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11 min
Hojas de roble flotando en el agua
Suspense |
10.08.18
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Sinopsis

Tommy y su madre contemplaban a través del ventanal las hojas arrancadas por la fuerza del vendaval aterrizando sobre la superficie de la piscina...

 

 

—Mamá, ¿cuándo limpiamos la piscina? — El pequeño Tommy, un chiquillo vivaracho y soñador, a unos días de cumplir los 9 años, contemplaba la lluviosa tarde otoñal a través del ventanal de su terraza.

—¿Limpiar la piscina…? —replicó su madre, con aire ausente—pero, hijo, si estamos a principios de diciembre…

—Ya, pero tú siempre dices que no hay que dejar para mañana lo que puedas hacer hoy…—insistió Tommy, ceñudo, mientras escudriñaba con melancolía el líquido rectángulo cuya superficie estaba alfombrada por una espesa capa de hojas procedente de los fornidos robles que la flanqueaban, amén de una decena de castaños de menor porte. 

—Sí, pero fíjate en los árboles—su madre se acercó hasta el ventanal—aún les quedan muchas hojas. Los robles suelen conservar bastantes a finales del otoño, cuando otros, como los castaños—señaló sus ramas desnudas— ya las perdieron muchas semanas atrás. Si quitamos ahora las que han caído, dentro de unos días tenemos otra capa nueva. Y, además, hasta que pueda usarse la piscina aún falta medio año…

—Tienes razón, mamá, como siempre—admitió Tommy con desgana—¿Quién sería el tipo listo al que se le ocurrió plantar robles y castaños alrededor de una piscina? Normalmente se plantan setos o cipreses enanos, de esos que llaman “cortavientos”, pero robles… ¿es que no sabían que tienen la curiosa costumbre de perder sus hojas?

Sara Robinson estalló en una espontánea carcajada ante el ocurrente y atinado razonamiento de su hijo. A veces, Tommy la sorprendía con esos certeros comentarios, pronunciados con un solemne rictus de seriedad. En esas ocasiones, el niño aparentaba bastante más años de los que tenía.

—Muy bien dicho, hijo, pero fíjate…hay algo que falla en tu razonamiento: ambos, tanto castaños como robles, sobre todo éstos, ya llevaban ahí unos cuantos años cuando se construyó la piscina. Lo raro, en todo caso, es que no los talasen, al menos, alguno…—concluyó, la señora Robinson, abarcando, con un gesto rotatorio de su brazo, la veintena de robustos ejemplares arbóreos, algunos casi centenarios.

—Cuando regrese papá de su viaje, lo convenceré para que tale alguno—Tommy imitó el manejo de una motosierra, al tiempo que remendaba el ronquido del aparato—o al menos, que corte las ramas que crecen hacia la piscina.

El rostro de la señora Robinson se ensombreció de pronto, ante la mención de su marido. Miró a su hijo con una expresión de alarmada tristeza.

—Tú padre no va a regresar en mucho tiempo, Tommy—su voz se entrecortó mientras acariciaba la cabeza del niño, enredando sus dedos entre los negros rizos—Eso…si es que regresa algún día—concluyó, casi en un susurro, cargado de amargura.

Tommy se apartó bruscamente, rechazando la caricia, y replicó furioso:

—Mamá, por favor, no vuelvas a decir eso. Claro que va a volver. Sólo hace siete días que se fue, y no se despidió de mí. —las lágrimas asomaron a los ojos del niño—Si no vuelve, no se lo voy a perdonar jamás. La próxima semana es mi cumpleaños. Seguro que aparece cuando menos lo esperemos, cargado de regalos.

—Yo que tú, no me haría muchas ilusiones, Tommy; mejor dicho, ninguna. No sé cuándo regresará tu padre, pero seguro que para tu cumpleaños no—Sara Robinson clavó la vista en el horizonte lejano, más allá de las copas de los robles. Su rostro se crispó en una expresión de rabia mal contenida—No sé cuándo regresará, porque ni él mismo lo sabía cuándo se fue. Esas fueron sus últimas palabras, antes de subirse al coche dónde lo esperaba la chica, lo recuerdo como si lo estuviera viendo ahora mismo.

Afuera, el viento continuaba arrojando espesas cortinas de agua contra el chalé y zarandeando las gruesas ramas de los robles. Cientos y cientos de hojas eran arrancadas sin piedad y arrojadas sobre la superficie del agua estancada. La densa alfombra vegetal que cubría por completo la piscina continuaba engrosando a buen ritmo.

Sara Robinson reprimió un escalofrío. La temperatura parecía haber descendido varios grados. Habían anunciado nevadas para la próxima semana.

—La chica que lo esperaba en el coche…—repitió Tommy con la mirada perdida, como sumido en una dolorosa ensoñación. —¿Quién era esa chica mamá? ... ¿Por qué se escapó papá con ella? —el niño se aferró con fuerza a la baranda del balcón hasta que sus nudillos se volvieron blancos.

—Ya te lo expliqué, Tommy…—en la voz de Sara había una buena dosis de hastío y cansancio—Desde que se jubiló hace unos meses, tu padre parecía aburrirse mucho. Ya tenía muy visto lo de casa, así que decidió buscar algo ahí fuera, algo que le animara la penosa rutina diaria. No me invento nada, hijo; esto, con palabras parecidas fue lo que me confesó ese sinvergüenza el día que lo pillé con esa jovencita. Santo Dios, si es que podía ser su hija, casi su nieta.

—Me lo contaste, mamá, es cierto, pero no termino de creérmelo. Quiero que me lo cuentes otra vez—Tommy habló con voz firme, preñada de ira, sin dejar de mirar fijamente las alborotadas bandadas de hojas aterrizando sobre el agua, como una insólita nevada de extraños copos lobulados.

—Érase una vez…—Sara Robinson recordó cuando le contaba cuentos para dormirlo y la voz se le quebró otra vez. —... una chica rubia y de ojos claros que respondía al nombre de Ivanka. La muchacha había llegado desde la lejana Rusia buscando su príncipe soñado. No tenía papeles, no tenía familia, estaba sola en el mundo. La niña era una auténtica preciosidad, poseía una belleza exótica y arrebatadora, fuera de lo común, llamaba la atención allá por dónde iba. Así, a la inocente doncella, la singular Dulcinea llegada desde la fría estepa siberiana, no le costó trabajo encontrar al solícito caballero andante dispuesto a dejarlo todo, incluidos mujer e hijo, para dedicarse por entero a su bella ninfa…

—…Y se marcharon a una lejana isla…—interrumpió Tommy, recordando lo que le contara su madre.

—“Me marcho, Sara, me voy con Ivanka. No sé muy bien a dónde. Seguramente, buscaremos una isla desierta y ahí nos perderemos, fuera de la civilización, lejos de todos y de todo. Mi vida ha sido un error tras otro, he vivido en la mentira. Ivanka me ha abierto los ojos.” Estas fueron sus palabras exactas, Tommy. —Declaró Sara con los ojos arrasados en lágrimas. —…”No intentéis contactar conmigo. —continuó rememorando Sara— Ya os llamaré yo cuando me parezca oportuno. De momento, necesito un largo tiempo para reflexionar. Despídeme de Tommy, dile que algún día volveré, pero no sé cuándo”.

—Ésas fueron sus últimas palabras, antes de subirse al taxi, con la maleta hecha a toda prisa. En el vehículo lo esperaba una Ivanka radiante, relamiéndose con una sonrisa de gata que ronronea satisfecha.  Y con las mismas, ambos se largaron camino del aeropuerto para tomar un avión rumbo a la aventura, con destino desconocido. Y así, a lo tonto, a lo tonto, ya ha pasado una semana, y al señor aún no le ha parecido oportuno ponerse en contacto con nosotros.

—¿Tú crees que volverá algún día, mamá? —Tommy, al igual que su madre, también empezaba a dudar.

—Es posible, hijo, es posible—Sara se resistía a romper los débiles hilos de esperanza a los que aún se aferraba Tommy—pero, no me preguntes cuando, porque no tengo ni idea…

Afuera, se redobló la furia del vendaval. Por un momento, el contorno poligonal de la piscina pareció desaparecer sepultado, literalmente, bajo los remolinos de hojas que giraban y giraban como diminutas bailarinas enloquecidas. Cuando, finalmente, retornó la calma, Sara y Tommy, inquietos tras el ventanal, contemplaron como la inmensa mayoría de las hojas, ocres y doradas, reposaban sobre el agua de la piscina y sus alrededores. De hecho, aquella parecía una olla gigantesca, llena a rebosar, sin que, por sitio alguno, se atisbaran trazas del líquido elemento.

—Mamá, de todas formas, hay una cosa que no te voy a perdonar…—exclamó Tommy, zafándose del abrazo de su madre y separándose del ventanal.

—¿Y qué cosa es ésa, si puede saberse…? —Sara se puso a la defensiva, esperando y temiendo la respuesta.

—Qué el día que papá se marchó me enviaras a casa de la tía Alicia. Por tu culpa, no pude despedirme.

Sara lo cogió de las manos y le habló mirándole a los ojos:

—Hijo, aunque ahora no puedas entenderlo, créeme si te digo que hice lo que me pareció mejor para todos, y pienso que no me equivoqué.

Tommy meneó la cabeza, no del todo convencido, pero al final asintió y se fundió en un abrazo con su madre.

                                     ************************

Al día siguiente, 3 de diciembre, amaneció una mañana radiante de sol. Después de desayunar, Tommy se marchó al colegio.

Sara esperó en el portal, como acostumbraba, hasta que el autobús escolar dobló la esquina y, a continuación, subió la escalera en cuatro saltos y penetró como una exhalación en el cuarto trastero que había permanecido cerrado durante la última semana.

Una vez allí, recogió el ordenador portátil y el móvil de su marido, además de un tercer objeto, el cual le había prestado una inestimable ayuda.

—Hay que ver, este marido mío que olvidadizo se ha vuelto últimamente. La belleza de Ivanka lo ha deslumbrado hasta cegarlo por completo. —una sonrisa maliciosa curvó sus labios, mientras descendía la escalera, ahora a un ritmo más pausado. — Menos mal que aquí estoy yo para ir recogiendo lo que deja tirado. Pues nada, ahora mismo corro a llevártelo, no te apures, maridito mío. Además, me encantará lucir cuernos esta Navidad, podré hacer de buey en el belén viviente o, incluso, de reno de Papá Noel.

Sara prorrumpió en sonoras carcajadas mientras traspasaba el umbral de la puerta y se acercaba a la piscina. Ahora se encontraba francamente animada, rebosante de energía y bienestar. Caminaba ligera como si flotara en una nube de extraña felicidad.

En pocas zancadas, se plantó delante de la escalerilla que emergía de la densa hojarasca flotante y arrojó a la piscina el móvil y el ordenador de su marido. Días atrás, había hecho lo mismo con dos grandes maletas llenas a reventar con sus trajes y zapatos, así como documentos y otros efectos personales.

 Su gesto desafiante recordó la formidable estampa de alguna antigua sacerdotisa ofreciendo un sacrificio a los dioses. Cual descomunal planta carnívora, la nutrida capa de hojas los engulló, rápidamente, tras un fugaz chapoteo que sonó muy amortiguado.

—Hala, par de tortolitos, ahí os mando eso, para que os entretengáis un rato. Me imagino que ahí abajo las horas se os harán muy largas. De todas formas, no os quejaréis, eh parejita, tanto que os gustaba estar juntos; ahí, tan arrulladitos, sin que nada ni nadie os moleste.

A continuación, Sara introdujo la mano en el bolso y extrajo la pequeña, pero eficaz, pistola del calibre 22. La contempló apreciativamente agradeciéndole los  servicios prestados en la exitosa resolución de aquel enojoso asunto. En ese momento, recordó las palabras de su padre: “Sara, procura que en tu casa nunca falte una buena arma. En los tiempos que corren, uno nunca sabe cuándo la va a necesitar.” Y terminaba parodiando la famosa frase bíblica: “Estad preparados, porque no sabéis el día ni la hora”.

—Cuánta razón tenías, papá. Además de buen padre y marido ejemplar, no como otros, has resultado ser un extraordinario profeta.

Estas últimas palabras las murmuró como una oración de despedida y cierre, y después, no sin cierto pesar, lanzó el arma del crimen a las fauces de la insaciable hojarasca acuática.

Nuevas bandadas de hojas, ahora ya mucho menos numerosas y más esporádicas, continuaban aterrizando sobre la superficie de la piscina. “Las últimas paladas de tierra…”, discurrió Sara Robinson, súbitamente poseída por un arrebato de macabra inspiración.

Y a todo esto, se dijo, de cara al próximo verano, y puede que por algún verano más, tendría que convencer a Tommy para que hiciera uso de la piscina municipal.

 

                                        FIN

 

 

 

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  • Excelente Paco! me gustó mucho. Siempre es un placer leerte, y también una inspiración. Un abrazo : )
    Amigo, me ha gustado este relato por la forma de escribirlo y por el tema. El suspenso flota en todo momento y arrastra al lector hasta el final. Entre nosotros, confieso que me imaginaba el final. Deseo agradecer su comentario en El Relato. Gracias, amigo.
    Muy buen relato de suspense. Como siempre, el amor y el odio van de la mano. Saludos
    Excelente historia. Muy buena
    Muy bueno! Muy bien desarrollado y mejor finalizado. Un relato de mucha calidad.
    Wow qué increíble historia, la disfruté de principio a fin. Excelente trabajo querido Paco Castelao saludos :-*
    Hola Paco una alegría verte de nuevo y que compartas. Has vuelto con un relato a la altura del último que escribiste "un día inolvidable" que aprovecho también para recomendar por divertido, original y sorprendente. Respecto a este lo he disfrutado de principio a fin, nos has mostrado la otra cara del mal, la que vive en el piso de al lado, y todo ello aderezado de excelentes descripciones y diálogos. En suma no te olvides de seguir publicando, das un plus a esta web. Un abrazo amigo, hoy desde Santander ...:)
    Excelente relato Paco. Muy bien contado y manejado los tiempos, las descripciones, los diálogos. Muy prolijo. Una historia original que me ha atrapado de principio a fin. Felicitaciones. Un abrazo y continúa escribiendo y compartiendo.
  • Desde siempre, las noches de Luna llena han sido escenarios abonados donde germinan las historias más singulares...

    42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

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