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7 min
Hombre a caballo y su mujer en la cama
Reflexiones |
27.01.20
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Sinopsis

Código Safe Creative: #1702172……

Luz de luna que alumbra caminos. Caminos que buscan arroparse bajo las sábanas  de la oscura soledad. Hombre a caballo, que teje y desteje luz y sombras, bajo la terraza que forman las copas de los árboles. Caballo que encalla su galope ante la bifurcación del sendero y la espuela ecuestre que talonea sus costados para redimir el tiempo y los espacios perdidos.  La mula fletada les imita el paso, pero a veces se excita y voltea no queriendo seguir. José alterna el trote con el galope, zanjeando los baches del camino. La venta ha sido fructífera, pero el regreso a casa se ha hecho lejano por la ansiedad. Su mujer y su hija, en casa, ocupan la impaciencia de sus pensamientos.

El calor es sofocante cuando un relámpago a la distancia anuncia tempestad y José levanta la cabeza en búsqueda de la estrella Polar. Desciende  a la  llanura y mide distancias al bodegón del negro Encarnación. Ya muy cerca, la lluvia nocturna percute sobre la tierra, cañoneando la polvareda del camino. El polvo que ha dorado el sol durante el día intenta escapar, pero fenece ahogado y convertido en lodazal. En bajada, el barrizal se transforma en una torrentera que desciende enloquecida, y José se obliga a utilizar las bridas y los estribos para llevar el caballo al paso. Una sombra cruza su imaginación, pero recuerda que ha contratado hace algo más de una semana a dos chavales para alternarse la vigilancia de la familia y la hacienda, en tanto dure esta ausencia. Ya al florecer la tarde de mañana, tendrá a su lado a la mujer y la niña.

Encarnación sale al paso y lleva los animales al pastizal, mientras ordena bebida y comida para el patrón y le ofrece una ducha para irrigar el cuerpo. Ahora José descansa en una hamaca con tabaco en labios. Bendice a solas a la muchacha que a sus años ha tomado por mujer. «Es sumisa y servil, nada fogosa para temer. Calla cual esclava obediente, cuando la maltratan mis borracheras. Eso sí, disfruta cuando la obligo a desnudarse para solo contemplar su cuerpo inocente. Me costó embarazarla sin mancillar sus carnes tiernas. La niña no tocó sus pechos, la amamantó la negra Hipólita».

Pero orina la hamaca cuando recuerda su ahora disfunción eréctil.

— ¡Maldición!

 

Todavía la noche es cruda cuando reemprende la marcha. Se ha hecho largo el sendero y prolongados los días de espera por el encuentro con la mujer y la hija en la granja. Pero el camino de noche hay que andarlo sin esperar lo imprevisto. Es la esencia del buen caminante. El añoso José lo sabe y se resiste al miedo. Ahora viaja solo. Saliendo de la fonda, su mayoral ha pedido licencia para ir a casa. Su hijo estudiante de medicina en la capital, es uno de los jóvenes que custodia en alternancia su hogar. Lo considera de confianza, es buen jinete y experto cazador de los que “donde ponen el ojo ponen la bala”. 

El otro, es el hijo del jefe civil, también ha hecho vida en la ciudad,  porque estudia para oficial de la Fuerza Armada. Cabalga a galope y es buen tirador.

Revive de sus reflexiones, cuando el siniestro canto de una lechuza deja oír un lamento de muerte.

Un hombre joven otea cuando le sigue en su travesía y José se detiene envuelto en la primera humarada de un cigarrillo encendido. El arma apunta y la niña María henchida de desespero despierta, llora y mece las barandillas de la cuna. La campanilla del reloj relincha. La madre la arrulla y piensa en su marido José que tan lejos está. Pero oculto tras sus pensares, el joven prensa sus carnes y lame con fogosidad su cuello, susurrando a su oído: «pronto serás libre»

José levanta la mano para saludar, al ver la figura del jinete que a la distancia se acerca. Es el momento en que recibe el balazo. Los animales emprenden la huida y el hombre los detiene. Saca de la alforja del caballo la cartera con el dinero y arrea la mula con el equipaje. El robo será el móvil y no el escarceo amoroso que ha iniciado con la mujer de José, después de ser el consolador de sus penas por los maltratos del difunto. Ya ha catado el néctar que fluye de sus órganos.

 

La mujer de José, es moza de pulpa tierna y firme,  sin desgaste por caricias. En estos últimos días se ha sentido acorralada entre dos fieras, que al mirarla, percibe que hacen jirones su ropa. Aún sobrevive a la cetrería de esta mañana. El varón la acorraló, desnudando su cuerpo. Abrió su carne, pincelando en sus entrañas un arcoíris de sensaciones y emociones, desconocidas y negadas hasta entonces. No se culpa. «Fue idea de José pedirle a ese muchacho que me asistiera en estos días de ausencia. Los jóvenes de la ciudad se hacen hombres expertos en el enamoramiento. Y ese niño loco con la fogosidad ardiente de sus apetencias y fantasías sexuales, violó los fantasmas de mi cuerpo y me mantuvo colgada del cielo»     

 

Niña sin habla, que desde el vientre aprendió a visualizar sucesos insondables, Ella lo vio en su vigilia. «Es el joven que viene a casa, corretea a mamá por el cuarto y se pone a jugar con ella en la cama».  El arma levanta. Oye el disparo y su padre se lleva la mano al pecho ensangrentado. El taita corre tras el caballo hasta cuando el animal cansado, atasca para abrevar. Su pierna sigue sujeta al estribo y su cuerpo se troza todo, por el callejear de una agonía que ha muerto en el camino. Lo vio cuando toma la billetera y abre trocha entre la arboleda para evadir sus huellas.

Sólo Ella y Dios son testigos videntes. Pero el Señor está inmerso en tantas cosas por resolver y Ella no tiene el don de la palabra para darlo a conocer. Quizás si el recuerdo perdura con los años, pueda relatar lo sucedido  ¿Pero quién le creerá? Su padre es la ley.

La niña no sabe en su inocencia, que ha sido condenada a tener cuna por cárcel. Ha perdido lecho entre padre y madre en la cama. La desnudez de un joven caballista suplirá su lugar para noches de amor.

 

Después del ligero luto, la viuda de José ha marchado a la capital. Hoy en día, es mujer que ha aprendido a jinetear, mecer y amansar su cuerpo cuando agoniza por los orgasmos, mientras los estertores lúdicos del placer, se asfixian entre los espasmos contaminantes de la ciudad.  

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