fueron los encargados de dirigir el cambio. Y en ese proceso de adaptación de las estructuras franquistas a los nuevos tiempos, policías, jueces y militares continúan siendo los mismos. Los implacables jueces del Tribunal de Orden Público prosiguen su ascenso en los nuevos tribunales de excepción que surgen, y los torturadores de la antigua Brigada Político-Social mantienen sus siniestras trincheras en los sótanos de las principales comisarias del Estado.

-Como dice aquí Mario Benedetti -dijo el Onassis mostrándonos el libro que estaba leyendo-:  Alguien limpia la celda de la tortura. Lava la sangre, pero no la amargura.

Dicho lo cual, se instaló el silencio. Un rayo de luna se filtraba por el ventanuco, creando una sensación de pacífica irrealidad que, poco a poco, nos sumió en el sueño.

(Continuará…)

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